“Hacia una reforma agraria permanente” . Conferencia del sociólogo cubano Juan Valdés Paz , dictada el 19 de septiembre 2014 en Buenos Aires, Argentina

 

Sucedió el pasado viernes 19 de septiembre, en el micro-cine del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. Durante más de tres horas la rueda de vértigo inercial que caracteriza a la gestión política de los asuntos estatales se detuvo para escuchar a un viejo sabio cubano de larga trayectoria, actualmente jubilado y dado a la investigación. El título de la conferencia: “La conflictividad rural contemporánea en América Latina: el modelo de los agro-negocios y la agricultura campesina”.

La reunión fue presentada por el ministro Carlos Casamiquela, quien junto a su Jefe de Gabinete, Héctor Espina, escucharon la totalidad de las intervenciones. Los comentarios a la exposición del sociólogo cubano estuvieron a cargo de José Catalano, vicepresidente del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), y Ramiro Fresneda, en representación de la flamante Secretaría de Agricultura Familiar. También estuvieron presentes el rector de la Universidad Nacional de Río Cuarto, Marcelo Ruiz, representantes de la Biblioteca Nacional y un nutrido grupo de especialistas y funcionarios interesados en la problemática.

Lo que sigue es una transcripción de las palabras vertidas en el evento. Las reflexiones aportadas por Valdés Paz constituyen un documento de gran valor, por el contexto en que fueron dichas y la perspectiva que abre en torno a uno de los principales problemas de la actualidad.

 

Presentación

Por Carlos Casamiquela, Ministro de Agricultura Ganadería y Pesca de la Nación

Muy buenos días a todos. Recién estuvimos charlando con Juan Valdés Paz de manera muy relajada y tranquila. El me preguntaba cómo es esto del Ministerio, yo le decía que era un tiroteo permanente y que uno tiene que tener la suerte (y la habilidad en todo caso) de saber en qué momento estar de pie en la trinchera y en qué momento hacer cuerpo a tierra. Y le contaba aquel dicho famoso que quienes somos un poco mas viejo conocemos, que dice “la experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado”. Lo dije tranquilamente porque también Juan Valdés Paz es pelado. Y él me contó esta historia muy interesante de su vida personal, cuando a los veintiún años y en un contexto histórico en el que la sociedad estaba siendo revolucionada, tuvo que hacerse cargo de tareas con las cuales poco y nada tenía que ver. La suya es una gran experiencia de vida. Hay también unos libros que me acaba de obsequiar y yo los voy a poner en la biblioteca del Ministerio para que todo el mundo pueda acceder a la producción literaria y académica de Juan Valdés Paz. El dará su charla con una absoluta libertad de temas. Y le hemos pedido a Ramiro Fresneda, de la Secretaría de Agricultura Familiar de nuestro Ministerio (una Secretaría que tiene no más de sesenta días de existencia), y al ingeniero José Catalano, que es el Vicepresidente del INTA, que al finalizar la exposición nos dediquen unos comentarios que ayuden a que entre todos podamos profundizar algunas cuestiones.

Básicamente a nosotros nos interesa que se analicen las situaciones de la agricultura familiar, porque tiene que ver con el empeño que hemos tomado en nuestra acción de gobierno, en nuestra gestión, para visibilizar las problemáticas, las dificultades y las potencialidades de la agricultura familiar en la Argentina. Les comento que el 65 por ciento de los productores en nuestro país responden a la concepción de la agricultura familiar, que producen hoy el 20 por ciento del producto bruto agropecuario en la Argentina, que es un país con un muy buen producto bruto agropecuario por sus capacidades, por su historia. Estamos también en una línea de trabajo muy fuerte orientada a transformar la producción agrícola argentina, tradicionalmente generadora de cereales, granos y carnes, en procesos con alto valor agregado. Básicamente con la intención de cambiar la condición de proveedor de granos, por la de proveedor de alimentos al mundo. Más allá de que parece una cosa simple, creo que es uno de los desafíos más importantes en nuestro ámbito, en nuestro diseño de políticas públicas.

Y hablando de políticas públicas, sería para mí también interesante que se pudieran abordar algunas consideraciones sobre cuál es el rol del Estado en este proceso, en términos de poder articular todos estos procesos de transformación y mantener el equilibrio de un modelo de crecimiento con equidad y con igualdad, y que el país pueda conducirse globalmente hacia un destino cada vez mejor. Estos fueron simplemente unas palabras introductorias. En realidad usted es la persona importante hoy acá. Para mí es un gusto y un honor recibirlo y va a ser un placer escuchar sus ideas. A todos muchas gracias.

 

Exposición

Por Juan Valdez Paz

Antes que nada quisiera, con toda sinceridad, agradecer al Ministerio de Agricultura, a la Universidad Nacional de Río Cuarto y a la Biblioteca Nacional de Argentina, que me han invitado a intercambiar criterios, puntos de vista y la oportunidad de conocerlos a todos ustedes. En particular quiero agradecer al Ministro sus palabras de presentación y agradecerle también que haya advertido que esto no debe parecerse en nada a una conferencia magistral donde le voy a dar luz a un grupo de expertos, todos los cuales son seguramente más sabios y tienen más experiencia que yo sobre estos temas. El objetivo es identificar una agenda de los problemas y las eventuales políticas públicas que se puedan llevar adelante para un mayor desarrollo de la agricultura en la región latinoamericana y caribeña.

Ya el solo hecho de que yo deba mantener una perspectiva regional tan extensa, hace que muchas de las cosas que voy a decir pueden no tener mucho que ver con la realidad argentina. Sabemos que hay notables diferencias regionales en América Latina y el Caribe, sobre todo cuando de agricultura hablamos, que se trata de la actividad territorial por excelencia. Por otro lado me voy a permitir hacer una constelación general y tomar nada más que dos o tres temas fundamentales para abrir la discusión, sin detrimentos de que conversemos sobre lo que ustedes estimen.

Entrando en cuestión, lo primero que quería decir es que en la región latinoamericana vuelve a levantarse con fuerza aquello que la socialdemocracia europea acuñó en el siglo XIX como la cuestión agraria. No solamente se trata de reconocer que el sector agrario hace una contribución importante a las economías respectivas, o si tiene mayor o menor peso en las exportaciones, sino en el sentido más complejo de que la cuestión agraria incluía a muchos actores sociales y un entramado político que organiza las relaciones de este sector con otros, y de este sector con los poderes fácticos.

Entre el siglo XIX y XX la literatura había identificado que la cuestión agraria en América Latina tenía que ver con las barreras que impedían el acceso a la tierra, el patrón latifundio/minifundio que dominaba los campos, una diferencia abismal entre el campo y la ciudad, una sociedad rural marcada por el desempleo, la pobreza y la migración rural, un inmenso atraso tecnológico y un desarrollo basado en el modelo agroexportador. Es decir, la agricultura se desarrollaba en la medida en que prosperaba el modelo agroexportador. Estas características las conocemos todos, pero las apunto porque algo de ello regresa en nuestros tiempos.

Entre la segunda mitad del siglo XX y lo que va del siglo XXI ya podemos hablar de una nueva cuestión agraria, a partir de la aparición de algunas otras caracterizaciones que me gustaría subrayar. Una es, precisamente, que ninguno de los problemas anteriores fue totalmente superado. De manera que en todas las sociedades latinoamericanas podemos encontrar de estos temas clásicos manifestaciones más o menos severas.

El segundo elemento es la entrada de la dimensión étnica, que parecía un tema más bien de antropólogos y cultural. Los sujetos y saberes indígenas le han dado nuevamente una energía decisiva a la cuestión agraria en nuestros tiempos. No tenemos tiempo para adentrarnos en ello, pero quería simplemente apuntarlo.

También tenemos que mencionar la tendencia a la concentración de la propiedad y la tenencia de la tierra, según una dinámica donde la propiedad se separa de la tenencia por distintos mecanismos. Vuelven a surgir barreras para el acceso a la tierra, persiste un patrón minifundio/latifundio, la idea de un mínimo vital de tierras para sostener una familia se difumina, se mantiene o agrava la inseguridad jurídica de los tenentes (se estima que el 50 por ciento de los tenentes de tierra no tienen titulación ninguna en la región) y se vuelve a manifestar un proceso de extranjerización de la tierra, con algunas modalidades nuevas: ya no es la ocupación colonial, no es el enclave bananero o cañero, ahora son masivos arriendos de territorios.

Irrumpe de esta forma el tema de la inseguridad alimentaria, por la caída relativa de la producción de alimentos y el impacto que tiene la desregulación de las importaciones como consecuencia de la transnacionalización de los mercados y la tecnología. Siempre tuvimos en América latina una presencia de los agrobusiness y de la agricultura de enclave, pero de ninguna manera se compara con el peso que va tomando la expansión y hegemonía de este sector sobre la agricultura regional en su conjunto. En este contexto hay que resaltar, y lamento decir esto en presencia del Ministro, la falta de integralidad de las políticas públicas para dar cuenta de esta nueva cuestión agraria.

Voy apenas a enunciar otro problema creciente, que la FAO llama con elegancia la cuestión de los cultivos “ilícitos”. Y menciono también, en esta breve introducción, un asunto que retomaré más adelante porque considero crucial, que es la crisis creciente de la sustentabilidad de la agricultura.

No quería dejar de decir que en paralelo a la cuestión agraria del capitalismo latinoamericano, hemos tenido una cuestión agraria del socialismo real. Tanto en Europa Oriental, como en Asia y en Cuba, después de resolver una serie de problemas históricos, el socialismo produjo otro tipo de desafíos u obstáculos. En estas experiencias se solucionó el acceso a la tierra, se alcanzó un notable desarrollo científico y tecnológico, con mayor empleo y seguridad alimentaria, se redujo la diferencia entre campo y ciudad, a partir del desarrollo planificado de la agricultura y el impulso del cooperativismo, pero todo eso con serias limitaciones estructurales en las que no me detengo. Lo que estoy tratando de decir es que también existe una cuestión agraria de esta experiencia socialista.

La última consideración de carácter general que quería presentarles es que, atenidos a la consideración de la experiencia histórica, resulta evidente el papel que el Estado y las políticas públicas juegan en el enfrentamiento y eventual superación de la llamada cuestión agraria, tanto en el ámbito nacional como en el regional. Primero, porque ha competido al Estado hacer o no hacer reformas agrarias, y hacerlas de un tipo o de otra. Y compete al Estado implementar un modelo de coexistencia entre los distintos sectores en la agricultura, para lograr un equilibrio entre los mismos y evitar la antropofagia de unos sobre otros. Le compete también al Estado conquistar la seguridad alimentaria. Corresponde al Estado confrontar y limitar los poderes transnacionales en la agricultura, porque por definición y supuestamente expresa los intereses nacionales.

Pero lo que quería decir acerca de esta presencia estatal, es que cuando decimos Estado no estamos hablando del gobierno de turno sino de todos los poderes del Estado y de todas las instituciones que integran cada uno de estos poderes. Porque todas ellas son necesarias para enfrentar la cuestión agraria. La cuestión agraria, desgraciadamente, no puede ser resuelta por un Ministerio de Agricultura, no puede ser resuelta por el Ministro de turno, es un tema que atañe a toda la estructura del Estado y no solamente al Estado central. Pero hay más: la vida ha demostrado que el Estado (o los gobiernos de turno que eventualmente ocupan las potestades del Estado) no tienen, por sí solos, fuerza suficiente para producir y preservar el cambio. Es decir, necesitamos una nueva concepción del Estado que lo sitúe como parte de un poder más vasto, que es público, que es el bien común, el interés general. Y en la esfera de este bien común aparece el Estado pero no solo el Estado, tienen que estar también los sectores sociales expresando sus intereses, las organizaciones de la sociedad civil, las organizaciones no gubernamentales, porque el Estado necesita acopiar todas esas fuerzas para poder enfrentar la cuestión agraria.

Quizás, mi primera formulación sea que no tenemos en América Latina un Estado en condiciones de enfrentar la cuestión agraria. No tenemos una alianza del Estado con los sectores sociales favorables al cambio. Y los gobiernos más progresistas, o más comprometidos con las transformaciones para superar la cuestión agraria, están delimitados y sitiados por condiciones del ordenamiento político nacional que los expone a alianzas políticas que no son necesariamente las que necesitamos para el cambio agrario. De manera que para construir una voluntad política capaz de operar las transformaciones agrarias profundas que precisamos, hace falta un mayor empoderamiento del Estado y de los sujetos sociales que impulsan estos cambios. Sé que este es un tema polémico, pero quería subrayarlo con fuerza.

He decidido para esta conferencia desarrollar tres temas que me parecen, entre los que he mencionado, los más relevantes para la región.

El primer problema es el de la estructura de la propiedad y tenencia de la tierra. En la actualidad, esta estructura es fundamentalmente un efecto de las reformas agrarias realizadas a lo largo del siglo XX. Cada una de estas reformas agrarias, según los distintos países, lleva una historia peculiar que no tiene sentido comentar. Los grandes prototipos de nuestra región son las reformas agrarias mexicana, boliviana y cubana. Las tres incluyeron tres ítems muy importantes, sin los cuales me parece a mí, las reformas agrarias no tiene el mínimo de radicalidad para producir un cambio duradero. Uno: la tierra es del que la trabaja. Dos: un límite a la tenencia de la tierra; el que quieran, pero un límite (que será siempre el resultado de una negociación política y dependerá de las relaciones de fuerzas). Tres: la nacionalización de la tierra, o bien políticas que propendan a nacionalizar la tierra.

Luego, ustedes recordarán que entre los años sesenta y setenta, a veces como parte de una política contrainsurgente promovida por los Estados Unidos, en algunos casos por iniciativa local de los propios países, se promovieron reformas agrarias que podíamos llamar de tipo redistributivo. Me refiero a la reforma agraria de Chile en 1962, la de Perú en el 69, la de Nicaragua en 1981, la de El Salvador en 1980. Alguien llamó a estos procesos como reformas agrarias preventivas o marginales. Casi siempre resultaban en una redistribución de tierras públicas, colonización de las fronteras o, en el caso más atrevido, una redistribución de tierras ociosas en manos del latifundio. El impacto sobre la situación social en el campo de estas reformas fue limitado, y poco a poco la expresión fue desapareciendo de la política. Uno siempre piensa que una reforma agraria señala el inicio de un nuevo ciclo agrario en la historia, pero estas reformas más bien cerraban esa posibilidad. Y entonces vimos que hasta la FAO suprimió el tema de la reforma agraria de su discurso, hasta hace muy poco que lo ha reincorporado nuevamente: señal que la casa está ardiendo. Por último figuran las reformas que más recientemente acompañan a gobiernos progresistas, como el caso de Bolivia y Venezuela. Y el caso que merece una reflexión particular es el de Brasil, donde siempre están haciendo una reforma agraria que nunca se aplica.

Sobre estas estructuras de tenencia de la tierra que son la resultante de aquellos procesos reformistas, están presionando numerosos factores y existen fuertes condicionamientos en un sentido contrario a los objetivos iniciales de las reformas agrarias. Uno de los principales factores a tener en cuenta es el aumento exponencial de la rentabilidad del capital agrario, que presiona sobre la estructura preexistente y fomenta la búsqueda de una economía de mayor escala. Ya no se llama latifundio, ahora se llama empresa agraria, van cambiando los términos pero el resultado es el incremento de la escala media organizativa de la agricultura a lo largo de toda la región. Se generaliza un modelo agro y zoo tecnológico que vamos a llamar “intensivo en insumos”. Hay una disminución sensible del número de explotaciones (entre el 8 y el 20 %), como efecto de la concentración. Se agravan las migraciones del campo a la ciudad, y hay un problema adicional que en algunos países ha sido muy grave: el desplazamiento de poblaciones por conflictos políticos. También la expansión de la minería que está reconvirtiendo e inutilizando amplias porciones de tierra agrícola, y toda su secuela de conflictos. En México, parte de Centro América y algunos países del Caribe esto constituye un creciente problema.

En estas nuevas condiciones la lucha por la tierra y la reforma agraria vuelve a estar en la agenda, aunque con un cambio de naturaleza. A diferencia de lo que sucedió en las últimas décadas la propuesta de reforma agraria vuelve a tener un sesgo radical. Ya no se conforman con ser distributivas, asistenciales o colonizadoras, sino que aparece la insistencia en reformas agrarias de corte radical. Las demandas del Movimiento Sin Tierra en Brasil y las propuestas de Vía Campesina en todo el continente ejemplifican esta radicalidad. Del programa que nos presenta Vía Campesina, por ejemplo, podríamos subrayar al menos cuatro consideraciones. Primero, reclaman una reforma agraria integral. Segundo, que tenga como base una democratización de la tenencia de la tierra, dándole a la tierra la connotación de un bien común, por tanto de interés general, que exige un compromiso nacional, tratando de sustraerla (si es posible) de las relaciones mercantiles. Tercero, que el objetivo de la reforma agraria sea conquistar la soberanía alimentaria (y no digo seguridad sino soberanía alimentaria), todavía colocan el tema es una instancia más alta. Cuarto, y quizás lo políticamente más importante, la insistencia en producir una acumulación de fuerza política y social basada en una alianza del campesinado con los trabajadores urbanos. Esta es una de las propuestas más originales que ofrece esta agenda, la reconversión del eslogan “alianza obrera-campesina” en alianza “campesina-urbana”; es decir, que la población urbana toda vea en el predominio de una agricultura campesina su interés directo.

Desde el punto de vista de las políticas públicas yo creo que hay que pasar de considerar que la reforma agraria es un acontecimiento excepcional que aparece en la historia cada cierto tiempo, más o menos acompañado por grandes convulsiones políticas y sociales, a considerar que la reforma agraria es una entidad permanente. En vez de la revolución permanente pensemos en una reforma agraria permanente, que es lo que necesita la agricultura.

El otro sesgo, que tanto se ha subrayado, es que el Estado conciba la reforma agraria de una manera integral, en todas sus dimensiones. La necesidad de un enfoque sistémico de la política agraria es algo en lo que todos los autores están de acuerdo. Recuerdo que el Che decía que en las cuestiones generales los caballeros siempre están de acuerdo, pero donde se matan es en los temas particulares. Cuando hablamos de la agricultura familiar todo el mundo aparece firmando al pie, pero si se trata de definir el lugar que le vamos a dar en las políticas públicas ya alguna gente empieza a levantarse de la mesa.

Un tema que no podemos separar de una reforma agraria es la democratización de la sociedad rural. Es decir, no hay democracia en las sociedades rurales si estos cambios no se producen, pero estos cambios no avanzarán mucho si no logramos democratizar las sociedades rurales. Las sociedades rurales han sido el reservorio de todos los horrores que la humanidad ha cometido, todas las formas de esclavitud, de explotación, el gamonalismo, la servidumbre. Estas relaciones han sido un componente de la agricultura. Pero democratizar la sociedad rural no quiere decir que cada cinco años le demos urnas para que depositen un voto en algún lugar de la comarca. Sino que quiere decir empoderamiento de la sociedad rural, capacidad de negociación de sus respectivos intereses por parte de los propios actores.

Para seguir adelante mencionaría de soslayo, con mucha rapidez, el tema del uso de los suelos. Porque es un tema que parece separado de la seguridad alimentaria y al final es el punto de partida de la seguridad alimentaria. Si la producción de alimentos no tiene asegurado un mínimo de uso de los suelos no hay seguridad alimentaria. Y la tendencia general en el uso del suelo, como ustedes saben, es al dominio y la expansión de los rubros agroexportadores. En todos los países de la región los agro-negocios utilizan la mayor parte de las tierras y las mejores, lo cuál viene produciendo el grave problema de la degradación de los suelos, fenómeno que ustedes conocen mejor que yo. Lo que pasa es que los argentinos tienen tanta tierra que demoran más en enterarse de la degradación de los suelos. En Cuba en este momento se considera que el 70 por ciento de las tierras están degradadas, como resultado del monocultivo de la caña y la ganadería intensiva. Imagínense ustedes que somos una islita, ¿para dónde nos vamos? ¿Qué otro suelo vamos a tomar? No podemos plantear ni siquiera conquistar Haití porque nos buscamos un problema. Más bien deberíamos conquistar Estados Unidos, pero tampoco parece viable. Realmente ahí tenemos un problema, en el que también contribuye la creciente deforestación. Tomé un solo número, que dice que la cobertura forestal en la región disminuyó en los últimos cinco años un veinte por ciento. De manera que eso da una idea terrorífica de la situación, además de los problemas peculiares como la Amazonía que aún debieran preocuparnos más.

En este punto quisiera anotar un éxito cubano, que no tenemos muchos en la agricultura. Como resultado de la historia de la expansión azucarera se fueron talando bosques y reparando buques españoles que atracaban en la bahía de La Habana camino de Sevilla y de Cádiz, por cierto con parte de la plata que venía del sur, hasta que llegamos a una cobertura de sólo el once por ciento del territorio. Al inicio de la colonización la cubierta forestal era mayor al 85 por ciento. Los esfuerzos de expansión azucarera en el período revolucionario, que nosotros mismos acometimos, agravaron la desforestación. Pero curiosamente, después de la crisis de los 90 y del llamado período especial, hemos entrado en una intensa política de forestación. En este momento la cobertura ya es del 23 por ciento, y debemos llegar pronto a un 25 que es la norma mínima que FAO exige. Es un esfuerzo interesante, en un espacio con una densidad demográfica de 65 habitantes por kilómetro cuadrado.

En síntesis, hay que garantizarle un porcentaje del uso del suelo a la forestación, y hay que garantizarle un porcentaje del uso del suelo a la producción agrícola. Y eso no puede resolverse sino es desde políticas públicas. En casi ningún país existe una normativa del uso y conservación de los suelos, con fuerza jurídica y penal que la hiciera efectiva. Las medidas impositivas sobre la tierra y el uso del suelo son también muy débiles. Hay una gran discusión que plantea que los sistemas fiscales tienen que ser enteramente revisados desde una perspectiva más agraria. Además, hay que promover la diversificación del uso del suelo, lo cual es lo contrario de lo que generan los agro-negocios. He aquí por qué la agricultura familiar aparece no solamente como moralmente deseable, sino también como una práctica técnicamente deseable.

Este comentario me lleva al último tema que quería problematizar: la organización agraria. Uso esa denominación para referirme a la forma como se explota la tierra, es decir bajo qué entidad organizativa la explotamos. Hay una burguesía agraria que emplea trabajo asalariado bajo la forma empresarial. Son una franja inevitable y presente en todos los países de la región (menos en Cuba, donde fue desaparecida por motivos políticos no agrarios, y era más eficiente que la agricultura estatal). Esta modalidad genera la tendencia a la que me refería antes de polarización entre concentración y minifundio, de organización en gran escala y un modelo intensivo de recursos.

Del otro lado aparecen en la agenda y el “discurso” de casi todos los gobiernos de la región la recuperación del campesinado, de la agricultura familiar, con distintas denominaciones pero siempre refiriéndose a esta agricultura de pequeña escala. Para darles un número muy general, se considera que en estos momentos la explotación campesina abarca el 80 por ciento de las explotaciones existentes en la región y ocupa el 23 por ciento de las tierras. Esto daría para muchos comentarios. Cuando nosotros hicimos la revolución el 1 por ciento de los propietarios tenía el 50 por ciento de las tierras del país. Pero han pasado cincuenta años de nuestra experiencia y sin embargo todavía tenemos estas proporciones. La escala media de la tenencia en América Latina está entre 0,5 y 2 hectáreas (Argentina está fuera de este promedio pues posee el valor más alto del Continente, con cien hectáreas por productor). La Constitución cubana de 1940 definía un mínimo vital de 27 hectáreas, y estoy hablando de la República pre revolucionaria. De manera que podemos decir que la mayor parte de los campesinos latinoamericanos están por debajo del mínimo vital.

Hay un paradigma campesino que se ha ido construyendo en la literatura y ahora FAO está volviendo a reivindicar: pequeño productor familiar, posee artes agroecológicas, vinculado al bienestar local y comunal. Este último rasgo es muy importante, pues de todos los productores del campo el campesino es aquel cuyo destino está más vinculado a los intereses locales y comunales, por lo tanto representa la ciudadanía rural. Sin embargo, siempre llevamos campesinos para las fiestas patrias y después los regresamos rápido a los márgenes. No nos queda más remedio que hacer la concesión de que están ahí, desde la guerra de la Independencia, desde la creación misma de la Nación, porque son la mayoría del campo. Y son portadores de un acerbo cultural propio que alimenta la identidad de la Nación. Todos los países de la región incluyen como rasgo de su ser nacional la cultura de su campesinado: su música, sus costumbres, su folclore. Pero a nadie se le ocurre que el agro-business aporte nada a la Nación, y mucho menos a la identidad nacional. Es un contrasentido que el sujeto social que construye el imaginario nacional sea el más pobre, más perseguido, menos empoderado.

Quería también al menos mencionar la larga discusión que existe acerca de cómo definir al campesinado, porque he utilizado esa expresión y lo que está ahora de moda es la expresión economía agraria familia, o agricultura familiar. Desde Chayanov hasta la FAO hay tres millones de definiciones acerca de qué cosa es un campesino. Pero desde que la FAO incorporó a su terminología la noción de agricultura familiar se ha abierto un nuevo debate, y los sectores más radicales del cambio agrario, por ejemplo la Vía Campesina, rechazan el término de agricultura familiar porque entienden que se está homogenizando muchos tipos de productores y tenentes en torno a una categoría de familia que no es tan determinante. Hay ahí una discusión muy presente en otros países de Latinoamérica, quizás menos en Argentina. Hay autores que rechazan el término familiar porque sería un término sociológicamente poco descriptivo de la característica del productor.

Pero instintivamente, aunque no haya la suficiente precisión, todo el mundo comprende que cuando se dice agricultura familiar nos estamos refiriendo a una franja de pequeños productores, productores pobres, de baja escala, productores familiares. Estamos hablando de la franja inferior y, por tanto, defender la agricultura familiar es priorizar a ese sector. Y creo que políticamente no sería aconsejable enfatizar demasiado las distinciones; en cada país más o menos se sabe cuál es el sector al cual se quiere beneficiar bajo el nombre de agricultura familiar. Aunque nosotros sigamos discutiendo, sabemos que nadie nos hace caso. No a usted Ministro, a usted le hace caso todo el mundo, me refiero a los expertos.

La agricultura familiar se caracteriza por varios rasgos, pero yo querría retener tres que me parecen muy importantes. Un modelo de producción que es diversificado, flexible y equilibrado en el uso de los factores. Los productores despliegan una economía natural fundamentalmente de autoconsumo, incluyen una producción mercantil de alimentos para el consumo de la población y, eventualmente, una agricultura que contribuye también a la exportación. Pero sobre todo son productores que dinamizan la economía local. Antes dije que contribuyen el bienestar local y expresan los intereses locales, pero ahora quiero subrayar que dinamizan las economías regionales con mucha fuerza.

Los números que pude reunir dicen que esta producción familiar abastecen entre un  50 y un 80 por ciento al mercado de América Latina. Y son importantes contribuyentes a la producción y al ingreso nacional (cosa que usted mencionaba, Ministro). En Argentina, el número que tengo habla de un 19 por ciento de participación, no sé si es válido. En Centro América llega a ser del 50 por ciento la contribución de este tipo de agricultura, y en el Caribe representa el 25 por ciento.

Pero hay un déficit que arrastramos desde los tiempos de oro de las reformas agrarias, aquellos años sesenta y setenta, que es el problema de la baja asociatividad. Y por lo tanto, la baja capacidad de negociación y de representación que tiene este sector. Nos introducimos así en la cuestión del cooperativismo y de la cooperación. En Cuba hemos pasado de una agricultura que estaba en un 80 por ciento en manos del Estado, a una cuyo 50 por ciento está en manos de cooperativas y otro 30 por ciento en manos de campesinos. Nosotros que éramos los más estatistas del universo hemos pasado a una economía agraria de base cooperativa y campesina. Y para todo el resto de la región, en condiciones de una economía agraria capitalista, el cooperativismo es una alternativa al mercado y a estas tendencias negativas que mencioné antes.

Si analizamos en el conjunto de América Latina, aún en los casos en que aparecen políticas que tratan de fomentar, de recuperar, de reforzar a este sector campesino o de la agricultura familiar, lo que no está claro es el posicionamiento que las políticas públicas le dan en el sistema agrario. Es decir, no existe una definición sobre qué lugar va ocupar, qué garantías va a tener, si van a tener una participación en la agro-exportación y en qué condiciones, si de él va a depender la producción y la seguridad alimentaria. Entonces, aún en los casos en que los gobiernos levantan discursos y programas favorables a este sector, no queda claro cuál es el peso que le van a dar en el sistema agrario. Porque si hoy, en un encuentro como este, hablamos de lo buena que es la agricultura campesina, pero pasado mañana hacemos otra reunión para discutir la necesidad de incrementar los agro-negocios, pues me parece que incurrimos en una contradicción.

Hay una larga historia de subordinación de la agricultura familiar a los agro-bussines. Y está claro que la seguridad alimentaria, ya no como dice Vía Campesina la soberanía alimentaria, no está garantizada sino hay políticas públicas para este sector. La agricultura campesina es el único sector que puede garantizar la seguridad alimentaria. Pero para lograrlo hay que establecer un marco institucional y normativo que la proteja, hace falta dotarlo de aseguramiento financiero, material y científico-técnico, además de promover su asociatividad. Y hay que otorgarle poder político.

Quisiera hacer un comentario final sobre sistema científico-tecnológico y su centralidad en el modelo hegemónico de los agro-negocios. Algunos de los rasgos de este paquete son: gran escala, especialización del suelo, mecanización, masiva utilización de recursos energéticos, agroquímicos y uso de la genética tanto agrícola como animal. Este modelo se ha extendido con distinta suerte, aunque casi nunca aparece tan completo como lo acabo de dibujar (en Cuba los campesinos dicen: “una cosa es dibujar el pájaro y otra que vuele”). Pero este es el diseño que promueven las grandes transnacionales agrarias y muchos gobiernos de la región.

Cabe decir que el propio gobierno cubano estuvo comprometido con este modelo durante treinta años, con un resultado desastroso económica y ecológicamente. De manera que podemos hablar con cierta propiedad, porque nadie es capaz de aplicar planes con tanta consecuencia como un estado socialista. En Cuba este modelo primero se derrumbó y ahora lo estamos desmontando. Y el único recurso con que contamos para seguir es la cultura agroecológica que el campesinado preservó a pesar de nosotros. Ahora bien, esto no basta. Porque esta cultura agroecológica es insuficiente para los desafíos actuales. Es tradicional porque no ha tenido desarrollo.

El desafío es crear un modelo de explotación agraria de base agroecológica. El campesino puede seguir con su tradición pero, ¿y el desarrollo? ¿Y el incremento de la producción? La mayoría de esos campesinos gastan mucha energía, usan mecanización (con mayor o menor intensidad), utilizan agroquímicos, y si no tiran fertilizantes y químicos es porque no los pueden adquirir pero si pudieran lo echaban. Hoy en Cuba estamos en un modelo híbrido, todos nuestros funcionarios y nuestros técnicos fueron formados en la cultura de un modelo intensivista y viven esperando que algún día regrese el fertilizante y regrese el pesticida y regrese el herbicida. No lo tienen y echan mano a soluciones agroecológicas, pero viven eso como una concesión a las circunstancias, esperando el retorno a los tiempos felices.

Nosotros acompañamos al modelo tecnológico intensivo con un enorme aparato científico técnico que se creó ex profeso, conformado por institutos y servicios de sanidad vegetal, de sanidad animal, de semillas, de fertilizantes, miles y miles de científicos dedicados a apoyar y promover ese modelo. Ahora curiosamente no tienen ningún modelo que impulsar, pero es un potencial enorme (salvo por las limitaciones humanas que antes mencioné) para, si lo decidieran, apoyar la promoción de un modelo de base agroecológica. Tendemos a limitar el desarrollo de la agroecología a los términos de la agricultura tradicional campesina, que posee todas las virtudes que le conocemos pero que también tiene sus problemas. De manera que este sería el primer problema a enfrentar por las políticas públicas: crear o reconvertir las instituciones científicas, para salir del modelo híbrido en el que estamos hacia una experiencia más decidida de base agroecológica.

Quisiera señalar otro problema que considero muy importante, y es que para consolidar un desarrollo del cooperativismo a favor de la agricultura familiar tiene que haber un cambio cultural. No alcanza con reunir a cuatro campesinos y meterlos en un curso. Hace falta introducir en el conjunto de la sociedad esa cultura. Si la sociedad no es cooperativa, los cooperativistas siempre serán un rara avis en esa sociedad. Voy a poner un ejemplo que me toca de cerca, porque yo me llamo Juan Valdés y todo el mundo se cree que soy colombiano o que debería serlo o que tengo algo que ver con el café. Uno de los spots televisivos más viejos de la historia es el del café Juan Valdez. En los años sesenta el spot mostraba varios campesinos caficultores que representaban a Juan Valdez. El caficultor representaba al café de Colombia. Ahora el spot muestra a un hacendado en primera fila, con una cantidad de gente que se ve trabajando al fondo. Juan Valdez hoy es un empresario agrícola. El ideal es entonces que el café colombiano esté en manos de empresarios. Juan Valdez es ahora sobre todo una marca, por cierto cara, que ocupa casi un tercio del aeropuerto de Bogotá.

Yo quiero insistir en este desafío cultural que tenemos porque ustedes recordarán que hasta la primera mitad del siglo pasado incluso la cultura artístico literaria era fuertemente expresiva del campesinado y de los problemas del campo. Pero en la medida en que la sociedad latinoamericana se fue urbanizando todo ese imaginario rural fue desapareciendo de la cultura. No me interesa tanto la belleza de que la Nación tuviera esas banderas, hablo de que estos cambios que nos proponemos y esta promoción de la agricultura familiar necesita de un apoyo cultural de la sociedad.

En ese mismo sentido, y es lo último que digo, estamos impulsando en Cuba un cooperativismo que ha sido impuesto por la crisis, por las circunstancias, pero no existe una cultura cooperativa. Acabamos hace muy poco de publicar el primer libro sobre cooperativismo que se edita en Cuba. Es decir, los políticos no saben nada de cooperativas; los funcionarios no saben nada de cooperativas; la población no sabe nada de cooperativas; y los propios campesinos no quieren saber nada porque tuvieron una experiencia horrenda recientemente. El resultado es una sociedad desarmada que no acompaña a su agricultura familiar. Cerraría con esa idea: tenemos que rearmar a la sociedad cultural y políticamente para que acompañe a su agricultura familiar, o estará encantada con el agro-negocio porque es lo que se ve en la televisión, y en colores.

Para terminar, no quería dejar de mencionar una experiencia cubana que me parece muy importante, probablemente el mayor logro que hemos tenido desde la crisis de los noventa, que considero una contribución interesante a la campesinización, una contribución muy importante al vínculo entre el campo y la ciudad. Me refiero a lo que nosotros llamamos agricultura urbana y suburbana. Se le han dedicados ingentes recursos, pero lo más llamativo es haber descubierto que en la ciudad existían enormes reservas agrícolas. Casi no hay un ciudadano que no tenga en su casa un machete, que no haya vivido con su familia un tiempo en el campo. Hasta que se desata la crisis producíamos nada más que 400 mil toneladas de alimentos en las ciudades, y ahora producimos 11 millones de toneladas en la agricultura urbana.

Yo recuerdo que en los años sesenta nosotros recibimos mucha asesoría y colaboración del campo socialista. En agricultura teníamos asistencia de los búlgaros, quienes permanentemente nos insistían en que hiciéramos cordones hortícolas y frutícolas alrededor de las ciudades, pues era la experiencia de ellos. Hicimos oídos sordos. Demoramos cincuenta años y una emergencia nacional para entender que siempre tuvimos ese potencial. Agravado por el hecho de que tenemos solamente el 20 por ciento de la población en el área rural, y con tendencia a que sea el 18 en cinco años más. Fue urbana en un principio, después fue periurbana (ocupando el cordón), y ahora utiliza el concepto de suburbana, tratando de incluir hasta diez kilómetros alrededor de las ciudades. Es una experiencia que no quería dejar de mencionar, y no cabía en ninguno de los capítulos que expuse.

Muchísimas gracias.

 

Comentario

Por José Catalano – Vicepresidente del INTA

Buenos días a todas y todos. En primer lugar, muchas gracias a Juan por por sus palabras, porque fueron terriblemente ricas en el sentido de que compartimos todo lo que ha mencionado.

Cuando vos hablás de la cuestión agraria, de la agricultura familiar que regresa después de toda esta ola agroexportadora, lo vinculo básicamente con el corte que se produce en la región respecto del neoliberalismo. Porque me parece que los intentos por darle solución a la cuestión agraria implican el fortalecimiento del Estado. Históricamente las oligarquías en todos los países han utilizado al Estado, se han apropiado del Estado, mientras que el sector campesino y los pequeños productores siempre estuvieron invisibilizados y manipulados por determinados sectores, sin posibilidad de tener empoderamiento ni apropiarse de la gestión del Estado. Entonces cuando uno se refiere a la época neoliberal, donde aumenta el éxodo rural en más de 25 por ciento porque hay un aumento enorme en función de la concentración de la tierra, tiene que ver con que desaparece el Estado y no cumple el rol del bien común; por el contrario, avanzan las oligarquías en el planteo de su visión agroexportadora.

También coincido cuando planteás que todos los problemas no han sido superados. Pero a partir de esta nueva ola en América del Sur con la emergencia de gobiernos democráticos desde Venezuela hasta el Cono Sur podemos ver que después de quince años, de los treinta y pico de países de América Latina, y tomando los datos de la FAO, en prácticamente la mitad de ellos se ha reducido el nivel de pobreza. Pero se ha reducido porque se superó la instancia de generar programas de alivio para la pobreza. Estamos en otra instancia. Avanzamos con muchos errores y limitaciones, y con muchas contradicciones. A mi me gustaría tomar la idea de tu planteo y trasladarla a la Argentina, y ahí es donde uno empieza a moverse en la silla, porque en otros países hicieron reformas agrarias. En el nuestro yo diría que la primera intervención histórica fue el proceso de movilización que llevó adelante el general Perón, donde “la clase media” de la región pampeana fue ocupando la tierra. Fue más un proceso de colonización. En nuestro país reforma agraria generada por el Estado no hubo. Al contrario, pienso que hubo una reforma agraria negativa porque esta concentración de la tierra es una reforma al revés por la expulsión de cientos de miles de productores al cabo de un par de décadas. Fueron las condiciones del mercado las que generaron esto, y con un Estado ausente.

Estamos entonces frente a un problema histórico que no puede ser resuelto por un gobierno sino por el Estado, cuyas políticas públicas deben desenvolverse de forma armónica, organizada y no solamente desde un Ministerio de Agricultura, porque está también el tema de la educación, de la salud. Coincido totalmente con esa visión.

En cuanto a la agricultura familiar, en nuestro país hace muchos años estamos peleando por su reconocimiento, por su posicionamiento. Pero las relaciones de fuerza no se han dado, no se han generado, y desde el Estado cuando tuvimos la posibilidad a lo mejor no tuvimos la suficiente fuerza para acompañarlo. Pero en este último tramo avanzamos bastante, con la creación de la Subsecretaría de Agricultura Familiar primero y ahora de la Secretaría de Agricultura Familiar. En otras áreas de gobierno hemos hecho acciones que tienen que ver con el microcrédito, la marca colectiva, el monotributo. En el caso mismo del INTA, una institución que antes trabajaba por productos, o cadenas de valor, o por cluster, hemos avanzado en la creación de institutos específicos que entienden la complejidad de la agricultura familiar. Nos parece que son esfuerzos válidos e importantes.

Estamos cansados de escuchar y de escucharnos decir que producimos alimentos para 400 millones de personas y somos 40 millones. Y es fruto de esa enorme exportación que nuestro gobierno ha podido instrumentar las conquistas que la sociedad acompaña: el aumento de la jubilación, la estatización de algunas empresas, la asignación universal, demandan una cantidad de recursos que proceden de esta agricultura industrial que tanto criticamos. Me parece que esa es la discusión que se nos viene, porque tenemos que seguir sosteniendo el bienestar que hemos alcanzado.

También coincido totalmente con el planteo que hace Valdés Paz sobre el empoderamiento. Eso nos lleva al rol que juegan las organizaciones en la conducción y la correlación de fuerzas con el Estado. Nosotros tenemos instituciones, como en el caso del INTA, en cuyo consejo Directivo están representadas las cuatro organizaciones gremiales históricas (Sociedad Rural, Federación Agraria, Coninagro y CRA). Me parece que el desafío, la materia pendiente, es que la agricultura familiar de una vez por todas esté participando en las decisiones de la política agropecuaria, de la política de investigación y de la política de innovación.

Finalmente, un párrafo sobre la agroecología. Nosotros hace cinco años no teníamos una red de 120 técnicos especialistas en agroecología, y hoy la tenemos. Son pequeños avances, por supuesto que son mínimos, pero me parece que vamos en ese camino.

Comentario

Por Ramiro Fresneda – Subsecretario de fortalecimiento institucional de la Secretaría de Agricultura Familiar

Muchas gracias compañero, es un gusto escucharlo. Estamos muy de acuerdo en que la cuestión agraria no se puede abordar desde Argentina, desde Perú o desde Bolivia, porque hay que pensarla de manera regional. Como primera cuestión quiero transmitirle el saludo de Emilio Pérsico, Secretario de Agricultura Familiar de la Nación, que en este momento se encuentra en San Luis participando de un evento sobre la producción de cuero.

Hay que estar alerta cuando vemos cómo se está poniendo de moda la agricultura familiar, pues se trata de una realidad que tiene peligros y a la vez abre posibilidades de grandes logros. Naciones Unidas hace décadas que viene discutiendo este tema, pero uno muchas veces ve que las leyes del mercado y las leyes del capital financiero internacional siguen poniendo en jaque a las políticas soberanas de nuestros países. Como los vemos claramente en esta coyuntura con los fondos buitres, lamentablemente este capitalismo global hace que un juez de Estados Unidos pueda seguir poniendo en jaque a nuestro país.

En este sentido, voy a suscribir lo que plantea García Lineras cuando dice que los avances que han tenido nuestros países de Latinoamérica en esta década de ampliación de derechos y salida de la larga noche del neoliberalismo, siguen estando en jaque porque el problema del Estado tiene múltiples dimensiones. No tiene únicamente esa perspectiva material del Estado que planteaba Lenin, sino que se plantea también la dimensión ideal del Estado. Hasta tanto no se pueda construir una nueva correlación de fuerza, es muy difícil que se pueda hacer frente a ese poder hegemónico que concentra la tierra, el territorio y los bienes naturales, impidiendo que nuestros Estados ejerzan el control del ordenamiento territorial. Y no es que no queramos hacerlo sino que no lo podemos hacer, porque lamentablemente las políticas de integración con respecto a la cuestión agraria en Latinoamérica todavía no están teniendo la fortaleza que deberían.

Nosotros en Argentina hemos podido avanzar mucho durante esta década en lo que hace a la ampliación de derechos. Pero tenemos un modelo agropecuario que posee doscientos años de existencia. Nosotros estamos parados en un Ministerio que se cimentó sobre la destrucción de las economías regionales, sobre la destrucción de nuestros pueblos originarios. Algunos de nuestros padres de la Patria planteaban que no tenía sentido incluir a los pueblos originarios o a las comunidades campesinas en el diseño de políticas, porque eran unos bárbaros. Eso es lo que tenemos metido, la lógica del progreso que viene de la mano de la expansión de la frontera agropecuaria y de un modelo que muchas veces, sin bien genera riqueza también genera muchos efectos negativos.

Aún así, nosotros creemos desde el Ministerio, desde la Secretaría de Agricultura Familiar, que es posible construir un modelo agrario nacional, popular, participativo, inclusivo, que no deje a nadie afuera. Nosotros, cuando discutimos el plan estratégico agroalimentario de 2010 al 2020, y vemos que el mundo nos pide más alimentos, necesitamos avanzar en una lógica de industrialización que nos vienen prometiendo, pero son los países del Primer Mundo los que ponen las reglas de juego para que los países del Tercer Mundo sigamos exportando nuestras materias primas sin valor agregado. Por eso, y más allá de que Naciones Unidas diga que 2014 es el Año Internacional de la Agricultura Familiar, cosa que es muy importante porque suma en institucionalidad, el desafío nuestro como funcionarios, y fundamentalmente como militantes del campo nacional y popular, es dar la discusión en la sociedad.

Argentina hoy tiene que discutir qué pasa con el precio de los alimentos. Argentina hoy tiene que discutir quiénes proveen los alimentos, en calidad y cantidad, a los sectores populares de las ciudades. Nosotros, en la Argentina hoy, tenemos alrededor de un veinte por ciento de una economía popular, de una producción informal, es decir que no hemos podido llegar. El desafío es cómo acercar, cómo articular, al productor de alimentos sanos con el consumidor que permanece en estado de vulnerabilidad en los grandes centros urbanos.

En ese sentido, cuando uno viaje por muchos territorios del país, como lo hace el Ministro, como lo hacen los Secretarios, y los compañeros del equipo técnico, vemos claramente, un poco preocupados, que esta estrategia de ampliación de derechos se encuentra en el ámbito rural con dispositivos más sutiles que hacen que la herramienta que tenemos a nivel nacional no llegue como debería llegar al interior profundo de nuestros pueblos. Esto nos lleva a una discusión profunda, que es la necesidad de una reforma constitucional (a partir de la reforma de la Constitución en 1994, los bienes naturales son competencia originaria de las provincias), hasta tanto los estados provinciales no se hagan parte y no estén de acuerdo con la importancia que tiene la agricultura familiar, no solo en términos folclóricos, no solo en términos identitarios, no solo desde la perspectiva de sujeto de derecho, sino fundamentalmente desde la perspectiva de sujeto productivo. Nosotros queremos construir un modelo agropecuario sustentable en términos económicos, pero al mismo tiempo en términos sociales y en términos ambientales.

Seguimos exigiendo que los movimientos sociales puedan dar la discusión en el marco del Estado de derecho. Tenemos que darle la discusión fundamentalmente a ese ochenta y pico por ciento de población argentina que vive en los grandes centros urbanos. Con menos del 10 por ciento del territorio de Argentina, la agricultura familiar sigue generando más del 53 por ciento del empleo rural. Y en regiones como el NOA y el NEA genera un dinamismo económico nada desechable. La expansión de la frontera agropecuaria es importante en tanto y en cuanto respete los derechos adquiridos de nuestras comunidades.

Creemos que hemos avanzado muchísimo, logramos la ley para limitar la extranjerización de tierras, estamos trabajando en un Consejo de la agricultura familiar, campesino, indígena que es muy novedoso, estamos generando muchísimas políticas acordes, pero en la medida que no tengamos el suficiente compromiso y la honestidad intelectual para dar el debate vamos a terminar retrocediendo. Los avances conseguidos durante los últimos diez años en ampliación de derechos nos implican la responsabilidad ética y moral de seguir avanzando. Y lo que falta en la Argentina es integrar a esos compañeros de la economía informal en el campo y la ciudad que todavía hoy no están integrados.

Desde el área de agricultura familiar, y quiero terminar con esto, hemos podido visibilizar cientos de conflictos de tierras en estos dos años que llevamos de gestión. Son nueve millones de hectáreas las que hoy están en disputa. Tenemos que construir estrategias institucionales de incidencia, generar mesas de diálogo donde la agricultura industrial y la agricultura a pequeña escala se sienten en una mesa donde puedan discutir para que el grande no se coma al chico. Creemos que es algo muy importante porque cuando un campesino o un indígena pierde la tierra lo que pierde es su identidad. Y en un estado de derecho no podemos permitir que la gente de la tierra se quede sin tierra para producir y para poder seguir viviendo.

 

(*)Juan Valdés Paz es Licenciado en Sociología. En 1960 fue nombrado, con sólo 21 años, administrador del Central Azucarero “Abel Santamaría”, como parte de la intervención del Gobierno revolucionario cubano a las empresas que boicoteaban el proceso de cambio. En 1963 asume la Dirección Ejecutiva de la Presidencia del Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA). Y en 1971 es nombrado Vice Ministro para los Recursos Humanos del INRA, en el Ministerio de Agricultura.  Paralelamente a su desempeño en temas agrarios, participa de importantes espacios de reflexión y crítica ideológica, como Profesor en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, de 1969 a 1971, y más tarde como Investigador Jefe del Departamento de América Latina del Centro de Estudios sobre América (CEA), entre 1980 y 1993. Es autor de números artículos, informes y publicaciones científicas, y de los libros El Espacio y el Límite. Ensayos sobre el sistema político Cubano (La Habana, 2009) y Los Procesos de organización Agraria en Cuba 1959-2006 (La Habana, 2010).