Más que un viaje pastoral – Diario El Tiempo, Colombia

El siguiente editorial responde exclusivamente a la visión de este medio

La visita del papa Francisco a Brasil se da en una particular coyuntura en la que el Pontífice tiene la oportunidad de darle bríos nuevos a la iglesia y una mayor audiencia a su mensaje.

Si los ojos de buena parte de la opinión pública mundial no han descuidado un segundo al papa Francisco desde el anuncio de su elección, su primer desplazamiento fuera de Italia solo ha conseguido que el interés y la expectativa sobre él aumenten.
Se puede decir que el viaje del sumo pontífice a Brasil, que comenzó ayer, obra también como una suerte de presentación en sociedad, un certero anuncio de cuál será el talante de su pontificado. Eso lo sabe Bergoglio, quien tiene muy clara no solo la manera como ha cautivado a propios y extraños, sino el poder comunicativo de los actos, muy superior al del lenguaje.

Y estos no tardaron. Comenzaron con la imagen del vicario de Cristo subiendo la escalinata del avión cargando su propio maletín de trabajo. Luego, al llegar, y contra todas las recomendaciones de los cuerpos de seguridad, Francisco recorrió el trayecto con la ventana del automóvil que lo transportaba abierta. Sin vidrio polarizado de por medio, tuvo su primer contacto –en su condición de máximo jerarca de la Iglesia católica– con un país que, si bien tiene la mayor cantidad de fieles en el mundo –se calcula que más de 100 millones–, ha visto cómo en años recientes millones de ellos han sido atraídos por otras religiones, en particular las evangélicas pentecostales.

Una encuesta reciente ofrece un panorama que debería preocupar al Vaticano: mientras que en 1994 el 75 por ciento de su población era católica, hoy esta cifra ha caído al 57 por ciento. Detener este éxodo con un mensaje renovado y en sintonía con los reclamos que en días recientes ha expresado el pueblo brasileño, que nacen, entre otras razones, de una desigualdad que no ha disminuido a la misma velocidad que la pobreza, es sin duda uno de los retos que se asoman ante el papa argentino.

Pero esta es apenas la dimensión local de la visita, motivada, por cierto, por el encuentro mundial de juventudes, que reunirá a cerca de 2 millones de jóvenes laicos provenientes de todo el planeta.

Existe otra, que no estaba en los planes iniciales y que guarda relación también con el convulsionado clima social que hoy reina en Brasil. Surge de una particular coincidencia, lo que los analistas identifican como un momentum. Al país donde los sectores beneficiarios de las virtudes del actual sistema económico hoy piden en las calles que la promesa sea completa por la vía de una mayor igualdad ha llegado el líder mundial que, precisamente, más duro ha hablado en tiempos recientes contra la cara más controvertida del capitalismo.

Así, el que en un principio era un viaje pastoral se ha convertido en un escenario con audiencia cautiva para enviar un mensaje llamado a trascender las fronteras de la fe católica.

Por eso no deben sorprender sus críticas planteadas ayer a la cultura del desecho, no solo de lo material, sino de los jóvenes –como los que hoy sufren el desempleo– y de los ancianos. Con palabras de este talante, Francisco puede consolidarse en Brasil como el portador de un conjunto nuevo de reivindicaciones que obedecen a nuevas realidades que han trascendido las tradicionales dicotomías de ricos vs. pobres, opresores vs. oprimidos.

De paso, podrá situar a la Iglesia, que luce por momentos anacrónica, sin capacidad de leer los signos de los tiempos, en un nuevo lugar que le permita esa revitalización que tanto piden buena parte de sus miembros. Ellos esperan que el protocolo no sea lo único que rompa su nuevo pastor.

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