Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo (Argentina): “No me quería morir sin abrazar a mi nieto”

El brillo no se le va de los ojos. La sonrisa amplia tampoco. Entre entrevista y entrevista se acerca Abel Madariaga, único padre con su hijo restituido, le agarra la mano, se abrazan en una sonrisa cálida. Estela Barnes de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, recibe rodeada de las fotos de su hija Laura a Página/12 en su oficina para relatar el día en el que encontró a su nieto Guido después de 36 años de búsqueda. “A veces pensaba ‘no me quiero morir sin abrazarlo, sin conocerlo’, pero nunca me imaginé en particular este día”, asegura y agrega que en el primer encuentro “lo primero va a ser el silencio y el abrazo. El sentirlo junto”, a la vez que se esperanza por “la respuesta social tan linda” que recibió durante el día en la que se escucharon bocinazos frente a la sede de Abuelas y aplausos cada vez que saludaba por la ventana.

–¿Cómo fue este día tan especial?

–Fue un día normal hasta que recibí el llamado de la jueza María Servini de Cubría. A eso de la una y media me llama y me dice que necesitaba verme. Enseguida me puse a mirar la agenda para combinar el día y me dijo que necesitaba verme hoy mismo. Una nieta me preguntó si no sería por la aparición de otro nieto, pero ni lo pensé porque siempre me llaman los jueces por distintas cosas. Fui a Tribunales muy campante, y a eso de las 14 subí muy pancha por la escalera hasta su despacho. Me recibe cariñosamente, pero cuando paso veo un poco las sonrisas de las empleadas y cuando me siento veo que estaba la directora del banco de datos genéticos. Ahí fue cuando me dice: “Tengo que darte una muy buena noticia, encontramos a Guido”. No puedo explicar lo que fue eso. Primero fue lo imposible hecho realidad, los gritos que pegué, nos abrazamos, lloramos, no lo podía creer. Cuando pude calmarme un poco, pude escuchar la historia: que se trataba de un chico que había venido primero a Abuelas, después a la Conadi (Comisión Nacional para el Derecho a la Identidad), es decir que hizo todo el proceso normal y en muy poco tiempo porque él vino en julio.

–Fue rápido comparado con otros casos…

–Sí, fue rápido porque la familia con la que había que comparar el ADN estaba completa, tanto paterna como materna, porque incluso los antropólogos forenses que habían encontrado los restos del papá, Oscar Montoya, ya habían mandado las muestras al banco. Lo primero que hice fue llamar a Abuelas y decirle a Raquel, la abuela que está siempre en la sede. Dije: “Primero dejo la bomba allá: encontraron a Guido”. Después llamé a mi hija Claudia, que es con la que tengo el teléfono más directo y con la que estamos siempre juntas trabajando todos estos temas y empezamos las dos a los gritos de la alegría.

–¿Resultó como se lo imaginó? Debe haber pensado muchas veces en el día que iba a recibir la noticia tan esperada.

–En realidad, no. Siempre acompañé a las Abuelas en todas las restituciones y la verdad es que cada caso es diferente, tiene su particularidad, su emoción, su misterio, su respuesta del chico. Cuando vienen voluntariamente es buena, cuando no es así suele ser mala. O sea, que hay un matiz muy grande y yo nunca me imaginé cuál sería mi matiz. A veces pensaba “no me quiero morir sin abrazarlo, sin conocerlo”, y tampoco sin mostrarle las cosas que le guardé, el marco vacío para su foto, etc. El tema es que un poco se me mezclaban también los roles de mi caso con la institución, lo que no me imaginé es que iba a trascender inmediatamente.

–¿El primer llamado que recibió fue el de la Presidenta?

–Cuando recién salía de Tribunales, cuando ya habíamos combinado con Servini y con Claudia todas las estrategias, me llama Cristina. Me pasan una llamada de Casa de Gobierno y yo dije: “Bueno, (el secretario general de la Presidencia, Oscar) Parrilli me llama permanentemente, será él”. Pero del otro lado escucho la voz de Cristina que me dice: “Hola, Estela, decime que es cierto lo que me dijeron”. Y se lo confirmé y empezamos las dos a llorar. Después yo le di las gracias a todos por habernos abierto las puertas para que podamos buscar a nuestros familiares. Bueno, fue una comunicación de intercambio madre-hija y cuando me estoy por subir al coche, un vendedor ambulante que me estaba escuchando me regaló dos retratos, uno de Eva Perón y otro de Néstor.

–¿Qué sabe de la vida de su nieto?

–Bueno, ahora estamos en una impasse, dando tiempo y aire para el encuentro. Hoy me contó una señora que trabaja en un periódico de la ciudad donde vive que lo conoce, que ha sido profesor de ella, que es director de una escuela de música y que a Guido lo quiere todo el mundo, que es divino y que tiene rulos. Estamos esperando porque ya mandó dos mensajes muy lindos de que están bien, muy felices, él y su compañera.

–Va a llegar la hora de empezar a armar el rompecabezas y reconstruir su identidad…

–Sí, es hora del rompecabezas. Para que él empiece a identificarse, que vea a su familia, diga “uy, me parezco a éste”, “pienso como vos”, “mirá cómo te parás”, “tenemos los dedos iguales”. Y escuchar las anécdotas de su mamá.

–¿Cómo será ese primer encuentro? ¿Ya pensó en lo que va a decirle?

–Voy a tener la misma sensación que tuve hoy, que es de lleno, por supuesto, de misión cumplida. Y voy a tenerla cuando lo abrace. Creo que no va a haber lugar para las palabras, va a haber gestos, va a haber abrazos y él me retribuirá ese abrazo. Lo cierto es que lo primero va a ser el silencio y el abrazo, el sentirlo junto. Lo soñé tanto desde bebé, esta idea de tenerlo, criarlo, acariciarlo. Y después vendrán las palabras, y lo que él pregunte va a tener respuesta. Acá en Abuelas tenemos un archivo biográfico familiar que lo está esperando.

–Las campañas de Abuelas han sido importantes para convocar a los jóvenes con dudas sobre su identidad. ¿Cree que este caso particular va a ser un potenciador para que se acerquen más personas?

–Creo que sí. Hoy se vio a nuestros nietos recuperados acompañándolo y que están muy bien. Se vio una respuesta social muy linda, porque nunca se amontonó tanta gente en la calle y yo nunca tuve que salir al balcón a saludar. Y en el medio cánticos, el tráfico que se paraba y las bocinas que tocaban. Si acá fue así, la verdad es que no se qué me espera en mi barrio.

–Usted plantea que en lo personal es una reparación y una alegría. ¿Cómo se proyecta esto hacia la sociedad?

–Creo que existe una reparación y lo transfiero a una reparación social vinculada con la memoria y con el futuro. Pero hay heridas que no se van a cerrar nunca. Para la mamá que pierde un hijo, la herida es permanente. Se soporta cuando se lucha y se soporta cuando se repara. Lógicamente, a mí el reencuentro con Guido me repara, pero el dolor no me lo va a quitar porque la ausencia de Laura es una ausencia injusta. Para la sociedad y para el resto de las Abuelas esto es una señal de que pueden tener esperanza y confianza de que esta alegría enorme puede suceder en cualquier momento.

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