Ayotzinapa y la voz de los padres – Por Luis Hernández Navarro

Pasan los días y sus hijos no aparecen. Un día las autoridades les dicen una cosa y al siguiente otra. Y las versiones que les dan no concuerdan con las evidencias disponibles. ¿Por qué los padres de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa le van a creer al gobierno?

En un primer momento, los funcionarios aseguraron que los muchachos estaban escondidos como presión política. Afirmaron que se encontraban a salvo en algún lugar de la sierra o en un rincón de su escuela. Así transcurrieron días valiosos para encontrarlos con vida, sin que se les buscara en serio. Muy pronto quedó claro que eso no era cierto. Pero ninguna autoridad se disculpó con los padres por esa mentira. Nadie tuvo la humildad de confesar que se equivocó.

La noche del 5 de octubre la historia oficial cambió. Iñaki Blanco, procurador de Guerrero, informó que dos detenidos habían confesado el asesinato de 17 de los 43 normalistas. Según él, Martín Alejando Macedo Barreda, vendedor de narcóticos, y Marco Antonio Ríos Berver, sicario de Guerreros unidos, revelaron que ellos los ejecutaron por órdenes de un personaje apodado El Choky.

Días más tarde, los testimonios de los homicidas se filtraron a la prensa. El Gaby, uno de los verdugos, declaró ante el Ministerio Público: “Yo participé matando a dos de los ayotzinapos, dándoles un balazo en la cabeza, y no son de los que quemamos, están enteritos… la forma de matarlos fue ancados y les disparamos por un lado de la cabeza”. Esto –dijo otro– por andar de revoltosos.

Uno de los homicidas, Martín Alejandro Macedo, reveló: “Recibí la instrucción de dispararles (a los normalistas) por parte del Choky; los disparos que les realizamos fue en el centro de Iguala… El Choky pidió apoyo a la policía municipal, por lo que supe que El Choky sí alcanzó a chingar a varios ayotzinapos, ya que se estaban poniendo muy locos; una vez que se comienzan a bajar los estudiantes comienzan a correr y logramos asegurar a 17, los cuales subimos a nuestras camionetas y los llevamos a la casa de seguridad donde los matamos inmediatamente ya que no se querían someter y como eran más que nosotros, El Choky dio la instrucción que les diéramos piso…”

Pero casi un mes después, mientras aparecían cadáveres y más cadáveres sin nombre en multitud de fosas clandestinas alrededor de Iguala y las autoridades buscaban que las cifras de los normalistas muertos cuadraran, la versión gubernamental de los hechos volvió a modificarse. Las autoridades nunca aclararon por qué quienes confesaron los asesinatos mintieron. Simplemente hicieron borrón y cuenta nueva.

El 7 de noviembre, en una conferencia de prensa, el procurador Jesús Murillo Karam informó que, según tres nuevos testimonios, los 43 jóvenes fueron conducidos al basurero del municipio de Cocula, ultimados, calcinados y sus cenizas arrojadas en bolsas de plástico a un río.

El nuevo relato gubernamental de la masacre presenta los resultados provisionales de una investigación en curso como si fueran casi definitivos. Pero, además, está lleno de huecos, explicaciones poco creíbles y contradicciones evidentes. En La Jornada, Telesur y Proceso se han documentado las opiniones de varios especialistas que ponen en duda la tercera versión oficial de los hechos, la última (hasta el momento).

Repasemos algunas de las críticas que se han hecho al informe oficial. Por principio de cuentas, no debió ser nada fácil para los sicarios someter a un grupo de 43 jóvenes, aguerridos y rebeldes, y trasladarlos dócilmente, sin dejar huella alguna, a varias decenas de kilómetros de distancia de donde fueron apresados por la policía. En la explicación se asegura que algunos se ahogaron en el camino. Sin embargo, los vehículos en que fueron transportados (un camión de 3.5 toneladas y una camioneta de carga) no tenían una cabina cerrada que impidiera la entrada de aire. ¿Por qué entonces se asfixiaron?

El basurero donde supuestamente fueron incinerados los estudiantes es un lugar al aire libre, en el que es muy difícil alcanzar las temperaturas necesarias para quemar sus cuerpos. Más aún en un día de lluvia, como fue ese. Evitar que la lumbre se propale a otros rincones del vertedero es tarea llena de riesgos. Sin embargo, los pistoleros manejaron la fogata magistralmente. Un incendio de esa magnitud y una peste como la que emiten los cuerpos al consumirse devorados por las llamas difícilmente habría pasado desapercibido en la región. Pero nadie se dio cuenta de lo sucedido.

Curiosamente, no se encontraron en el terreno quemado tiras de acero con las que se refuerzan los neumáticos que se usaron para alimentar el fuego. Tampoco hebillas de metal de cinturones y huaraches, cremalleras de pantalones y chamarras, relojes, medallas o amalgamas de piezas dentales de los alumnos. En cambio, sí se hallaron restos de vegetación que sobrevivieron milagrosamente a los calores infernales de la hoguera.

Sorprende también que, según la declaración de los detenidos, hayan podido destruir los huesos con pericia y recogido los residuos a escasas dos horas y media de que la pira fúnebre se extinguió. Las cenizas son un aislante térmico muy eficaz, que pueden conservar el calor durante muchas horas después de apagado el fuego. Es imposible meterlas en bolsas de plástico sin que se derritan.

Finalmente llama la atención la razón por la que los sicarios aventaron las cenizas al río en bolsas de plástico, cuando de lo que se trataba era de no dejar rastro del crimen. Y, más sorprendente aún, es que uno de esos empaques no se hubiese roto al chocar con el fondo pedregoso de un río de corriente vigorosa.

La negativa de los padres de familia de los desaparecidos a reconocer la versión gubernamental como válida proviene no sólo del natural rechazo a admitir un hecho tan doloroso sino, fundamentalmente, a que la consideran un torpe guión para dar carpetazo a la tragedia, y exculpar al Estado mexicano de su responsabilidad en el crimen.

Para esos padres ya pasó demasiado tiempo sin que sus hijos aparezcan. Están hartos de engaños, maniobras y del intento del gobierno de ganar tiempo.

*Periodista, investigador y escritor mexicano. Jefe de Opinión de La Jornada de México