El descontento en Venezuela es real y legítimo – Por Henrique Capriles Radonski

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región

Durante los últimos meses Venezuela ha sido noticia en el mundo por la crisis económica, social y política que atraviesa. Los canales de noticias y las redes sociales transmiten imágenes de miles de venezolanos que han salido a las calles en diferentes estados de nuestro país, a manifestar el descontento que sienten con un gobierno que ha sido incapaz de atender las necesidades de nuestro pueblo. El gobierno ha respondido con una brutal represión, y las víctimas del conflicto hasta ahora alcanzan 22 muertos, miles de heridos, docenas de torturados y centenares de detenidos, mientras el país entero está sumido en una profunda inestabilidad.

Las causas de estas protestas no son banales ni ficticias, como el gobierno ha intentado hacerle creer al mundo, pues no es banal ni ficticio el acelerado deterioro de las condiciones sociales y económicas del país. Venezuela está viviendo la peor crisis económica de su historia. La tasa de inflación anual ha alcanzado el 56%, y es bien sabido que nuestro pueblo más pobre es el más afectado. La escasez de productos alcanzó en enero de este año su máximo histórico, y conseguir productos como leche, harina, azúcar, e incluso el papel higiénico, se ha vuelto una odisea cotidiana. El valor de nuestra moneda ha sufrido una serie de devaluaciones continuas. Y además de todo, en el 2013 hubo alrededor de 25 mil homicidios, de los cuales el 93% quedaron impunes.

En estas condiciones es natural que los venezolanos, y particularmente que nuestros estudiantes, hayan decidido demostrar que están inconformes. Y ahora, cuando al ya sombrío panorama se suma la represión, la censura y otras violaciones que ha cometido el gobierno, es claro que a nuestro pueblo no le faltan razones para salir a las calles a decirle al gobierno de Nicolás Maduro que ya basta.

La persistencia de las protestas en nuestro país deja claro que el gobierno no ha sido capaz de darle al pueblo las respuestas que demanda. El pueblo pide soluciones para sus problemas de inseguridad, de escasez, y de inflación, pide el cese de la represión y de la censura. Lo que el pueblo pide es un cambio en Venezuela, pero lamentablemente el gobierno de Nicolás Maduro se ha negado a escuchar el clamor de los venezolanos.

En lugar de escuchar, Maduro opta por catalogar a los manifestantes como fascistas, terroristas y asesinos, para así desestimar el reclamo de miles de venezolanos sin considerar que no solo descalifica a una gran parte del país, sino que promueve aún más el conflicto. El discurso de Maduro además enfatiza supuestas conspiraciones por parte del “imperialismo americano” y actuaciones de supuestos mercenarios en su contra. Así busca no tener que asumir su propia responsabilidad en la crisis que vivimos. Es vergonzoso cómo el gobierno habla de teorías conspiradoras, e ignora por completo la represión en contra de los manifestantes perpetuada por los Cuerpos de Seguridad del Estado y por grupos de paramilitares armados por el propio gobierno.

Maduro ha optado también por hacer llamados irresponsables al enfrentamiento. Cuando se cumplió un año de fallecimiento del Presidente Hugo Chávez, ordenó a grupos paramilitares disolver las manifestaciones legítimas. “Candelita que se prenda, candelita que se apaga”, dijo Maduro a estos grupos armados que amedrentan a los venezolanos. Maduro y su gobierno insisten además en distraer la atención de los problemas del país, restringiendo cada vez más la actuación de los medios de comunicación, y transmitiendo cadenas de radio y televisión que no reflejan la realidad que vive el país.

Es evidente que la solución de la crisis actual debe empezar por el diálogo. Pero diálogo no es solo invitar a otro a que escuche lo que el gobierno tiene que decir, es que el gobierno se comprometa con sinceridad a escuchar y rectificar. Si no hay compromiso no puede haber diálogo; y hasta ahora, ninguna de las acciones por las que ha optado Maduro denota compromiso o sinceridad.

Para que el diálogo sea sincero y efectivo, Maduro debe en primer lugar reconocer y respetar a los venezolanos que no están de acuerdo con sus políticas. Todos los venezolanos independientemente de su color político, merecen un gobierno que los escuche. El gobierno de Maduro debe ser capaz de admitir que el descontento que están manifestando miles de venezolanos en las calles es real y legítimo.

En manos del gobierno está empezar a optar por acciones que demuestren su voluntad para solucionar realmente la crisis que vivimos: la libertad a los estudiantes detenidos y presos por causas políticas (casos Leopoldo López, Iván Simonovis y otros detenidos); el desarme de los grupos paramilitares promovidos por el gobierno, que intimidan y amedrentan a los ciudadanos; exigir a la Guardia Nacional Bolivariana el cese de la represión y el uso de la fuerza en contra de los manifestantes; eliminar la censura, y crear una comisión independiente que determine los responsables de las muertes de manifestantes.

La solución a la profunda crisis económica y social que atraviesa el país también necesita que trabajemos unidos para dar prosperidad y tranquilidad a nuestra nación. Entre otros pasos, el esfuerzo privado debe ser tomado en cuenta para poder incrementar la producción nacional de la mayoría de los bienes que hoy día se importan. Asimismo, es indispensable renovar la confianza de los ciudadanos en nuestras instituciones, eligiendo sin ninguna afiliación política a los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, quienes tienen su período vencido y a los rectores del Consejo Nacional Electoral, tal como lo establece la Constitución. Por último, es necesario sacar la política y al gobierno cubano de nuestras Fuerzas Armadas.

Nos tomó años construir una alternativa; el camino es largo, pero debe ser uno constitucional. Nuestro pueblo no puede continuar por la misma senda de deterioro de la situación económica y política impuesta actualmente por el gobierno. Debido a esto, hemos planteado la participación de un mediador independiente, que pueda llevar a los dos grupos a una mesa de trabajo y discusión. La Iglesia Católica, con sus profundas raíces en la historia y cultura venezolana, pudiera asumir este rol y ayudar en la reconciliación de la ciudadanía dividida y en la construcción de una Venezuela unida. La comunidad internacional debería ayudar al gobierno venezolano a entender la importancia de un diálogo sincero y efectivo, que no se convierta en un simple show de televisión como ha sido hasta ahora.

Las últimas dos semanas han sido reveladoras. Nos han demostrado lo que ocurre cuando la gente decide no estar en silencio ante la ruina económica y social. Ante la represión política instamos al gobierno a tomar en serio la posibilidad de un diálogo verdadero, con una oposición dispuesta a discutir los graves problemas del país y un pueblo que pide cambio.

Henrique Capriles
Gobernador del Estado de Miranda, ex candidato presidencial y líder de la agrupación Alternativa Democrática.
http://www.elmercurio.com/blogs/2014/03/11/20135/El-descontento-en-Venezuela-es-real-y-legitimo.aspx