Bachelet y la nada (Chile) – Por Karen Hermosilla Tobar

La negación del carácter, en su dimensión esencial, ha vaciado de costumbres a la sociedad. No existe una ética en la conducta gregaria, sino más bien un ritual de consumo de necesidades creadas y ya ni siquiera primitivas, sino engendros del mercado. El “mall” como acaparador de experiencias conjuntas, o los festivales al estilo Lollapalooza, se han radicado como reemplazo de las antiguas formas que contactaban a la diversidad en un espacio en donde los lazos se desplegaban creando un tejido, ya sea desde la parroquia o la plaza. Hoy tendríamos que declararnos locos por solo imaginar una cuestión tan simple como un ¡buenas tardes!, dicho en un centro comercial o en un supermercado a un desconocido.

No existe una característica que defina la “personalidad” del ser social hoy en día. Los oficios que nacían desde el roce callejero desaparecieron, despojando a la raíz gregaria de los saberes y perdiendo la conciencia de sí mismos. Se nos entregó a las plataformas de compra y venta, que rellenan de símbolos, en su mayoría fetiches ajados que siendo la copia de la copia de la copia, en un pirateo logarítmico, construyen un ser humano saturado de mercancías que le obstruyen y lo hunden en un mar de ignorancia y confusión. Pero ¿por qué alguien podría querer llenarse de chapitas y convertirse en un collage, incluso fuera de la crisis de la adolescencia?

El acceso a este paquete de artilugios se da principalmente para la sobrevivencia discursiva, aun cuando se carezca de discurso. En el solapamiento del sin sentido se buscan ortopedias que calzan amablemente con la comodidad del desmontamiento. “Quien nada hace nada teme” o más bien “quien nada tiene nada teme”, puesto que nada es propio sino comprado; se hace fácil desmarcarse y quitarse la mercancía de encima. Es sencillo, aun se deje ver la carencia y porque además hay varias otras “cosas” que podrían cubrir ese agujero. Otros “discursos”. De alguna forma y en algún momento se sincera que se es el receptáculo de la publicidad y la propaganda que más nos acomoda.

El marketing ha volcado a la sociedad sin sociedad hacia un culto por lo frívolo, disculpándose eficazmente al defender la idea de la no idea, siendo lo ligth un beneficio permanente de un estilo sin estilo. Bachelet es un buen ejemplo del marketing político basado en la idea de cambio sin cambio y simpatía sin contenido. Un “producto” de fácil digestión, para una sociedad inexistente. Las “reformas” y su ausencia, dan forma al sin sentido del gobierno sin gobierno, pero además recrean la certeza de que los cambios no vendrán aunque sean anunciados majaderamente e incluso defendidos por medio de un “programa”, única evidencia “material” de lo inmaterializable.

Esto que podemos ver expuesto en lo político, también lo vemos en expresiones de lo popular. El caso de Arturo Vidal, el “amadrinado” por Bachelet, es un paradigma del ser permeado por la entropía sistémica de la compra y venta. La ausencia de ética y un logos que cabe sólo en el éxito deportivo como explicación de la superioridad, ha dado sustento al lumpen para re-ritualizar la costumbre. El afán de exhibir los lujos frente a la segregación económica es una nueva “lucha de clases”. La venganza del “pobre”, o ex pobre, aunque en su dimensión cultural siga siéndolo, es incluirse en la hegemonía del capital, en donde el “futbolista” es el relato meritorio del “flaite”, que sin ser deportista, pero pese a eso, consigue el éxito gracias también a una técnica estudiada: oxicorte, alunizaje, portonazo, y por lo tanto, también en el esfuerzo por fracturar la estructura, rompe con la mediocridad a la que se han sometido en la verticalidad social.

Ahora, si bien la gente ya no es pueblo, elige en base a la vieja moda, a una “media” utilizada como “mayoría”, que sostiene tendencias y sugestiona hacia ciertos liderazgos. He ahí el peligro, pues aun siendo el relleno del vacío, ese relleno ha sido escogido por la conveniencia dictada por el statu quo. El “sentido común”, aunque sea neoliberal, goza de buena salud y permite conservar el poder, en las clásicas garras de los de siempre. En términos concretos: el cambio hacia la nada con Bachelet, fue la fórmula para que en el desorden, no cambiaran las estructuras, resortes del todo.

*Poeta, periodista chilena, directora ejecutiva de El Reverde