¡Cuánto amor por Haití! – Periódico Listin Diario, República Dominicana

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En menos de dos meses, altas personalidades de la vida internacional han venido al país a reafirmar sus empeños por la suerte de Haití, la nación más pobre de este hemisferio.

Una nota común en esos pronunciamientos, que no podía faltar porque nadie puede tapar el Sol con un dedo, ha sido la de reconocer la extraordinaria ayuda que ha prestado y sigue prestando República Dominicana a Haití, a costa de enajenar recursos para su propio desarrollo.

Tanto el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, como el secretario general de las Naciones Unidas, Ban-ki moon como el presidente del Consejo de la Unión Europea, Herman Van Rompuy, han utilizado todas sus influencias para presionar al país a que regularice y resuelva el problema de millares de haitianos que viven ilegalmente aquí.

En este aspecto, su profundo amor por Haití no alcanza para nosotros, ya que en ningún momento han ejercido sus influencias para ayudar a nuestro país a soportar los multimillonarios costos en que ha incurrido, en todos los planos, al darles a los haitianos ilegales la oportunidad de trabajar, de asistir a sus parturientas y de ayudarlos, en gratuidad, a legalizar su estatus migratorio en nuestro territorio.

Los presupuestos nacionales han respondido por estas coberturas, lo que equivale a asumir una responsabilidad que le cabe al Estado haitiano y a la propia comunidad internacional que, en materia de promesas de ayuda para la reconstrucción de Haití, ha dado más espuma que chocolate.

Si tanto aman a Haití y si tanta pena tienen por su azaroso devenir económico y social, debieron ser más consecuentes y desprendidos dándoles más ayudas y cooperación en todos los órdenes.

Hay que pasar de los discursos bonitos y elocuentes sobre una cooperación que nunca ha alcanzado las proporciones debidas al plano de las acciones concretas y cuantificables para que Haití, con un golpe de fortuna, pueda superar su crisis.

Y, de paso, no alimentar campañas ni promover presiones directas sobre el Estado dominicano soberano para que haga las cosas según quiere la comunidad internacional, no el pueblo, que es quien tiene la suprema autoridad para decidir su destino, sin interferencias de nadie.

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