Julio Cortázar en Cuba-Cuba en Julio Cortázar -por Guillermo Lopetegui

Habías pasado la prueba del jazz y el manicomio.
Te faltaba  la prueba de la palma y del volcán. Fuiste
capaz, nos diste la medida, que también necesitamos,
del letrado deletreando los miembros de los mártires,
el libro de los héroes, la poesía pura de la patria; y
ardiendo por los pobres, defendiendo con tu nombre
la justicia, nos entregas ahora tu vida completa,
enteramente útil.

Cintio Vitier: Julio Cortázar.
El escritor y la isla-la isla y el escritor. 

El hombre y la realidad social-la realidad social y el hombre.

 

Julio Cortázar en Cuba-Cuba en Julio Cortázar supuso un encuentro que a efectos en parte literarios, en parte ideológicos, puede ser parangonable con aquel que en 1903, sesenta años antes, protagonizaron Horacio Quiroga y el paisaje subtropical de San Ignacio, el antiguo Iviraromí indígena, en la provincia argentina de Misiones; encuentro, choque, aventura inimaginable que sólo fue posible cuando el escritor y el hombre, Quiroga y Cortázar, más que encontrar un paisaje extraño en su mismo exotismo, se dan de frente con su verdadera imagen, con esa que se irá despojando de posturas rayanas en el dandismo quiroguiano o el hiperintelectualismo cortazariano, si bien dejando en ambos autores lo que de sincero, honesto y profundo tenían esas posturas. En ambos casos, sin embargo, esa nueva naturaleza y su medio social se alzan de frente, refractarios, como si se tratara de un espejo en donde estos creadores de ficción, pero futuros autores de La vida en Misiones (Quiroga) y de “Para llegar a Lezama Lima” (Cortázar) se miraran una vez más, aunque experimentando esa profundidad y hermosura que trae aparejado el sentimiento de la renovación interior, que lleva a una lenta pero firme, sostenida, reinterpretación de la vida y el hecho creativo, el Arte.

 

Invitado en 1963 a integrar el jurado de Casa de las Américas, el autor de “El perseguidor” es consciente de lo poco conocido que es como escritor en la isla de los cambios removedores a partir de una revolución que desde 1959 se traduce en toda esa nueva realidad que se va desarrollando a ojos del argentino radicado en París. Con ese entusiasmo y espíritu lúdico que lo acompañaron desde siempre y que armonizaban perfectamente con su eterna cara de niño desde sus dos metros de altura, tiempo después de su regreso a París le escribe entusiasmado a su amigo, compatriota y confidente Eduardo Jonquières: “De 15 bajo cero en Praga, a 30 sobre cero en La Habana (…). No te escribo largo porque la Casa de las Américas no me deja, todo el tiempo son paseos, exposiciones, visitas, montañas de libros y revistas (…) y además está la ciudad increíble, con su plaza de la Catedral –Gropius dijo que era la más bella de América y le creo- y con su gente muy contenta, entusiasmada, embalada como sólo  puede darse después de una revolución semejante (…) todos los intelectuales y artistas están hasta el cuello con Fidel Castro, trabajando como locos, alfabetizando y dirigiendo teatro y saliendo al campo a conocer los problemas… Huelga decirte que me siento viejo, reseco, francés al lado de ellos. (…) Qué tipos, che, qué pueblo increíble”.

Su entusiasmo choca con el distinguido y sobrio rechazo que le produjo la experiencia cubana a Aurora Bernárdez –primera esposa del escritor-: espíritu cultísimo y al igual que su marido traductora de inglés y francés, quien muestra a las claras su negativa a regresar a la isla alguna vez. Esto más otras diferencias que irán surgiendo entre ambos conforme pase el tiempo, marcarán un distanciamiento hasta la separación definitiva, en tanto Julio Cortázar ya ha ratificado su ilustre pertenencia a esa camada de escritores latinoamericanos que consolidaron el famoso boom de los años 60 del siglo pasado, aunque después de Carpentier, de Guillén, de Borges, de Onetti. Sin embargo, ya en su primer viaje a Cuba Julio Cortázar ratifica su talento y originalidad –además de una indudable maestría que conforme pasen los años irá en aumento- a la hora de hablar acerca de las técnicas de composición narrativa en su conferencia “Aspectos del cuento”, escrita al parecer en un hotel de La Habana por expreso pedido de Roberto Fernández Retamar. En efecto, el legendario fundador –junto a Haydée Santamaría- de la Casa de las Américas, había leído textos del argentino en la revista Ciclón –allá por 1956- correspondientes al por demás cortazariano Historias de cronopios y de famas. La impresión de estas “historias” en el intelectual cubano, hizo que le sugiriera a su colega Santamaría la posibilidad de invitar a Cortázar a la isla, para que integrara el jurado que, también conforme han pasado los años, ha ido consolidando su indudable prestigio y prestigiando así la carrera de aquellos escritores que han resultado ganadores en las diferentes ediciones del certamen literario. Así entonces, la literatura posibilitó el nacimiento de una amistad entre Cortázar y los fundadores y allegados a la Casa de las Américas, como los ya mencionados Fernández Retamar y Santamaría, a los que se suman Lisandro Otero, Edmundo Desnoes, Cintio Vitier y sobre todo José Lezama Lima, con quien el autor de “El otro cielo” había iniciado una amistad en principio por correspondencia, a partir de una primera carta que escribe al revelador novelista de Paradiso. Años después, y desde La vuelta al día en ochenta mundos, Julio Cortázar dedica cuarenta páginas a explorar –que es una manera de explorarse a sí mismo en los alcances de su comprensión de una manifestación literaria para él absolutamente inédita- el particular universo de ese texto escrito por el cubano; texto al que el argentino, en uno de sus pasajes define como también definirá a la Revolución Cubana en sus años postrimeros, asimilando ambas realidades a la presencia marina. En el caso del libro que lo ocupa como el reseñador y profundo crítico objetivo que siempre fue –seguramente como consecuencia de su maestría en el arte de la ficción y la crónica escritas-, expresa: “Paradiso es como el mar (…) esto no es un libro para leer como se leen los libros, es un objeto con anverso y reverso, peso y densidad, olor y gusto, un centro de vibración que no se deja alcanzar en su coto más entrañable si no se va a él como algo que participe del tacto, que busque el ingreso por ósmosis y magia simpática”. Y magia es lo que perseguirá este eterno homo ludens y eterno niño maravillado por la realidad-fantasía cósmica durante su primera estadía y en las siguientes que lo encuentren en la isla, cuando –al igual que el Malcolm Lowry que se interna por entre la vegetación haitiana en compañía de un brujo- investigue los aspectos esotéricos de una cultura nativa que en gran medida hunde sus raíces en África, aunque para fructificar en variantes coloridas y misteriosas que años después se traducirán –entre otros aspectos- en esa sabia mixtura de la medicina tradicional con una medicina tribal que ha dado efectivos resultados en el tratamiento de algunas enfermedades. Cortázar no sólo se interna en lo esotérico de ciertas variantes de la cultura cubana, sino que se mete de lleno en esa nueva, palpitante y continuamente reveladora y removedora realidad que viene de la mano de una revolución que, como ciertos textos cortazarianos en particular y como la literatura de alto vuelo en general, va madurando de a poco; desarrollando imágenes y mostrando nuevas realidades a partir de los sueños, los ideales, las intuiciones y lo coyuntural de la impronta cotidiana, permitiendo así que la realidad adquiera una mayor amplitud a partir de un enriquecimiento en la marcha de la interpretación que le damos a la misma. No en balde para el autor de “Continuidad de los parques” –obra maestra del cuento breve- o de 62. Modelo para armar –concepción novelística emanada del capítulo 62 de Rayuela– lo que llamamos “fantástico” no es otra cosa que el saber abrir aquellas otras puertas que en la realidad inmediata permanecen cerradas pero que una vez abiertas nos dan una visión muchísimo más vasta de la realidad. Seguramente esa misma sensación de amplitud de la realidad fue la que le produjo su encuentro con Cuba. Y fiel a su sentido de la libertad –“Un hombre es el uso que haga de su libertad”, sentenció una vez-, tradujo para sí mismo, para su particular e íntima comprensión, un proceso revolucionario que él hizo suyo y que de ahí en más lo definirá ideológicamente ante todo frente a sí mismo y acto seguido mancomunado con Cuba y ante los foros internacionales, aunque con el riesgo cierto de que muchos intelectuales de izquierda, compatriotas, juzgaran su actitud revolucionaria como una postura superficial movidos por el cliché muy sesentista de que no se podía abrazar la causa libertaria de los pueblos de América latina desde un apartamento en la rue Martel en París. Hecho este que hoy no resulta para nada relevante y que tampoco resultaba relevante hace más o menos treinta años, cuando el poeta argentino Juan Gelman, refiriéndose a Julio Cortázar con motivo de su desaparición física, expresa en un texto soberbio y que tiene mucho del poeta mayor que es Gelman: “en corrientes y esmeralda, en otros tiempos, vi pasar a escritores que nunca dejaron el país y escribían como un francés cualquiera. yo entendí mejor a buenos aires leyendo lo que vos escribías en parís. así es tu grandeza, así tu amor”.

 

Con altibajos, contradicciones, enfrentamientos, alejamientos y reencuentros, la relación de Julio Cortázar con Cuba –y de Cuba con Julio Cortázar- tuvo mucho de admirado amor y de amorosa admiración. Por eso volverán una y otra vez: Cortázar en principio con su segunda pareja, la lituana Ugné Karvelis –muy cercana al proceso revolucionario de la isla, antes incluso de su relación con el escritor argentino- y finalmente con la estadounidense radicada en Canadá, Carol Dunlop –su definitivo amor, treintaicinco años menor que él y que sin embargo fallecerá de cáncer antes que Cortázar, quien la sobrevivirá apenas un año y medio- para mostrarles y vivir con ellas el crecimiento y consolidación de un proceso revolucionario con el que él quedó maravillado en 1963, durante su primer viaje. Por su parte, Cuba siempre vio en él a un verdadero compañero y divulgador en Europa de los aciertos de la nueva vida que se estaba viviendo en la isla y cuando quedó atrás el interregno de alejamiento forzoso e involuntario del escritor –quien no obstante enviará a Haydée Santamaría su “Policrítica a la hora de los chacales”, donde de manera poética ratifica su compromiso con la Revolución Cubana y con los amigos cubanos, pese a todo-, Casa de las Américas lo invitará nuevamente, en 1980, a que sea el responsable del discurso de apertura de una nueva edición del concurso literario promovido por la institución que desde 1965 preside ese gran poeta y gran amigo de Julio Cortázar, llamado Roberto Fernández Retamar. Como bien expresa Mario Goloboff en la biografía que dedica al escritor y ser cosmopolita argentino nacido en Bruselas y muerto en París: “(…) la revolución cubana representará , en la vida de Julio Cortázar, una bisagra fundamental y será la causante de cambios irreversibles tanto en su concepción del mundo, de la historia latinoamericana y de los deberes del intelectual, como del sentido de su propia obra. Sin abandonar el cuidado de la forma, ni su adhesión a los postulados de una literatura de alta conformación estética, comenzará a verificarse en él un esfuerzo visible por incorporar ciertos temas y, sobre todo, por transmitir ciertos contenidos. (…) Cortázar (…) se transformará en defensor y propagandista de revoluciones; en hábil, convincente ideólogo”.

 

Pero nosotros agregamos, para finalizar, que la actitud revolucionaria de Julio Cortázar –más allá o más acá de aquella “lógica de los tiempos y de sus propias pulsiones internas”, como expresa Goloboff en su libro- queda brillantemente de manifiesto en su literatura y aun en sus ensayos y cientos de sus cartas, donde ese hombre nuevo o “renovado” –como bien expresa Fernández Retamar-, logra hacer confluir en la expresión creadora al artista y al hombre político que se destacará en Cortázar a partir de su descubrimiento de Cuba y de que Cuba, por qué no, lo descubra en aquellos aspectos de sí mismo que èl no conocía o que en los años cincuenta, y ya en París, intuía vagamente. El ser revolucionario en Cortázar es redefinir el lenguaje, romper los moldes preestablecidos, borrar los límites entre la idea y la concepción para que entonces la literatura en lengua castellana o rioplatense se convierta en la llave que abra esas tantas puertas que durante mucho tiempo estuvieron cerradas o incluso soñadas, hasta que alguien, Julio Cortázar, las materializó y finalmente las abrió para que el lector, ese incansable vagabundo del espíritu, viajara y continué viajando hacia “El otro cielo”, o conozca a ”La señorita Cora” y se interne a los saltos, yendo y viniendo por ese mundo de Rayuela o suba escaleras en espacios semicirculares alcanzando el infinito donde pueda extasiarse con esa “Prosa del observatorio” y en la tridimensionalidad particular de las circunstancias más íntimas, personales, casi secretas, ande Buenos Aires, París o La Habana con la secreta impresión de que viaja a través de un cuento o que incluso, tal vez, es eternamente contado por Julio Cortázar, quien desde un lugar reservado en la eternidad de los que escriben y sueñan con elegante libertad, seguirá esperando ese acontecimiento que una vez le confesó en entrevista a Luis Harss: que algún día abra los ojos y compruebe que el sol sale por occidente y se oculta por oriente.

 

http://letras-uruguay.espaciolatino.com/lopetegui/julio_cortazar_en_cuba.htm