Pasado el 2 de febrero, todo se activa de inmediato para el 9 de marzo – La Prensa Gráfica, El Salvador

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región

 

Como hemos venido diciendo recurrentemente a lo largo de los meses anteriores al evento electoral del pasado domingo, cada elección, del tipo que sea, tiene sus propias características, conforme a las circunstancias del respectivo momento, a la forma en que se comporten la institucionalidad y las fuerzas en competencia, y según sea el ánimo de la ciudadanía. En esas tres dimensiones podemos encontrar, sin mayor dificultad, lo que ha caracterizado al fenómeno electoral que aún está en camino, y que inició allá en la segunda mitad del año 2012. Hacer recuento de dichas notas distintivas es, sin duda, una tarea aleccionadora, que debemos hacer todos, comenzando por los propios contendientes.

Lo primero que salta a la vista de lo ocurrido el pasado domingo es la baja participación ciudadana en la emisión del voto. Esto es revelador, sobre todo si se tiene en cuenta que la campaña fue extensa en el tiempo y muy movida en el terreno. En un análisis simple, cualquiera hubiera podido esperar una masiva afluencia, dado el torrente de promesas y el trajín de los aparatos partidarios.

El hecho de que sólo un poco más de la mitad de los votantes potenciales acudieran a las urnas indica, de entrada, que no hubo clic suficiente entre candidatos y ciudadanía; y, además, que lo ofrecido, de seguro por ser una avalancha de pequeños anuncios, no logró motivar de manera generalizada a los votantes para que se manifestaran en las urnas. Hay, por otra parte, un claro desencanto de la ciudadanía respecto de la política en general, lo cual merecería enfoques bastante más serios e incisivos que los que normalmente se hacen.

Otro punto digno de atención es el referente a la configuración del esquema competitivo. Este 2 de febrero quedó en evidencia, una vez más, que las llamadas “terceras fuerzas”, de la índole que fueren, no pegan en el ambiente como para volverse actores realmente en juego. En esta oportunidad, un ex Presidente de la República, que salió del cargo con buena calificación en el sentir público, intentó llegar de nuevo a la Presidencia. Ni siquiera esa ventaja de entrada movió piezas para alterar lo que es el esquema tradicional: dos fuerzas en acción a la hora de las definiciones. Y, además, se reiteró la tendencia arraigada a no favorecer ningún tipo de reelección.

En otro sentido, hay que recalcar, según los datos numéricos disponibles, que el voto “no comprometido” o “indeciso” o como quiera llamársele, es cada vez más difícil de atraer. Hay una creciente concienciación ciudadana, que con facilidad se inclina hacia la abstención para demostrar su desaliento, su indiferencia o su reproche por la falta de ofertas verdaderamente convincentes. Desde luego, de aquí al 9 de marzo no hay tiempo para hacer reciclajes de fondo tanto en las estrategias como en los programas de acción; pero sí habrá que hacerlo en el futuro inmediato, porque los signos de la realidad son cada vez más acuciantes.

Ahora entramos en 4 semanas más de campaña, con todo lo que eso implica de apremio y de desafío. Es notorio que tanto en la votación como en la abstención el país está dividido en dos, y que, de alguna manera, con eso tendrá que lidiar la Administración que viene.

Nadie tiene a la mano la opción de volver la mirada hacia otra parte, como tantas veces ha venido ocurriendo. El famoso “cambio” ya no puede ser manipulación de los hechos. La realidad del país no admite ningún tipo de fantasía disimuladora, independientemente de los colores con que se vista. El imperativo consiste en evolucionar en serio.

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