La disputa por el sexo ajeno – Por Liliana Viola

¿Cómo le parece mejor que se expulse del país a bolivianos, peruanos y otros inmigrantes latinos? ¿A patadas? ¿Por ley?; ¿cómo le parece que se debería suprimir a los delincuentes que entran por una puerta y salen por otra? ¿Fusilamiento o prisión perpetua?; ¿cómo le parece que debería figurar Flor de la V en su documento de identidad? ¿Hombre o mujer? Hace pocos días, Infobae lanzaba la última pregunta como encuesta de opinión a sus lectores, uno de los coletazos de la revelación de Jorge Lanata sobre lo que él entiende –aunque se ocupe de recalcar que no es opinión sino certeza– como la correcta o auténtica identidad de género de Flor de la V: un travesti, no una mujer; un padre, no una madre. Las dos primeras preguntas, que aparecen aquí por (no libre) asociación, suenan tan revulsivas pero ridículas como un chiste pesado, y no asomarían en ninguna publicación dispuesta a una continuidad sin penalidades ni desprestigio; ni siquiera en Infobae. Pero tienen en común que incitan al crimen, las tres por igual invitan a exhibir el bulto fachista de espaldas a las leyes vigentes tentándolo con su apología de la segregación. La encuesta que invitaba a opinar sobre el documento que Flor de la V –así como de miles de personas trans– ya posee hace dos años, estuvo colgada en la web con tiempo para revelar los resultados de sus lectores/opinadores presentados al aire como “La mayoría piensa que”, como si se tratara de una muestra confiable. Finalmente fue sacada de circulación por intervención del Inadi. No para negar o distorsionar la realidad de esas respuestas, sino por la distorsión que impone la pregunta. Como el desopilante personaje del padre de familia progre de Capusotto, que luego de sobreactuar tolerancia y ostentarse actualizado ante su hija y su esposa se encierra en su cuarto a sacar al retrógrado que tiene adentro, la televisión argentina hizo lo suyo esta semana, sólo que se dio el gusto de hacerlo fuera de broma y fuera del closet.
Control de actualidad

Si usted se ha estremecido o sonreído ante lo que proponen las dos primeras preguntas y no le sonó igual de monstruosa o irónica la tercera, será que llegó la hora de revisar, escuchar, asesorarse, encontrarse en sus propias contradicciones para no quedar muy magullado. No sólo por el peso de la ley de identidad de género, sino mucho más por la ley de la inercia por la cual la velocidad con la que insiste el pasado –donde, por ejemplo, los conceptos de “hombre de verdad” y “mujer hecha y derecha” no admitían cuestionamiento ni variantes– lo está expulsando brutalmente del presente. La misma inercia retrógrada que dejó a Lanata hablando pavadas primero y luego tratando de subsanar el error sin que se note. ¿Acaso no hay una extraña y hasta entrañable contradicción entre ese subrayado del masculino para no decir “una travesti” sino “un travesti” y agregar además “un padre”, mientras que cada vez que habla de Flor, o con ella, utiliza el femenino? “Si se siente ofendida le pido disculpas pero no creo haberla ofendido. No me voy a rectificar. Si ella se sintió ofendida, yo pido disculpas”, dice Lanata sin escandalizarse ante la alternancia de géneros en su propia sintaxis. Atrapados en un modo de mirar, de leer las señales y dar veredicto, pero a la vez sostenidos por la potencia del presente, incluso todos los que se atreven a pelearle la definición de sí misma, deberían hoy hacer un esfuerzo “contra natura” para tratarla en masculino. Habrá que preguntarse por qué. La dicotomía varón/mujer va demostrando, cada vez con más fracasos, ser insuficiente para otorgar sentidos y mucho más para otorgar calidad de vida, bienestar, felicidad, o como se quiera llamar a eso que queremos todxs.

Flor de la V viene viviendo, actuando, ejercitando la feminidad públicamente desde que apareció en los medios. Muy difícil intentar ver en ella o detrás de ella a “un hombre de verdad”. Habrá que preguntarse por qué. ¿Y qué será un hombre de verdad hoy o mañana? No se trata, como pretenden quienes esgrimen la primacía de la naturaleza, de negar la existencia del cuerpo, de sus órganos ni siquiera de la biología. Simplemente se trata de reconocer que no hay acceso a la “verdad” o a “lo real” de lo que los cuerpos vestidos o no vestidos representan sino a través de los discursos, las prácticas y normas que nos preceden en el camino de la vida y con las que vamos negociando a cada rato sin darnos cuenta. O a las patadas.

En el mismo sentido, la afirmación “soy una mujer” (que viene recibiendo palos por derecha y por izquierda) exige, lejos de ser banalizada en la imagen de un loco que se cree Napoleón, integrarse en un relato autobiográfico que en clave confesional, en clave de humor y también muchas veces sin que medien palabras, viene desarrollándose, construyéndose en una historia de vida. El currículum de artista travesti como un punto ineludible en su ascendente carrera no es expulsado hacia atrás, ni hacia delante, ni en sus bromas, ni en sus personajes, y además, continúa siendo parte de su éxito. El relato de Flor de la V hoy sigue así: “Mujer”. Acompañada por su marido, quien declara sin temor a la contradicción con su señora, que a los hijos “les vamos a decir que Flor es una mamá travesti”, Flor asiente y reitera más adelante: “Mujer”. No como alguien que cierra los ojos a la realidad, sino, tal vez, como quien insiste en seguir desatando un concepto corset, que da para muchas.

La tolerancia social a la xenofobia y a la violencia de Estado a la que atacan las dos primeras preguntas en esta nota tienen, en este país, límites bastante definidos. Una educación que recita desde temprano el orgullo del crisol de razas, leyes de inmigración favorables, la existencia de varios organismos de control de la bestia humana hacen que la resistencia al otro o incluso el odio, se muevan en una zona bastante acotada: en la clandestinidad, comentarios de viaje en taxi, de sobremesa, y hasta en alguna medida propuesta por algún político conservador –como la de restringir el ingreso de “los otros” a hospitales públicos o meter presos a los cartoneros porque se roban la basura– que enseguida es desechada por la mayoría del electorado. El margen de tolerancia a la transfobia, palabra que ni figura en ningún diccionario (todavía), es mucho más alto. Mueren en este país muchas personas por su causa, asesinadas, muchas víctimas de violencia policial, o por numerosas formas del abandono. Considerar que la transexualidad es una enfermedad mental o una impostura, como sugirió Lanata, deberá figurar en la definición del término cuando el gran libro de los significados se actualice. Porque no hay dudas de que se va a actualizar: el diccionario no es el contralor de la vida, sino en todo caso su registro a posteriori. Quien quiera esperarlo para hablar con corrección, allá él. “Matrimonio” según la RAE todavía es cosa de un hombre y una mujer… Y mal que les pese a los guardianes del buen gusto, “almóndiga” está reconocida, a fuerza de una importante cantidad de hablantes que la prefieren así. Lanata subraya su corrección morfológica y repite como maestro siruelo: un travesti. Deberá reconocer que esta vez para encontrar la posta paseó sus dotes de sabueso en el interior de un libro, una institución donde el término “travesti” se sigue escribiendo con artículo masculino y no tiene el mismo significado que el que nuestro lenguaje corriente le atribuye hoy. Los travestis eran (vistos) como hombres (homosexuales) que se vestían de mujer. Actualmente, ni el ciudadano o ciudadana más desinformado o reaccionaria concibe la idea de una travesti o una persona trans en relación exclusiva o excluyente a sus vestimentas.

Ni un diccionario, ni un periodista, ni ningún justiciero solitario pueden cambiar el lenguaje. Las transexuales, la mayoría, hoy se llaman en femenino. Los hombres trans, la mayoría, en masculino. Hace años, cuando no había palabras para nombrarse ni en la calle, ni en la academia, ni en las familias, ni ante el espejo, se recurría a las que había para insultarse, y es posible que se acataran las lecciones de gramática que dio Lanata. Tampoco una ley alcanza para modificar la lengua ni las opiniones personales, pero la ley ya existe, fue aprobada en el Congreso y es tan clara que enseña. A propósito, como cuota voluntaria por haber seguido dándole vueltas al asunto, esta nota se corta abruptamente para reproducir un fragmento de la Ley 26.743 cuya lectura habría ahorrado minutos de tele y ofrecido un descanso merecido a Flor de la V, que desde que está encumbrada en el medio es convocada como comodín para dirimir el tamaño de los miembros de otros. O si no, ¿cómo es que la transexualidad pasó a ser de pronto metáfora de la versión distorsionada de la realidad que se le atribuye al oficialismo? En su descargo, Lanata reprocha que saltaron por él pero no saltaron antes por Boudou, Milani o Fariña. ¿En qué momento se dio la conexión entre gramática, sexualidad y gobierno nacional? Sea como fuere, poniéndose en la lista de los denunciados por él mismo, aunque haya sugerido que lo coloquen a la cola, con disimulo o por fallido, reconoció su falta.

Artículo 2. Definición: Se entiende por identidad de género a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo. Esto puede involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios farmacológicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que ello sea libremente escogido. También incluye otras expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.

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