Evolución económica colombiana – Por César Ferrari

En 25 años, Colombia experimentó un profundo cambio al dejar de lado la sustitución de importaciones y abrir nuevos mercados.

– La transformación productiva
Según el Banco Mundial, en 1990 la producción agropecuaria colombiana representaba 16,7% del PIB total; las manufacturas, 20,6%; la minería junto con la producción de electricidad, comercio y transportes, 17,3%; y los servicios ,45,4%. En 2012, dichos sectores representaban 6,5, 13, 24,5 y 56% del PIB, respectivamente.

Debido a ello las exportaciones se recompusieron: las de hidrocarburos, carbón y similares, que en 2000 representaron 43,8% del total vendido, en 2012 representaban 70,7%. Mientras tanto, las manufactureras que en 2000 alcanzaron a representar 32,5% del total se redujeron a 17,5% y las alimentarias pasaron de 19 a 9,2%.
En ese contexto la inversión colombiana continuó reducida: pasó de representar 18,5% del PIB en 1990 a 23,4% en 2012, muy por debajo de la tasa China de 36,1% y 48,8% en los mismos años.

– La infraestructura
La infraestructura colombiana continuó siendo insuficiente: entre 2000 y 2011 la densidad de carreteras pasó de 11,3 a 188 kilómetros por cada 100 kilómetros cuadrados de área aprovechable; el número de automóviles de pasajeros pasó de 43,5 a 52,5 por cada mil habitantes; la calidad de los puertos pasó de un índice de 2,7 a 3,5 (máximo 7, mínimo uno); el gasto en inversión y desarrollo pasó de 0,1 a 0,2% del PIB. Tal vez la excepción fueron las comunicaciones: la suscripción de teléfonos celulares pasó de 5,7 a 98,1 y la de internet, de 2,2 a 40,4 por cada 100 personas.

– Crecimiento reducido
Todo ello se reflejó en tasas de crecimiento mediocres; menores a las más elevadas latinoamericanas y muy inferiores a las asiáticas. El promedio de crecimiento de Colombia entre 1990 y 2012 fue 3,8% y entre 2000 y 2012, de 4,7%; en términos per cápita fueron 2,1 y 3%, respectivamente. En los mismos períodos la economía china creció anualmente 10,5 y 10,9%.

De tal modo, los ingresos de la población crecieron poco: entre 1990 y 2012 el ingreso per cápita colombiano aumentó 6,4 veces, de US$1.209 a US$7.748; mientras tanto en China incrementó 19,4 veces. A esas velocidades de expansión no debe sorprender que Colombia se rezague frente a China.

– Concentración del ingreso
Al incrementarse relativamente la producción de materias primas se deterioró la ocupación y la distribución del ingreso. La razón es obvia: la explotación minera y de hidrocarburos es intensiva en capital. En 2010 la ocupación en dichos sectores representó 0,9% del total de la población ocupada, produjo 8,9% del valor agregado total de la economía, pagó 3% del total de remuneraciones y recibió 19,5% de utilidades y pagos a capital.

En contraste, el sector agropecuario que es intensivo en mano de obra ocupó en ese año 21,16% del total, produjo 6,1% del valor agregado, pagó 9% de las remuneraciones y recibió 0,5% de las utilidades. Las manufacturas, que también son intensivas en mano de obra, ocuparon 9,7% de la población, produjeron 12,7% del valor agregado, pagaron 13,1% de las remuneraciones y recibieron 18,8% de las ganancias.

De tal modo, el Gini —que mide la concentración del ingreso— pasó en Colombia de 0,48 en 1990 a 0,52 en 2012 (un Gini igual a 1 indica concentración total). Entre los mismos años el 10% de la población más pobre del país pasó de recibir 1,2% del ingreso total a 0,8%, el 10% más rico aumentó su participación de 45 a 52%, y los indigentes, con ingresos menores a US$1,25 diarios, aumentaron de 8 a 9% de la población.

-¿Por qué esa transformación?
¿Por qué se produjo una transformación económica tan profunda en tan poco tiempo? La razón es obvia: las rentabilidades sectoriales cambiaron de tal manera que hicieron atractiva la inversión en la producción de materias primas y, por contraste, en una situación en la que los aspectos relativos son primordiales, cayó la rentabilidad relativa en el sector agropecuario y las manufacturas, que dejaron de ser competitivos y rentables.

Varias son las razones y todas apuntan en la misma dirección: Se redujo la protección arancelaria para los dos últimos sectores, las tasas de interés se mantuvieron muy superiores a las internacionales, se revaluó la tasa de cambio (consecuencia para algunos de una supuesta enfermedad holandesa por el crecimiento de las exportaciones petroleras; pareciera más sensato hablar de enfermedad bancaria, pues en varios de los últimos años la mayor fuente de divisas fue el endeudamiento de las empresas, inducido por las elevadas tasas de interés domésticas), los salarios aumentaron, la infraestructura se mantuvo insuficiente y los servicios importantes quedaron protegidos en mercados cerrados y oligopólicos.

Contribuyeron también los precios de las materias primas que comenzaron a elevarse desde mediados de los noventa hasta la Gran Recesión Mundial 2008-2009, entre otras causas, por la enorme aceleración de la economía china impulsada por el crecimiento del consumo en Estados Unidos.

– ¿Más de lo mismo?
¿Vale la pena seguir haciendo más de lo mismo, con la creencia equivocada que los resultados de los últimos años son óptimos? ¿Para quién? ¿Con esos resultados lo más probable es que durante mucho tiempo gran parte de los colombianos sigan siendo pobres, desiguales y muy rezagados con respecto a los asiáticos? ¿Están dispuestos los colombianos a esperar 23 años (creciendo al 3%) o 35 años (creciendo al 2%) para duplicar su ingreso mientras que los chinos lo duplican cada siete años?

Si no se quiere más de lo mismo se requiere crecer más rápidamente, sostenida y sustentablemente a partir de una estructura productiva que lo permita y genere más ocupación y distribuya más ingreso. ¿Qué hacer entonces? Parece también obvio: cambiar la estructura productiva en favor de los sectores que producen ocupación abundante (manufacturas y agro).

Para ello hay que cambiar las rentabilidades relativas en favor de dichos sectores, lo cual implica hacerlos más competitivos. Ello requiere, en primer lugar, menores tasas de interés y una tasa de cambio más elevada. También se requiere inversión y eso implica mayor ahorro. Si las empresas son más rentables, generarán más utilidades, es decir, más ahorro. Y si se eliminan los incentivos para distribuirlas (lo cual implica una reestructuración tributaria que incluya impuestos a los dividendos) significaran más recursos para invertir.

Todo ello implica nuevas políticas monetarias, fiscales y de regulación económica que atiendan a los intereses de las grandes mayorías. Es un problema político, no económico.

El Espectador