Final de fiesta -Por Santiago Escobar

Todo tiene su final, nada dura para siempre”, dice una vieja rumba cantada por el mítico Héctor Lavoe. Letra perfecta para aplicar al eventual tsunami electoral de Bachelet en las elecciones presidenciales de este domingo. La reflexión que pocos hacen en esta soporífera elección, en que Michelle Bachelet, todo éxito y sigilo, es ni más ni menos el último tapón ante el desmembramiento de la Concertación, la coalición política más exitosa en la breve historia institucional de Chile. Ningún pegamento suelda mejor que el ejercicio del poder.

Es indiscutible que estamos en medio de un cambio de ciclo político. Pero lo que uno espera del liderazgo político, especialmente del eventual ganador, es que asuma el escenario y explique el rumbo a seguir de manera más o menos clara y no que diga lo obvio, es decir, que va a gobernar.

Lamentablemente ello no ha ocurrido. Luego del juicio de un connotado adherente DC a raíz de las críticas al programa de la Nueva Mayoría diciendo que “los buenos programas de gobierno requieren de adecuadas dosis de ambigüedad”, queda claro que el juego está en el tomo primero del manual del “Cateo de la Laucha”. Para saber qué hacer, con quiénes y de qué manera. Sin embargo, más de lo mismo, es prácticamente imposible, menos aún aplicando los mismos criterios de antaño.

El exitoso modelo político que termina, y que tantas satisfacciones dio al país, se basó en tres elementos básicos: el consenso político y la intangibilidad de las reglas económicas; el consenso sobre la estabilidad institucional (léase acuerdo binominal estructural); y, finalmente, la paz social garantizada a través de políticas de equidad, no de igualdad. Esos fundamentos ya no existen. Las categorías operativas que los hacían posibles ya no resultan. Una política de consensos sin cambios estructurales, la imposición del orden sin vectores de autoridad (básicamente presidencial) reconocidos por todos, y la fragmentación de los partidos políticos, hoy verdaderas máquinas de hacer  negocios, impiden la repetición del modelo.

Socialmente, la concentración de la riqueza y el festival de abusos en el mercado horadaron el primer componente, incluso al interior de las huestes empresariales. Las AFP, las Isapres, los bancos y la regulación de las sociedades anónimas se remecen internamente y son los primeros blancos de la insatisfacción ciudadana. Los derechos de los consumidores se transformaron en una demanda social ampliada y las tensiones empresariales internas ponen a la ética y la transparencia como un componente inevitable de nuevas regulaciones.

La desconfianza ciudadana en la política y la crisis de autoridad que ella generó, horadó el segundo pilar, esto es la credibilidad y el consenso sobre la estabilidad institucional. La mala administraciónde Piñera ayudó a la desinstitucionalización que ya había empezado con Bachelet. Pocos creen a ciegas en las instituciones y ello incluye el SII, la SVS, el Registro Civil, el INE, los partidos políticos o el Congreso Nacional. El poder central por momentos puede ser un fantasma como ocurrió el 27-F. El magro 15% de satisfacción de la población con el Congreso impide una legitimidad democrática incuestionada y lo inhabilita para sostener sin tempestades el camino institucional para las reformas prometidas por la derecha y Bachelet.

La paz social, siendo el elemento más estable, ha sido el más satanizado en la hora actual y es el tercer pilar que cambió de manera dramática. La tendencia a interpretar paz social como ausencia de movilizaciones es propia de las políticas burocráticas del socialismo real, o del Estado conservador hipercentralista a que aspira la derecha, ambos acostumbrados a gobernar vasallos y no ciudadanos. Es este elemento el que los transformó en casi simbióticos dentro del binominalismo estructural del Chile político que termina. El país muestra ahí la incapacidad endémica de la elite para mirar críticamente las reglas de representación y los canales de expresión y decisión políticas que nos rigen. Por eso son el partido del orden y pensar en Asamblea Constituyente es fumar opio.

En la modernidad, la gente ha aprendido a usar la expresión directa y la velocidad de las redes para articular sus intereses en lo público. En esa articulación se conjugan no sólo necesidades sino también emociones y percepciones, y los temas maduran y se radicalizan rápidamente, a veces acompañados de expresiones violentas, si la gente siente que no la escuchan.

Hasta ahora las movilizaciones expresan problemas y no asistemicidad; y muchas veces también descontrol, tanto de quienes protestan como de quienes ejercen la función de orden público.

Pero existe una velocidad política nueva en los problemas, y una densidad social cada vez mayor de expresión política entre gente que se comunica fácilmente, lo que va contra la lógica centralista  del orden y los negocios, y la forma en que opera hasta ahora la elite gobernante. La gente se moviliza no sólo para expresar problemas sino para ser escuchada como sujeto político autónomo. Si ello se transforma en una demanda de cambio radical o no, depende, al menos hoy en día, fundamentalmente del oído de los gobernantes.  Pero si están al “cateo de la laucha” y no tomas riesgos de acción y futuro, la cosa pública no se ve bien.

El Chile inevitable

Lo que se viene son al menos cuatro cambios en aspectos esenciales. Primero, una consagración de derechos sociales, a los que deberían agregarse, en casos como los consumidores y medioambiente, derechos sociales y colectivos. Ello envuelto en un nuevo concepto de sujeto político y ciudadano. Tal vez por el propio impulso del anterior modelo pero con otro sentido de la política y los derechos.

Quienes tiritan con este tema olvidan que clásicos del pensamiento jurídico, como Fichte, Scheelling o Hegel, contemplan y desarrollan los derechos sociales, y que este punto no es asunto de comunistas, ya que estos últimos no creen en un Estado social con libertades individuales y derechos colectivos,  sino en un Estado burocrático y autoritario. Por esto último piensan que la AFP estatal puede mejorar un modelo que es irreformable.

En segundo lugar, el país se viene con una organización regional y territorial nueva, parte de lo cual, lamentablemente entre gallos y medianoche, es posible ver en la elección de “Cores”. Ella expresa una legitimidad democrática que empuja, necesariamente, la representación política y el Parlamento a una unicameralidad –por ejemplo una sola Cámara de 180 Representantes Nacionales– y la eliminación del Senado. El sur no es igual al norte y la densificación de la vida política y económica del país tiene efecto en la conciencia de lo regional. Este debate es ya parte de aquel sobre la nueva Constitución, que es el tercer tema.

En el país inevitablemente terminará prevaleciendo la idea de la Asamblea Constituyente. Si algo le faltaba a esta para ser parte determinante de la agenda era ser una demanda social sentida y ahora lo es. Pónganle el nombre que quieran, pero terminará siendo Asamblea Constituyente, de la misma manera que el fin al lucro transformó a la educación en un derecho social gratuito para todos.

De esa Asamblea Constituyente saldrá una nueva manera de mirar y gobernar los territorios de nuestra república. Ella vive en la inestabilidad geofísica y se desenvuelve en una profundidad longitudinal enorme y una enorme estrechez en su anchura, dando lugar a una de las configuraciones estratégicas de país más complejas del mundo. El centralismo inevitablemente será la negación de nuestro desarrollo y enfrentarlo requiere nueva institucionalidad. ¿Nadie de los futuros ministros del Interior o de Defensa tiene nada que decir sobre esto? Semipresidencialismo o federalismo atenuado, y redefinición de las funciones esenciales y permanentes del Estado Central Unitario, con mayor equilibrio de poderes y legitimidad democrática. He ahí un gran debate y cambio por venir.

El cuarto proceso es la demanda de la gente por bienestar, sobre derechos y nuevas formas de representación política, más cerca de la gente, con más transparencia, y una política efectivamente alejada de los negocios. Ello implica reforma de los partidos políticos con responsabilidad pública efectiva acerca de lo que hacen y dirigen y acceso real a los frutos del desarrollo, en primer lugar con una amplia redistribución de bienes públicos.

Nada de esto encaja bien con lo que hemos tenido hasta ahora. Y tampoco con lo que nos prometen los eventuales vencedores de las encuestas. En el escenario parece predominar la idea de que todo tiempo pasado fue mejor y que juntos y alegres los amigos de ayer, jugando al tibiri tábara, volverán a repetirse el plato. Craso error. Tal como dice la canción del maestro Lavoe, “tenemos que recordar no existe la eternidad”. Sin lugar a dudas el modelo es periódico de ayer, aunque todavía haya sensación de fiesta, incluso en el empresariado.

 

http://www.elmostrador.cl/opinion/2013/11/15/final-de-fiesta/