El recientemente firmado Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP) tendrá implicancias determinantes no solo para el futuro de la economía internacional, sino del orden global1 En ese sentido, su consolidación o estancamiento determinará en gran medida el devenir de la integración regional latinoamericana. Esta nueva realidad transformadora de los asuntos globales tendrá consecuencias decisivas para las estrategias de acción e inserción externa de gobiernos y compañías en América Latina. Si en el siglo XX el Canal de Panamá marcó la separación del continente americano en norte y sur, en el siglo XXI el TPP está introduciendo un nuevo vector al proceso de integración latinoamericano, dividiendo a la región en este y oeste, o Pacífico y Atlántico. El riesgo para América Latina es que esa división se traduzca en diferencias de regionalización y divergencias de regionalismo. La primera hace referencia a un proceso de naturaleza más bien económica, liderado principalmente por actores no estatales comerciales (compañías) y financieros (bancos y organismos de crédito). El segundo resalta las dimensiones institucionales y políticas.

Entendida como el proceso creciente de transnacionalización, la regionalización latinoamericana es la dimensión más directamente impactada por TPP. En una etapa de capitalismo globalizado organizado alrededor de cadenas de valor, el TPP introduce alteraciones que impactarán en los patrones de inserción nacional de cada uno de los países/sectores/eslabones. Compañías asiáticas y latinoamericanas verán cómo cambiarán sus costos y beneficios a causa de la nueva estructura institucional y es esperable un realineamiento de intereses y estrategias a las nuevas oportunidades y amenazas. Por ejemplo, los textiles vietnamitas –que hoy enfrentan un arancel de entrada a Estados Unidos de 17,5%– no tendrán impuestos bajo el TPP. De hecho, compañías de indumentaria de varias provincias chinas ya han estado invirtiendo miles de millones de dólares en el sector de indumentaria de Vietnam para aprovechar los aranceles favorables y las ventajas impositivas del este nuevo acuerdo. Lo mismo es posible que ocurre ad intra el proceso de regionalización en América Latina, generando nuevas geografías económicas.

En cuanto al regionalismo, ya se advierte una creciente fractura de naturaleza política. La Alianza del Pacífico (AP) ha sido postulada por políticos y analistas como una fuerza contraria al Mercado Común del Sur (Mercosur). Ese nuevo agrupamiento sería pragmático en lo político, abierto en lo comercial, liberal en lo financiero y más funcional a los intereses de Estados Unidos en lo geopolítico. El Mercosur, por el contrario, sería un anacronismo estancado por su populismo ideológico, su defensa del proteccionismo mercantilista y el recelo de los actores financieros internacionales, aunque a la vez sea el sostén de un proyecto más autónomo de Washington. Estos dos modelos diferentes de integración –regionalismo abierto y bilateralismo competitivo– no son inherentemente incompatibles o antinómicos. De hecho, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) ha hecho propio el lema «unidad en la diversidad». Pero desde una perspectiva de economía política internacional, el TPP provee una estructura externa de incentivos que favorecen y fortalecen coaliciones internas de poder con visiones y gestiones de proyectos de desarrollo nacional que no tienen a la integración latinoamericana como prioridad estratégica.

La integración económica nacional y la integración económica regional en América Latina tienen que tomar en cuenta los nuevos límites y oportunidades del TPP con urgencia y profundidad en el análisis. Organismos como la CELAC o la UNASUR deberían plantear un diálogo para sincerar posturas y estructurar eventuales transiciones. Tanto para la autonomía política como para el desarrollo productivo, la falta de coordinación representa un riesgo significativo. Aún en el caso de que la tendencia hacia la fragmentación competitiva fuese inevitable, el ordenamiento de ese proceso bajo un esquema de desintegración regional sería preferible a una disgregación desordenada. El riesgo es que esa diferencia se transforme en divergencia. El incentivo externo del TPP podría generar que tanto regionalización como regionalismo acaben capturados por intereses y agendas extrarregionales. De hecho, los documentos sobre las negociaciones preliminares que se han filtrado a través de Wikileaks, revelan –por ejemplo, en el caso de derechos de propiedad intelectual– cómo la estructura comercial regional sería rediseñada de acuerdo a los intereses corporativos de los gigantes del sector farmacéutico internacional2

El dato geopolítico crítico es que el TPP no es un acuerdo para crear comercio sino para administrar comercio y finanzas. Constituye un movimiento de retaguardia más que de avance; la gestión de un poder declinante más que el despliegue de un poder ascendente. Washington ya no confía en su propia posición. Cuando los poderes hegemónicos se sienten seguros, proclaman y promueven los principios de la libertad. Sin contemplar las diferencias iniciales, la libre competencia juega a favor de las asimetrías existentes. Su poder es global y sus aspiraciones de construcción de orden también. Ya sea por voluntad o capacidad, el TPP refleja claramente que las ambiciones norteamericanas actuales son mucho menos ambiciosas. El «pivote a Asia» y el TPP son la respuesta institucional que intenta dar la superpotencia norteamericana a realidades que están más allá de su control: la económica de la globalización y política de la interdependencia. Esa realidad es que el mundo se reconfigura en base a bloques regionales más que a parámetros globales. El TPP ha introducido para América Latina una amenaza estratégica de largo plazo: la recreación hegemónica. Ya sea intencional o involuntaria, desde el Norte o hacia el Este. Sin «conciencia de región», América Latina perderá espacio de acción internacional y quedará siendo geopolítica y geoeconómicamente relegada a una posición funcional a diseños más allá de su opinión y control.

  • 1.Los actuales miembros son Australia, Brunei, Canadá, Chile, EE.UU., Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur y Vietnam. Y se han alineado ya otros posibles candidatos como Corea del Sur, Taiwán, Filipinas y Colombia.
  • 2.Usamos esas fuentes debido al secretismo de los acuerdos.

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