Centroamérica es una región que expulsa a su población por oleadas. Los gobiernos han hecho de la migración una tabla de salvación para sus endebles economías, que hacen de los salarios paupérrimos y la informalidad laboral su “ventaja comparativa”.

Anacrónicos, aún en el contexto de una región marginal del capitalismo mundial como es América Latina, no están dispuestos a tomar medidas que les permitan “modernizarse”.

Guatemala, por ejemplo, ha aprobado recientemente un salario mínimo diferenciadopara algunas de las zonas más pobres del país. Con el argumento de la atracción de la inversión extranjera, le pagarán a la gente un salario mínimo menor al que rige en el resto del país (que ya de por sí es escaso), que no le permitirá ni siquiera cubrir los costos de la canasta básica.

El presidente de la transición entre el enjuiciado por corrupción Otto Pérez Molina, y el recién electo Jimmy Morales, Alejandro Maldonado, un conspicuo representante de la derecha política más troglodita, impulsor de la medida, montó en cólera públicamente cuando se le reclamo lo que constituye una violación de los derechos humanos de los trabajadores.

En esas condiciones, la gente se va por oleadas.

Todos los sectores dominantes sacan provecho de esta situación. Los de los Estados Unidos, por ejemplo, a pesar que en ese país crece la antipatía por los migrantes que llegan, explotan una fuerza de trabajo barata que les llega mendigando trabajo.

Preferirían, sin embargo, explotarla y sacarle provecho sin necesidad que llegara a sus fronteras. El mecanismo que han utilizado es el de los tratados de libre comercio. El de América del Norte (TLCAN) y el firmado con Centroamérica persiguen, entre otros, estos objetivos.

Las grandes compañías norteamericanas cruzan la frontera sur del país y se establecen en México y, ahora, quieren hacerlo con más ahínco en Centroamérica. Aprovechan los bajos salarios y la cercanía geográfica y son recibidos como agua de mayo.

Pero no les es suficiente. Con Centroamérica, el tratado de libre comercio les ha quedado corto, y ahora impulsan medidas complementarias. La llamada Alianza para la Prosperidad, orientada hacia el triángulo norte centroamericano, busca apretar tuercas en este sentido: crear mejores condiciones aún de las ya creadas para el capital.

La fachada con la que se vende, como siempre, no es más que la piel de cordero bajo la que se esconde el lobo. Dicen que quieren la prosperidad de la región para evitar que la gente salga en estampida. La llegada de más de 60,000 niños sin sus padres fue el detonante para su formulación. Los niños son más una carga para el Estado norteamericano que una fuerza de trabajo aprovechable.

Pero lo que quieren está más en consonancia con la medida aprobada por el señor Maldonado en Guatemala que con un proyecto que verdaderamente se oriente hacia la gente: aprovecharse del hambre, del desamparo de miles que aceptarán trabajar por una miseria.

Es una situación perversa. Para los estados centroamericanos, si la gente migra, salen ganando con las remesas; y si se queda, les pueden explotar a su antojo.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.