Pinochet – Colo Colo, ese vínculo había que romperlo (Chile) – Por Eduardo Bruna

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Fernando Monsalve asumió a fines del año pasado la presidencia del Club Social y Deportivo Colo Colo, lo que implica defenderlo de la Sociedad Anónima Blanco y Negro. No sé si va a cumplir con su misión o terminará bajando los brazos ante el poder del dinero. Sin embargo, el hecho que en su mandato se haya repudiado cualquier relación histórica –real o ficticio- entre el Cacique y el dictador, su inicio de gestión no puede sino provocar una sincera simpatía.

Salvo hora y media de conversación cara a cara, en un café de calle Lastarria, no conozco mayormente a Fernando Monsalve, presidente del Club Social y Deportivo Colo Colo. Ignoro -lo reconozco- la trayectoria de tablón que lo llevó a tan alto, como simbólico cargo por estos días en que el club es manejado por gente que desconoce su historia y, en una de esas, hasta cree que David Arellano es un nombre ficticio proveniente de las profundidades de cualquier Macondo.

Desconozco, también, sus méritos como abogado penalista. Si trabaja solo o forma parte de algún estudio jurídico de esos que siempre aparecen -para bien o para mal- en las noticias que de tanto en tanto nos remecen en este país que, desde 1973 en adelante, sólo puede exhibir un frágil equilibrio entre la defensa de causas nobles y la representación desvergonzada de grandes intereses burdamente disfrazados.

Tampoco podría decir si, tras esa entrevista, me cayó bien o mal, porque como a cualquier periodista lo que me anima es la búsqueda de la noticia y la verdad, y no la cosecha de simpatías mutuas.
No sé, por último, si en estos años a la cabeza de la Corporación lo hará bien o, por el contrario, terminará por bajar los brazos frente a la poderosa maquinaria que significan Sociedades Anónimas implantadas a la fuerza para que el fútbol -una de las pocas actividades de la vida nacional que seguía sin caer en los tentáculos del poder económico-, se manejara como cualquier empresa destinada al lucro de unos pocos.

Más allá de todo eso, no puedo sino aplaudir el que haya sido el primer presidente albo dispuesto a erradicar de Colo Colo cualquier vinculación -efectiva o ficticia- con el nombre de un dictador de tan pocas luces que siempre creyó en su condición mesiánica, en circunstancias de que fue, apenas, el útil instrumento del Imperio y de los poderosos de este país, histéricos frente a la posibilidad de perder su vida de faraones.

Es que era sin duda un baldón el que la institución popular por excelencia, aquella que convoca al trabajador y al estudiante, al empresario y a la humilde dueña de casa, al niño y al anciano, la que apareciera distinguiendo como “socio o Presidente Honorario” a un personaje, que, además de ignaro y vulgar, subyugó durante 17 años mediante el terror a un pueblo que siempre ha sido pobre, pero antes mucho más digno de lo que es ahora. A un tipo que, además, se llevó millones de dólares para la casa mientras posaba de honesto y limpio, importándole un comino las agudas carencias de la gente común con tal de asegurarle la vida a su prole de ineptos y zánganos.

Monsalve asegura ahora que, de acuerdo a los estatutos de Colo Colo, el mundialmente repudiado tirano nunca pudo ser ni socio honorario ni menos “Presidente Honorario”. De cualquier forma, si alguien, alguna vez, tuvo la idea de distinguirlo con uno o ambos títulos, en una muestra más de la obsecuencia imperante por aquellos oscuros años, la Corporación, mediante concurrida asamblea, determinó rechazar por mayoría absoluta cualquier vínculo con el sátrapa.

En buena hora, aunque para esta resolución hubiera que haber esperado casi 30 años. Porque la historia cuenta que fue Patricio Vildósola, un advenedizo en Colo Colo, puesto que fue durante toda su vida hincha de Rangers, quien, tratándose de congraciarse con quien detentaba el poder a sangre y fuego, habría decidido en el año 1984 publicitar ambas distinciones pasándose por buena parte el sentir del pueblo albo.

De haber sido realmente así, el entusiasta miembro de Avanzada Nacional, engendro político ideado por el siniestro Alvaro Corvalán para ir en apoyo del régimen que lo prohijaba, habría cometido un abuso doble. Porque únicamente en un fútbol como el chileno Vildósola pudo haber sido timonel de un club que nunca había sido el de sus amores. Y, dado que no era en ningún caso la institución de sus afectos, menos podía haberse tomado atribuciones que nadie le había jamás otorgado.

¿Ustedes, hinchas del fútbol, se imaginan a un dirigente de Banfield presidiendo a River o a Boca? ¿O a un personero identificado con Montevideo Wanderers o Danubio asumir el más alto cargo de Peñarol? Sólo en Chile pasan estas cosas. Y no es necesario que lo asegure, porque ustedes lo saben de sobra.

Pero haya sido cierto o falso, el hincha del club popular debió soportar por años el que aficionados de otros colores le enrostraran una ignominia en la que, por cierto, nunca había tenido arte ni parte. Ignominia tan lacerante como falsa de que ese estadio Monumental, concebido en la década de los 50 por un visionario Antonio Labán, sólo había podido ser realidad luego de aportes estatales ordenados por el dictador que, en la víspera de un histórico Plebiscito que lo apernaría al poder por otros ocho años de pesadilla, no había titubeado en recurrir a esa demagogia que tanto decía despreciar para intentar mostrarse generoso con dineros ajenos.

No sé ustedes, pero siempre entendí al hincha de la U que le enrostraba al del “Cacique” ese vínculo -real o supuesto- con el dictador. Incluso teniendo claro que el club azul había sido presidido, en su momento, por tipos como Rolando Molina y Ambrosio Rodríguez, acérrimos admiradores y defensores de la dictadura cívico-militar. Debe ser por eso mismo que no soporto al Real Madrid, el equipo de Francisco Franco, ni tampoco a la Lazio, la institución de los afectos de Benito Mussolini. No me importa lo que jueguen y contra quién: a la distancia voy a hinchar siempre por el equipo rival.

Es más: muchas veces me he preguntado si el mayor sicópata que ha conocido la historia de la humanidad -Adolfo Hitler- tuvo alguna vez algún gusto futbolero. Digo, para no tener ni la más mínima simpatía por ese equipo que habría acaparado las preferencias de aquel vesánico criminal…

El hecho es que este señor Monsalve hizo lo que muchos no quisieron o no se atrevieron: poner en tabla de la asamblea de socios el ingrato tema de la gran paradoja que implica la vinculación de un dictador con un club popular. Para aclarar que dichos títulos jamás pudieron ser otorgados. Para estar dispuesto a borrarlo de los registros en el caso de que alguna vez el luctuoso hecho hubiera quedado por escrito o reflejado en actas.

Me gustó lo que hizo, señor Monsalve. Para qué vamos a venir con cuentos…

Creo que porque la inmensa mayoría de los chilenos estamos hartos de medias tintas y de componendas espurias. De ese “gatopardismo” de que todo cambie para que al cabo todo siga igual y al que parece tan adicta nuestra desprestigiada clase dirigente. De seguir escuchando, aún hoy, que, al igual como afirmaba el Presidente Aylwin respecto de la justicia, las cosas deben hacerse sólo en la medida de lo posible.

Equivocado o no, me resultan mucho más simpáticos y honestos tipos como Daniel Cohn-Bendit, también conocido como “Danny el Rojo”.

Será porque en aquellos tiempos en que la gente aún se movía por utopías, bajo su liderazgo se estremeció Francia, aunque fuera por unos pocos días, con la “Primavera de Mayo de 1968”, y la hermosa París se llenó de rayados que desde los muros le gritaban al mundo “seamos realistas; pidamos lo imposible”.

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