Bachelet en la noche de los santos – Por Alberto Mayol

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Michelle Bachelet ha caído en las encuestas. Los mismos que la declararon pura y perfecta en 2013 (a la hora de los votos), hoy la critican a sus espaldas (a la hora de repartirse el poder). Dicen que solo ellos pueden sacar del impasse a la Presidenta. Ella, la única líder política del país que tiene alguna clase de confianza de la ciudadanía, es aconsejada por quienes son detestados, por quienes no gozan ni de legitimidad, ni de confianza, ni de cariño.

Los que hace años cayeron en el descrédito le dan la bienvenida a su mundo con consejos y rutas de salida que ellos mismos no han logrado utilizar. Por lo demás, Michelle Bachelet ya conoce esos lugares tristes: los habitó para el Transantiago y para la Revolución Pingüina hace ya 8 años. Por entonces, su reacción fue inadecuada. Renunció a su proyecto de ‘gobierno ciudadano’, renunció a la igualdad, renunció al medioambiente, cayó en la tecnocracia, en la bancarización y se convirtió en una versión superior, aumentada y corregida, del neoliberalismo. Michelle Bachelet hizo carne la afortunada frase de Fernando Atria sobre la Concertación: “Neoliberalismo con rostro humano”. Aunque en rigor se trató de neoliberalismo con rostro cristiano.

La cita a Cristo no es casual. Michelle Bachelet, en ese entonces, salió del pozo recorriendo dos caminos a la vez. El primero, devolviendo el poder a los partidos, convocando a esos ‘prohombres sólidos y avezados’ que sostuvieran a la grácil dama. Tuvo que ceder en todo: negar tres veces su gobierno ciudadano (julio de 2006), asumir una posición de rescatada que debilitaba el corazón de su relato pro mujer, bloquear la renovación política permitiendo la repetición de los platos y, además, tuvo que sacrificar en sus reformas los contenidos más sustantivos en lo social. Ese fue el primer camino, hecho en silencio para no reducir la dignidad.

El segundo camino fue rutilante. Michelle Bachelet descubrió su poderoso vínculo con el dolor del pueblo, su carácter cristológico, su potencia más allá de lo terrenal. Y avanzó por esa ruta hasta lo inverosímil, obteniendo apoyos del orden del 80%. Felicitada por los poderosos y adorada por los dolientes, parecía haber hecho la síntesis perfecta. Pero no era tal. Michelle Bachelet era la encarnación del pueblo, pero su reino no era de este mundo.

Su majestad radicaba en haberse convertido en un escenario, en el lugar donde se tejía la historia. Los chilenos adoraban un espacio con nombre de mujer, no una persona. La elevación cristológica de Bachelet supuso que ningún hecho terrestre alterase su existencia. Por ejemplo, el lastimoso desempeño en el terremoto fue omitido por los ciudadanos. Imperturbable ella, su reino se despidió en la perfección, para luego envolverse con los dioses del norte y retornar al salvataje de un sistema político putrefacto. Pero a poco andar, Michelle Bachelet se ha contaminado con el aroma pútrido de una coalición que nació del reciclaje. ¿Por qué se ha contaminado?

La construcción de la Nueva Mayoría, plagada de remilgos, tenía algún fundamento. Nueva Mayoría significa básicamente que se hará el esfuerzo de realizar los cambios estructurales al modelo (no ‘del’ modelo) que permitan matizar la enorme importancia de la utilidad del capital y los poderes fácticos, con algunos derechos sociales, políticos, económicos y culturales.

Nueva Mayoría significa que la lógica concertacionista de negociar hasta que duela debía terminar. En este camino, Bachelet tenía que ejecutar dos actos concretos: 1) Ir al mundo, convertirse en ‘actor’ de la escena y no en la escena, bajar a la política contingente, enfrentar a Gutenberg Martínez, a Enrique Correa, salir del cuadro angelical de Rafael Sanzio y caer en el aquelarre del Goya negro; 2) configurar un sostén político para esa travesía. El viaje sería duro, una verdadera odisea, requeriría de todas sus fuerzas y toda su confianza.

Michelle Bachelet ha hecho lo primero. Ha bajado al mundo. Ha recorrido las acequias de la política y ha redactado sus proyectos. Lo ha hecho en silencio, confiando en una recepción pacífica. Lo ha hecho en silencio porque confió en que el segundo punto no era necesario. Confió en que el diagnóstico de época hablaba por sí solo, que los requerimientos de igualdad y democracia eran insoslayables. Creyó que sin definiciones abrumadoras y sin un ejército propio, la verdad claramente revelada desde 2011 se impondría a los ojos de todos. No sabemos si con conciencia o sin ella, Bachelet se dirigió a la batalla cumpliendo todos los requisitos que exige el fracaso para su consumación.

En mi último libro describo con detalle el proceso de configuración del fracaso silencioso (antes del fracaso estruendoso) de la Nueva Mayoría. Hoy, muy temprano en realidad, empieza a ser visible el estruendo. Pero no me detendré en los avatares de este proceso, sino en el objetivo.

Bachelet ha intentado dos veces salir del triste espacio de la coyuntura y entrar en el glorioso espacio de la historia. Ha intentado dos veces trascender con su obra. La primera vez duró cien días. El gobierno ciudadano tuvo que traicionar a los escolares dolientes para no incomodar al modelo. Ahora los cambios estructurales también duraron cien días.

Pasados aquellos, la reforma tributaria fue hecha por los bancos, la educacional por la Iglesia, la de pensiones busca nuevos horizontes y la reforma laboral se ‘gradualiza’ en nombre del capital. El modelo vuelve a triunfar una y otra vez sobre ella. Le ofrece una salida, por supuesto. Volver a ser la mujer imperturbable, volver a la vida celeste, volver a la cristología, volver al cobijo, el amor, la paz. Le ofrece la monarquía de un reino ajeno a este mundo. Como escribo al final de mi libro sobre la Nueva Mayoría:

“Michelle Bachelet atraviesa nuevamente el dilema existencial: ser o no ser. Debe decidir si intenta los proyectos de cambios estructurales o si se somete a la medida de lo posible. Debe decidir si levantar la voz y afrontar los conflictos; o si la bajará para evitarlos. Su historia es difícil: cuando ha querido llevar a cabo sus proyectos más democráticos, la suerte o el talento la han abandonado. Cuando se ha sometido a las fuerzas del destino fáctico del Chile militar y eclesial, sus días han sido tersos y sin bruma. La decisión es difícil, es ser la mujer que cambió la historia (y quizás ser crucificada) o ser la mujer que administró el poder de los herederos de la dictadura (e irónicamente ser santificada sin dolor). Es un dilema para el cual su primer gobierno tuvo una respuesta clara (ser santa aunque fuese en base a una traición). Es un dilema sobre el cual su segundo gobierno no ha pronunciado el verbo que separe la luz de la oscuridad. Pero, ¿quién es la luz? ¿Y quién la oscuridad?”.

Michelle Bachelet camina hoy en medio de la bruma. Su coalición la convoca a hacer cambios para sostener su gobierno, pero el costo es sabido: son los cambios de ministros para que no haya cambios estructurales. La invitan a arrepentirse. Le ofrecen gobernabilidad, pero piden dejar la obra a un lado. ¿Qué hacer? La pregunta de Lenin tiene para Bachelet una respuesta cristiana, teológica, propia de la santidad donde ella ha sabido habitar.

Para llegar a la santidad, dicen algunos místicos y teólogos, es necesario pasar por la ‘noche oscura de los santos’. No es realmente una noche, puede ser un período donde quien busca el camino de santidad, quien busca la revelación, siente frente a ella inmensas dudas, duda de su fe, de sus competencias, de su razón, escucha a su alrededor muchas voces, sensatas e insensatas, que le plantean interrogantes a sus convicciones, que le piden que piense más, que dialogue con el mundo. La noche de los santos es descrita por decenas de quienes alcanzaron la santidad como un martirio, un infierno (Pío), un rechazo de Dios, una enorme falta de fe, la ausencia del amor. “Ningún consuelo se admite en esta tempestad”, dijo Santa Teresa, quien añadió que había comenzado a amar su oscuridad. Y Pío añadió: el camino del iniciado es un purgatorio, hay que perderse a sí mismo. El Salmo 1 dice que no se debe seguir el consejo de los impíos, pues la ley susurra día y noche.

Michelle Bachelet atraviesa hoy la noche de los santos. Cuestiona ella su fe, cuestiona su proyecto. Toda la realidad a su alrededor le habla contra su proyecto: las encuestas, los partidos que la acompañan, los medios. Las encuestas muestran un despeñadero.

A su alrededor el aquelarre de Goya, que preparó esta escena hace ya un largo tiempo, golpea la puerta para un buen arreglo. Le ofrecen la careta de una santidad, pero una santidad al fin. Le garantizan una encuesta mejor, un camino calmo, una bruma controlada. Es una oferta atractiva. Pero para ser santo, como para ser líder, hay que tener una gran convicción.

Esa convicción debe haber horadado el territorio infértil de la duda y debe haber vencido la angustia por el posible error de inmensas proporciones. La trascendencia (espiritual o histórica) es una búsqueda con un alto precio que pagar, un precio ideal y material, un precio donde no estarán ajenas las traiciones de quienes dijeron que acompañarían al santo en su camino. En la soledad, el santo (también el héroe) debe tomar la decisión: retroceder y cobijarse en el seguro habitáculo de la prudencia; o avanzar y buscar la trascendencia, a riesgo de cometer una locura, a riesgo de avanzar en soledad hacia una empresa insólita.

Dos destinos afrontará Bachelet si retrocede: probablemente conseguirá una rápida reconquista de las encuestas (con la irrelevancia de su obra) y verá a la fantasmal Concertación (y sus máquinas) devorando a su hija, la Nueva Mayoría (Bachelet).

Dos destinos, por otro lado, esperan a Michelle Bachelet si avanza sin dar un paso atrás: el rotundo fracaso de la batalla perdida con una causa noble, pero débil; o la trascendencia histórica, la ruptura con la inercia fáctica, con la herencia dictatorial. Este último camino es el único en el que Bachelet podría alcanzar la trascendencia, el único donde espera la Historia más allá de esas encuestas que el polvo cubrirá.

Hoy Bachelet duda. Quizás es la hiriente confusión de la trascendencia. O quizás es solo el doloroso camino de la resignación. Pronto sabremos qué verbo pronunciará para salir de la noche o sumirse en ella.

El Mostrador