Buena parte de la cuenca litoraleña argentina está actualmente inundada, como antes lo estuvieron las provincias del norte y centro del país. Algo semejante ocurre en Paraguay también en Brasil, por citar casos semejantes. Todas las voces oficiales hacen responsable al “Fenómeno del Niño”.

Pero hay otras voces que, sin negar la influencia del mentado “Niño”, aseguran que la acción humana contribuye a que se agraven los efectos de dicho fenómeno de la naturaleza. Estas opiniones consideran que hay dos actividades humanas que han contribuido a que las desgracias naturales sean más severas. Una está referida al uso de la tierra y la otra a la construcción de las grandes represas. En ambos casos se debilita el equilibrio que la naturaleza fue construyendo, durante millones de años, para distribuir y absorber el agua de las lluvias.

En cuanto al uso de las tierras, en las últimas décadas, se han desarrollado dos actividades que le ponen notorios límites a esa natural capacidad de absorción. En un amplio espacio geográfico ambas actividades se han complementado para hacer más grave aún el resultado. Se trata de los fenómenos de la sojización y la deforestación. La soja abarca más de la mitad del total de las tierras cultivadas.

El cultivo reiterado de la misma produce una costra en la tierra que reduce la absorción del agua y transforma los campos en una ruta pavimentada a través de la cual el agua se desliza sin ser retenida. La deforestación produce el mismo fenómeno. Hay que tener presente que, en los últimos 25 años, se ha deforestado el 75% de nuestros bosques.

Cuando ambos fenómenos (deforestación+ sojización) se complementan, porque se deforesta para sembrar soja, sus efectos se multiplican.

La culpa no la tiene sólo el Niño.