Dios los cría… – Periódico ABC Color, Paraguay

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región

El presidente de Bolivia, Evo Morales, opinó que los presidentes demócratas tienen la obligación de defender a los presidentes electos en las urnas. No lo dijo, pero implícitamente sostiene que esa defensa debe darse aunque el presidente en problemas sea un violador de la Constitución de su país o de la libertad de sus conciudadanos. Para todo dictador o quien va camino a serlo, una pacífica manifestación ciudadana en demanda de respeto a sus derechos, como la que ocurre en Venezuela, es una conspiración, un golpe de Estado. Lo mismo que Morales, Dilma Rousseff y Cristina Kirchner temen que les ocurra algo similar a lo de Venezuela y esperan que sus colegas las apoyen. Es decir, más allá de la solidaridad ideológica, lo que se revela es un perverso espíritu corporativo de autodefensa a ultranza, que se traduce en la familiar expresión “hoy por ti, mañana por mí”. Esto nada tiene que ver con la democracia, sino que consiste en crear un escudo protector de los presidentes bolivarianos entre sí.

El presidente de Bolivia, Evo Morales, opinó que los presidentes demócratas tienen la obligación de defender a los presidentes electos en las urnas. No lo dijo, pero implícitamente sostiene que esa defensa debe darse aunque el presidente en problemas sea un violador de la Constitución de su país o de la libertad de sus conciudadanos. “Ante las reivindicaciones sociales, el diálogo es una obligación. Ante un golpe de Estado, no”, dijo. Para todo dictador o quien va camino a serlo, una pacífica manifestación ciudadana en demanda del respeto de sus derechos, como la que ocurre en Venezuela, es una conspiración, un golpe de Estado.

Se equivoca Evo Morales. La obligación que tienen los presidentes electos es respetar y fortalecer los principios democráticos, así como promover los derechos humanos y las libertades fundamentales. Así lo entendieron los presidentes Juan Manuel Santos, de Colombia, y Sebastián Piñera, de Chile, cuando exhortaron al diálogo a ese grotesco personaje llamado Nicolás Maduro. La legitimidad de origen –haber sido elegido– no autoriza a asesinar a pacíficos manifestantes mediante matones motorizados. La legitimidad en el ejercicio, que el usurpador chavista del Gobierno perdió hace mucho y no solo en las últimas semanas, es tan importante como la de origen. Pero quien hoy funge de presidente venezolano tras unas elecciones fraudulentas ni siquiera puede invocar la legitimidad de origen.

Los presidentes demócratas no tienen por qué apañar las tropelías de ninguno de sus pares. Ellos no forman un gremio cuyos integrantes se hayan juramentado protegerse mutuamente, ya sea porque se ha recurrido al procedimiento constitucional del juicio político para deponer a uno de ellos o porque los ciudadanos se movilizan contra él, hartos de su ineptitud y de su prepotencia. El caso de Fernando Lugo ilustra a qué conduce la defensa a ultranza del colega en apuros: se ignoró nuestra Constitución y se violó la soberanía del país, hasta el punto de que este mismo Maduro, entonces canciller, tuvo el atrevimiento de venir a nuestro país a impartir órdenes a los militares paraguayos para que salieran en defensa de su correligionario bolivariano Lugo. Es decir, lo que los bolivarianos reivindican para sí y sus correligionarios paraguayos les niegan con énfasis a los demócratas venezolanos.

Según el presidente boliviano, con quienes se oponen al chavismo ni siquiera hay que dialogar. O sea que habría que reprimirlos o encarcelarlos, aunque lo último no sea aplicable del todo dado que son millones los ciudadanos que se han puesto de pie, que para él son “golpistas”. Lo mismo que Morales, Dilma Rousseff y Cristina Kirchner temen que les ocurra algo similar y esperan que sus colegas las apoyen. Es decir, más allá de la solidaridad ideológica, lo que se revela es un perverso espíritu corporativo de autodefensa a ultranza, que se traduce en la familiar expresión “hoy por ti, mañana por mí”. Esto nada tiene que ver con la democracia, sino con el deseo de buscar el escudo protector de los presidentes “bolivarianos” ante el descontento social, ya manifestado no hace mucho en el Brasil y cada vez más notorio en la Argentina. Saben que están en el mismo barco y no quieren hundirse solos. Esto explica también por qué los bolivarianos bastardearon las sensatas cláusulas democráticas de la OEA y del Mercosur, para buscar reemplazarlas por nuevos instrumentos de las cada vez más numerosas entidades regionales que están creando a su medida.

Habría en Venezuela un “golpe de Estado” en curso, que resulta muy curioso, ya que las únicas armas de sus presuntos autores son sus ideales de pan y libertad. Quienes sí tienen armas letales son la Fuerza Armada Nacional Bolivariana –formalmente identificada con el Partido Socialista Unido de Venezuela– y unos grupos paramilitares o parapoliciales conocidos como los “colectivos”. La rica historia latinoamericana en la materia no registra algo similar a lo que Maduro y sus secuaces denuncian. En 1964, François Mitterrand escribió que la forma de gobernar del general Charles de Gaulle era un “golpe de Estado permanente”. Aunque la comparación sea injuriosa para la memoria del militar europeo, se diría que eso es justamente lo que se observa en la Venezuela de hoy: un constante abuso del poder, con la complicidad de un Poder Judicial sometido al chavismo y de una Asamblea Nacional mayoritariamente servil, que le otorgó a Maduro la facultad de gobernar mediante decretos con fuerza de ley. Los golpistas son los discípulos de Chávez, que alguna experiencia tuvo en el asunto.

Los venezolanos se han alzado contra ese “golpe de Estado permanente”, que ha servido para concentrar el poder, pero no para dar seguridad a la población ni para abastecerla con productos de primera necesidad. Al cabo de quince años de chavismo, Venezuela tiene las tasas de homicidios y de inflación más altas del mundo y carece de un Estado de Derecho.

La triste realidad cotidiana que sufre el hermano país no se borra censurando a la prensa, cancelando la licencia de un canal de televisión venezolano y forzando el cambio de dueño de otro, impidiendo las emisiones de un canal colombiano o expulsando del país al equipo enviado por la CNN para informar sobre los último sangrientos sucesos. La voz del charlatán Maduro –la única que hoy aparece en la radio y en el televisor– no tiene el efecto mágico de corregir la penosa realidad ni impide que los opositores se hagan oír en las calles, arriesgando su propia vida.

Pese a los esfuerzos del régimen opresor, lo que pasa en Venezuela es conocido no solo por las víctimas, sino también por la opinión pública internacional. Y a ella no se la engaña con las eternas cantinelas sobre el “fascismo” amenazante o el “imperialismo” interventor. El chavismo –igual que su creador y respaldo, el castrismo– es burdo, arbitrario e incapaz, así que ni siquiera puede presentarse como una dictadura desarrollista. Los sufridos venezolanos se manifiestan contra la miseria política, social y económica provocada por el chavismo, que no se solucionará censurando a la prensa ni reprimiendo a la población. Entre los manifestantes se destacan los estudiantes indefensos, que son ignorados por los presidentes “demócratas” como los Morales, Rousseff, Kirchner, Mujica y Correa.
Si el chavismo quiere morir matando, no lo hará con el silencio cómplice de los verdaderos demócratas de la región y del mundo. Por lo menos, no de los paraguayos.

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