¿Odio? (Ecuador) – Por Carol Murillo Ruiz

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Gobernar y protestar son 2 formas de protagonizar los hechos sociales. Gobernar y protestar son 2 posibilidades de saber cómo funcionan sociedad y Estado en un explícito momento histórico. Gobernar y protestar, además, confluyen como un mismo río en los múltiples conflictos políticos.

Mirando estos días las protestas, cada una con ingredientes disímiles –por los intereses que misteriosamente representan-, pienso en la complejidad del Ecuador y su dimensión geográfica. En las precarias fórmulas en que los opositores elaboran sus arengas y su impostada actitud de radicalidad, ya sea para condenar el modelo económico que sigue Rafael Correa, o ya sea para empujarlo a calcar las antiguas recetas del ajuste. Lo cierto es que cada protesta contiene una visión contraria a la idea de lo que un día se dijo debía ser “el proyecto nacional”. Lo nacional, matado antes de hora por los nacionalismos de vieja data, en las peroratas de aparente coyuntura, es algo tan rancio que impide asumir el paradigma de lo global, y más bien congela el progreso y/o las ilusiones revolucionarias.

Así, un proyecto nacional, en un país tan híbrido y regionalista –condiciones encubiertas en la gastada metáfora de la ‘diversidad’- es una opción inútil y, por tanto, ajena a los intereses de las tradicionales oligarquías y micro burguesías regionales (nunca nacionales). Y si una vez una fracción de la izquierda ecuatoriana ¿acaso también regional? supuso un proyecto nacional, es posible que lo hiciera desde una postura proletaria-indigenista pero siempre no capitalista.

Por supuesto, lo anterior es parte de la destrozada historia de la cultura latinoamericana, de su sustrato económico y de su imitación política del estándar europeo. Pero, en todo caso, la noción de lo nacional, en Ecuador, en plena exploración de raíces y no de culpas, hoy, desde la izquierda esencialista, debe dar paso a lo plurinacional, tal como reza la Constitución de Montecristi. (Y no digo de la derecha porque allí no se discute sobre la herencia cultural sino sobre la herencia de tierras y monedas).

Esa plurinacionalidad, al parecer, no tuvo el suficiente debate en las esferas políticas, (aunque haya mil estudios universitarios), y se traduce ahora en el punto neurálgico de las protestas contra el gobierno. Un primer síntoma fue cuando tres prófugos de la justicia pudieron ocultarse en la comunidad de Sarayacu. En el mapa Sarayacu es Ecuador…

Es obvio que un proyecto político como el de Rafael Correa, es decir, un proyecto nacional en su sentido más clásico, nunca va a tener el apoyo de sectores que reniegan del Estado y sus atribuciones en la vida social. Es obvio que la plurinacionalidad implica algo más que una mención en nuestra Carta política y que sus beneficiarios estarán en la primera línea de su consecución práctica. Y es obvio que el gobierno no ha captado ese mensaje —poco cifrado— expuesto en las últimas protestas.

¿Por qué? Porque el revoltijo que hicieron medios y analistas al exhibir sus quejas, furias y amoríos, apenas subrayaron lo utilitario de sus gritos: el odio a Correa. Atrás de ese odio se halla la demanda plurinacional y eso no es cualquier cosa.

Carol Murillo Ruiz.
Socióloga ecuatoriana.

El Telégrafo