En el borde del abismo (Brasil) – Por Aram Aharonian

Brasil ha vivido en los últimos meses –y aún vive– horas cruciales. Los asaltantes conservadores al poder se están jugando el resto. Mientras se pudre la reputación de sus principales líderes y los arcángeles de la ética pacata entran en combustión, la situación se torna más peligrosa porque hay un estrechísimo margen entre la desmoralización absoluta y la capacidad residual de articular el golpe, advierte Saul Leblon en Carta Maior.

La derecha se convenció de que la democracia es un estorbo para ejercer su poder en totalidad. Y hay que salir de ella, asesinarla, si se pudiera, de forma elegante, de guante blanco.

Presionado por los cinco millones de dólares –provenientes de sobornos– descubiertos en Suiza, el presidente de la Cámara de Diputados Eduardo Cunha negoció su cabeza por ser adalid del golpe blando con los socialdemócratas del perdedor –ante Dilma, en octubre– Aecio Neves y el ex presidente neoliberal Fernando Enrique Cardoso.

Y por eso, el evangélico Cunha acelera por todos los modos posibles –incluso aporta “inventos” jurídicos– la propuesta de juicio político a la presidenta, agarrándose de los últimos yuyitos antes de caer al abismo.

La derecha está en una encrucijada. El verso de la corrupción se va cayendo (los denunciantes resultaron tan o más corruptos que los sindicados) y la defensa de la democracia quedó en manos del campo progresista, de los movimientos sociales, que ahora deben volver a sus orígenes y superar los sectarismos y ofrecer una respuesta contundente al golpismo. Aun cuando llevan años alejados de las calles.

Se trata no solo de mantener la democracia que intentan secuestrar nuevamente, sino el futuro y, sobre todo, la esperanza, en un país eminentemente joven, pluricultural y diverso étnicamente. No es época de vacas gordas, pero tampoco es hora de dejarse despojar de todas las conquistas de los últimos doce años.

Cerca de 22 millones de trabajadores ascendieron socialmente desde 2003, recordó el economista Marcio Pochman, pero solo dos de cada 10 se afiliaron a un sindicato. Lo mismo sucedió con los estudiantes beneficiados por los programas del gobierno federal y con los de (los planes sociales) Minha Casa, Minha Vida.

Los dos grandes instrumentos de dominación conservadora son la estructura represiva del Estado y la ideología, que es el proceso por el cual las ideas de la clase dominante se tornan ideas de todas las clases sociales. Ese fenómeno de adopción de las ideas dominantes, incluso cuando se está luchando contra la clase dominante, es lo que Gramsci denominaba hegemonía, el poder espiritual de la clase dominante.

La profesora Marilena Chauí señala que si en determinado momento, los trabajadores de un país precisaran luchar usando la bandera del nacionalismo, la primera cosa a hacer es redefinir toda la idea de nación (…) y elaborar una idea de lo nacional, que sea idéntica a la de popular. “Precisan, por lo tanto, contraponer la idea dominante de nación por otra, popular, que niegue la primera”, sintetiza.

Si quiere resistir a la ofensiva golpista, es hora que la presidenta Dilma Rousseff, con el apoyo de las fuerzas progresistas, dialogue con la nación. Mejor, con el pueblo que la reeligió hace muy poco. Es necesario deshacer una a una las ideas, conceptos que hacen que su gobierno actúe al borde del abismo, como protagonista pasivo en un libreto que les pertenece a los poderes fácticos.

*Magister en Integración, periodista y docente uruguayo, fundador de Telesur, director del Observatorio en Comunicación y Democracia, presidente de la Fundación para la Integración Latinoamericana.