Tras acuerdos con las Farc para desescalar el conflicto, Santos pone plazo de cuatro meses para evaluar si continúan los diálogos

El presidente Juan Manuel Santos estableció 4 meses como un plazo para evaluar el avance en las negociaciones con las Farc y definir si se continua o no con el proceso de paz en La Habana en Cuba.

Según explicó en alocución presidencial “vamos a estar vigilantes sobre lo que hoy se pactó, y en 4 meses a partir de ahora, dependiendo de si las Farc cumplen, tomaré la decisión de si seguimos con el proceso o no”.

Antes el jefe de Estado había explicado que “hay que comenzar ya a frenar las muertes, la destrucción y el dolor que deja cada día este enfrentamiento absurdo”.

En esta dirección, “las Farc hoy se comprometieron a mantener la suspensión unilateral de todo tipo de acciones ofensivas”.

De manera que si ellos suspenden su ofensiva, “nosotros también procederemos a desescalar las acciones militares”.

Sin embargo, advirtió que “nuestras fuerzas armadas están listas para un gradual desescalamiento, si las Farc cumplen; si no cumplen, estarán listas para enfrentarlas, con la determinación y contundencia con que siempre lo han hecho”.

Así mismo señaló el alcance que tendrá el acuerdo con las Farc, afirmando que el desescalamiento del conflicto “no es un cese al fuego bilateral”, sino que se trata de un avance para humanizar la guerra y evitar más víctimas, hasta que se logre un acuerdo definitivo.

Mientras hizo un recuento de lo que se lleva desde que se iniciaron los acercamientos en el 2010, el mandatario afirmó que se avanzado en la discusión, reconociendo que “lo que falta es el tema más complejo, que es el de cómo lograr el máximo de justicia que nos permita la paz, ese es el reto”.

“Si llegamos a un acuerdo sobre ese aspecto de la justicia, podremos decir, sin lugar a dudas, que estamos al otro lado”, aseguró el presidente Santos.

Frente a la situación que se ha registrado en los últimos días por el accionar de la guerrilla, afirmó que también siento frustración, desaliento e indignación.

Sin embargo, hizo un llamado a los colombianos para creer en la posibilidad de frenar “estos hechos absurdos” con la firma de un acuerdo definitivo con la guerrilla.

“Yo sé que muchos colombianos tienen miedo, que muchos colombianos tienen rabia, muchos colombianos han perdido la confianza en el proceso de paz”, pero la alternativa no es acabar el proceso que avanzado como nunca otro antes, dijo el jefe de Estado.

La respuesta a esta situación era acelerar las conversaciones “y eso precisamente es lo que se acordó hoy en La Habana”.

Recordó que los negociadores del Gobierno y de las Farc definieron un plan “para llegar sin demoras a la firma del Acuerdo Final y determinaron trabajar sin descanso hasta concretar los puntos pendientes”.

Así como avanzar “en la definición de los términos del cese al Fuego y de hostilidades bilateral y definitivo y de la dejación de armas”, bajo un sistema de monitoreo y verificación con presencia internacional.

Insistió en que mientras tanto, “es urgente volver a desescalar el conflicto, reducir la intensidad de la guerra”, eso si, sin desproteger “ni un segundo a los colombianos”.

“Los colombianos necesitan hechos de paz para recuperar la confianza en el proceso”, dijo el mandatario asegurando que de eso se trata lo que se firmó hoy en La Habana.

Por último, consideró que “con estos nuevos avances, por fin veo clara la luz al final del túnel, vamos a lograr esa paz que ha sido tan esquiva, los invito a todos a creer, a pesar de tantas dificultades, vamos por el camino correcto, acompáñenme en esta recta final, la paz es de todos y está en manos de todos”, puntualizó el presidente Santos.

Este es el discurso pronunciado por Juan Manuel Santos en la alocución presidencial del 12 de Julio de 2015

El 7 de agosto de 2010 –al posesionarme como Presidente– dije que la llave de la paz no se había perdido y que la usaría cuando lo viera posible, porque los colombianos no podemos estar condenados a la guerra.

Así fue… A fines de 2012, luego de varios meses de aproximaciones, comenzó un proceso de paz con las FARC ­serio, responsable– que es el que más lejos ha llegado en nuestra historia.

Siempre supe –y así lo dije a los colombianos– que sería difícil, que sería complejo, que habría obstáculos…

Y dije que asumía la responsabilidad y que pondría en juego todo mi capital político, lo cual no importa nada –absolutamente nada– frente al objetivo mayor de la paz.

Yo, como todos los colombianos, inicié este proceso con mucho escepticismo, un escepticismo que ha tenido altas y bajas.

Pero quisimos –por encima de esa natural desconfianza– darle una oportunidad a la paz, y lo hicimos de forma que no significara un riesgo adicional para los colombianos.

Por eso adelantamos el proceso fuera del país y no despejamos ni un centímetro de nuestro territorio.

Por eso buscamos y contamos con el acompañamiento de la comunidad internacional.

Por eso fijamos una agenda concreta, de cinco puntos, para que las conversaciones no fueran interminables.

Por eso trazamos unas líneas rojas, que las hice explícitas desde el principio, que se han mantenido y se mantendrán hasta el fin del proceso.

¿Y qué significan esas líneas rojas? Que en La Habana no se discute nuestro sistema democrático, ni nuestro modelo económico, ni la propiedad privada, ni el tamaño ni el futuro de nuestras Fuerzas Armadas, ni ningún tema –¡ninguno!– que esté por fuera de la agenda preestablecida.

Cada decisión, cada paso, han sido planeados, analizados, estudiados a profundidad, pues desde un principio hemos tenido claro a dónde queremos llegar.

E hicimos otra cosa para evitar riesgos a los colombianos. Algo que es muy difícil de entender, pero es lo mejor:

Iniciamos las negociaciones en medio del conflicto, en medio de la guerra. ¿Y por qué?

Porque la experiencia nos ha demostrado que discutir desde el principio el cese al fuego hace que la negociación se centre en eso y no se avance en los temas de fondo.

Porque no podíamos permitir que la guerrilla aprovechara de nuevo esos espacios para fortalecerse militar o políticamente.

Porque, sin presión militar, se generaría un incentivo perverso para dilatar las negociaciones.

Porque lo que queremos no es un cese de hostilidades de unos meses, sino PARAR LA GUERRA PARA SIEMPRE.

Y, en medio del conflicto, hemos logrado más que nunca.

No solo los tres acuerdos que ya tenemos sobre desarrollo rural, sobre participación política y sobre lucha contra las drogas ilícitas.

También se ha escuchado a las víctimas –que por primera vez están en el centro de la solución del conflicto–.

Y estamos muy avanzados en la discusión sobre cómo satisfacer sus derechos a la reparación, a la verdad y a la no repetición.

Lo que falta es el tema más complejo, que es el de cómo lograr el máximo de justicia que nos permita la paz.

Este es el punto que va a definir si hay o no paz, y tenemos que superarlo. Ese es el reto.

Si llegamos a un acuerdo sobre ese aspecto de la justicia, podremos decir –sin lugar a dudas– que estamos al otro lado.

Por supuesto, no puedo desconocer –porque yo también lo siento– la frustración, el desaliento, la indignación que produce en nosotros los colombianos ver a unas FARC que siguen asesinando soldados y policías, y volando oleoductos y torres de energía, afectando a los más humildes y produciendo en el medio ambiente daños irreparables.

No es nada distinto a lo que han hecho siempre, pero ahora –cuando tenemos una esperanza de paz– esos hechos se vuelven más dolorosos y absurdos que nunca.

Yo sé que muchos colombianos tienen miedo, que muchos colombianos tienen rabia, muchos colombianos han perdido laconfianza en el proceso de paz…

¿Cuál es la alternativa? ¿Pararnos de la mesa para que la guerra siga, y botar la llave de la paz de una vez por todas? ¿O asumir el costo de seguir hablando en medio del conflicto y llegar a un acuerdo lo más pronto posible, en un proceso que ha avanzado como nunca antes?

Yo creo que no podemos tener miedo… A la paz no hay que tenerle miedo, a la guerra sí.
Por eso para mí la respuesta es muy clara: Hay que ACELERAR las conversaciones para llegar cuanto antes al fin del conflicto.

Y eso –precisamente– es lo que se acordó hoy en La Habana:

Hoy los negociadores del Gobierno y de las FARC definieron un plan para llegar sin demoras a la firma del Acuerdo Final y determinaron trabajar sin descanso hasta concretar los puntos pendientes.

Y decidieron avanzar –también sin demoras– en la definición de los términos del Cese al Fuego y de Hostilidades Bilateral y Definitivo y de la Dejación de Armas. Todo esto bajo un sistema de monitoreo y verificación con presencia internacional.

El cese al fuego y la dejación de armas se vienen discutiendo en una subcomisión donde hay militares y policías en servicio activo del más alto rango, lo que nos da la tranquilidad y la confianza de que lo que se pacte se hará bien.

Y hoy se definió que esta subcomisión cuente con el apoyo de un delegado del Secretario General de Naciones Unidas y un delegado del Uruguay, que es el país que más experiencia tiene en este tema.

Ellos van a contribuir al monitoreo y verificación, que es una condición indispensable para que un posible cese al fuego le dé garantías y confianza al pueblo colombiano.

Así –con este refuerzo de la comunidad internacional que tanto ha apoyado el proceso– esperamos que se avance más, se avance mejor y más rápido en este punto fundamental.

Pero, mientras tanto, es urgente volver a desescalar el conflicto, reducir la intensidad de la guerra.

Porque hemos venido hablando en medio de la guerra, pero los colombianos cada vez entienden menos que en La Habana se hable de paz mientras en Colombia continúan los ataques y los muertos.

Hay que comenzar YA a frenar las muertes, la destrucción y el dolor que deja cada día este enfrentamiento absurdo.

En esta dirección, las FARC hoy se comprometieron a mantener la suspensión unilateral de todo tipo de acciones ofensivas.

Y si ellos suspenden su ofensiva contra el país, nosotros también procederemos a desescalar las acciones militares.

Pero entiéndase bien: Nuestras fuerzas armadas están listas para un gradual desescalamiento, si las FARC cumplen. Si no cumplen, estarán listas para enfrentarlas, con la determinación y contundencia con que siempre lo han hecho.

Vamos a estar vigilantes sobre lo que hoy se pactó. Y en 4 meses a partir de ahora, dependiendo de si las FARC cumplen, tomaré la decisión de si seguimos con el proceso o no.

Que quede claro: no vamos a desproteger ni un segundo a los colombianos.

Este desescalamiento no es un cese al fuego bilateral, pero sí es un avance para humanizar la guerra, para evitar más víctimas, mientras se llega a un acuerdo definitivo.

Los colombianos necesitan hechos de paz para recuperar la confianza en el proceso.

Y eso es lo que ha ocurrido hoy en La Habana: se ha tomado una decisión que nos da una nueva luz de esperanza para llegar a un acuerdo final.

Tenemos que lograrlo –y a pesar de las dificultades, que no niego– vamos a lograrlo, con el apoyo del país, y del mundo entero que también nos mira con esperanza e interés.

La paz que logremos será una paz justa, digna, sin impunidad,
–pero sobre todo– una paz necesaria. Porque Colombia tiene todo el derecho a crecer sin guerra, a vivir en normalidad, a que nuestros niños vivan felices y sin miedo.

Colombianos:

Había que pisar el acelerador. Y lo estamos haciendo.

La semana pasada estuve en una reunión muy emotiva con miles de campesinos.

Ellos son los que más sufren la guerra, ellos son los que más sufren la pobreza que deja el conflicto.

¿Y saben qué me dijeron? “¡Siga adelante, presidente! ¡persevere! ¡No nos resignemos a seguir en guerra!”

Y eso es lo que estamos haciendo.

Hoy, con estos nuevos avances, por fin veo clara la luz al final del tunel. Y esto me llena de confianza y esperanza.

Vamos a lograr esa paz que ha sido tan esquiva.

Los invito a todos a creer. A pesar de tantas dificultades, vamos por el camino correcto.

Acompáñenme en esta recta final. La paz es de todos.

La paz está en las manos de todos.

Buenas noches

Caracol

Puntos claves de pacto para agilizar en Cuba y desescalar en Colombia

A partir de ahora, la mesa de negociaciones con las Farc en La Habana tendrá una nueva metodología, cuyo fin es, como dijo este sabado el jefe de los negociadores del Gobierno, Humberto de la Calle, “conseguir cuanto antes resultados” para recuperar la confianza del país en el proceso de paz.

Esta decisión se traducirá, en primer lugar, en un trabajo simultáneo de los cuatro puntos “críticos” que falta negociar: justicia, cese bilateral del fuego, dejación de armas y garantías de seguridad para las Farc.

Hacia adelante, mientras los negociadores oficiales y de la guerrilla buscan un acuerdo pronto sobre el tipo de pena que tendrán los jefes de las Farc y otros actores del conflicto que cometieron delitos graves, la subcomisión de comandantes militares y jefes guerrilleros trabajará a la par de la mesa de negociación, y no como lo hacía hasta ahora, que se reunía solo en los últimos días de cada ciclo. Quizás lo más importante es que comenzarán a definir los detalles técnicos de la manera como se verificarían el cese bilateral y definitivo del fuego y la dejación de las armas. Como el sentido de todo esto es avanzar en la agenda de La Habana mientras se baja la intensidad de la guerra en Colombia, a partir del 20 de julio, cuando las Farc darán inicio a su tregua unilateral, el Gobierno comenzará a implementar sus propias medidas de desescalamiento, siempre, tras evaluar el cumplimiento del cese unilateral de la guerrilla. La meta es revisar los resultados del desescalamiento en cuatro meses, lo que en la práctica implica que la tregua unilateral de las Farc, anunciada inicialmente para un mes, será hasta noviembre.

“Es este, sin duda, un relanzamiento vigoroso, prometedor y esperanzador del proceso de diálogos”, dijo este sabado el jefe de la delegación de las Farc, ‘Iván Márquez’, al referirse al acuerdo.

1. Fórmula judicial, el trabajo inmediato en la mesa

Para garantizar que en La Habana se avanza en los acuerdos pendientes mientras en Colombia se baja la intensidad de la guerra, los negociadores del Gobierno y las Farc tienen el imperativo de lograr un acuerdo sobre justicia que satisfaga a las víctimas, al país y los estándares internacionales.

Es el tema pendiente en el punto de víctimas, pues el de reparación está casi listo y sería anunciado pronto.

2. El papel de la ONU y la presidencia de Unasur en la comisión de comandantes militares y jefes guerrilleros

Si todo sale bien, el desescalamiento del conflicto debe conducir al cese bilateral y definitivo del fuego. Por eso, la subcomisión del fin del conflicto –integrada por comandantes militares y jefes guerrilleros– comenzará a trabajar también en el detalle del monitoreo y verificación de ese cese del fuego y la siguiente dejación de armas de las Farc. Para eso se integran a esta subcomisión un delegado del Secretario General de la ONU y uno de la presidencia de Unasur, que está hoy en manos de Uruguay.

Usualmente los verificadores son organismos internacionales y tanto la ONU como Unasur podrían ser parte de la verificación.

3. Resultados en justicia definirán el tránsito hacia el cese bilateral y definitivo del fuego

Dentro de cuatro meses, el Gobierno y las Farc evaluarán los resultados y el cumplimiento de las medidas puestas en práctica en terreno, de lado y lado, para bajar la intensidad de la guerra, pero, también, los avances en la agenda de negociación. Solo si las dos cosas han sido satisfactorias para las partes se avanzará oficialmente al cese bilateral y definitivo del fuego bajo los términos construidos por la subcomisión del fin del conflicto con el apoyo de la ONU y Unasur.

Una fórmula judicial satisfactoria será clave para que se dé el tránsito al cese del fuego definitivo, que pondría fin a 50 años de guerra.

Opiniones

Ernesto Samper
Secretario de Unasur

Estamos dispuestos a contribuir al proceso de desescalamiento militar y en lo que podamos ayudar estamos preparados para colaborar.

Claudia López
Senadora Alianza Verde

Otro anuncio. Lo que importa es que se cumpla en los hechos y que en 4 meses no hagan más avisos sino terminen de una vez esta maldita guerra.

Óscar Iván Zulauga
Director Centro Democrático

El desescalamiento es el cese bilateral, que representa paralizar al Ejército con el riesgo de comprometer su misión de proteger la vida y bienes de los colombianos.

Piedad Córdoba
Líder del Frente Amplio

El acuerdo de desescalamiento salvará vidas, evitará sufrimiento; es una buena noticia para el país. La paz avanza contra viento, marea y tempestades.

General (r) Néstor Ramírez
Presidente cuerpo de generales

Me preocupa que se caiga en el cese bilateral porque eso va en contravía de la misión de las Fuerzas Militares. Sería legitimar el plan ‘Renacer de las masas’, de las Farc.

Jairo Libreros
Catedrático del Externado

Es un paso estratégico hacia la paz. Confirma la madurez política del proceso para suscribir un acuerdo de paz y que la discusión de la agenda es irreversible.

El Tiempo

Los retos del cese bilateral del fuego

En los últimos tres meses Colombia volvió a sentir el vértigo de la guerra. Soldados muertos en emboscadas, guerrilleros caídos en bombardeos, un holocausto ambiental por los sabotajes a los oleoductos, bombas que dejaron sin energía a ciudades enteras, campesinos huyendo de los combates y petardos en el corazón de Bogotá.

El efecto psicológico en los colombianos de este atroz déjà vu ha sido profundo. La guerra venía bajando de intensidad desde diciembre cuando las FARC declararon un cese unilateral del fuego. Pero se rompió en mayo y el miedo, la rabia y la desesperanza volvieron a apoderarse de la gente. La ofensiva guerrillera puso en la cuerda floja al proceso de paz, al punto que por primera vez desde que empezaron los diálogos el gobierno le dio un ultimátum a su contraparte. “Un día de estos tal vez las FARC no nos encuentren en La Habana”, le dijo Humberto de la Calle al periodista Juan Gossaín en una entrevista publicada por varios medios el domingo pasado.

Ante el riesgo real de que se cierre la puerta de la paz y volvamos a un ciclo de conflicto armado, con su dialéctica de muerte y destrucción, ha empezado a abrirse paso la discusión sobre un cese bilateral del fuego. Cuba y Noruega, como países garantes, y Venezuela y Chile, como acompañantes, expresaron su preocupación: “Instamos a las partes a restringir al máximo las acciones de todo tipo que causan víctimas y sufrimiento en Colombia, e intensificar la implementación de medidas de construcción de confianza”, dijeron en un escueto comunicado en el que piden gestos inmediatos que bajen la intensidad de la confrontación mientras se avanza en el resto de la agenda y en el diseño de un cese bilateral del fuego y de hostilidades definitivo.

Las FARC respondieron con un paso en esa dirección. Anunciaron un nuevo cese unilateral a partir del 20 de julio, esta vez por un mes. Y enviaron un mensaje de tranquilidad para Santos al decirle que quieren al proceso como “la niña de los ojos” y que esperan que se firme la paz en su gobierno. Claro, la credibilidad de las FARC pasa por uno de sus peores momentos pero tampoco se puede desconocer el mensaje.

Santos, por su parte, abrió la puerta para que se llegue a un cese bilateral antes de la firma del armisticio, siempre y cuando los pilares del acuerdo sobre justicia ya estén claros. El gobierno tiene el convencimiento de que la justicia y el cese bilateral constituyen la fórmula que podría propiciar un salto de la incertidumbre a la paz.

La idea de negociar como si no hubiera guerra y de seguir combatiendo como si no hubiera un proceso de paz definitivamente se agotó. Eso pudo ser necesario al principio y habría sido viable en una negociación corta. Pero los hechos son tozudos y el cese bilateral se vislumbra hasta ahora como el único camino posible. Sin duda, el presidente pagó un precio por negociar en medio del fuego y pagará también un precio alto por hacer el cese. Pero al final, y frente a la historia, lo que importará es que Colombia pase la página del conflicto armado.

Un camino de espinas

Que el cese bilateral se abra paso es una buena noticia sobre todo para la Colombia rural y vulnerable que sufre la guerra directamente. Esa medida aliviaría a poblaciones como Tumaco, en Nariño, que han quedado sin agua y sin luz por culpa de los sabotajes terroristas de las FARC. En segundo lugar, podría contribuir a mejorar el clima de confianza de la opinión pública, y entre las partes enfrentadas.

La mala noticia es que, como todo cese del fuego, este no será una rosa con espinas, como calificó Santos al cese unilateral de las FARC en diciembre, sino un camino lleno de espinas. “El cese tiene ventajas y desventajas y aunque es necesario, nunca será suficiente”, dice el profesor Frédéric Massé, director del Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales de la Universidad Externado de Colombia. O en palabras del coordinador residente y humanitario del sistema de la ONU Fabrizio Hochschild: “Al cese hay que llegar luego de medidas progresivas de desescalamiento”.

Aunque pareciera que solo se necesita voluntad política, un cese bilateral es mucho más complejo y tiene muchos riesgos. Que el gobierno no lo haya aceptado hasta ahora no es un capricho sino que obedece a una lógica del proceso.

¿Por qué es tan difícil?

En casi todos los conflictos los ceses al fuego han tenido problemas y no hay fórmulas mágicas para evitarlos. En Bosnia, antes del armisticio final fracasaron más de 100 intentos de tregua. Estos impases aumentan la desconfianza y por esto tienden a descalificarlos. Sin embargo, muchos expertos creen que es mejor un cese imperfecto que una guerra abierta. Bajar la guerra un 80 %, como ocurrió en Colombia en los primeros meses del año, no es algo para soslayar.

Las FARC han insistido en el cese bilateral desde el primer día de las conversaciones por una razón entendible: son ellos quienes más están perdiendo en la confrontación. Son el eslabón débil de una guerra asimétrica. Pero los temores del gobierno en aras de acceder a un cese a destiempo tienen grandes fundamentos.

El gobierno teme que las FARC aprovechen el cese para fortalecerse luego de haber sido debilitadas militarmente y justo cuando el Estado tiene una absoluta ventaja estratégica clara sobre ellas. Santos pide señales claras de que el proceso no tiene reversa. En particular, que las FARC acepten una justicia transicional con verdad, justicia y reparación. Porque lo que ocurrió con la tregua pactada durante el gobierno de Belisario Betancur, en los años ochenta, es que los frentes de las FARC se duplicaron, así como sus finanzas. Y durante el Caguán ocurrió lo mismo, aunque en ese mismo periodo se empezó a implementar el Plan Colombia y se expandieron los paramilitares.

Otro gran temor es que el cese genere una zona de confort que haga más lentos los diálogos y dilate la firma de un acuerdo. La presión militar puede que ponga en riesgo las negociaciones pero también les da velocidad. O la preocupación de que una vez la intensidad de la guerra baje, los negociadores de las FARC saquen del congelador los temas que consideran pendientes de los tres acuerdos pactados hasta ahora, los cuales son más bien para dirimir en un escenario político futuro.

Finalmente, que el cese se convierta en materia permanente de reclamos en la Mesa, y termine obstaculizando los diálogos. En el proceso de los años ochenta hubo interrupciones en las negociaciones mientras se aclaraban incidentes que alteraron la tregua.

Las inquietudes son reales, pero no desaparecen por el solo hecho de que la confrontación continúe. Seguir negociando bajo fuego a estas alturas del camino ya no significa más velocidad para la Mesa, ni la claudicación de las FARC, ni el debilitamiento del gobierno. Estratégicamente, el balance sigue igual. La guerra en Colombia, en últimas, ha actuado como un espejismo para las dos partes en La Habana. Para las FARC, porque creen que regando petróleo en los ríos y dinamitando torres se muestran fuertes, cuando todo el mundo sabe que no se necesita una gran capacidad operativa para poner una bomba en una selva remota. El gobierno, porque vuelve a hacerle creer al país que existe la opción de aniquilar de un plumazo a las FARC, que no es más que pensar con el deseo.

Por supuesto, hay quienes se oponen. El expresidente Álvaro Uribe considera que el cese debe ser solo de las FARC y en una zona de concentración. Eso es un imposible político en los actuales momentos. A su vez, el procurador Alejandro Ordóñez pide que se mantenga la condición inicial: que el cese bilateral se produzca al final, en la fase de dejación de armas.

Los riesgos del cese bilateral son reales, pero si se sopesan sus ventajas, puede ser, a pesar de los riesgos, la opción más conveniente. Sobre todo si se hace con seriedad y no como una “payasada”, como dijo De la Calle. Se requiere mucho más que voluntad política.

Para empezar, el cese necesita que se abone el terreno con medidas de confianza que lo hagan no solo posible, sino también creíble. Al anuncio de un nuevo cese, las FARC agregaron la disposición de entregar a un soldado tomado como prisionero en un combate. A eso se suma que avanza el desminado humanitario en la vereda El Orejón, de Briceño, en Antioquia. Pero los gestos de paz todavía pueden ser más, de lado y lado. Liberar a los niños reclutados o bajarle la intensidad al lenguaje bélico. Incluso que el gobierno gestione la liberación de algunos presos de las FARC que están enfermos. Son medidas que no necesitan un acuerdo, pero sí voluntad de cada parte, y que allanan el camino al cese.

¿Cese del fuego o de hostilidades?

Cese del fuego significa parar de darse bala entre las partes enfrentadas, que es lo que han hecho las FARC con sus ceses unilaterales: comprometerse a no atacar a los militares. Pero un cese de hostilidades va más allá y requiere que se pongan por escrito y con detalle los actos que están prohibidos. Por ejemplo, que la guerrilla pare todas las acciones contra la población civil, inclusive los ataques a la infraestructura, las extorsiones, el reclutamiento y el narcotráfico. El Ejército tendría que parar bombardeos, pero también acciones ofensivas, y dependiendo del caso también labores de propaganda contra la guerrilla e inteligencia. En las negociaciones modernas la lista de actos prohibidos es muy larga y, por tanto, más difícil de verificar. También trae dilemas políticos y económicos profundos. Si la guerrilla no puede financiarse de fuentes ilegales, ¿quién la financia mientras dure el cese? O si, como parte del cese, el Ejército detiene su campaña de desmovilizados, ¿qué pasará con quienes quieren desertar?

También hay aspectos como el espionaje y la propaganda que suelen incluirse como actividades prohibidas, lo cual para las partes significa una desventaja militar y política y por eso es que un cese debe ser definitivo y conducir al armisticio. De lo contrario, termina siendo peor el remedio que la enfermedad.

¿Dónde se aplica?

En la naturaleza del conflicto colombiano no hay líneas de fuego definidas. La guerrilla está muy dispersa en el territorio y tiene algunas zonas bajo un relativo control, como lo demostró el episodio del general Rubén Darío Alzate el año pasado. Pero no puede decirse que dominen territorios sino que copan espacio donde no hay presencia del Estado. En la práctica, guerrillas y militares se mueven todo el tiempo por los mismos corredores y terrenos. Además, en las zonas donde hay FARC también suelen estar el ELN y las bacrim y es muy difícil decir que la fuerza pública se quede quieta. A eso se refería De la Calle cuando dijo que un cese no va a ser tipo “estatua”.

Esto significa que un cese bilateral va a requerir unos mecanismos de comunicación muy sofisticados. Que haya una coordinación permanente entre las Fuerzas Armadas y la guerrilla para saber cuándo se mueven unos u otros y con qué objetivo. Esto requiere confianza entre las partes, algo que en este caso no existe.

Un buen ejemplo de este reto es lo que ha ocurrido con el desminado en El Orejón. Durante la primera jornada conjunta entre militares y guerrilleros para ubicar las minas enterradas se apareció una patrulla del Ejército. Los dos guerrilleros que había allí sintieron pánico porque pensaron que el gobierno les había tendido una trampa. Rápidamente se activó un mecanismo de comunicación y se logró que la tropa supiera que debía pasar de largo, tal como ocurrió.

Estos riesgos no son menores. En el proceso de paz de Betancur hubo cientos de incidentes como los bombardeos de Yarumales, o el ataque que sufrió Carlos Pizarro en Corinto, Cauca, por falta de coordinación entre tropas, o, según otras versiones, por saboteadores del proceso. En el caso de la Corriente de Renovación Socialista cuando, en pleno operativo para concentrar a los guerrilleros que iban a desmovilizarse en Urabá en 1993, una patrulla del Ejército mató a dos de los negociadores de ese grupo.

Todos estos temores son los que han hecho que las FARC, al tiempo que anunciaron su cese unilateral, reiteren que necesitan garantías de que no las matarán y se acabe el paramilitarismo.

¿Zonas de concentración?

Algunos consideran que la solución al dilema anterior es la concentración de las FARC. Pero eso no es viable, por lo menos por el momento. Por un lado, hay una restricción jurídica que hay que resolver: la ley de orden público prohíbe las zonas de despeje. Aunque esta ley se refiere a la ausencia de todo tipo de autoridad, incluidas las civiles, el gobierno necesitaría de todos modos instrumentos jurídicos para el cese.

El otro problema que tienen las zonas de concentración es que una de las premisas que hay en la Mesa de Conversaciones de La Habana es que nada está acordado hasta que todo esté acordado, y llevar a las FARC a uno o varios lugares sería para ellos tanto como quemar las naves y perder capacidad de negociación en la fase final de las conversaciones.

Ahora, puede haber fórmulas intermedias: zonas amplias con corredores y sistemas de ubicación que hagan más fácil el monitoreo en regiones. Algo así llegó a pactarse en el papel con el ELN hace más de una década, pero nunca llegó a implementarse. Pero esto requiere una alta capacidad de verificación para que las regiones no se conviertan en santuarios en los que la población civil quede expuesta al control del grupo, tal como pasó en el Caguán. Dónde y cómo sería una ‘ubicación’ de los guerrilleros se suma también la necesidad de un calendario. El cese bilateral tiene que ser definitivo pero no indefinido y por eso debe apuntalar la finalización del conflicto.

La verificación es la clave

El punto de partida de un cese es que es imperfecto. Siempre hay violaciones por lo complejo del territorio, por las múltiples provocaciones de los disidentes de un lado y otro, y porque sencillamente dejar la guerra no es fácil. Por eso la verificación es el punto crucial. En Colombia se ha probado tanto con verificación nacional, en los años ochenta, como con verificación internacional, en el proceso con las AUC con la presencia de la Mapp-OEA. En ambos casos la experiencia fue agridulce. A estas verificaciones les faltaron dientes.

Lo importante es que la verificación sirva para aclarar rápido y de manera transparente todo lo que ponga en riesgo el cese. Y que pueda comunicar muy bien al público lo que ocurre.

El proceso de paz con las FARC muy posiblemente cuente con una verificación mixta, nacional e internacional, y es bastante probable que en la baraja de candidatos para hacerla estén Unasur, que les da más confianza pero tiene menos capacidad y experiencia; y la ONU, que tiene la capacidad y experiencia, pero cuya operación es más dispendiosa. Primero, habría que solicitarle al secretario general el envío de una misión técnica, y luego elevar la solicitud bien sea al Consejo de Seguridad o a la Asamblea General. Después, armar la misión que para un caso como el colombiano no será algo pequeño. Es decir, se tomaría varios meses.

El cortejo

Justo porque el cese bilateral del fuego y hostilidades, aunque necesario, no se producirá de la noche a la mañana, es que el camino más lógico para bajar la intensidad del conflicto es el de los gestos unilaterales voluntarios. Una especie de cortejo entre las partes. Las FARC han dicho que este nuevo cese unilateral es como la tomada de mano entre un par de novios, pero que para pasar al beso o al abrazo hace falta un guiño de la contraparte. Que una rosa es una rosa, aunque tenga sus espinas.

Habrá que ver cómo responde el gobierno. Posiblemente con una nueva suspensión de bombardeos, la liberación de algunos presos, o una moderación del lenguaje desde el Ministerio de Defensa. El margen de maniobra de Santos no es muy grande mientras no salgan de La Habana nuevos acuerdos significativos. Esta semana es probable que se logre el acuerdo sobre reparación a las víctimas cuya columna vertebral es el reconocimiento del daño causado y las barbaries cometidas. Esto va en la ruta de mejorar la confianza y acelerar la negociación. Pero como en todo cortejo, los gestos tienen que ser a diario, sin tacañería, y recíprocos.

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