“Si no reacciona (el gobierno paraguayo), en las próximas elecciones presidenciales, alumnos de la tiranía castro-chavista pasarán a gobernar nuestras vidas en un rumbo predecible de pobreza y violencia” – Editorial del periódico ABC Color

El próximo gobierno del Paraguay será bolivariano

En nuestro continente, con muy pocas excepciones, los partidos tradicionales quedaron atrapados en un profundo y acelerado proceso de mediocridad y corrupción. Así, gradualmente dejaron de ser un recurso para los ciudadanos como medio de encauzar sus demandas y sus aspiraciones, y se convirtieron en espacios de poder para todo tipo de mafiosos que los utilizaron y utilizan para enriquecerse ilegalmente. En el Paraguay, el bolivarianismo tuvo su oportunidad de gobernar con el expresidente Fernando Lugo en un ambiente de poco control sobre factores claves. Apoyado en la debilidad y vaciamiento de un PLRA corrupto, accedió al gobierno sin la fuerza, la disciplina ni la mística necesarias para iniciar un proceso francamente revolucionario. Pero las circunstancias pueden variar y el “luguismo” puede volver fortalecido en las próximas elecciones

Las elecciones son parte de un proceso político. Es el resultado de la forma de relacionarse, del vínculo que se establece entre los actores políticos y la sociedad en su conjunto. Esa relación se va construyendo a lo largo de varios períodos de gobierno.

En países con sociedades consolidadas por una larga tradición de respeto por los valores y principios democráticos, las elecciones generalmente son una oportunidad de mejoría a la par que una reafirmación. Cada acto electoral reafirma la determinación de vivir en democracia.

En esos países las elecciones representan para el pueblo la oportunidad del ejercicio pleno de la soberanía. Es el momento en que los ciudadanos optan por lo que ellos consideran que les hará más libres, más prósperos, más felices, porque perciben en las propuestas que se les ofrecen la posibilidad de un futuro mejor.

El gran logro político de la democracia occidental, a la par de permitir que los cambios de gobierno sean pacíficos y sin traumas, es la capacidad de incorporar al ciudadano y la sociedad al gobierno a través de diversos mecanismos de representación y participación, ordenando sus demandas y respondiendo eficazmente a ellas con decisiones políticas sensatas, administrando adecuadamente los recursos del Estado puestos en sus manos.

En ese conjunto de organizaciones que contribuyen a organizar y ordenar esas demandas, sin duda las más idóneas para intermediar entre los reclamos y las decisiones políticas son los partidos políticos, por lo que así se convierten en elementos fundamentales de la democracia.

Pero, en nuestro continente, con muy pocas excepciones, los partidos tradicionales quedaron atrapados en un profundo y acelerado proceso de mediocridad y corrupción. Así, gradualmente dejaron de ser un recurso para los ciudadanos como medio de encauzar sus demandas y sus aspiraciones, y se convirtieron en espacios de poder para todo tipo de mafiosos que los utilizaron y utilizan para enriquecerse ilegalmente.

En nuestro país, por ejemplo, con debilitado proceso democrático, con pésimas condiciones de vida para la gran mayoría de la población, sin escuelas, sin hospitales ni medicamentos, SIN TRABAJO, y una espantosa y descarada corrupción política que se les refriega en la cara a los ciudadanos todos los días, un cambio puede resultar no solo de gobierno, sino en uno dramático hacia modelos que prometen a los pobres el que desde hace tanto tiempo anhelan. Esta amenaza de cambio de modelo –para peor– no es producto de una opción deseada, sino de una comprensible reacción popular contra una dirigencia que, como la paraguaya, invocando la democracia, la prostituyó total y abiertamente.

Este comportamiento inescrupuloso genera tal desprestigio de los políticos y sus partidos ante la mayoría de los ciudadanos, que les crean serias dudas sobre los beneficios de la Democracia Representativa como modelo. Este fenómeno no solo está afectando a nuestro país, sino también a otros de América Latina que están “ante la crisis de las mediaciones políticas”.

En este contexto de redefiniciones en que se plantea una “nueva institucionalidad” aparecen diversas propuestas, desde las genuinamente democráticas para revitalizarla hasta las más típicas tiranías para abolirla, pasando por distintas expresiones de populismos de izquierda y de derecha.

Es así como en este mismo continente conviven y tratan de vincularse regímenes democráticos con tiranías típicas como la castro-chavista. Este modelo busca penetrar en los procesos políticos del continente con el nombre de “bolivarianismo”, un neologismo que pretende disimular que se trata del mismo marxismo histórico, con algunas variantes metodológicas.

En el Paraguay, el bolivarianismo tuvo su oportunidad de gobernar con el expresidente Lugo en un ambiente de poco control sobre factores claves. Apoyado en la debilidad y vaciamiento de un PLRA corrupto, accedió al gobierno sin la fuerza, la disciplina ni la mística necesarias para iniciar un proceso francamente revolucionario.

Sin embargo, las circunstancias pueden variar y el “luguismo” puede volver fortalecido en las próximas elecciones. De hecho, el senador Fernando Lugo, ya propuesto como eventual candidato a la Presidencia de la República, recomendó, semanas atrás en un seminario antidictaduras: “seguir el camino de Chávez y Kirchner”.

Si los bolivarianos encontraran un candidato “pico de oro” electoralmente viable, que aproveche inteligentemente la libertad de prensa existente, volverán con mucha fuerza electoral propia y podrán realizar desde el poder el cambio de modelo al que aspiran.

Sus posibilidades se fundan en: 1) La cooperación de los Gobiernos afines. 2) El desprestigio de nuestros políticos y la fragmentación de sus partidos por la grave corrupción que los envuelve. 3) La desorganización del sector privado. 4) La falta de liderazgo y la corrupción en las fuerzas públicas y 5) Una completa ausencia de una propuesta socioeconómica convincente por parte de un líder creíble dentro de los partidos tradicionales, capaz de atraer a un número creciente de pobres insatisfechos para incorporarlos a la dinámica del desarrollo y el progreso.

Mientras, los partidos políticos tradicionales aparentan no percatarse de la amenaza que pende sobre ellos de ser hasta excluidos del proceso político nacional, para establecerse el típico modelo de partido predominante en el Congreso y en la Justicia, al estilo Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia.

El actual gobierno –incluidos los tres Poderes– podría haber sido el garante de un cambio mediante la recuperación de la confianza en el proceso democrático y sus actores. Pero hasta ahora parece haber decidido ser parte de la decadencia corrupta que abre espacios, no para incorporar las demandas de la sociedad que busca nuevas referencias y paradigmas, sino para incorporar a los peores protagonistas del modelo neostronista corrupto que necesitamos superar.

El gobierno de Horacio Cartes y el Partido Colorado que lo respalda, basado en la corrupción, el privilegio y el sectarismo, así como está, no podrá sobrevivir y nos hundirá a todos. Depende del Presidente y de su determinación romper con el pasado y liderar el nuevo rumbo, para mantenernos en el proceso democrático.

Pero si no reacciona, en las próximas elecciones presidenciales, alumnos de la tiranía castro-chavista pasarán a gobernar nuestras vidas en un rumbo predecible de pobreza y violencia.

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