El puzzle ministerial y el diseño de poder de Bachelet – Por Edison Ortiz

Michelle acaba de imponerse cómodamente en segunda vuelta y pese a una masiva abstención –¡casi un 60%!–, sus resultados son contundentes comparados con los de Evelyn Matthei, tal como lo esperaba su comando, y le ofrecen un margen de maniobra significativo para los cambios que anunció a lo largo de su campaña, pese a que varios personeros de la Alianza ya han cuestionado la legitimidad de la elección (la recién electa senadora Jacqueline Van Rysselberghe ha dicho que con esta votación “no hay Nueva Mayoría”).

Una primera evidencia del ritmo y compromiso con esa agenda será, sin duda, la conformación de su gabinete, tarea a la que deberá abocarse ahora a tiempo completo. Si bien su respaldo fue significativo, un buen punto de comparación en relación a su coalición son los resultados obtenidos en primera vuelta, dejando claro que no es Obama y tampoco es más que la NM. ¿Operará su equipo, y ella misma, con este principio de realidad, el cual reafirmó la alta abstención de ayer? ¿Será este el primer dato duro con el que se inicie la instalación de su gabinete? Luego de los resultados las opciones que tiene son dos: hacerlo de manera similar a como constituyó su comando o en diálogo con una coalición que es más que ella y en un escenario abstencionista.

¿PRESIDENCIALISMO BACHELETISTA O DE COALICIÓN?

Como ella marcó por encima de un 60%, seguramente tendrá la tentación de constituir un gabinete a su imagen y semejanza y donde perfectamente puede deshacerse de aquellos que se dan “gustitos” o de los que “se movieron en la foto”. Debemos recordar que en su anterioradministración intentó algo semejante sin resultado. Por tanto, la conformación de su elenco de secretarios de Estado nos dirá qué tipo de presidencialismo ha decidido poner en marcha a partir de marzo. Dicho de otro modo, en la propia conformación del gabinete estará, también, implícita, su decisión política de largo plazo. Si opta por la vía del personalismo, habrá que preguntarse qué tipo de beneficio le reportará esta fórmula, donde es evidente que, más que por méritos propios, accederá a La Moneda gente que le debe a ella su carrera. Lo positivo de esta metodología salta a la vista: el pago de ningún costo y un control mínimo de daños, si hubiese que producir cambios. El ejemplo más cercano de esto fue el primer equipo ministerial de Piñera: amigos y subordinados. ¿Quiénes deberían entrar en un tipo de gabinete así? Por supuesto, Peñailillo en Interior, Arenas en Hacienda, Goñi en Relaciones Exteriores, Javiera Blanco de vocera y Elizalde seguramente en Segpres, los que cumplirían a cabalidad la definición que otorga la Constitución a los ministros: secretarios de Estado.

Para el resto de las vacantes debería operar un criterio similar, considerando eso sí a los partidos políticos, incluidos los colectivos menores: PR y PC. Un equipo así es de su absoluta confianza, de plena discreción y asimilación a sus criterios y de rápida fusibilidad cuando campeen los problemas y haya que cambiar rostros.

Pero si optase por un presidencialismo de coalición, dado el dato de realidad de la tremenda abstención y el panorama de movilización social que se anuncia o porque los desafíos que ella misma ha planteado la llevan a buscar piso en un entorno político más amplio, la conformación de su gabinete debía ser  distinta, y asemejarse más al de Aylwin o al de Lagos. Un equipo con fuerte presencia de liderazgos partidarios y también con rostros de la calle, con opiniones propias a aportar y con datos de realidad distintos a los suyos. Y con un ministerio como variable de ajuste: con Frei fue Interior, con Lagos la Segpres, y de nuevo Interior con Bachelet el 2006.

En una conformación así, la primera pregunta evidente es: ¿qué hará la presidenta con el PDC, que cuenta con una bancada de 6 senadores y 21 diputados –15% de la NM– y que con los dos Presidentes socialistas se ha sentido ninguneado? Es tan así que el propio Gutenberg Martínez llegó a plantear al interior del partido –sin éxito– la omisión del PDC en La Moneda en una primera instancia, y acceder después, una vez que la primera crisis cobre sus víctimas. Una opinión parecida manifestó Andrés Zaldívar, quien a los cuatro vientos ha dicho que no están disponibles ni para “Segpres, ni para Interior”. Lo lógico sería que la Mandataria llamase a los principales líderes del PDC para concordar un nombre. Si éste fuera Carlos Mackenney, sería bastante especial, porque cumpliría con los requisitos de fidelidad personal y adhesión partidaria y comprometería al PDC con su Gobierno.

Debería luego realizar un ejercicio similar con el  PPD y el PS –20% de la NM–, para concluir los ministros de La Moneda. Con los primeros, el diálogo debiera ser con Girardi (previamente reclamó y luego armó dupla con Andrade), con Harboe, muy cercano suyo, así como con Carolina Tohá para, a partir de allí, instalar al ministro de la Segpres, y colocando, a su vez, como contrapeso, a un subsecretario fuerte del PS, como Francisco Aleuy de la Nueva Izquierda.

Enseguida, el ejercicio debiera repetirse con el PS, aunque con una gran diferencia: a pesar del esfuerzo de Andrade por armar trenzas, el núcleo fuerte del socialismo hoy en el Senado está conformado por la Megatendencia, que alberga a Isabel Allende, Carlos Montes, Rabindranath Quinteros –quien seguramente vendrá con una fuerte agenda regionalista luego de su notable victoria– y Fulvio Rossi, en torno a los cuales girará Alfonso de Urresti. De esa conversación debiera salir el tercer ministro de La Moneda, con un subsecretario PPD como contraparte. Así, en Palacio estaría representado el 35% de la votación de su coalición, en tanto el 11% restante –PC y radicales– coparán otras carteras, considerando que la aspiración inmediata planteada por Teillier es que el PC priorizará un espacio en la testera de la Cámara.

LA PLANILLA DE TRIPLE ENTRADA DE INSULZA

A continuación viene la no menos compleja misión de nominar a los intendentes y demás cargos de confianza –Seremis, jefes de servicios, directores provinciales, etc.–, pues allí deben considerarse diversas opiniones: la de los ministros, parlamentarios (en una coalición compleja), y la del propio intendente, así como de nuevos liderazgos. Hay que recordar que esta no es una temática banal pues, en el caso del presidencialismo personalista de Piñera, dicha operación le terminó “pasando la cuenta” desde su primer día de gobierno y fue un punto de quiebre con su coalición. No pocos recordarán los alegatos permanentes de Carlos Larraín en Valdivia, del senador Horvath en Aysén o del mismo Bianchi en Magallanes por la nominación de gente que, o no era de su confianza o que, derechamente, demostraron absoluta impericia para las exigencias del cargo. Ahí, la tarea de quien sea jefe de gabinete de La Moneda no será fácil: congeniar la opinión tecnocrática del ministro, la del jefe de partido y la de parlamentarios locales. Tanto Piñera como Michelle Bachelet, con actitudes y declaraciones, han confirmado que aquello más bien “les carga”, no dando cuenta con ese talante que el ejercicio del poder incluye, también, la administración de intereses disimiles aunque legítimos en una democracia, siempre y cuando no rayen en el clientelismo o el nepotismo. Es difícil imaginarse a sus voceros o a su núcleo íntimo sacando exitosamente a flote estas tareas, sin provocar roces. Por el contrario, si la Presidenta optase por un gabinete coalicionista, la tarea debería facilitársele a través de la figura del ministro del Interior quien, como se sabe, al concluir cada día de trabajo debe, siempre, dejar “su escritorio despejado”, pues luego ya no habrá tiempo para repasar problemas anteriores.

Son días, semanas y meses para obtener un resultado positivo. La conformación de su equipo incluye, también, estas cosas: administrar la menudencia, cuotas de poder, en función de los ejes y la adhesión a la Presidencia. Hasta ayer, Peñailillo fue quien más se aproximó a esta función en el comando. Veremos si sigue a cargo en el nuevo escenario. La conformación del gabinete político incluye, además, otras tres carteras muy relevantes: Hacienda, donde se requiere un personaje que pueda hablar más allá del equilibrio fiscal, que articule, que ofrezca al país una agenda pro desarrollo para el decenio y que infunda optimismo en un entorno crítico.

Si Interior maneja la agenda corta, la larga debiera estar otras manos. Para esto urge un nombre que, por ahora, no se observa en el comando. Alguien de un perfil similar al de Nicolás Eyzaguirre. Lo mismo sucede con la Cancillería: se viene el fallo de La Haya que, independientemente de su veredicto, dejará heridos. En un entorno vecinal cada vez más distante, la Cancillería requiere algo más que un ejecutivo de retail. En Educación ni hablar, ya se ha dicho suficiente.

Apenas sepamos quiénes serán los ministros políticos, así como los de Hacienda, Relaciones Exteriores y Educación, nos enteraremos del tipo de presidencialismo –personalista o de coalición– por el que optó Bachelet. Porque, más allá de las características centrales de ambos, persisten diferencias sustantivas: el presidencialismo de coalición intenta imprimirle una épica, “un relato”, un proyecto a la gestión gubernamental que, como es obvio, supera los cuatro años, por eso es que es prioridad preocuparse por la sucesión. Ya Ricardo Lagos E. se los decía a los jefes de partido: “Para mí el éxito de mi gobierno también está medido por la capacidad que tengamos de elegir también a nuestra sucesión”. Sabiendo que en la vida siempre debemos escoger, sabremos muy pronto qué camino eligió la nueva Presidenta de Chile.

 

http://www.elmostrador.cl/opinion/2013/12/16/el-puzzle-ministerial-y-el-diseno-de-poder-de-bachelet/