Nieta de Salvador Allende estrena documental sobre su abuelo a 45 años de su triunfo

Marcia Tambutti Allende tenía 2 años cuando tuvo que salir de su país. Hacía solo 4 días que su abuelo se había suicidado. No pudo, pues, conocerle.

Hoy estrena en Chile el fruto de un trabajo de siete años de investigación familiar: el documental Allende mi abuelo Allende, premiado en Cannes. Todo parte de una pregunta muy simple: “¿cómo era mi abuelo?”. Una pregunta que puede ser difícil, también.

Difícil si tu abuelo ha sido el presidente de tu país. Muy difícil si tu abuelo ha sido el mayor mito político latinoamericano del siglo tras el Che Guevara. Casi imposible si tu abuelo ha sido Salvador Allende Gossens.

El 11 de septiembre de 1973 el golpe del ejército chileno, probadamente apoyado por la CIA, acorraló a Allende en el Palacio de La Moneda. Allí, bajo el bombardeo de la sede del gobierno, cumplió su promesa de no ser capturado vivo por Pinochet. Sentado, disparó su fusil contra su mentón.

Chile había caído bajo la bota militar y una de las hijas del presidente, María Isabel, subió con sus hijos Gonzalo y Marcia a un avión rumbo a Ciudad de México. “Mi abuelo se convirtió en un símbolo universal de consecuencia y democracia genuina. Su imagen icónica, su rostro en blanco y negro, fue aquella con la que crecí. Lo mismo que el resto de exiliados”, nos dice Marcia.

Marcia vivió toda su vida en DF. Su familia difundía el legado de Allende, pero como ella misma dice, un día se día se dio cuenta de que “en la intimidad no hablaban de él”.

Entonces se puso manos a la obra para descifrar quién y cómo había sido su abuelo. No el presidente socialista, sino el Chicho, como le llamaban en casa.

Volvió a Chile y comenzó por recuperar los álbumes fotográficos que la dictadura le había robado a los Allende. Allí pudo al menos compensar la falta de recuerdos de su abuelo de cuerpo entero, hasta entonces apenas un busto a base de estatuas y sellos. Nunca había visto, por ejemplo, a su abuelo “trotando en traje de baño”.

“Tenía una capacidad enorme para relacionarse con los demás, como de circo de tres pistas. Anotaba los cumpleaños de los hijos de sus amigos en una libretita que llevaba consigo y que consultaba a menudo para que no se le olvidara llevarles regalos. Me da la impresión de que era una persona que se multiplicaba, que sabía hacerse presente para tener momentos de calidad con todos”, asegura Marcia sobre uno de los descubrimientos que ha hecho sobre su abuelo.

Marcia sigue con la descripción de su abuelo en las distancias cortas. “Era cálido, simpático y galante. Sabía interesar a quien tuviera enfrente, hacerle ver que lo había atendido. No solo hablaba él, sino que le interesaba genuinamente lo que tú pensabas. Por si fuera poco usaba el humor como arma de seducción. Y cuando uno se ríe, concede algo, comparte algo. Era muy fácil rendirse ante sus encantos”.

No es fácil desmitificar a un líder. No es fácil porque eso implica convertirlo en una persona. Y las personas cometen errores. Marcia cree que “para ciertas personas es muy difícil salirse del esquema mítico de mi abuelo, pensar en bajarlo del pedestal. Como durante la dictadura se le trató de denostar o su nombre estaba prohibido, si se le criticaba era que ‘eras parte del enemigo’”.

El silencio ha dominado la vida familiar de los Allende. Marcia ha entrevistado a 32 familiares y personas cercanas a su abuelo. El documental muestra a Marcia tratando de hablar con su abuela Hortensia Bussi, la Tencha, que parece tratar de evitarla. La supuesta relación de su marido con su secretaria Payita Contreras parece sobrevolar el matrimonio presidencial. La Tencha, que murió a los 94 años durante el rodaje, acaba reconociendo en la cinta que a Salvador le encantaba flirtear.

También vemos cómo Marcia tiene literalmente que caminar rápido tras su madre María Isabel —que volvió a Chile con la democracia y actualmente es senadora socialista  para conseguir que le hable del Chicho.

En opinión de Marcia, ” el dolor de la pérdida puede crear un silencio poderoso y crear tabúes dentro de una familia. Sin darnos cuenta, las nuevas generaciones desarrollamos una autocensura que permite otra pérdida, la de nuestra historia familiar y de una parte de nuestra identidad”.

Tras el golpe de estado, el exilio dividió a la familia Allende entre México y Cuba. Al país caribeño llegó Beatriz, la primogénita del presidente. Estaba embarazada durante el golpe y parió en La Habana a su hijo Alejandro. Allí, y como Allende solo había tenido hijas, Fidel Castro decidió que el niño fuese inscrito con Allende como primer apellido.

Beatriz tuvo en Cuba una depresión clínica y se suicidó en 1977. En 1981 se suicidaría, también en La Habana, la hermana del presidente Laura Allende. La cuarta muerte inesperada de los Allende llegaría durante el rodaje de este documental. En diciembre de 2010 se quitó la vida Gonzalo, de 45 años y hermano de la propia Marcia.

Marcia ha conseguido su objetivo consciente de conocer mejor a su abuelo y a su familia. Los siete años de trabajo han supuesto quizá una fuerza inconsciente que ha hecho que decida quedarse a vivir en Chile, mucho más cerca ya de su familia que del mito.

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Allende en el recuerdo

Tal día como hoy -un 4 de septiembre- el pueblo de Chile eligió presidente a Salvador Allende. Cada minuto que pasa, el abismo que separa la envergadura moral, ética e intelectual de Salvador Allende de la pequeñez y la insignificancia de los parásitos políticos de hoy se agiganta más y más. Salvador Allende crece en la memoria de todo un pueblo. Antonio Soto nos entrega una vívida semblanza del más grande político de nuestra Historia.

Hace 42 años se clausuró un ciclo de largas lucha y auge del movimiento popular en que la clase obrera, los campesinos, los intelectuales y la gente humilde de nuestro país fueron derrotados. Los errores propios, pero sobre todo la resistencia de los poderosos, nacionales y extranjeros, impidió que se materializaran los anhelos de transformación de Allende y el pueblo de Chile.

Los asesinatos, el exilio, la represión y el retorno de los ricos al poder, no han borrado los mil días de la Unidad Popular. En ese periodo los humildes tomaron el cielo por asalto, se expresaron sin miedos, trataron de igual a igual a los que por siglos habían usufructuado de la riqueza y el poder en nuestro país. Esos días de felicidad no serán olvidado. Se lo debemos a Salvador Allende.

Allende trascendía el pensamiento de su época.

Mientras la guerra fría dividía al mundo y las empresas norteamericanas expoliaban nuestras riquezas básicas, el Presidente pudo comprometer a toda la clase política para nacionalizar las minas de cobre, mediante una ley en el Parlamento. Por otra parte, mientras la revolución cubana empujaba a las juventudes latinoamericanas a adoptar la lucha armada para transformar las estructuras oligárquicas, Allende insistía en sustituir el capitalismo por el socialismo mediante el ejercicio pleno de las libertades democráticas y el respeto a los derechos humanos.

Durante los 1000 días de la Unidad Popular, la democracia y las libertades públicas se potenciaron como nunca antes había ocurrido en la historia republicana.

Medios de comunicación de variado tinte político, mostraban sin restricciones posiciones desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda. Trabajadores, que nunca antes habían podido manifestarse, multiplicaban los sindicatos y hablaban de igual a igual con los patrones. Estudiantes participaban en el destino de sus universidades con los mismos derechos que las autoridades académicas. Campesinos, se organizaban en sindicatos y gracias a la reforma agraria accedían por primera vez en su historia a cultivar su propia tierra. Mujeres y hombres en los barrios se organizaban en juntas de vecinos y en comandos comunales.

No eran sólo las libertades de la democracia representativa las que se desplegaban en el país, sino era mucho más. Era la participación directa de los ciudadanos en sus propios asuntos. Con Allende se abrió en Chile una democracia que, con formas directas de participación, incorporaba a los excluidos en la construcción del país.

Lamentablemente, las transformaciones en favor de la igualdad, la libertad, así como el desborde de alegría popular que caracterizaron el gobierno de Allende terminaron abruptamente con el golpe de Estado. El sistema político excluyente y el modelo económico de desigualdades instaurado por Pinochet han hecho retroceder a nuestros país en muchas décadas. Hemos retornado a las cavernas. Las desigualdades se han multiplicado y las libertades se encuentran acorraladas por medios de comunicación que sólo dictan el pensamiento único: el de los ricos..

Los grandes intereses internacionales y nacionales no aceptaron ceder el control absoluto del poder, comprometiendo a los militares en la sucia tarea de restaurar la injusticia, mediante la dictadura. Pero la tragedia no fueron sólo los asesinatos, la tortura y el exilio. La mayor tragedia ha sido que la misma generación política que lucho junto a Allende en favor de los humildes, ha aceptado administrar el modelo neoliberal que profundizó las desigualdades.

Y, esa tragedia se ha convertido en comedia, cuando “políticos socialistas” y “políticos progresistas” le han facilitado los negocios al yerno de Pinochet y a otros empresarios inescrupulosos, a cambio de coimas para sus campañas electorales. Esta es una vergüenza no sólo para las familias de los políticos corruptos sino para toda la sociedad chilena.

Las anchas alamedas no se abrirán más temprano que tarde, como nos anunciara Salvador Allende. Tendremos que esperar a las generaciones venideras.

El Clarín