El terrorismo ha cruzado la línea – Periódico La Tercera, Chile

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

EL TERRORISMO nos ha mostrado ayer de manera fidedigna su verdadero rostro. Atrás quedaron los disfraces políticos, las consignas callejeras y las acciones violentas de riesgo controlado. Ahora se trató de una bomba, igual que las casi 30 registradas este año, pero en un lugar lo suficientemente público y concurrido como para cobrar vidas humanas.

En otras palabras, el terrorismo ha optado por cruzar lo que hasta ahora se presentaba como un límite y nada hace suponer que vaya a dar marcha atrás. Señalarlo así sería reiterar el error que nos ha llevado a esta realidad de inseguridad. El desprecio por la vida humana resulta tan intrínseco a su ideología que ni siquiera sorprende cuando incluso los más veteranos miembros de movimientos terroristas ensalzan sus atentados del pasado como si fueran viejas aventuras dignas de la historia.

Ahora ninguna de las autoridades responsables de la seguridad interior, ni civiles ni uniformadas, podrá negar la abundancia de advertencias que antecedieron a este punto de quiebre en la relación entre el Estado y los grupos violentistas. Se sabía de su existencia, de la proliferación de movimientos autodenominados como “anarquistas” -un calificativo claramente equívoco para quienes aceptan métodos terroristas-, de su forma de actuar y hasta del cultivo de contactos a nivel internacional. El atentado en este concurrido centro comercial, puerta de acceso a una de las estaciones de mayor afluencia del Metro, sólo resulta una patente manifestación del nivel de desarrollo e impunidad que han logrado sus acciones.

¿Cuánto se hizo para enfrentarlos? De lo que se conoce públicamente, poco. Mucho más tiempo se ha desperdiciado irresponsablemente en la discusión sobre si estamos frente a grupos terroristas, cuando la realidad era clara al respecto: ¿No quedó eso de manifiesto en el asesinato de dos ancianos en La Araucanía? Qué dirá ahora la propia directora del Instituto Nacional de Derechos Humanos, que hace apenas un mes concluyó que “en Chile no hay terrorismo”, mientras las cancillerías de Estados Unidos y el Reino Unido advertían a sus ciudadanos sobre los riesgos de visitar nuestro país.

Lo sucedido en el Metro debiera también provocar una reflexión profunda en todos aquellos movimientos sociales y políticos que han amparado o, a lo menos, pretendido justificar el comportamiento violento de individuos, que a vista y paciencia de las cámaras de video, son capaces de golpear a un carabinero hasta casi matarlo o de rociar con parafina a un periodista en el marco -vaya paradoja- de una movilización en favor de los derechos humanos.

No hay espacio para la violencia ni explicación alguna que la sustente. Y no basta una declaración pública para cumplir con la responsabilidad que ello supone. Al Estado le compete bastante más que eso y hasta ahora, como lo demuestran las sucesivas encuestas ciudadanas que fijan en la inseguridad una de las mayores preocupaciones de la opinión pública, ha fracasado en sus esfuerzos. Los mismos individuos que la justicia chilena deja en libertad por falta de pruebas, son rápidamente apresados en España como responsables de un artefacto explosivo de menores consecuencias a las observadas ayer en Las Condes. Y hasta parece una ironía que la semana pasada la discusión estuviese centrada en responsabilizar a los bancos por la seguridad de sus cajeros automáticos.

Sin embargo, el terrorismo no deja espacio para ironías ni discusiones políticas. Quienes llaman ahora a no sacar provecho político por lo ocurrido, confunden sus intereses. La ventaja política corre por cuenta de los terroristas. Al resto no le queda más remedio que confiar en la capacidad de las autoridades para enfrentar el problema y renunciar a ese discurso políticamente correcto que les impide llamar terrorismo a lo que definitivamente lo es.

El país no necesitaba una advertencia de esta naturaleza para actuar en consecuencia, pero lamentablemente ha sucedido. A las autoridades competentes les corresponderá ahora actuar, demostrar la capacidad de inteligencia que posee el Estado y aplicar con rigor la legislación vigente. Es evidente que los hechos ocurridos ayer alterarán radicalmente la agenda pública y la ciudadanía estará atenta a la rapidez y eficacia con que las autoridades responsables cumplen con sus obligaciones.

No cabe duda que el esfuerzo requerido de parte de los poderes del Estado será mucho mayor al normal, porque se necesita adicionalmente revertir el sistemático debilitamiento que han sufrido las instituciones con que cuenta la democracia para defenderse de la amenaza terrorista. Es hora de que la Ley Antiterrorista no sea descalificada en su legitimidad y que no se busquen subterfugios para evitar su aplicación; se requiere que las policías sean respaldadas y no cuestionadas cuando cumplen con sus funciones y, obviamente, que los tribunales no sean sistemáticamente criticados cuando buscan castigar a los culpables usando algunas de las escasas herramientas con las que cuentan.

La bomba en el Metro obligará a reconsiderar el discurso y la acción del gobierno respecto de los grupos violentistas y de los actos terroristas, dándole la atención y ejerciendo el carácter que se espera de las autoridades en un tema de tanta gravedad para la estabilidad social y política del país. Porque ya pasó el tiempo de las discusiones teóricas, de los cálculos políticos o de los complejos frente al tema de la seguridad. Ahora nadie puede decir que en Chile no hay terrorismo.

http://www.latercera.com/noticia/opinion/editorial/2014/09/894-595067-9-el-terrorismo-ha-cruzado-la-linea.shtml