Don Carlitos: la última palada de tierra para el sepulcro de Evelyn – Por Rafael Rivas

Me parecía extraño que el “señor de la querencia”, Carlos Larraín, hubiera permanecido en un silencio tan prolongado – más que el de Michelle Bachelet – que podría ser explicable por el lío judicial en que se involucró su “mayorazgo”. En el antiguo Chile feudal – diría don Carlos – no se conducía a los caballeros, incluidos sus delfines, a los tribunales de justicia, reservados sólo a los siervos de la gleba.

Ser profeta del próximo apocalipsis de la derecha es un oficio fácil y entretenido y equivale a lo que en mi antiguo partido – la Izquierda Cristiana – llamaba “la profecía autocumplida”, para referirse a un desastre, que siempre se produce con el solo hecho de “vaticinarlo.

Don Carlos estaba atragantado y con la mierda más arriba del cuello y, sin embargo, cantaba al son de “no hagan olas”, pues ya eran muchas las traiciones, crueldades y abusos de los fascistas de la UDI y, el día menos pensado tendría que disfrutar del dulce manjar de la venganza. El señor, dueño de la Tierra del Fuego aprovechó el 60 aniversario de la “fierecilla garabatera” para lanzar en un Diario la brillante idea de la superioridad de Laurence Golborne sobre la rubia platinada, designada a dedo por la UDI en contra de la voluntad de Renovación Nacional, dejando fuera de combate a su abanderado, Andrés Allamand.

Es bien posible que el especulador Golborne hubiera sido mejor candidato que la fierecilla, pero es claro que habría que haberse saltado sus abusos contra los clientes de CencoSud y sus inversiones en las Islas Vírgenes, es decir, pasarse por manteca la ética y, por ende, la transparencia. Ahora bien a los fachos y especuladores poco les puede importar entregar a su señora para que la violen con tal de ganar.

Don Carlos, que a punta de sus millones se adueñó de RN y que, como todos los derechistas de tomo y lomo – como él – cree en la omnipotencia del dinero y, en consecuencia, que todo hombre tiene su precio – que no es muy falso en el repugnante Chile del duopolio – nos anticipa que sólo un milagro salvará a la derecha del derrumbe que se avecina. Como “san pirulín” Escrivá de Balaguer ya no tiene santos en la corte celestial, es muy difícil que Dios lo escuche implorando la ayuda sobrenatural.

El escenario ya está montado y los actores, listos para representar la nueva “comedia del arte” de la derecha: Renovación Nacional va a dejar de ser la mujer violada y golpeada y nunca más van a tener que decirle a la UDI “en lo suyo no más pega”; tal vez se fundará un partido que se llamaría socialcristiano de centro, cuyo nombre no es en sí original, pues así se denominaron los predecesores de la Democracia Cristiana; en cuanto al vicio de llamar a todas las combinaciones de partidos políticos con el vocablo “centro” no es tan inocente como parece, es mas bien una manera genial de engañar a los ciudadanos analfabetos políticos, además de la intencionalidad de mantener la dominación en una democracia bancaria como la nuestra.

La centro-izquierda, por ejemplo, siempre ha servido para contener la rebelión del “cuarto Estado” – los proletarios – los pobres del campo y de la ciudad; el centro-centro, cuya ubicación geográfica, en Chile, corresponde a Providencia, Las Condes y Vitacura, es una forma de camuflar la “opción popular” de la UDI; el centro demócrata y socialcristiano es una manera de mantener la hegemonía de los curas, sacristanes y beatas, con el fin de combatir la república laica.

Lo cierto es que si los partidos políticos actuales tuviesen un mínimo de sentido común y agudo instinto de supervivencia, la alianza entre la Democracia Cristiana y Renovación Nacional – con don Carlos Larraín a la cabeza – debiera producirse como casi un imperativo categórico y como un deber moral, con la salvedad de que los democratacristianos, entre rezo y rezo, se aprestan para asaltar al Estado con la ascensión de Michelle Bachelet al trono.

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