El vuelo de Constanza – Por Emilio Cafassi

Este fin de semana la precandidata presidencial por el Frente Amplio uruguayo (FA), Constanza Moreira, desarrolló una serie de actividades en Buenos Aires.

Concedió entrevistas a medios de comunicación, expuso en algunos foros de debate, pero su actividad política fundamental la encontró encabezando un acto con uruguayos residentes en la ciudad, organizado por un puñado entusiasta de ellos que comenzaron a nuclearse informalmente en torno a su candidatura. Colaboro con esta iniciativa mientras estoy en la ciudad, de forma tal que no soy neutral en cuanto a preferencias. Tal vez el propio atractivo de la convocatoria o tal vez el error de cálculo de la organización, hizo que la sala prevista se viera desbordada por más de un centenar de asistentes, teniendo que mudar ad-hoc al público con las consecuentes dilaciones. En cualquier caso lo sustantivo es el carácter del encuentro y los contenidos puestos en debate. También la proyección que contiene ya que el área metropolitana porteña sería el segundo distrito electoral uruguayo si no se hubiera perdido vergonzosamente y por paliza el plebiscito por el voto blanco (de enmienda constitucional habilitando el voto consular) en 2009 y si la derecha encarnada en la coalición de facto de los partidos blanco y colorado no bloqueara la búsqueda de alternativas parlamentarias (que requerirían de mayorías especiales) para el reconocimiento de un derecho ciudadano elemental del que gozan las diásporas de la amplia mayoría de los países occidentales. Aún así, mantiene relevancia cuantitativa en virtud de que la proximidad geográfica ha permitido en la historia reciente el desplazamiento a votar de unos 30.000 ciudadanos uruguayos, algo menos de la cuarta parte de los residentes legales en Argentina, según el último censo.

No soy periodista de forma tal que no podría glosar la exposición de la actual senadora. Tampoco bastaría una página para la diversidad de problemas abordados. Simplemente intentaré señalar algunas significaciones del encuentro en particular y más ampliamente de la alternativa que encabeza. En primer lugar creo que la precandidatura, ya casi oficializada por el Plenario del FA del fin de semana pasado (aunque resta formalmente la confirmación por parte del Congreso a fin de mes), resulta expresiva de la imperiosa necesidad —cuyo peso resulta indeterminable por el momento— de renovación y rectificación del rumbo frentista , no exclusivamente en lo que a programa y medidas actuales de gobierno respecta, sino también al modelo de organización o al menos a su mecánica de funcionamiento concreto. Constanza lo expresó en términos ilustrativos como cerramientos partidarios que en sucesión secuencial, iban ocluyendo alternativas hipotéticas y perfilando de este modo el futuro de la izquierda. La histórica unidad en la amplia diversidad que caracterizó al FA parecía encaminarse a la unanimidad, borrando toda diferencia en materia de oferta electoral. Algo inconcebible para un movimiento de tan variadas fuentes ideológicas. No sólo los sectores políticos más próximos al otro precandidato, el ex presidente Tabaré Vázquez, decidían apoyar su precandidatura, sino además el MPP y el partido Comunista. Algo así como el 95% del electorado propio si se considerara una proyección proporcional a sus influencias pasadas. Tuvo que aparecer el ofrecimiento por parte de opciones partidarias electoralmente minoritarias y la propia aceptación del desafío por parte de la precandidata, para que este curso pretendidamente ineluctable se viera al menos interpelado.

Hipotetizo que las decisiones partidarias mayoritarias quebraron el puente que unía a dirigentes y dirigidos, que comenzó a debilitarse y estrecharse desde el acceso al gobierno en 2005, dejando ahora entre ellos, lo que considero un hueco abisal. Independientemente de la voluntad o el grado de conciencia de los líderes para la adopción de estas decisiones, es evidente la consolidación de una capa dirigencial autonomizada que encuentra intereses y argumentos en común produciendo una gran desideologización y pasteurizan el debate. Sin embargo, no debería ser extraño que este fenómeno sociológico se vuelva a expresar en la historia, aún al interior de una izquierda —lo que lo hace más triste aún— cuando el régimen político, la democracia liberal fiduciaria, sigue gozando de impunidad teórica y consecuente supervivencia acrítica en su interior. Es imposible luchar contra tendencias o desviaciones que ni siquiera se conciben. La historia no prevé otra consecuencia que ser víctima de ellas. El electoralismo es estructuralmente inherente al statu quo de la democracia a secas.

Tampoco es ajeno a esta resultante el reeleccionismo como instituto permisivo, no casualmente encarnado en la alternativa del ex presidente en este caso preciso, aunque sea discontinuo. Entre sus aspectos negativos, deberá agregarse la reproducción del caudillismo y el paternalismo que a la vez estimula la creencia en los dirigentes insustituibles facilitando la perpetuación y la concentración de poder. Además de antidemocrático, en el sentido del obstáculo a la distribución del poder, también resulta culturalmente autoritario. Refuerza los roles jerárquicos y potencia la división señalada entre bases y líderes, facilita la burocratización e infunde la superioridad imaginaria del “dirigente profesional y experimentado”, organiza la red de cooptación y resguarda a sus usufructuarios suprimiendo o disuadiendo todo análisis de costo y beneficio. Aún si se probara que con esta alternativa reeleccionista se garantizara excluyentemente el acceso a un tercer gobierno (tal como sin mayores fundamentos estadísticos se sostuvo) además de interrogarnos por las causas de tal polarización, resultaría indispensable un debate acerca de los institutos que contengan o morigeren estas tendencias. Pero más aún, estas consideraciones no atañen sólo a los cargos unipersonales como la presidencia, sino a todos los elegibles, tanto en el Estado como en los partidos, y también en las organizaciones civiles.

La alternativa que se presentó en Buenos Aires instala un lazo embrionario de superación práctica de la resignación de muchos militantes ante la artificiosa —e ideológica— imposición de la “naturalidad”. Sin exitismo alguno, en esta etapa al menos, este lazo debiera ser cuidadosamente cultivado con el famoso apotegma gramsciano del optimismo de la voluntad, aunque con el pesimismo de la razón. Con propuestas propias y sin personalización alguna, ya que la personalización de la actividad política y el culto a la personalidad es otro de los riesgos que acecha por igual a todo liderazgo, incluyendo obviamente no sólo al que apoyan casi todos los partidos, sino también al de la senadora. Para decirlo más claramente aún, no creo que sea el momento de criticar a Tabaré Vázquez (lo he hecho cuando lo creí oportuno por razones de gestión o intervención pública fuera del período electoral) sino de enfatizar el carácter diferencial y propositivo del proyecto alternativo.

Por eso creo fundamental el énfasis puesto en el acto de priorizar el carácter frenteamplista por sobre las agrupaciones políticas que lo conforman. Constanza lo sintetizó (sin ser textual) más o menos así: primero debemos ser frenteamplistas y luego del partido X. Porque, como se insinuó, si así no fuera, se correría el riesgo de conversión del FA desde un movimiento hacia una mera coalición electoral. Agregaría que en este caso, se incrementaría la sangría participativa y militante de los independientes, que en mi opinión —claramente comprometida por mi inclusión entre ellos— constituyen la amalgama y encarnadura de la osamenta ideológica y organizativa de toda la fuerza.

Pero este principio llama además al reforzamiento de la ética militante que en alguna intervención puntual en las redes sociales encontré puesta en duda bajo la forma del voto a Constanza en las internas aunque con posterior voto en blanco, anulado o hasta a otra fuerza en caso de derrota de esta alternativa. Considero absolutamente reprobable la no aceptación de los resultados si se participa con las reglas de juego comunes a todos y previamente aceptadas. Intervenir de este modo la concibo una maniobra de invasión promiscua en un espacio político cuya pertenencia y participación posterior se supedita exclusivamente al éxito de la propia opinión u opción. El deber ético exige apoyar incondicionalmente a quien gane, al menos en el espacio temporal de 4 o 5 meses entre las internas y la elección nacional.

Pero si no bastara la ética, existen algunas razones pragmáticas que sustentan esta conclusión y podrían sintetizarse en la idea de que “nos necesitamos todos”. Al FA no le sobra caudal electoral, ni creo que haya líder que pueda aportarle mucho más que lo ya obtenido en su mejor elección. Por el contrario, viene de caídas diversas y desiguales sobre las que no abundaré. Comprometer las mayorías parlamentarias llevaría a negociar el programa de gobierno con la derecha reforzando aún más la tibieza o, si se prefiere, el centrismo hacia el que viene desplazándose la gestión frentista. Peor aún, podría llevar al retorno de esa secular derecha al Poder Ejecutivo. Por último, si bien la participación en las instancias políticas de base se ha reducido drásticamente, la vitalidad de los sindicatos, movimientos sociales y organizaciones varias de la sociedad civil, y su vinculación con el FA compensan en parte esta tendencia y han llevado a que las pocas aventuras centrífugas que partieron de sí, tanto por izquierda como por derecha, hayan quedado reducidas a la insignificancia electoral o bien fueron posteriormente re-atraídas. Con sus limitaciones y preocupantes declinaciones, el FA sigue siendo la expresión política de los más amplios estratos sociales explotados y las minorías discriminadas.

El modo más contundente de superar el riesgo de la restauración conservadora, se encuentra en el propio trabajo colectivo. Nos une mucho más que el espanto. Es fundamental retomar el debate sobre los grandes temas de las izquierdas sin condicionamientos y convocar con ellos a la más amplia movilización y participación de todos aquellos activos actuales o los de otros tiempos, hoy refugiados en el remanso de la vida privada. El vuelo de Constanza a Buenos Aires fue una primera contribución a tal debate en estas tierras.

Resta que de conjunto también vayamos remontando vuelo.

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