Fidel en Nueva York (Cuba) – Por Adolfo Sánchez Rebolledo

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El 15 de abril de 1959 Fidel Castro viaja a Estados Unidos invitado por la influyente Sociedad Americana de Editores de Periódicos. Tras una primera gira de agradecimiento a Venezuela, ya liberada del sanguinario Pérez Jiménez, esta es la segunda salida de la isla desde que el pequeño pero combativo y eficaz ejército rebelde entrara en La Habana, asumiendo el poder entre el entusiasmo delirante de las masas. Se trata de un fenómeno singular cuyas imágenes inéditas sacuden la gris opacidad de un mundo embarcado en plena guerra fría. Sin duda desentonan entre las democracias que cierran filas bajo el Departamento de Estado, aunque algunas, como la mexicana, presumen de la organización pero desde arriba, bien sujetas al orden estatal. Los primeros meses de la Revolución indican que esta vez los caminos de Cuba serán distintos. Los conspiradores más veteranos de la vieja oligarquía política jamás se imaginaron un desenlace semejante, sin componendas de última hora, tan radical y tan cargado de símbolos y esperanzas. Tampoco el gobierno estadunidense, fiel a su doctrina, creyó que un líder carismático como Fidel pudiera escaparse del patio trasero y alentar la solidaridad latinoamericana. A fin de cuentas, tras la derrota de la decrépita corona española en 1898, la independencia de Cuba, la voluntad y los intereses de sus gobiernos, eran hechura de la gran potencia, a la que los cubanos se hallaban atados por innumerables lazos de dependencia dentro y fuera de la isla. Sin embargo, para los patriotas de otras generaciones, comenzando por las de Céspedes, Maceo y Martí, el derecho a ser libres sin enmiendas ni mediaciones de claro corte colonial era –es– la razón para vivir. En cambio, en Estados Unidos de finales de los años 50, nada podía ser más importante que mantener intocada su influencia total a 90 millas de sus costas, así para lograrlo la democracia quedara supeditada a la fidelidad al anticomunismo, que ya era una doctrina global, excluyente y agresiva asumida por feroces dictaduras latinoamericanas.

Por eso cuando Fidel recorre Manhattan convertido en una figura mediática, él sabe que pese a la euforia del recibimiento, en los círculos oficiales se le juzga con desconfianza y animadversión. Simplemente, los círculos de poder ligados al presidente Eisenhower esperan la pronta claudicación de las promesas revolucionarias, pues al final esa era la trágica historia de siempre. Apenas tres meses después del triunfo, la confrontación, desigual e injusta, está en marcha: los viejos políticos de la oposición, que hicieron muy poco para echar a Batista, reclaman posiciones de gobierno y elecciones inmediatas, alegando ilegalidad e ilegitimidad del nuevo gobierno que actúa como poder real adaptándose a los principios de la Constiución de 1940. Tienen a su favor los grandes medios que pretenden modular la opinión pública, desatando campañas que ningún gobierno cubano podría resistir.

Pero Fidel contrataca a fondo y acelera las medidas contra los criminales de la dictadura, rebaja las tarifas eléctricas, interviene la compañía de teléfonos, reduce los alquileres y recupera los bienes malversados, con enorme apoyo popular, si bien atrae la hostilidad de algunos círculos oligárquicos. En el célebre discurso en Central Park de 1959, Fidel intenta explicar sus razones sin perder de vista la dimensión ética que preside la Revolución, pero se trata de las palabras de un líder en evolución que se niega a repetir el librillo anticomunista que en privado le ha exigido al “comunista ingenuo” el vicepresidente Nixon, portavoz de la inamovilidad que se tradujo en medio siglo de agresiones y vergonzosas medidas entre las cuales destaca el embargo que aún prosigue. Cuando Fidel pide ante la multitud que los acompaña que la democracia deje de ser “teórica” para satisfacer las necesidades humanas, los críticos subrayan las alusiones al “terror” pero rechazan la urgencia de transformar a la sociedad, consumando el desencuentro que en las condiciones de la época sólo habrá de agravarse bajo la lógica de la guerra fría.

El viaje a Nueva York aspira a reconocer el papel de la emigración antes de iniciar la invasión con la promesa de que “en el 56 seremos libres o mártires”.

“No hemos venido aquí –dice ante la prensa en Washington, el 18 de abril– buscando dinero. Somos un país trabajador, no mendigos. Estamos preparándonos para superarnos como nación con nuestros propios recursos, porque somos un país muy rico en recursos naturales, pero además somos buenos compradores de los Estados Unidos. Durante muchos años, los Estados Unidos alentaron la política de no prestar atención a los cubanos y en definitiva sacaron más beneficio de nosotros que nosotros de ellos manteniendo esa política de relaciones de rico a pobre.”

Al volver a Cuba, la Revolución se fue hasta la raíz al expedir la Ley de Reforma Agraria que le partió el espinazo a la oligarquía y lanzó a la contrarrevolución a los grupos auspiciados por Estados Unidos. Fidel cumplió su palabra y la Revolución Cubana adquirió importancia universal, pese a la hostilidad de la mayor potencia.

Hoy, justo al momento que la apertura de las embajadas inaugura un tiempo nuevo, es importante buscar las raíces de tantos sufrimientos y no repetir la historia. Esto es importante pues no hay un solo momento en que el dirigente cubano deje de ser consciente de la extraordinaria importancia que para su país tienen las relaciones con Estados Unidos. Sin ese conocimiento, la Revolución no habría sobrevivido a tantas circunstancias adversas. No creo que ahora, ante la restauración de las relaciones, piense que todo será más fácil, pero seguro comprende la necesidad –y la oportunidad abierta por Obama– de emprender un camino distinto al que la historia había empedrado.

Cuba y Estados Unidos tienen que crear unas relaciones que nunca han existido. No sólo se trata, que también, del necesario respeto a las formalidades creyendo que un cambio de estrategia traerá las mismas consecuencias (para ambos), sino de aceptar que el mundo ya es otro (no siempre mejor, por supuesto) y que a la humanidad acechan peligros inesperados y, quizá, algunas utopías. Bienvenidas las relaciones cubano-estadunidenses.

PD. Hay demasiados túneles en la vida nacional. ¿Será posible construir un diálogo más allá de las diferencias, o debemos conformarnos con el aullido epidérmico que marca la decadencia?

La Jornada