Colombia: El gobierno y las Farc – Por Héctor Riveros

Estiraron la cuerda… y se va a romper

Las FARC anunciaron ayer que el cese unilateral de fuego que habían decretado en Diciembre pasado había terminado y agregaron: “tenemos que seguir la negociación en medio de la confrontación”. El Presidente Santos, por su parte, dijo que los colombianos estamos listos para seguir en el conflicto y para persistir en el intento de terminarlo en forma negociada. Las partes han querido ignorar que ellas mismas cambiaron la regla inicial según la cual el proceso de La Habana se llevaba adelante como si no hubiera guerra y que harían la guerra como si no hubiera negociación.

Esa regla, difícil de entender, se aceptó durante casi dos años hasta que el secuestro, en extrañas circunstancias, de un general en el Departamento del Chocó la hizo cambiar. El Presidente Santos dijo expresamente que hasta ese día era sostenible eso de que lo que pasara en Colombia no afectaría la mesa de Cuba. Después la guerrilla, quien sabe con qué cálculo, decretó el cese unilateral y tal vez no se percató que esa decisión era irreversible si efectivamente quería continuar con el proceso.

La guerrilla incumplió su propia tregua y masacró a 11 soldados en el Cauca. Ahí se puso en riesgo todo. La opinión expresó su indignación en las encuestas que castigaron el apoyo al proceso y a Santos. El margen de maniobra oficial era cada vez más estrecho a pesar de lo cual el Presidente siguió apostando: metió más gente a la mesa, cambió al Ministro de Defensa, suspendió las fumigaciones contra los cultivos ilícitos, reveló que pidió la suspensión de las órdenes de captura de Timochenko y etc, pero tuvo que reversar la medida de no bombardear campamentos de la guerrilla y el ejército usó esa herramienta para atacar una célula de las FARC y mató a 26 de sus integrantes, ante lo cual ese grupo dio por terminado el cese unilateral. Hasta ahí el frío relato de los hechos.

Aunque las encuestas todavía muestren un grado importante de apoyo, incluso mayoritario, al proceso, lo cierto es que es fácil advertir en ellas que la opinión se agotó, se cansó del tema, siente que se han hecho muchas concesiones a cambio de nada, no tiene expectativas de que el proceso termine con un acuerdo, no está de acuerdo en que el Gobierno ceda en nada y no está dispuesta a recibir a la cúpula de la guerrilla en el escenario político.

La batalla que se libra en el campo de la opinión la han ganado hasta ahora y con un amplio margen los opositores al proceso. Las FARC actúan como si estuvieran de acuerdo con ellos. Les ayudan sosteniendo en la mesa posiciones delirantes como la invocación al derecho a rebelarse para justificar su posición de no aceptar condenas por sus actos, les ayudan masacrando soldados y un largo etc.

Lo cierto es que la mayoría de los colombianos ha comprado las teorías de quienes por convicción, oportunismo o simple mezquindad se oponen a que el conflicto se termine con algo distinto a la rendición de la guerrilla. Un experto en análisis de opinión explicaba que el apoyo mayoritario al proceso incluye a quienes lo entienden como la rendición.

En los medios de comunicación y las redes sociales, donde se disputa el favor de la opinión, todos los días, en forma sistemática y disciplinada los opositores han repetido frases como “paz sin impunidad”, o “la paz sí pero no a cualquier costo”. Esa era la segunda fase de la campaña comunicativa con la que se acompañó la política de seguridad democrática que convenció a la mayoría de los colombianos que la salida al conflicto era la rendición de la guerrilla por la vía militar.

Los que han liderado esa campaña no solo saben las consecuencias sino que las desean: que el grado de oposición al proceso sea tal que el Presidente se vea obligado a romper la negociación. La paz no puede ser de Santos. Otros que han repetido los slogans, con menos conciencia pero con más convicción, seguramente no querrán que el proceso termine, pero han aportado tanto todos los días a deteriorar el clima de opinión que tienen que saber que con su posición, respetable pero con consecuencias, habrán ayudado mucho a que la guerra se prolongue. Algunos quedarán más tranquilos porque genuinamente piensan que a la guerrilla no hay que hacerle concesiones sino enfrentarla militarmente.

La prédica de la terminación negociada del conflicto, con todo lo que eso significa, no ha calado. La ciudadanía mayoritariamente, según lo muestran todas las encuestas prefiere pagar los costos de la guerra a los de la paz. Le parece éticamente correcto que haya muertos, pero inaceptable conceder “impunidad”. Que los miembros del Secretariado no vayan a la cárcel les resulta impensable aun si el costo que hay que pagar es el de miles de muertes. Es un triunfo que en un bombardeo mueran 26 jóvenes colombianos y es un costo que hay que aceptar que 11 militares terminen cruelmente masacrados por la guerrilla. La ética de la guerra va ganando sobre la argumentación de la solución negociada.

El proceso de La Habana es insostenible en medio de la confrontación. Cuando en estos días ocurra un hecho de guerra en el que desgraciadamente mueran, qué sé yo cinco o diez soldados como consecuencia de algún acto irracional, como son todos los de la guerra, el Presidente no va a tener otro camino que suspender el proceso. Los mezquinos que solo se oponen porque no aceptan que sea Santos el que termine el conflicto se frotarán las manos y se alistarán a ganar las elecciones en el 2018. Los que les hicieron eco, se repetirán a sí mismos, para que la conciencia no los persiga y poder explicarles a los hijos, que los culpables son las FARC que sólo estaban engañando a la sociedad y no tenían verdadera voluntad de terminar el conflicto. Que ellos no se oponían a la paz, “¿quién se puede oponer a la paz?”. Los otros les enseñarán a los niños que una sociedad no puede ceder ante los violentos y que cualquier concesión solo nos lleva a reproducir la violencia y que lo “correcto” es la ética de la guerra. Todos habrán aportado algo a que esta sociedad no consiga evitar los miles de muertos que vienen si el proceso se rompe.

La Silla Vacía

Volver