Reelección de Bachelet y futuro gobierno – Editorial del periódico El Mercurio

“Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región”

 

La prudencia con que lleve adelante tales reformas, dada la mayoría legislativa con que cuenta, va a determinar el éxito —o fracaso— de su segundo gobierno. Porque todas las áreas citadas son de alta sensibilidad…

Michelle Bachelet obtuvo un triunfo no solo contundente, sino absolutamente legítimo en su representatividad, pese a que la de ayer haya sido la elección presidencial con menor participación ciudadana, ya que sufragó un millón de ciudadanos menos que en la primera vuelta. Pero los comicios son con quienes participan, y es evidente que en esta disminución apreciable pesó, por una parte, el amplio favoritismo de Bachelet y, por otra, la campaña excepcionalmente cuesta arriba de la candidata de derecha.

Numéricamente, ha sido la elección en que menos personas participaron desde el retorno a la democracia: casi 5,7 millones, esto es, 1,5 millón menos que en la segunda vuelta Piñera-Frei de 2010, y 1,4 millón menos que en el balotaje Piñera-Bachelet de 2006. Así, aunque porcentualmente la Mandataria electa alcanzó una cifra récord de 62,16%, su número de votos (3,468 millones) es apenas superior a los 3,367 millones con que Frei perdió en 2010 (Piñera se impuso entonces con 3,591 millones). Y la votación lograda por la misma Bachelet en su primera elección como Presidenta fue de 3,723 millones, casi 300 mil votos más que ahora.

Con igual cautela cabe evaluar el desempeño electoral de Matthei. Aun cuando sus 2,111 millones de votos son 1 millón 4 mil menos que los que cuatro años antes logró Piñera, su derrota no es una suerte de cataclismo para su sector, ni en términos porcentuales ni en número de votos: su cifra de ayer es superior a la de los postulantes de la Alianza en 1989 y en 1993, cuando no lograron pasar a segunda vuelta.

Con todo, cabe insistir en que, por un voluntarismo de lograr más participación, se haya llegado a la paradoja de disminuirla. La desafección por la política se ha abordado mediante una ingeniería de leyes electorales, en circunstancias de que hay un problema más profundo, de motivación de la mística ciudadana, en términos de que las grandes masas se sientan responsables de un destino común. Eso no se ha inculcado a las generaciones jóvenes, y los procesos electorales se están dando en un marco de gran carencia de cultura cívica, desatendida durante décadas sin excepción, y traducido en un currículum escolar que, simplemente, la ignora. Ahora se cosechan los resultados: una “clase política” poco renovada mal puede entusiasmar a esa juventud, y el discurso refundacional que sostuvieron en la primera vuelta tantos candidatos no levantó ninguna mayor adhesión consistente, pero tampoco encontró un contrapeso significativo. Las nuevas leyes electorales no remedian el decaimiento de los partidos, esenciales en una democracia sana, y en tal contexto el voto voluntario con inscripción automática sigue causando efectos muy distintos de los previstos y queridos.

Los institutos de estudios de las más variadas tendencias, que alimentan las propuestas más sólidas y de largo plazo en las democracias evolucionadas, no pasan en Chile por su mejor momento. En esta campaña no hubo en general sino ideas primarias, de contingencia, muchas de ellas anticuadas, de dádiva. Solo en el último debate se ventilaron al menos algunos principios, que Evelyn Matthei ratificó en su discurso tras los escrutinios, reiterando el compromiso de que valores como el respeto a la vida, la dignidad de las personas, y de la familia y la libertad, mantendrán su plena vigencia, pues lo central “no está en aspectos como el Estado, el mercado, los cambios constitucionales o la reforma tributaria”, sino que “lo fundamental son las personas”.

Todo sugiere que Bachelet no habría alcanzado un resultado distinto con la sola antigua Concertación, sin integrar formalmente al P. Comunista. Ahora, su liderazgo deberá lograr que tal participación oficializada —y ya no meramente de apoyo— no derive en una distorsión de la idea de pluralismo y equilibrio con el centro que caracterizó a la Concertación en sus anteriores cuatro gobiernos.

Por la amplitud de su ventaja electoral, pero especialmente por la mayoría legislativa que potencialmente le permite materializar su programa de cambios con escasas limitaciones, el discurso de anoche de la Presidenta electa contiene claves trascendentes. Destaca en él un reconocimiento explícito y tranquilizador a las realizaciones de todos los gobiernos democráticos pasados. “Hemos hecho mucho, hemos construido un país del que podemos sentirnos orgullosos —aseguró Bachelet—, con una economía sana, una democracia estable y una sociedad y una ciudadanía empoderada y consciente de sus derechos”. Son palabras más cercanas a un camino evolutivo que a un ánimo anulador de lo que Chile ha logrado para acercarse a un desarrollo económico y humano hoy de primer nivel en América Latina, como lo quieren la izquierda radicalizada y el PC.

Se le cobrará, sin embargo, a Bachelet lo que también revalidó en el momento de su segundo triunfo: “construir un sistema educativo público, gratuito y de calidad” —en el que “la calle” ha fijado “un horizonte y una ruta”—, y una nueva Constitución en que “la mayoría nunca más sea acallada por una minoría”. ¿Sugerencia, entonces, de que sobran los quórums calificados para materias nucleares de la convivencia nacional? ¿Cómo se logra política y materialmente el “terminar con la desigualdad”, una realidad que los países solo logran con esfuerzos tenaces durante largo tiempo? Las respuestas a estas preguntas comenzarán a insinuarse recién con la conformación de los equipos de la nueva administración.

En la campaña, Bachelet puso énfasis en ideas muy genéricas sobre Constitución, educación, previsión, salud y otras, pero como no se conoce su detalle, estos “cheques” de contornos no conocidos serán sometidos a una discusión de fondo, probablemente antes de la transmisión del mando. La prudencia con que lleve adelante tales reformas, dada la mayoría legislativa con que cuenta, va a determinar el éxito —o fracaso— de su segundo gobierno. Porque todas las áreas citadas son de alta sensibilidad: nada lo es más que la Constitución, y por la elección del sistema educacional de sus hijos la gente está dispuesta a movilizarse, como históricamente se ha demostrado. Si en estas y otras materias, mediante su mayoría circunstancial en las cámaras la Nueva Mayoría desoye en la práctica el sentir del 38% de los chilenos, en vez de convencer de las bondades de sus propuestas, buscando los grandes acuerdos que han sido habituales en toda la legislación chilena trascendental, se puede llegar a una polarización que nadie desea, y que sería un franco retroceso.

Para la derecha comienza ahora un duro camino para recuperar el gobierno, después de frustrarse su opción de mantenerlo por uno o dos mandatos más, como habría sido posible, dada su gran gestión gubernativa, con resultados indiscutibles, de no haber mediado una muy mala conducción política del Gobierno y de la propia coalición con tres sucesivos candidatos presidenciales y un clima de constante desarmonía. Pese a eso, el 38% obtenido es importante y sería un error someterlo a “cuchillos largos”, en vez de construir allí el cimiento de una expansión moderna, y no el desvarío retórico de una “nueva” derecha que no acierta a definirse con claridad, y que tampoco defiende los que son sus postulados básicos en todo el mundo. Evelyn Matthei asumió con ejemplar nobleza la plena responsabilidad política, omitiendo toda alusión a las adversidades evitables que sufrió —incluyendo, entre otras, una encuesta que la hizo aparecer con 12% de apoyo, menos de un tercio del que realmente recibió, y modestísimos recursos materiales—, a las que logró sobreponerse con su propia capacidad personal, ampliamente demostrada en el último foro de la campaña.

La Presidenta electa cuenta con vasta experiencia de gobierno y también internacional. Ella no ignora cuán complejo es gobernar, y tanto más en Latinoamérica —baste revisar el cuadro de popularidades presidenciales que se publicó ayer por este diario—. Es evidente que aquellos que eligen un curso de polarización pueden lograr resultados de control político en el corto plazo, pero eso pronto deviene en deterioro nacional, reveses económicos, incertidumbre y choques sociales.

Siendo así, desde hoy mismo, la Presidenta electa —y tanto más desde el 11 de marzo, cuando vuelva a La Moneda— tendrá que procurar la contención de las enormes expectativas despertadas, para canalizarlas hacia un dinamismo que continúe impulsando al país, de modo que él pueda, por fin, trasponer el tantas veces invocado umbral del desarrollo, y en caso alguno retroceder.

 

http://www.elmercurio.com/blogs/2013/12/16/17851/Reeleccion-de-Bachelet-y-futuro-gobierno.aspx