El silencio de la izquierda de Gobierno (Ecuador) – Por Samuele Mazzolini

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Si hay algo que me parece más inaudito de los desaciertos que el presidente Correa anda coleccionando últimamente es el silencio de sus compañeros de viaje que vienen de las filas de la izquierda. La hilera de oprobios está bajo los ojos de todos: en cualquier conversación ‘off the records’ ya nadie con un mínimo de conciencia progresista está dispuesto a defender las recientes actuaciones.

La acogida de las ideas (y las figuras) más retrógradas y desinformadas en cuanto a cuestiones sexuales, el gratuito ensañamiento, incluso policial, en contra de ecologistas e indigenistas, un tratado de libre comercio con Europa prácticamente igual al que firmaron Perú y Colombia y una reforma constitucional de semejante envergadura sin pasar por la aprobación directa del pueblo no son conspiraciones de la CIA para derrocar a este Gobierno: son políticas de Estado de autoderrocamiento.

Si cualquiera de estas decisiones hubiese sido implementada por otro Gobierno, la reacción de la izquierda -de cualquier izquierda- habría sido de honda indignación. Seamos claros: Ecuador, en el último año y medio, ha dejado de ser esa vanguardia progresista a nivel mundial donde se conjugaban felizmente justicia social y ambiental, pluralismo y participación popular. Permanecen áreas en las cuales la acción de Gobierno es beneficiosa y de ruptura con el nefasto pasado neoliberal, pero son cada vez más amenazadas por un torpe zigzag político.

Me pregunto entonces: ¿por qué los que están en posición de poder y que disienten no hablan, no verbalizan su disenso, se obstinan en expresar su frustración en conversaciones privadas o en confidenciales cartas dirigidas al Presidente? En efecto, existen aún en el Gobierno diversas figuras de izquierda, cuya influencia sobre la línea presidencial es cada vez menor, que procuran no manifestar su contrariedad a este rumbo político, a pesar de probar creciente incomodidad con ello.

Hay dos posibles respuestas a esta interrogante: por un lado, quieren preservar su espacio político para que en su área se sigan haciendo bien las cosas, gracias a políticas progresistas que ellos mismos se encargan de diseñar e implementar; por el otro, están aferrados al poder y a la holgura económica que este les otorga, tanto a ellos, cuanto a las redes de personas que trabajan para ellos.

Si la segunda explicación echa luces sobre la vileza humana, la primera pierde de vista que la política del “hagamos por lo menos bien las cosas en nuestra esfera de acción” no paga, tanto porque la impopularidad que están generando ciertas decisiones podría desembocar en el fracaso de la Revolución Ciudadana, cuanto porque muchas áreas en las cuales se hicieron bien las cosas son ahora intervenidas directamente por el Presidente.

La Revolución Ciudadana necesita mantener un proyecto colectivo, donde las decisiones sean fruto de procesos de debate y confrontación, no de imposiciones individuales. Que las figuras que están en posición de obligar Correa a un replanteamiento de sus posiciones junten sus voces y se hagan escuchar, con las buenas y -de ser necesario- con las (políticamente) malas.

El Telégrafo