Con diversas actividades conmemoran los 24 años de la invasión estadounidense

Niños lanzaron 300 globos blancos y luminosos para recordar a los muertos. Las actividades continuarán hoy con actos en la Iglesia de Fátima y el Jardín de Paz, así como dramatizaciones por sus calles.

El barrio de El Chorrillo está vivo. Hoy, hace 24 años, debió enfrentar el mayor atentado contra sus caserones de madera, su gente, su esencia… pero sobrevivió.

Aquel miércoles 20 de diciembre de 1989, el ejército de Estados Unidos lanzó un operativo militar con ataques a diversos puntos de Panamá, pero con especial atención al Cuartel Central de las extintas Fuerzas de Defensa, ubicado en el barrio de El Chorrillo.

Sus cerca de 10,000 habitantes no eran el objetivo central del asalto militar, pero fueron -y siguen siendo- los más afectados.

La misión era capturar al general Manuel Antonio Noriega, pero en el ínterin hubo una secuela de destrucción, muertos y desaparecidos.

Aunque el capítulo parece cerrado en la historia, aún hay muchas preguntas sin respuestas. Tan solo ayer, en una reunión cerca de la Iglesia de Fátima, donde adelantaban algunos actos conmemorativos para hoy, una anciana se presentó y preguntó a los presentes si alguien sabe algo de su hijo desaparecido en ese evento que todos llaman “la invasión” de 1989.

Otros, como Javier West, son más afortunados. En medio de las balas, el fuego y la oscuridad, perdió el rastro de su familia. A la mañana siguiente fue a buscarlos entre los muertos y heridos en el Hospital Santo Tomás, pero no estaban allí. En la tarde finalmente se reuniría con todos los vivos en un albergue en Balboa.

Pero aunque El Chorrillo fue reconstruido, y gran parte del barrio luce bien, nunca volvió a ser igual.

“Se perdió la hermandad. Éramos como una gran familia, y había mucho respeto entre nosotros… ya no es así”, se lamenta el popular barbero West.

A todos los desafíos que deben enfrentar sus 18,000 habitantes se les suma el pandillerismo y el incremento de la delincuencia, que marcan un antes y un después en el lugar.

Pero un recorrido por las calles de El Chorrillo evidencia que sus niños siguen siendo la mejor señal de esperanza.

Coloridos espacios públicos y proyectos comunitarios buscan alejar sus mentes del malvivir.

Además, hay muchas construcciones, acceso a la Cinta Costera y hasta un estadio nuevo. “Todo esto está bien, pero son solo obras físicas. Después de la invasión, en el paraior de muchos de nosotros, todavía hay vacío y preguntas sin respuestas”, resume la dirigente comunitaria Olga Cárdenas.

 

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