Crónica de un cruce de frontera: de Colombia a Venezuela

Desde hace semanas, Venezuela vive un clima de ebullición política. Ciertos sectores de oposición han logrado sostener algunos territorios de gran conflictividad en las calles. El bloqueo de caminos, la quema de basura y caucho, sumado, a actitudes de alto nivel de violencia ponen a Venezuela ante el intento de uno de los denominados “golpes blandos”. Una tentativa de derrocamiento del gobierno que preside Nicolás Maduro, con evidente apoyo de la derecha mundial que, entre otros aspectos, se expresa en la narrativa de los medios de comunicación que esos sectores detentan.
Coincidentemente y, luego de diez meses de viaje, nos ha llegado el turno de transitar las tierras del chavismo. Ya desde Bogotá comenzamos a avispar oídos y a observar cotidianamente los sucesos de Venezuela. Junto a Dan, el joven arquitecto que nos hospedó en su casa, empezamos a idear el cruce de la frontera. Nos ofreció la casa de su madre en Cúcuta, ciudad limítrofe con Venezuela, desde donde mirar más de cerca y tomar decisiones apropiadas. En paralelo, nuestros correos electrónicos con los amigos en Venezuela, pasaron de frecuentes a diarios.
Cartagena fue el paso previo a Cúcuta. 4 días dedicados a visitar esa bella ciudad amurallada, para, luego, transcurrir casi 20 horas de bus que nos llevaron a Cúcuta. Verónica, mujer de más de 60 años, delgada, coqueta, fumadora, pero, fundamentalmente, madraza, nos recogió a paso veloz y decidido en la terminal de buses de esa ciudad fronteriza. Llegamos el domingo 23 por la tarde. Verónica, que había averiguado que la situación el fin de semana se encontraba tranquila, nos propone lo habitual, dirigirnos con su auto a sellar los pasaportes en ambos puntos de migraciones para situarnos en la mismísima frontera, ver bien de cerca y, si todo está en calma, cruzar al día siguiente en la mañana. Carlos, uno de los amigos en Venezuela, coincide con que hagamos el cruce el día lunes. El asunto es hacerlo temprano, llegar de día a Mérida, tierra donde nos espera Héctor. Cumpliendo esas pautas, todo parecía sencillo.
Allí fuimos, 6 personas a la aventura. La hija y dos sobrinas de Verónica, todas de entre los 30 y los 40 años, nos acompañaron en la diligencia. La oficina de migraciones de Colombia, nos recibe sin filas y el funcionario nos sella pasaportes en cuestión de minutos. Ya en el auto, atravesamos la frontera hacia la otra oficina ubicada en la localidad venezolana de San Antonio. Aquí los puntos de migraciones están distantes.
Las calles de Venezuela nos reciben en tranquilidad, algunos carteles dan cuenta de que se trata de un punto de marcha de ciertos sectores políticos. Personas, sentadas en una plazoleta, cuidan sus pancartas con consignas, nada indica que estén en reclamo activo. Están desconcentrándose o a la espera, pero nada presume peligrosidad. En la oficina de migraciones somos los únicos que piden el ingreso a Venezuela. Así, formalmente, el día 23 de febrero ingresamos a la tierra de Bolívar.
En la mañana del 24, con mochilas alistadas, Verónica nos deja en la terminal de buses para tomar el carro que nos cruce a Venezuela, con destino inicial a San Cristóbal. El itinerario: Cúcuta – San Cristóbal en carro de la cooperativa Sucre. En San Cristóbal comunicarnos con Héctor antes de tomar el bus que nos transporte a Mérida, para cuadrar con él hora y lugar de encuentro. Pasó una hora y media y la ausencia de los carros habituales en la terminal de Cúcuta indica a las claras que algo pasa. Choferes de autos “piratas” – modo en que se denomina a los coches que no pertenecen a ninguna cooperativa de transporte, sino que son cuentapropistas – nos ofrecen los mismos recorridos. Nadie los toma. Una decena de personas, entre venezolanas y colombianas, que al igual que nosotros pretenden cruzar, conversan, averiguan, pero no se van. No son turistas, son trabajadores, comerciantes o estudiantes que de modo habitual hacen ese trayecto. No hay turistas, no hay viajeros de mochila, a excepción de nosotros. Ya nos han dicho: “nadie quiere cruzar a Venezuela, ustedes están locos”… puede ser.
Por los mails con Carlos, la vida parece transcurrir normal del otro lado. Preocupados, sí. Pero sus líneas concisas no revelan que estén atravesando una guerra civil o una situación límite. Están midiendo fuerzas en las calles. Como jugadas de ajedrez, las piezas se mueven para jaquear al otro. La presión internacional y las imágenes televisivas que nos muestran una Venezuela en llamas, se cuelan en la percepción colectiva de Colombia, en Cúcuta todos hablan de ello. El comercio, el legal y el ilegal, se resiente. El impacto es evidente en los comercios de Colombia que no cuentan con el caudal habitual de venezolanos que consumen de aquel lado. Los productos de elaboración venezolana de calidad y a mejores precios, tampoco llegan a Cúcuta. La vida de esa ciudad se trastoca y todos miran con atención lo que sucede.
Verónica montada en su pequeño carro, nos recoge otra vez de la terminal para volver a su casa. Un intento fallido. Nuestros pasaportes dirán lo contrario, pero nosotros seguimos en Colombia.
Juancho, un vecino venezolano de Verónica que da clases del lado de Venezuela pero reside en Cúcuta, se ofrece a averiguarnos mejor lo que conviene. Mientras tanto, a conocer un poco de Cúcuta, caminar por su malecón y visitar su centro. Vía mail, reportamos de nuestra situación a familia y amigos. En Venezuela ya saben que no hemos cruzado. Miramos varios canales televisivos, hablamos con quienes conocen, recogemos opiniones y despejamos los datos concretos de los supuestos o inventados. San Cristóbal y Mérida tienen focos de conflicto en sus calles. Los autos no salen de Cúcuta porque no hay enroque de transporte del otro lado, en paralelo un paro de “pimpineros”- vendedores ilegales de gasolina de contrabando- del lado de Colombia. En definitiva, hay conflicto, no hay gasoil: no hay transporte.
Lo mismo sucederá el martes, nos informa Juancho, por lo tanto, hay que “desensillar hasta que aclare”.  Juancho, la tarde del martes nos comunicará dos cosas: que el miércoles es probable que todo retome la normalidad en las horas de la mañana y que conviene el destino al Vigía en vez de a San Cristóbal. El recorrido lleva menos tiempo y evitaríamos el peor punto de conflicto que por estas horas parece ser San Cristóbal. Chequeamos la información con nuestros amigos en Venezuela, la mirada parece correcta y apropiada en tales circunstancias.
Nos despedimos de Verónica, agradecemos la ayuda de todos por Cúcuta y partimos hacia la terminal. A las 7, 30 horas del miércoles 26 los carros de la cooperativa Sucre aguardan la llegada de pasajeros ávidos por cruzar. Negociamos precio y nos montamos en uno de ellos que nos llevará al Vigía en unas 3 horas. Viajamos con dos venezolanos y un colombiano, más el chofer. En el asiento trasero un joven arquitecto nos da charla. Adelante, el resto escucha pero no interviene. A una hora de recorrido, la niebla que se despeja al andar, nos permite visualizar una fila de autos parados en nuestro carril. Frenamos. Nos encontramos atentos, expectantes, sin saber qué sucede y con ciertos nervios. Aguardamos en el auto y el chofer sale a averiguar el motivo de la trancadera. El alivio llegó pronto cuando nos informaron que no se trataba de ninguna situación vinculada con los conflictos. No había paramilitares, ni manifestantes, se trata de un camión desbarrancado que las grúas están corriendo del camino.
La  ruta es de montaña, partes terminadas y otras en construcción. La vegetación verde e intensa de los alrededores solo se evidencia cuando la niebla se aparta. Hace frío, estamos subiendo para luego bajar, nos informa el joven arquitecto. Allí, retenidos por más o menos una hora, la charla se hace más fluida. El joven resultó ser opositor e intenta explicarnos los motivos de las marchas. No sabemos quiénes escuchan, los pasajeros de adelante no han hablado, el chofer no sienta posición, nosotros nos atenemos a escuchar, preguntar e intervenir manifestando cierta ingenuidad. Volvemos a iniciar marcha, el pasajero colombiano baja en un pueblito lindero a la ruta, se trata de un campesino. El chofer vira hacia otro camino y el pasajero sentado con él, le consulta su maniobra. Se encuentra ante la necesidad de cargar gasolina y lo hará en el punto que le han informado por teléfono que se vende al precio oficial, es decir, muy barata. Llegamos al puesto de gasolina y nos bajamos a la cafetería mientras se hace la fila. Martín pide una empanada, yo tomo un café y, con una expresión de felicidad en mi rostro, le comento al dueño del comercio que se trata de mi primer café en Venezuela. “Eres de argentina”, me dice, le manifiesto que sí, que vengo a visitar amigos aunque no se si se trata del mejor momento para ello. Me responde con contundencia: “niña, aquí no pasa nada, se trata de un grupo de 4 pelagatos en toda Venezuela que creen que pueden voltear a un gobierno que ha ganado por los votos”. Nos indican que el auto ya ha cargado gasolina, le doy la mano al don en gesto de complicidad. Siento alegría, al fin me habla un chavista en estas tierras y no será el primero. El joven opositor no estaba presente en tal suceso. Menos mal, prefiero que no sepa mucho de nosotros. Bajará en El Vigía con nosotros y, también, es de Mérida. Es decir que ese trayecto venidero lo haremos junto a él, hace rato se ofreció cordialmente a acompañarnos. Nunca le dije quién nos recibirá en Mérida, solo que un amigo nos recogerá allí.
El pasajero de adelante resultó ser de Frías, único pueblo chavista de la zona que estamos transitando, según nos informa el chofer. Se trata de una persona cercana a los 40, relleno, morocho y de pelo bien corto que presenció, en la cafetería, nuestro diálogo con su dueño. No sabemos si escuchó o no, pero nos tranquilizó su procedencia. Se bajó del carro y con la mirada aguda, nos saluda mientras esboza una sonrisa.
Seguimos viaje. Pasajeros eventuales que suben y bajan pronto, se suceden en varios puntos urbanizados. A las 13,30 horas llegamos a la terminal de El Vigía. Ni una marcha, ni una guarimba – lo que en nuestra jerga sería un piquete- que hayamos visto en los caminos.
El joven arquitecto necesita un cajero antes de tomar el bus que nos traslade a Mérida. Con Martín, lo esperamos en la terminal mientras nos tomamos un yogur cuyo pote dice: “Hecho en Socialismo”. Me comunico con Héctor para coordinar lugar de encuentro en Mérida, primera vez que le escucho la voz. Se lo nota tranquilo, risueño.
Mi nivel de atención no cesa, hasta no encontrarme en casa de Héctor no estaré tranquila. Las imágenes de la tele parecen persistir más allá, incluso, de la evidencia de fluidez que se observa en las calles. Negocios abiertos, personas comprando, autos circulando, perros que descansan en la esquina, sol que no cesa… hace calor.
Martín, el joven opositor y yo nos subimos al bus con destino Mérida. Con Martín vamos al fondo, allí hay más lugar para mochilas, el joven se sienta por el medio.
Martín cabecea, tenemos sueño, pasaron horas desde que nos levantamos bien temprano en la mañana. Mis ojos también quieren cerrarse, no lo permito, aún no es tiempo de bajar la guardia. Quiero observar todo. El bus marcha por avenidas en donde la vida parece normal. La circulación está garantizada, si no fuese por esas  imágenes que revolotean en mí, ya estaría dormida.
A medida que nos acercamos a Mérida evidencio un primer foco. Un grupo de personas – no más de 10 – hacen bulla con sus cacerolas en una esquina. Esto me resulta conocido, pienso. La señora sentada a mi lado me comenta, “esos ricachones otra vez en la calle, es la hora en que salen”. Otra chavista, diré para mí. Qué bien. Le pregunto a la señora para que me cuente un poco más, sus palabras son breves pero contundentes. Igual no dice mucho, o mejor, ya ha dicho bastante. Pocas cuadras más adelante, otro grupo un poco más nutrido quema caucho en una esquina, el tránsito no está cortado, no les da el número.
Son cerca de las 4 y llegamos a Mérida, el bus nos deja en un punto que es hasta donde los cortes de calle, sin gente pero con mucha basura, le permiten llegar. Nos bajamos y el joven arquitecto nos acompaña a un taxi. Allí nos despedimos, nos da su tarjeta, no le doy la nuestra pero lo saludamos cordialmente. Ha sido amable con nosotros y eso está bien.
Llegamos en taxi al mismísimo centro de una de las ciudades que ha sido eje de mayor conflictividad en estos días. No hay manifestaciones a esta hora, si bastantes puntos con basura y goma quemada en medio de las calles. Las paredes de Mérida hablan, piden paz, también los parabrisas de algunos autos. Las personas caminan por las calles, trabajan, toman helados, hablan por teléfono. Hay niños y niñas en la plaza donde nos sentamos a esperar a Héctor. Ese es el punto de encuentro: la Plaza Bolívar de Mérida, al lado de la gobernación. 10 minutos pasan y el encuentro se produce. Al fin!
¿Qué quién es Héctor? Un ser excepcional, muy querible. Un militante histórico, arquitecto de apellido Vivas. Sobrino y discípulo del gran arquitecto venezolano Fruto Vivas. Héctor diseñó el túnel por el que se escapó de la cárcel, junto a otros militantes de las fuerzas armadas de liberación nacional en el año 1975. Hoy, en la casa de campo en la que vive con su compañera Belkis, artista plástica y bellísima persona, nos dice con énfasis: “yo no me escapé porque sí, ese era mi deber. Para un guerrillero el deber cuando lo atrapan, es escaparse” su mirada cobra intensidad en esas palabras y la gestualidad en sus manos manifiestan la firmeza de tal afirmación. Allí todo cobra sentido, no estamos locos. No somos guerrilleros pero sí militantes y, digan lo que digan, nuestro deber en este viaje era pisar Venezuela. Diría, incluso, que más aún en estas circunstancias. Y aquí estamos.