La mujer y el proceso de Paz en Colombia – Por Tomás Molinares, miembro de la Delegación de las FARC

Precisar  una visión lo más objetiva posible sobre el papel de la mujer en la sociedad colombiana y ahondar históricamente en lo que ha representado, ha de ser un deber indefectible para ser justos con el ser más discriminado en la historia. Así mismo,  destacar el papel que en distintos momentos  ha jugado como emancipadora, no solo  por los derechos de género, sino también por la libertad de los pueblos aborígenes, por la independencia nacional, la democracia y la igualdad social y el socialismo.

Cuando abordamos ese análisis,  nos damos cuenta de la hipocresía de la oligarquía colombiana que reivindica los intereses de la mujer. Destacan como gran cosa, la participación femenina en la burocracia del sistema político y muy particularmente en la vida pública, como si las aristócratas representasen a las colombianas llamadas del común, desprovistas de todos los derechos, salvo el ejercicio del sufragio para respaldar causas políticas ajenas a sus intereses. Hay que decir que las reivindicaciones de género han sido conquistas, jamás han sido concesiones de los regímenes políticos liberal-conservadores por antonomasia antidemocráticos. Todo lo contario, son las mujeres sus más graves víctimas.

Para ser más explícito, como ejemplo,  quiero referirme a un hecho de la coyuntura política: por cuenta de la campaña por la reelección de Juan Manuel Santos Calderón y apropósito de los diálogos de paz, el gobierno decidió nombrar a dos plenipotenciarias en su equipo negociador, decisión que quiere exponer como un gran gesto, como un símbolo de unidad nacional. Podemos criticar la utilización de estos  nombramientos como pura politiquería y pura demagogia mas no el mensaje que han enviado al mundo de las organizaciones de mujeres en Colombia. El reto del simbolismo es claro; si en la otra orilla agitan hipócritamente como banderas el liderazgo de la mujer, en el campo popular, debemos destacar los verdaderos liderazgos femeninos en las organizaciones sociales, en los movimientos por la Paz, en las que representan la organización de víctimas de crímenes de Estado, en el colectivo de las Madres de Soacha, en el movimiento estudiantil, en las organizaciones políticas de izquierda, en las indígenas, en las comunidades afro descendientes y en las campesinas.   La representación en si misma de género no es una opción progresista, se requiere que los pueblos ubiquen en cada nombramiento los signos de clase y las políticas que expongan.

Paralelo a la exaltación de la mujer en las filas oficiales está en marcha un plan para enlodar el papel que están cumpliendo las guerrilleras  de las FARC-EP.  La contrainsurgencia ubica el tema de género como un eslabón vulnerable de la guerrilla. Eso se determina y sale de bulto en los mensajes que invitan a la deserción de combatientes: El amor, el aborto, el matrimonio, la infancia, la maternidad, son las nuevas municiones que ponen en boca de supuestas desertoras para crear el desánimo en las filas insurgentes y deslegitimarnos ante el pueblo.

Estas campañas olvidan que nuestras guerrilleras hunden sus raíces en las masas populares, en las y los excluidos de Colombia, conocen de necesidades y los sufrimientos de los pobres.  Tienen claras sus reivindicaciones y a golpe de sacrificio han defendido unas banderas que la oligarquía ha teñido con sangre de inocentes, porque esas luchas significan el derrumbe de sus privilegios.

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