Todos lloramos a Gabo: recuerdo y legado de un ícono de la literatura latinoamericana

El escritor y periodista  colombiano Gabriel García Márquez, cuyas seductoras historias de amor y pérdida pusieron al realismo mágico en el mapa de la literatura mundial, murió el jueves 17 de abril, a los 87 años de edad, en su casa de la Ciudad de México tras no poder superar una fuerte infección pulmonar.

García Márquez obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1982 y será recordado por obras maestras como El amor en los tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad, su novela más reconocida, condecorada con una edición especial presentada durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española al cumplirse 40 años de su publicación.

Márquez fue parte del “Boom Latinoamerciano” junto a Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas LLosa, entre otros.

 

CRONOLOGÍA

A continuación una cronología de eventos claves en su vida y carrera literaria. Tenía 87 años. Creció en un pueblo diminuto, Aracataca, que hoy se identifica con el Macondo de “Cien años de soledad”, la novela que lo hizo famoso. Acompañó la revolucion cubana y fue un referente de la izquierda.

1927 – García Márquez nace el 6 de marzo en Aracataca, una pequeña ciudad cercana a la costa del Caribe colombiano. El hijo mayor de una familia numerosa, pasa parte de su infancia viviendo con sus abuelos y se vuelve especialmente cercano a su abuelo, un militar retirado que inspiró la novela corta “El Coronel no tiene quien le escriba”.

1940 – García Márquez se muda a Barranquilla, una ciudad portuaria famosa por su Carnaval, para iniciar la secundaria.

1947 – Estudia derecho en la Universidad Nacional en la capital Bogotá y publica dos historias cortas en el diario El Espectador.

1948-1950 – Después de que huelgas forzaron el cierre de la Universidad Nacional, García Márquez regresa a Barranquilla, donde trabaja como reportero y empieza a escribir su primera novela, “La Hojarasca”.

1954 – García Márquez trabaja para El Espectador. Su relato acerca de un marinero colombiano que sobrevivió a un naufragio, publicada en entregas, elevó las ventas del diario.

1955-1957 – Se publica “La Hojarasca”. Vive en París y publica ensayos acerca de sus viajes por la Europa comunista.

1958 – García Márquez se casa con Mercedes Barcha en Barranquilla.

1959 – Poco después de que Fidel Castro sube al poder en Cuba, Márquez viaja a la isla por invitación del líder de la revolución cubana. Mercedes da a luz a Rodrigo, el primer hijo de la pareja.

1960-1961 – García Márquez vive en Cuba por un corto tiempo, antes de mudarse con su familia a México, en donde se relaciona con literatos del país, incluyendo Carlos Fuentes. Se publica “El Coronel no tiene quien le escriba”.

1962-1966 – Nace Gonzalo, el segundo hijo de la pareja. García Márquez escribe varios guiones y trabaja para editores y agencias de publicidad. Pasa casi dos años escribiendo “Cien años de soledad”.

1967 – “Cien años de soledad” es publicada en junio, lo que le dio al escritor colombiano el reconocimiento literario a nivel mundial. La familia se mudó a España, en donde permaneció hasta 1975.

1970-1974 – Las inclinaciones políticas de García Márquez lo llevaron a colaborar con un organismo de derechos humanos y se convirtió en abogado de la revolución sandinista en Nicaragua.

1975-1976 – “El Otoño del Patriarca”, una novela inspirada en varios dictadores latinoamericanos, se publica. García Márquez recibió un puñetazo en la cara del escritor peruano Mario Vargas Llosa en una disputa personal, que despertó una oleada de especulaciones sobre su distanciamiento.

1979-1981 – García Márquez divide su tiempo entre Bogotá y México. Durante un viaje a Europa, conoció al Papa Juan Pablo II. Comenzó a escribir “Crónica de una muerte anunciada”.

1982 – García Márquez gana el Premio Nobel de Literatura.

1983-1987 – “El amor en los tiempos del cólera” se publica. “Crónica de una muerte anunciada” es llevada al cine.

1989 – “El general en su laberinto”, sobre los últimos días del libertador sudamericano Simón Bolívar, se publica.

1994 – García Márquez establece la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano para promover la democracia y el periodismo en América Latina.

1996 – Se publica “Noticia de un secuestro”, que narra el secuestro de varias figuras relevantes en Colombia por el capo del narcotráfico Pablo Escobar.

1999 – García Márquez lucha contra un cáncer linfático, que cede después de recibir quimioterapia.

2002-2004 – Publica sus memorias “Vivir para contarla” en 2002. Dos años después, publica “Memoria de mis putas tristes”.

2010-2012 – El editor de García Márquez asegura que el colombiano trabaja en una nueva novela titulada “En agosto nos vemos”. Su hermano menor, Jaime, asegura que el autor sufre de demencia y que no puede escribir más.

2014 – García Márquez fallece en su casa en la Ciudad de México.

 

Tres apuntes sobre García Márquez periodista – Por Gustavo González Rodríguez (*)

 

Uno

“Esto es periodismo, no es literatura”. Esta debe ser una de las frases más desafortunadas que escuché de algunos colegas en mis años de académico en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Quienes pronunciaban esta sentencia ante sus alumnos, en un tono doctoral e inquisidor, lo hacían generalmente para castrar los legítimos vuelos creativos en la redacción de una crónica o un reportaje y forzar un estilo burocrático en que la escritura se sometía a un formato de memorándum.

Gabriel García Márquez fue tal vez el ejemplo más relevante de que el periodismo es a la postre un género literario. Esa literatura de no ficción, como la bautizaron en los Estados Unidos tras el impacto de A sangre fría. El Relato de un náufrago, publicado por entregas en El Espectador durante 20 días en 1955, se adelantó 11 años a la obra de Truman Capote, editada en 1966, y fue casi una premonición del realismo mágico, llevado a su máxima expresión en 1967 con la aparición de Cien años de soledad.

García Márquez nos dejó a su muerte no solo una prolífica y maravillosa producción literaria, sino también una trayectoria periodística con relevantes hitos, como su aporte en la fundación de Prensa Latina, la agencia de la Revolución Cubana, en 1959 y aquel maravilloso discurso El mejor oficio del mundo, ante la asamblea de la SIP en 1996, donde impugnó la dependencia de la grabadora y otros artilugios tecnológicos, no por anacronismo sino por la necesidad de rescatar la cualidad de escuchar el sentido profundo de los relatos de la gente y el contexto de los acontecimientos.

Dos

En noviembre de 1999 hablé con el ex senador comunista y Premio Nacional de Literatura de Chile 2002 Volodia Teitelboim (fallecido el año 2008) para la serie Entrevistas de fin de siglo de la agencia Inter Press Service. Al culminar el milenio, se decía que la gran novela del siglo XX era el Ulises de James Joyce. ¿Y cuál era la gran novela latinoamericana? “Cien años de soledad —respondió Volodia— porque es una creación inaudita, que reproduce la realidad trágica y, a la vez, la magia de América Latina, derribando el muro que separa la realidad de la fantasía”. Agregó que el realismo mágico tiene antepasados que se remontan a Las mil y una noches y a El Quijote. Invocó el exquisito barroquismo del cubano Alejo Carpentier y su narrativa afincada en lo “real maravilloso”, pero recordó que otros escritores apuntaron que lo “real espantoso” es también una fórmula adecuada para relatar a América Latina.

Tres

Es cierto. Porque en definitiva este diálogo o convivencia entre lo mágico, lo maravilloso y lo real es parte del cotidiano paisaje narrativo de nuestra América morena. Desde los delirantes dictadores megalómanos como el venezolano Juan Vicente Gómez (inspirador de El otoño del patriarca) o Augusto Pinochet, hasta las luchas obreras y campesinas que nos hablan de la ruina de las bananeras y el despoblamiento de Macondo y las masacres de huelguistas mineros y pobladores en toda la región.

Este paisaje narrativo es así mismo el mundo en que se nutre el periodismo de verdad en esa afortunada relación (¿de maridaje? ¿concubinato?) con la narrativa de ficción. En última instancia Cien años de soledad es una maravillosa crónica. No hay dualidad entre el Gabriel García Márquez periodista y el Gabo escritor.

(*) Ex director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, ex director-corresponsal de IPS. Artículo publicado en la revista Bello Público, de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH).

 

Gabo, de política, exilio y otras mariposas – Por Hernando Calvo Ospina (*)

Lo hizo salir huyendo del país la única dictadura oficial que tuvo Colombia en el siglo pasado, la del general Gustavo Rojas Pinilla. Fue en 1955. Trabajaba en el diario bogotano El Espectador. La culpa fue de “Relato de un náufrago”, una simple noticia convertida en una vigorosa y extensa narración, redactada a partir del dialogo con un joven marinero de la Armada Nacional.

Durante 14 entregas narró los pormenores del hombre que pasó varios días en el mar. Y a la dictadura no le gustó la controversia pública que se armó, pues el buque iba atiborrado de contrabando. Para protegerlo, las directivas del diario le propusieron irse a Europa como corresponsal.

Lo que no vivió con la dictadura colombiana, lo vivió en el país de los Derechos humanos. Luego de pasar por Roma, “una helada noche de diciembre de 1955” se bajó de un tren en Paris, como él mismo contó. Justo en esas fechas el pueblo de Argelia estaba luchando contra la invasión francesa. Gabo recordó que fue arrestado y escupido por la policía parisina, al confundirlo con un argelino. “De pronto, la policía bloqueaba la salida de un café o de uno de los bares de árabes del Boulevard Saint Michel y se llevaban a golpes a todo el que no tenía cara de cristiano. Uno de ellos, sin remedio, era yo.” Lógicamente los otros detenidos desconfiaban de él, a pesar de su cara de “vendedor de telas a domicilio”. De tanto pasar por las comisarias, durmiendo arrumado entre argelinos, terminó ganando su confianza. Y con un revoltijo de idiomas y señas, se comunicaron. “Una noche, uno de ellos me dijo que para ser preso inocente era mejor serlo culpable, y me puso a trabajar para el Frente de Liberación Nacional de Argelia. Era el médico Anied Tebbal, que por aquellos tiempos fue uno de mis grandes amigos de París.” Y el periodista exiliado fue militante en una de las causas revolucionarias que, para la época, era de las más peligrosas para la seguridad personal, realizando algunas acciones subversivas. Por ello, años después, con Argelia libre, Gabo fue invitado varias veces a las festividades de la liberación. En una de ellas declaró: “la revolución argelina es la única por la cual he estado preso.” (1)

Paris seguía recibiendo a Gabo con los brazos cerrados. El insistía en lograr su cariño, pero la suerte le volteó la espalda. En Bogotá, El Espectador fue clausurado por el dictador, y el periodista se quedó sin salario. El estómago de Gabo debió acostumbrarse a jornadas sin recibir ni un trozo de pan, cuando a la mano extendida no caía la limosna del transeúnte. Tuvo una novia, Tachia Quintero, una bella vasca, también exiliada. Además de los besos, compartían la miseria. La misma que los incitaba a las peleas, pues no daban con el cómo salir de ella. Y entre lecho, hambre y pobreza nació “El Coronel no tiene quien le escriba”. (2)

En 1959 triunfó la revolución cubana. Bajo el impulso de Ernesto “Che” Guevara, en abril se crea la agencia de información Prensa Latina, cuyo primer director sería el periodista y guerrillero argentino Jorge Ricardo Masetti. Gabo acepta la invitación de participar en el proyecto, y se instala en La Habana durante seis meses. Poco después se responsabiliza de crear la oficina en Bogotá. En 1960 se va a Nueva York como corresponsal de PL. Había que tener agallas y compromiso para aceptar tal responsabilidad, pues la CIA y la contrarrevolución asesinaban a tiros o bombazos a quienes estaban con la Revolución. Fue tal la presión y amenazas sobre el colombiano en Estados Unidos, que en 1961 se instaló en México. Se puede decir que fue la primera vez que se asiló por intransigencia política. Pero ni en ese país se salvó de que lo calificaran de ‘comunista’ y ‘agente castrista’.

Es ahí cuando escribe su obra cumbre, “Cien años de soledad”. Publicada en 1967, luego que el primer editor a quien la había propuesto le dijera de ella: «Yo creo que esa novela no va a tener éxito, yo creo que esa novela no sirve». La Editorial Sudamericana de Argentina la publicó, y salvó a la ya familia García Márquez de un buen lio con los propietarios de mercados. Ellos fiaban y fiaban comida bajo la promesa de que mañana llegará un dinero.

Cuando en 1963 Gabo quiso regresar a Estados Unidos por motivos profesionales, le negaron la visa. Hasta 1971 lo hicieron una y otra vez. En 1984 se la volvieron a negar, aunque estaba invitado por la Universidad de Columbia. Se dice que lo vinculaban con comunistas y anarquistas. Una mezcla política que solo se le puede ocurrir a los “sabios” del gobierno estadounidense. Las prohibiciones de tocar suelo estadounidense se repitieron, hasta que en 1994 el gobierno Clinton le concedió visa, y el presidente lo invitó a cenar. El mandatario lo consideró como su “héroe literario”.

Es que Gabo no solo era amigo de Fidel Castro y la revolución cubana. También tenía muchas amistades en la izquierda mundial. Aunque después de “Cien años”, la derecha también lo miró con simpatía, y él no tuvo impedimento en dejarse coquetear. Coquetear, pues no se tienen pruebas de que se haya vendido ni alquilado. Razón tenía. Eso es hacer política.

Gabo fue definitivo en la creación y desarrollo de la revista Alternativa. Sin lugar a dudas, la mejor revista de izquierda que ha tenido Colombia en su historia. Desde 1974 hasta 1980, Alternativa revolucionó la información desde la otra orilla política. Contrainformó de manera moderna, con lenguaje de calidad para todos los públicos. Las investigaciones y reportajes semanales siempre sacaban chispas y provocaban dolores de cabeza a la clase dirigente y al gobierno.

En un país donde la intransigencia política ha sido monarca, las amenazas a los periodistas y las bombas a la sede no pudieron faltar. Alternativa ha sido el único proyecto periodístico que logró reunir a destacados miembros de la intelectualidad pequeño-burguesa, y a unos de más arriba. Estos, por esa ocasión, supieron mirar y plasmar la situación de los de abajo y al nefasto corazón del poder. La maquinaria del sistema logró ahogarla económicamente.

A comienzos de 1981, durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala, la entonces organización guerrillera M-19 intentó desembarcar armas por la costa Pacífica. Por primera vez en la historia del país se vivió una represión generalizada contra todo lo que oliera a oposición política. Las cárceles se llenaron de torturados, la mayoría sin relación con las guerrillas. En Bogotá, a las caballerizas del ejército fueron llevadas cientos de personas. Entre otras técnicas de tortura, los caballos estaban entrenados para infligir terror: estos trataban de violar a quienes estaban amarradas y untadas con miel. Posiblemente ahí se pensaba llevar a Gabo después de detenerlo. La “inteligencia” militar consideraba que él era del M-19, y tenía que ver con los desembarcos, pues presuntamente las armas venían de Cuba y pocas semanas antes Gabo había estado allá.

El escritor, que ya era el personaje colombiano más reconocido en el mundo, tuvo que partir de nuevo al exilio. México le volvería a brindar abrigo, aunque sus servicios de seguridad lo seguirían vigilando: también pensaban que sus pasos no eran tan correctos políticamente. Es lo que han contado, hace poco, documentos desclasificados de la seguridad mexicana.

Digamos, cínicamente, que los militares, dueños desde entonces del poder en Colombia, hacían su ‘trabajo’. Algo que la gran prensa debería rechazar. Pero, como se volvió norma desde entonces, fue esa quien le puso la soga al cuello a Gabo. Desde un editorial dominical, publicado en el principal diario del país, El Tiempo, se dieron los ‘motivos’ por los cuales Gabo era ‘culpable’. Rafael Santos Calderón no tuvo la hombría para firmarlo, y puso el seudónimo de Ayatola. Luego, sobre ello, el vilipendiado escribiría en una nota pública: “No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico […]”. Y pasa a decir del diario, el cual empeoró con los años, que era “como un engendro sin control que se envenena con sus propios hígados. Sin embargo, esta vez el engendro ha ido más allá de todo límite permisible y ha entrado en el ámbito sombrío de la delincuencia. De un lado está un Gobierno arrogante, resquebrajado y sin rumbo, respaldado por un periódico demente cuyo raro destino, desde hace muchos años, es jugárselas todas por presidentes que detesta.”

Desde entonces Gabo solo pasaba por Colombia.

Ese Gabo que fue la contraparte de esa pésima imagen que pesa sobre los colombianos: el narcotráfico, tan auspiciado y aprovechado por las clases dirigentes.

Aún así, se ha dicho, y hasta después de su muerte, que “odiaba” a sus conciudadanos. Que era un pretensioso y por eso no vivía entre ellos. Y claro, no han faltado los señalamientos preferidos: amigo de terroristas, chavista y castrista. Un “comunista despreciable”, diría un periodista que supuestamente escribió su biografía. El mismo día de su muerte la senadora María Fernanda Cabal le deseó que se fuera al infierno junto a Fidel Castro y Hugo Chávez. Era lo que siempre le había deseado el jefe político de ella, el ex presidente Álvaro Uribe Vélez.

“Inmortal”, tituló en inmensas letras la edición digital de El Tiempo al morir Gabo. Sin mencionar que el diario había sido coautor del exilio en 1981.

Murió Gabo en México. Y en México lo incineraron. Hasta allá tuvieron que ir el presidente de Colombia Juan Manuel Santos, y varias autoridades del país, a rendirle “homenaje”. Ningún responsable político, incluido el presidente, ha tenido la honestidad de explicar por qué su cuerpo no fue trasladado a Colombia, e incinerado allá. Nadie lo sabe. Nadie lo quiere saber.

Eso sí, aprovechando su desaparición física, el presidente Santos utilizó su nombre para mentir sobre reuniones y negociaciones con las guerrillas colombianas. Lo hizo en una entrevista para la BBC de Londres. Dijo: “yo fui muchas veces a Cuba a reunirme con sus dirigentes, convocados por Gabo y por Fidel Castro.” (3) Hasta donde el autor de estas letras averiguó, es una baja mentira. Nunca, ni Gabo ni Fidel, lo convocaron para ello. La verdadera historia no miente.

Así las cosas, Gabo sigue exiliado.

(*) Hernando Calvo Ospina es periodista y escritor colombiano, residente en Francia y colaborador de Le Monde Diplomatique.

Notas:

1)    http://elpais.com/diario/1982/12/29…

2)    http://www.elpais.com.co/elpais/col…

3)    BBC Mundo, 22 de abril 2014.

 

LA SOLEDAD DE AMÉRICA LATINA

“La soledad de América Latina”, el discurso de aceptación del Premio Nobel de literatura de 1982 es una pieza de admiración en sí misma. Aquí, el texto completo:

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo.

Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

*Discurso del escritor, el 8 de diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia

 

EL MEJOR OFICIO DEL MUNDO

Discurso de Gabriel García Márquez ante la 52ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), Los Ángeles, EE.UU., 7 octubre 1996:

A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.

Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de los mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.

El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.

La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo… como nosotros mismos lo llamábamos. Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller.

La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar.

Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino Ciencias de la Comunicación o Comunicación Social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.

La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. Algunos, conscientes de sus deficiencias, se sienten defraudados por la escuela y no les tiembla la voz para culpar a sus maestros de no haberles inculcado las virtudes que ahora les reclaman, y en especial la curiosidad por la vida.

Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir, las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.

No es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones, que tanto deseábamos en nuestros tiempos, hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora del cierre. Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material para dos columnas y a la hora de la verdad sólo les asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiene tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. “Ni siquiera nos regañan”, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevivir él mismo a las galeras de la tecnología.

Creo que es la prisa y la restricción del espacio lo que ha minimizado el reportaje, que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Es en realidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Es decir: la noticia completa, tal como sucedió en la realidad, para que el lector la conozca como si hubiera estado en el lugar de los hechos.

Antes que se inventaran el teletipo y el télex, un operador de radio con vocación de mártir capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales, y un redactor erudito las elaboraba completas con pormenores y antecedentes, como se reconstruye el esqueleto entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Sólo la interpretación estaba vedada, porque era un dominio sagrado del director, cuyos editoriales se presumían escritos por él, aunque no lo fueran, y casi siempre con caligrafías célebres por lo enmarañadas. Directores históricos tenían linotipistas personales para descifrarlas.

Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal.

Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin preguntarse si él mismo no es un instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma -sobre todo si es oficial- y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.

Aun a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno sólo: la libreta de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían. El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no escucha, repite -como un loro digital- pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.

La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con la semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. Tal vez la solución sea que se vuelva a la pobre libretita de notas para que el periodista vaya editando con su inteligencia a medida que escucha, y le deje a la grabadora su verdadera categoría de testigo invaluable. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.

Tal vez el infortunio de las facultades de Comunicación Social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.

El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.

Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre una especialidad específica -reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras- bajo la dirección de un veterano del oficio.

En respuesta a una convocatoria pública de la Fundación, los candidatos son propuestos por el medio en que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años, tener una experiencia mínima de tres, y acreditar su aptitud y el grado de dominio de su especialidad con muestras de las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.

La duración de cada taller depende de la disponibilidad del maestro invitado -que escasas veces puede ser de más de una semana-, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos, sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.

Trescientos veinte periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y medio de vida de la Fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto con dos talleres de crónica y reportaje. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con la colaboración de un general de las Fuerzas Armadas que señaló muy bien los límites entre el heroísmo y el suicidio. Tomás Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos y Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnifico Horacio Bervitsky y el acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea.

Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.

Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.

Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida. Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida.

Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.