Este 22 de enero se cumplen diez años desde que el gobierno del presidente Evo Morales le diera un toque diferente a la manera de gobernar, este proceso que forma parte de las grandes transformaciones, etapa que muy acertadamente se definió como la “revolución democrática y cultural”.

En este balance todos podemos coincidir que estamos ante un acontecimiento fundamental de nuestra historia. Un recorrido que Evo Morales ganó tres veces sucesivas (en 2005, 2009 y 2014) las elecciones presidenciales. En los tres casos, rompiendo la tradición de gobiernos minoritarios en democracia, lo hicieron con mayoría absoluta de votos.

Mirando de manera global los grandes hitos de la revolución democrática y cultural podemos afirmar que el ámbito social es donde más avances se han registrado en un país saqueado por 500 años de colonización recrudecida en los 20 años de aplicación del Consenso de Washington por parte de los gobiernos neoliberales cuyos herederos todavía aspiran a regresar a un pasado al que el pueblo boliviano tiene claro que no va a regresar jamás.

La nacionalización de los hidrocarburos decretada el 1 de mayo de 2006 permitió una redistribución de la riqueza que ha mejorado ostensiblemente las condiciones de vida de las clases populares. Las políticas públicas implementadas en estos diez años permitieron que menos bolivianos vivan en condiciones de pobreza. La pobreza extrema cayó 12 puntos porcentuales y la moderada 14 puntos porcentuales en 6 años.

Pero la redistribución ha permitido sobre todo reducir la desigualdad en el que hasta hace no muchos años era, según Naciones Unidas, el país más desigual de América Latina. Según datos, la brecha entre ricos y pobres se ha reducido en 60 veces desde 2006 y el objetivo para 2025 es eliminar en su totalidad la extrema pobreza en el país.

Son 10 años de transformaciones profundas, no solamente en el orden económico, sino también político y social. Una nueva Constitución, un nuevo Estado, una nueva participación de los sectores otrora excluidos, marginados, hoy grandes actores de este proceso, pero sobre todo en el reto de luchar contra la pobreza, con la reducción de la pobreza extrema, que el año 2005 llegaba cerca al 38% y que ahora registra menos del 17%.

Esta reducción de la desigualdad se debe sobre todo políticas públicas de transferencia condicionada, los bonos, que benefician al 31’1% de la población boliviana. Según datos de los ministerios de Economía, Educación y Salud y Deportes, el bono Juancito Pinto destinado a paliar la deserción escolar entre los niños, beneficia a 1.688.268 personas (15’9%), el bono Renta Dignidad destinado a mejorar el retiro de las personas ancianas beneficia 924.446 personas de la tercera edad (8’5) y el bono Juana Azurduy lo hizo con 717.282 (6’6%) mujeres embarazadas y con bebés recién nacidos.

Sin duda cabe el ámbito económico, que esta intrínsecamente ligado a los avances sociales, es clave para entender los avances del proceso de cambio boliviano. Todas estas cifras macroeconómicas se traducen en mejoras de las condiciones de vida de las mayorías sociales, y también en la consolidación de cambios estructurales que lo estamos viviendo.

Más allá de los diferentes balances que seguramente se harán en torno a estos 10 años de gobierno desde aquel emblemático 22 de enero de 2006, quizás lo más relevante sea trazar la agenda de futuro, en un escenario internacional más adverso que el de la década que concluye.

Se trata ciertamente de un periodo histórico, como todos, con luces y sombras, con aciertos y falencias, por ello: ¿Cuál será el rumbo que marque el gobierno dentro del “proceso de cambio” que arrancó el 2000? Desde el Gobierno se apunta a consolidar la transformación del Estado y la sociedad en torno a la Agenda Patriótica 2025, esto es llegar al bicentenario.

En el escenario del referéndum que se avecina nos enfrentamos a otros grandes desafíos, en especial a la reconstrucción de nuestra propia experiencia, de no ser enajenados por el discurso del retorno de una élite política que nunca resolvió nada en el país.

Estamos construyendo una nueva forma de convivencia que sea capaz de sintetizar el mejor conocimiento occidental y los múltiples saberes de los pueblos originarios, la pereza mental no puede privarnos de seguir transitando por ese qapaj ñan (camino nuevo) del Vivir Bien que es en definitiva nuestro horizonte.

*Camilo Katari, es escritor e historiador potosino