Celebrar y defender nuestra independencia – Periódico ABC Color, Paraguay

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Nuestros corazones deben regocijarse en este día en que rememoramos la conquista de la libertad lograda sobre el vasallaje colonial, la primacía del ideal comunero de la voluntad popular sobre la ciega obediencia a la corona española, cuando hace doscientos tres años el Paraguay declaró su independencia nacional, asociándola a la condición de República libre de América. Razonable es, entonces, que celebremos este día, así como útil será que también reflexionemos en consecuencia. Alegrarnos con realidades positivas, no con sueños imaginarios; reflexionar sobre la épica historia de nuestra vida independiente como nación, y también sobre los desafíos que enfrentamos en el presente en la búsqueda del desarrollo que nos falta para tener una vida nacional de prosperidad, como soñaron nuestros próceres. Cada 14 y 15 de mayo deben servirnos como referencia en el flujo del tiempo para determinar cuánto hemos progresado como sociedad, así como para evaluar los errores y aciertos de nuestros gobernantes en la defensa de los intereses de la Nación, el gradual mejoramiento de nuestras instituciones públicas, nuestra convivencia social y, por sobre todo, nuestros propios sentimientos morales y visión de patriotismo.

Por vicisitudes de la historia, para nosotros los paraguayos –tal vez como para ningún otro en América– la palabra “patriotismo”, como lealtad suprema hacia la nación y sus intereses, ha tenido siempre una significación heroica, mucho más que un mero sentimiento ciudadano de amor por el bien público, o la preferencia por el interés de la mayoría frente al interés de unos pocos. Y no es para menos. Ganamos nuestra independencia por nuestras propias manos, sin necesitar la ayuda de ejércitos libertadores foráneos; tampoco requerimos auxilio para preservarla. Por más de cuatro décadas el doctor Gaspar Rodríguez de Francia y Don Carlos Antonio López la sostuvieron con férrea voluntad contra la ambición porteña de anexarnos como provincia, soportando recurrentes agresiones económicas y militares. El mariscal Francisco Solano López la defendió durante cinco años en la guerra de exterminio que nos trajo la Triple Alianza, hasta sucumbir con sus últimos soldados en Cerro Corá. Sesenta años más tarde, de nuevo el Pueblo en armas se vio obligado a levantarse en defensa de la integridad territorial contra el afán de Bolivia de apoderarse del Chaco Boreal; territorio que la Argentina nos había arrebatado tras la guerra genocida de la triple entente –además de haberse apropiado de las Misiones jesuíticas y el territorio comprendido entre los ríos Bermejo y Pilcomayo– y que nos fue devuelto mediante el justiciero Laudo Hayes. Siempre debemos tener presente que las fronteras que hoy nos delimitan de los países agresores de antaño son todas de guerra, regadas con la sangre de nuestros héroes.

Así, pues, simbólicamente, la épica historia de nuestro país puede resumirse en su nacimiento como nación independiente el 15 de mayo de 1811, su exterminio en Cerro Corá el 1 de marzo de 1870 y su resurrección de entre los escombros de la tragedia con posterioridad, para seguir siendo lo que fue, lo que es y lo que será: una nación libre, independiente y soberana en el concierto universal. En este derrotero, ella probablemente producirá menos historia que en el pasado. De hecho, como país pivote de la América del Sur, enclavado entre sus enemigos de ayer, el Paraguay tendría que estar disfrutando hoy del mejor tiempo en sus dos siglos de vida independiente si no fuera por la persistencia del egoísmo geopolítico imperialista de sus dos grandes vecinos, Brasil y Argentina. En efecto, con relación al primero, cuesta entender que siendo el Paraguay el primer país del continente con el que Brasil comparte un emprendimiento estratégico conjunto nominalmente paritario –como lo es la usina hidroeléctrica de Itaipú– tenga que ser víctima de una colosal estafa por su parte en la explotación comercial de la misma. En vez de recibir beneficios equitativos como los previstos en el pertinente tratado, nuestro país recibe una ínfima parte de lo que en justicia le corresponde. Con la energía dolosamente escamoteada al Paraguay, Brasil ha conseguido llegar a ocupar por algún tiempo el sexto lugar entre las primeras economías del mundo, en tanto que nuestro país no ha podido dar un paso adelante en su crecimiento económico por verse privado de la posibilidad de disponer libremente de la electricidad que le corresponde en la usina binacional.

Lo mismo nos ha sucedido con el emprendimiento hidroeléctrico de Yacyretá, compartido igualitariamente con la Argentina. Desde la puesta en marcha de la primera turbina generadora, hace casi veinte años, la Argentina sigue llevándose más del 95 por ciento de la electricidad allí producida, con el agravante de que hasta ahora no ha pagado al Paraguay las compensaciones económicas previstas en el tratado, tanto por territorio inundado como por la energía paraguaya que se lleva, así como tampoco por las indemnizaciones que corresponden a daños de bienes ocasionados por el embalse de la represa. Tampoco se han completado todas las obras previstas en el proyecto. A todo este déficit de gestión se debe agregar una abultada deuda espuria que el Tesoro argentino le reclama a la entidad binacional, con lo que se completa su debacle financiera.

Así como nos enorgullecemos del patriotismo de nuestros gobernantes del pasado, lamentablemente tenemos que admitir que los infortunios del Paraguay en Itaipú y Yacyretá se deben también a la falta de patriotismo de nuestros gobernantes de tiempos recientes, empezando con el dictador Alfredo Stroessner, quien fue el principal responsable de haber entregado nuestra soberanía energética en ambos emprendimientos binacionales al aceptar las leoninas cláusulas de los correspondientes tratados, sin ninguna duda a cambio de sobornos, ya que no es posible inferir otros móviles para una traición de lesa patria de tal magnitud. Quienes le sucedieron en el gobierno de la República, en vez de tratar de revertir tan viles entregas de patrimonio nacional y de soberanía, optaron por más de lo mismo –sobornos encubiertos en forma de contratos, altísimos salarios, etc.–, convalidando los abusos financieros y las arbitrariedades administrativas que hasta hoy privan a nuestro país de los beneficios a que tiene derecho en ambos emprendimientos binacionales. En cuanto a Yacyretá, está por verse si el presidente Horacio Cartes resiste las tentaciones y rescata los intereses paraguayos ahí conculcados, o si, por el contrario, opta por la sucia y antipatriótica senda de sus predecesores en el gobierno de la República, entregando definitivamente la parcela de valiosa soberanía energética nacional a la Argentina, como al parecer le aconseja nuestro actual embajador en ese país, el inescrupuloso expresidente de la República, devenido multimillonario, Nicanor Duarte Frutos.

Mientras no tengamos políticos patriotas, capacitados intelectualmente y valientes –como los de los tiempos heroicos de la República–, los gobernantes de Brasil y de Argentina seguirán mofándose de nuestros derechos y nuestra soberanía. Corresponde a las presentes generaciones de paraguayos y paraguayas jóvenes nutrirse de un firme sentimiento del más noble nacionalismo para hacer realidad los ideales de los próceres de Mayo y rescatar al Paraguay del abismo de corrupción, ignorancia y pobreza en que lo han sumido políticos y autoridades codiciosos e inmorales. Será la forma más apropiada de celebrar cada día nuestra independencia.

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