Luego de breve suspensión, reanudan riegos con glifosato en selva colombiana

Regresan las aspersiones de la selva con el dañino glifosato, y las razones de su breve suspensión son sorprendentes e indignantes.

Hace cuatro meses la Policía Antinarcóticos suspendió las fumigaciones de cocales en la selva colombiana. Algunos ingenuos pensamos que habíamos aprendido la lección del pleito con Ecuador. Como se recordará, Ecuador demandó a Colombia ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya por los efectos perjudiciales de las fumigaciones colombianas en los campesinos y la naturaleza del país vecino. La demanda galopaba hacia una derrota contundente de Colombia, de modo que nuestra cancillería planteó un acuerdo para evitarla. En septiembre pasado, Quito desistió del pleito y Colombia, a cambio, reconoció el daño inferido allende la línea fronteriza, aceptó duras condiciones para futuros riegos venenosos y pagó una indemnización que incluye los honorarios de los abogados ecuatorianos.

Como nos había salido tan cara la aspersión de cocales con glifosato, parecía obvio que Colombia abandonaría esta práctica que no ha acabado con las siembras ilícitas, pero sí con amplias extensiones silvestres. Y resulta que el lunes pasado la Policía anunció que las fumigaciones vuelven el 15 de febrero. Lo más indignante es la razón por la cual se suspendieron las descargas venenosas y el argumento en el que se apoya la nueva aspersión en Nariño, Putumayo, Santander, Antioquia, Chocó, Caquetá, Meta y Guaviare.

Según la Policía, lo que llevó a parar la lluvia deletérea no fue el temor a que se enfermaran los campesinos colombianos, sino un atentado de las Farc que dejó un funcionario de Estados Unidos muerto y dos heridos. Ahora, con mayor blindaje, volverán las aeronaves a ahogar con el temible matamalezas los cocales y cuanto crezca a su alrededor.

Por supuesto que condeno el ataque contra los funcionarios estadounidenses y me duele y me indigna el homicidio de uno de ellos. Su vida no vale ni un miligramo menos que la de cualquier colombiano. Pero tampoco vale menos la de los campesinos sometidos al constante atentado tóxico. A diferencia de los aviones antidroga, los labriegos y agricultores no tienen cómo blindarse ante el veneno que cae sobre sus cabezas.

Pese a los esfuerzos de los fabricantes de este químico por demostrar lo contrario, cada vez es mayor la certeza sobre el peligro que el producto encierra. Aparte del apabullante expediente ecuatoriano sobre sus lamentables efectos reales, hay estudios de la Universidad de Pittsburgh que revelan la mortandad de plantas y anfibios a causa del plaguicida; de Hamilton College, que sindica al glifosato de ser una de las causas para que se redujera en un 81 por ciento la población de mariposas monarcas; de Action Network, que señala cómo ciertas especies de batracios, como el sapo de Houston, “están en peligro de extinción debido a la destrucción de su hábitat por el glifosato”; de especialistas colombianos, como la doctora Lilian Gómez, según la cual este producto ha dejado una estela de víctimas con “enfermedades de la piel, infertilidad, cáncer, paladar hendido, problemas oculares y hormonales”.

Hace apenas cuatro meses, Robert Khmer, científico del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, alertó sobre “el impacto de este herbicida en la salud de los suelos agrícolas”.

Abunda, pues, la documentación al respecto. Por eso el representante por el Putumayo, Guillermo Rivera Flórez, al enterarse de la reactivación de las fumigaciones, pidió al Gobierno su suspensión definitiva y ratificó que “el glifosato es nocivo para los seres humanos”. Sobre todo cuando hay soluciones biológicas y erradicación manual.

Lo más paradójico es que mientras personal norteamericano blindado vuelve a cubrir de veneno la selva colombiana para luchar contra la droga, su presidente, Barack Obama, afirma que la marihuana no es peor que el alcohol o el tabaco (tiene razón) y en dos estados gringos se legaliza la compra, venta y goce de la yerba.

Como dijo el gran Nicanor Parra: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?”.

 

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