El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, hizo un nuevo llamado al Congreso, el último en un mensaje a la Unión, para que levante el bloqueo contra Cuba, al señalar el fracaso de la política de aislamiento contra la isla.

“Cincuenta años de aislar a Cuba fracasaron, colocándonos en retroceso en América Latina”, dijo el mandatario al pronunciar su último discurso sobre el estado de la nación ante una sesión conjunta del Congreso.

Obama defendió su decisión de restablecer en julio relaciones bilaterales con Cuba, después de medio siglo de ruptura y enfrentamiento entre Washington y La Habana.

El mandatario dijo que el fracaso de la política promovida bajo la premisa de esos días fue lo que lo llevó a “abrir la puerta y el comercio” con la isla.

Asimismo recordó que la política de aislamiento a la isla que llevaron a cabo sus antecesores entorpeció las relaciones de Washington con América Latina.

“¿Quieren consolidar su liderazgo y credibilidad en el hemisferio? Reconozcan que la Guerra Fría se acabó, levanten el embargo”, exhortó ante la nula reacción de los legisladores republicanos.

Obama también abogó por el cierre del centro de detención de Guantánamo. “Es caro, es innecesario y sólo sirve como un folleto de reclutamiento para nuestros enemigos”, dijo el mandatario.

De acuerdo con Obama, el liderazgo que el país precisa “depende del poder de nuestro ejemplo. Es por eso que continuaré trabajando por el cierre de la prisión de Guantánamo”.

Obama retomó su vieja promesa de campaña de cerrar el centro de detenciones y que hasta ahora no ha podido cumplir, a pesar de sus repetidos llamados al Congreso a sumarse al esfuerzo.

Cuba Debate

Discurso completo del presidente Barack Obama ante el Congreso de EEUU:

Señor Presidente de la Cámara de Representantes, Señor Vicepresidente, miembros del Congreso y conciudadanos:

Esta noche marca el octavo año que me presento aquí a informar sobre el Estado de la Unión. Y esta última vez, voy a tratar de ser breve. Sé que muchos de ustedes están ansiosos por volver a Iowa.
También entiendo que como es temporada de elecciones, las expectativas para lo que lograremos este año son bajas. Aún así, Sr. Presidente de la Cámara de Representantes, aprecio el enfoque constructivo que usted y los otros líderes adoptaron a finales del año pasado para aprobar un presupuesto, y hacer permanentes los recortes de impuestos para las familias trabajadoras. Así que espero que este año podamos trabajar juntos en prioridades bipartidistas como la reforma de la justicia penal y ayudar a la gente que está luchando contra la adicción a fármacos de prescripción. Tal vez podamos sorprender de nuevo a los cínicos.

Pero esta noche me voy a moderar con la lista tradicional de propuestas para el año venidero. No se preocupen, tengo bastantes, desde ayudar a los estudiantes a aprender a programar en código informático hasta personalizar los tratamiento médicos para pacientes. Y seguiré insistiendo para progresar en el trabajo que todavía se necesita hacer. Arreglar nuestro sistema de inmigración que no funciona. Proteger a nuestros hijos de la violencia con armas de fuego. El mismo salario por el mismo trabajo, licencia pagada, aumento del salario mínimo Todas estas medidas todavía son importantes para las familias trabajadoras; todavía siguen siendo lo correcto y no voy a desistir hasta que se cumplan.

Pero en mi último discurso en esta cámara, no solo quiero hablar del próximo año. Quiero concentrarme en los próximos cinco años, diez años y en adelante.

Quiero concentrarme en el futuro.

Vivimos en una época de cambios extraordinarios: cambios que están redefiniendo la manera en la que vivimos, la manera en la que trabajamos, nuestro planeta y el lugar que ocupamos en el mundo. Es un cambio que promete increíbles avances médicos, pero también perturbaciones económicas que presionan a las familias trabajadoras. Promete educar a niñas en las aldeas más remotas, pero también conecta a los terroristas que conspiran contra nosotros desde el otro lado del océano. Es un cambio que puede ampliar oportunidades o ampliar desigualdades. Y, nos guste o no, el ritmo de este cambio será cada vez más rápido.

Estados Unidos ya ha pasado por grandes cambios, guerras y depresión, el influjo de inmigrantes, trabajadores que pelearon por un trato justo y movimientos que expandieron los derechos civiles. Cada vez, hubo de aquellos que nos dijeron que temiéramos el futuro, que afirmaban que podíamos ponerle el freno al cambio con la promesa de restaurar una gloria pasada si algún grupo o alguna idea amenazaba el control de Estados Unidos. Y cada vez, superamos esos miedos. Como dijo Lincoln, no nos aferramos a los “dogmas del pasado sereno”, sino que pensamos y actuamos de forma innovadora. Hicimos que el cambio trabajara en nuestro beneficio, siempre extendiendo la promesa de Estados Unidos hacia afuera, a la siguiente frontera, a más y más personas. Y, como lo hicimos, como vimos oportunidades donde otros vieron tan solo peligros, nos hicimos más fuertes y mejores que antes.

Las verdades de entonces pueden ser verdades ahora. Nuestras fortalezas únicas como nación, el optimismo y nuestra ética de trabajo, nuestro espíritu descubridor e innovador, nuestra diversidad y nuestro compromiso con el estado de derecho, estas cosas nos dan todo lo que necesitamos para garantizar nuestra prosperidad y seguridad generación tras generación.

De hecho, ese es el espíritu que hizo posible el progreso de los últimos siete años. Así es que nos recuperamos de la mayor crisis económica en varias generaciones. Es como reformamos nuestro sistema de salud y reinventamos al sector de la energía, es como facilitamos más atención y beneficios para nuestras tropas y nuestros veteranos y como aseguramos la libertad en cada estado para casarnos con la persona que amamos.

Pero ese progreso no es inevitable. Es el resultado de decisiones que tomamos juntos. Y en este momento enfrentamos dichas decisiones. ¿Responderemos a los cambios de nuestros tiempos con miedo, cerrándonos como país y volviéndonos unos contra otros? ¿O enfrentaremos el futuro con confianza en quiénes somos, los valores que representamos y los increíbles logros que podemos alcanzar juntos?

Así que hablemos sobre el futuro y sobre cuatro preguntas clave que tenemos que responder como país, independientemente de quién sea el próximo Presidente o quién controle el Congreso.
Primero, ¿cómo le damos a cada uno una posibilidad justa de tener oportunidades y seguridad en esta nueva economía?

Segundo, ¿cómo haremos para que la tecnología juegue a nuestro favor y no en nuestra contra, especialmente cuando se trata de resolver los desafíos más urgentes como el cambio climático?
Tercero, ¿cómo haremos para garantizar la seguridad de Estados Unidos y liderar el mundo sin convertirnos en la policía mundial?

Y por último, ¿cómo haremos para que nuestra política refleje nuestras mejores virtudes en vez de nuestros peores defectos?

Permítanme que empiece por la economía y un hecho básico: en la actualidad, Estados Unidos de América tiene la economía más fuerte y estable del mundo. Estamos en medio del período más largo de nuestra historia de creación continua de empleos en el sector privado. Más de 14 millones de nuevos empleos; los dos años de mayor creación de empleo desde los años 90; una reducción de la tasa de desempleo a la mitad. Nuestra industria automotriz acaba de tener su mejor año de la historia. El sector de la fabricación ha creado casi 900,000 empleos en los últimos seis años. Y hemos hecho todo esto mientras reducíamos nuestros déficits en casi tres cuartos.

Así que cualquiera que afirme que la economía de Estados Unidos se encuentra en declive está vendiendo humo. Lo que es cierto, y que es el motivo por el que muchos estadounidenses se sienten ansiosos, es que la economía ha estado cambiando de una manera profunda, cambios que comenzaron mucho antes de la Gran Recesión y que no han cedido. Actualmente, la tecnología no solo reemplaza los empleos de las líneas de montaje, sino cualquier empleo en el que el trabajo se pueda automatizar. En la economía global, las empresas pueden radicarse en cualquier lugar y están sujetas a una competencia más dura. Como consecuencia, los trabajadores tienen menos influencia para conseguir aumentos de sueldo. Las compañías tienen menos lealtad hacia sus comunidades. Y los ingresos y la riqueza se concentran cada vez más en las capas más altas de la sociedad.

Todas estas tendencias han presionado a los trabajadores, aún teniendo empleo, y a pesar de una economía en crecimiento. A una familia trabajadora se le ha hecho más difícil salir de la pobreza, se le ha hecho más difícil a los jóvenes comenzar sus carreras y más duro para los trabajadores poder jubilarse cuando lo desean. Y si bien ninguna de estas tendencias es exclusiva de Estados Unidos, atacan nuestra creencia puramente estadounidense de que todo el que trabaja duro debe tener una oportunidad justa.

En los últimos siete años, nuestro objetivo ha sido una economía en crecimiento que funcione mejor para todos. Hemos progresado. Pero debemos progresar más. Y a pesar de todos los argumentos políticos que hemos tenido en los últimos años, existen algunas áreas en las que los estadounidenses concuerdan ampliamente.

Estamos de acuerdo de que una oportunidad real requiere que todo estadounidense adquiera la educación y la capacitación necesaria para conseguir un empleo bien pagado. La reforma bipartidista de Que Ningún Niño Se Quede Atrás fue un importante inicio, y juntos incrementamos la educación para la temprana infancia, elevamos las tasas de graduación de la escuela secundaria a nuevos máximos e impulsamos a los graduados en campos como la ingeniería. En los próximos años debemos basarnos en ese progreso para ofrecer educación preescolar para todos, ofrecerle a cada estudiante las clases prácticas en ciencias informáticas y matemáticas que los preparen para un empleo desde el primer día, y debemos reclutar y apoyar más buenos maestros para nuestros niños.

Y tenemos que hacer que la universidad sea asequible para todos los estadounidenses. Porque ningún estudiante que se trabaje duro debería estar endeudado. Ya hemos reducido los pagos de los préstamos estudiantiles a un diez por ciento del ingreso de un prestatario. Ahora lo que tenemos que hacer es recortar el costo de la universidad en realidad. Ofrecer dos años de educación en colegios comunitarios gratuitos a cada estudiante responsable es una de las mejores maneras de lograrlo, y seguiré luchando por que se empiece eso este año.

Por supuesto, en esta nueva economía no solo necesitamos una excelente educación. También necesitamos beneficios y protecciones que nos ofrezcan una medida básica de seguridad. Después de todo, no es una exageración desmedida decir que las únicas personas en Estados Unidos que van a trabajar en el mismo empleo y en el mismo lugar durante 30 años, con un plan de salud y jubilación, están todas sentadas en esta cámara. Pero para todos los demás, especialmente para las personas entre los cuarenta y cincuenta años, se les ha hecho mucho más difícil ahorrar para la jubilación o recuperarse de la pérdida de un empleo. Los estadounidenses entienden que, en algún punto de sus carreras, tienen que modernizarse y capacitarse. Pero no deberían perder lo que trabajaron tan duro por construir.

Por eso es que el Seguro Social y Medicare son más importantes que nunca, no debemos debilitarlos, debemos fortalecerlos. Y para los estadounidenses que están por jubilarse, los beneficios básicos deberían ser tan móviles como todas las demás cosas son hoy en día. De eso se trata la Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio. Se trata de llenar el vacío que ocurre con la atención basada en el empleador cuando perdemos el empleo, volvemos a la escuela o emprendemos un nuevo negocio, y aún tenemos cobertura. Casi dieciocho millones han obtenido cobertura hasta ahora. La inflación en el sector de la atención médica se redujo. Y nuestros comercios han creado empleos cada mes desde que se convirtió en ley.

Bien, tengo la sensación que no nos pondremos de acuerdo con el tema de la atención de la salud muy pronto. Pero debería haber otras maneras en las que ambos partidos pueden mejorar la seguridad económica. Supongamos que un buen trabajador de nuestro país pierde su empleo, no deberíamos simplemente asegurarnos que reciba seguro de desempleo, deberíamos asegurarnos de que ese programa lo aliente a que vuelva a capacitarse para una industria que esté lista para emplearlo. Si el nuevo empleo no paga lo mismo, debería haber un sistema de seguro salarial implementado para que pueda seguir pagando sus facturas. Y aunque pase de un empleo a otro empleo, igual debería poder ahorrar para su jubilación y llevarse sus ahorros con él. Esa es la manera en la que podemos hacer que la nueva economía funcione mejor para todos.

También sé que el Presidente de la Cámara de Representantes Ryan ha hablado sobre su interés de abordar el tema de la pobreza. Estados Unidos se trata de dar a todos los que están dispuestos a trabajar, y estoy dispuesto a entablar un diálogo serio sobre las estrategias que podemos respaldar todos, como la extensión de los recortes de impuestos a los trabajadores de bajos ingresos que no tienen hijos.

Pero hay otras áreas en las que ha sido más difícil ponernos de acuerdo en los últimos siete años: en especial, en lo que respecta al papel que debe desempeñar el gobierno en garantizar que el sistema no esté amañado para favorecer a los más ricos y a las grandes corporaciones. Y aquí, el pueblo estadounidense tiene que tomar una decisión.

Yo creo que nuestro pujante sector privado es el alma de nuestra economía. Creo que tenemos algunas normas anticuadas que debemos cambiar y también debemos reducir la burocracia. Sin embargo, luego de años de beneficios empresariales récord, las familias trabajadoras no van a conseguir más oportunidades ni sueldos más altos si dejamos que los grandes bancos o las grandes empresas petroleras o los fondos de cobertura se autorregulen a costa de todos, o si permanecemos en silencio ante los ataques contra las negociaciones colectivas. La crisis financiera no la causaron las personas que reciben cupones de alimentos; la provocó la imprudencia de Wall Street. Los inmigrantes no son la razón por la que los salarios no han aumentado lo suficiente; esas decisiones se toman en consejos directivos que suelen dar prioridad con demasiada frecuencia a los beneficios trimestrales en vez de a los ingresos a largo plazo. Seguro que no es la familia típica que está mirándonos esta noche quien evita pagar impuestos a través de cuentas en el extranjero. En esta nueva economía, los trabajadores, las nuevas empresas y las pequeñas empresas necesitan tener más peso, no menos. Las reglas deberían funcionar para ellos. Y este año tengo la intención de encumbrar a las numerosas empresas que se han dado cuenta de que tratar bien a sus trabajadores redunda en beneficios para sus accionistas, sus clientes y sus comunidades, de manera que podamos propagar esas prácticas recomendadas a lo largo y ancho de Estados Unidos.

De hecho, muchos de nuestros mejores ciudadanos corporativos también son los más creativos. Y esto me lleva a la segunda pregunta clave que tenemos que responder como país: ¿qué debemos hacer para reavivar ese espíritu innovador con la mira puesta en nuestros más grandes desafíos?

Hace sesenta años, cuando los rusos nos vencieron en la carrera espacial, no negamos que el Sputnik existía. No discutimos sobre los méritos científicos ni redujimos nuestro presupuesto de investigación y desarrollo. Creamos un programa espacial prácticamente de la noche a la mañana y doce años más tarde estábamos caminando en la luna.

Ese espíritu de descubrimiento está en nuestro ADN. Somos Thomas Edison y los hermanos Wright y George Washington Carver. Somos Grace Hopper y Katherine Johnson y Sally Ride. Somos cada inmigrante y empresario de Boston a Austin y a Silicon Valley, inmersos en una carrera para transformar el mundo en un lugar mejor. Y en los últimos siete años hemos alimentado ese espíritu.
Hemos defendido un Internet abierto y tomado nuevas medidas ingeniosas para que cada vez más estudiantes y estadounidenses de bajos ingresos tengan acceso a Internet. Hemos establecido una serie de centros de fabricación de última generación y herramientas en línea que proporcionan a los emprendedores todo lo que necesitan para crear una empresa en un solo día.

Pero podemos hacer muchísimo más. El año pasado, el Vicepresidente Biden dijo que si hacemos otro esfuerzo como el que nos permitió llegar a la luna, Estados Unidos es capaz de curar el cáncer. El mes pasado, él trabajó con este Congreso para otorgar a los científicos de los Institutos Nacionales de la Salud los recursos más importantes que han tenido en toda una década. Esta noche, quiero anunciar una nueva iniciativa de ámbito nacional para lograr este objetivo. Y como Joe ha luchado incansablemente por todos nosotros en tantos asuntos durante los últimos cuarenta años, lo voy a poner a cargo del Centro de Control de la Misión. Por los seres queridos que todos hemos perdido, por los familiares que todavía podemos salvar, hagamos que Estados Unidos sea el país que cure el cáncer de una vez por todas.

La investigación médica es algo esencial. Tenemos que adoptar el mismo nivel de compromiso cuando se trata de desarrollar fuentes de energía limpia.

Miren, si todavía hay personas que quieren cuestionar la evidencia científica, adelante. Estarán bastante aisladas, ya que deberán debatir contra nuestras fuerzas militares, la mayoría de los líderes empresariales de Estados Unidos, la mayoría del pueblo estadounidense, prácticamente la totalidad de la comunidad científica y 200 países de todo el mundo que están de acuerdo en que es un problema y tienen la intención de resolverlo.

Pero aunque el planeta no estuviera en riesgo, aunque 2014 no fuera el año más caliente de la historia hasta que 2015 lo superó cómodamente, ¿por qué razón querríamos dejar pasar la oportunidad de que las compañías estadounidenses produjeran y vendieran la energía del futuro?

Hace siete años, hicimos la inversión individual en energía limpia más grande de nuestra historia. He aquí los resultados. En los campos de Iowa a Texas, ahora la energía eólica es más barata que la energía contaminante convencional. En los tejados de Arizona a Nueva York, la energía solar está permitiendo a los estadounidenses ahorrar decenas de millones de dólares al año en sus facturas de electricidad, y emplea a más estadounidenses que el carbón en trabajos mejor pagados que el promedio. Estamos tomando medidas para darles a los propietarios de viviendas la libertad de generar y almacenar su propia energía —algo que los ecologistas y miembros del Tea Party apoyan conjuntamente. Mientras tanto, hemos reducido nuestras importaciones de petróleo extranjero en casi un sesenta por ciento, y hemos reducido la contaminación de carbono más que cualquier otro país de la Tierra.

La gasolina por menos de dos dólares por galón tampoco está mal.

Ahora tenemos que acelerar la transición hacia una energía limpia. En lugar de subsidiar el pasado, debemos invertir en el futuro —especialmente en las comunidades que dependen de los combustibles fósiles. Es por eso que voy a presionar para cambiar la forma en que gestionamos nuestros recursos de petróleo y carbón, para que reflejen mejor los costos que imponen a los contribuyentes y a nuestro planeta. De esa manera inyectaremos dinero en esas comunidades y darán trabajo a decenas de miles de estadounidenses en la construcción de un sistema de transporte del siglo XXI.

Nada de esto sucederá de un día para otro, y sí, hay muchos intereses creados que quieren mantener el statu quo. Pero los trabajos que crearemos, el dinero que ahorraremos y el planeta que preservaremos son la clase de futuro que nuestros hijos y nietos merecen.

El cambio climático es uno de los muchos temas en los que nuestra seguridad está vinculada con el resto del mundo. Y es por eso que la tercera gran pregunta que tenemos que responder es cómo mantener a Estados Unidos fuerte y seguro sin aislarnos ni dedicarnos a construir naciones dondequiera que exista un problema.

He dicho antes que todo el discurso sobre la decadencia económica de Estados Unidos es pura palabrería política. Y también lo es la retórica que oyen acerca de que nuestros enemigos son cada vez más fuertes y Estados Unidos cada vez más débil. Estados Unidos de América es la nación más poderosa de la Tierra. Punto. Ni siquiera está cerca. Gastamos más en nuestras fuerzas militares que las siguientes ocho naciones juntas. Nuestras tropas son las mejores fuerzas de combate de la historia del mundo. Ninguna nación se atreve a atacarnos, ni a nosotros ni a nuestros aliados, porque saben que eso les llevaría a la ruina. Las encuestas demuestran que nuestra posición en el mundo es mejor que cuando salí elegido para este cargo, y cuando se trata de asuntos internacionales importantes, la gente del mundo no busca ayuda en Pekín o Moscú —nos llaman a nosotros.

Como alguien que comienza cada día con un informe de inteligencia, sé que estos son tiempos peligrosos. Pero eso no se debe a la pérdida de la fuerza estadounidense ni a ninguna otra superpotencia amenazante. En el mundo actual, estamos menos amenazados por los imperios del mal y más por los estados en decadencia. Oriente Medio está pasando por una transformación que se desencadenará durante una generación, que parte de conflictos de hace miles de años. Los vientos económicos soplan de cara desde una economía china en transición. A pesar de sus convenios económicos, Rusia vuelca sus recursos para apuntalar a Ucrania y Siria, estados que se les escapan de su órbita. Y el sistema internacional que creamos después de la Segunda Guerra Mundial ahora le está costando seguir el ritmo de esta nueva realidad.

Depende de nosotros ayudar a rehacer ese sistema. Y eso significa que tenemos que establecer prioridades.

La prioridad número uno es la protección del pueblo estadounidense y la persecución de las redes terroristas. Tanto Al Qaeda como ahora ISIL representan una amenaza directa contra nuestro pueblo, porque en el mundo actual, un puñado de terroristas que desprecian el valor de la vida humana, incluso de la propia, pueden hacer mucho daño. Usan Internet para envenenar las mentes de los individuos dentro de nuestro país y debilitan a nuestros aliados.

Pero a medida que nos centramos en la destrucción de ISIL, afirmar que esta es la Tercera Guerra Mundial es entrar en su juego. Masas de combatientes montados en camionetas y almas retorcidas que conspiran en apartamentos o garajes resultan un gran peligro para los civiles y deben ser detenidos, pero no son una amenaza para nuestra existencia nacional. Esa es la historia que ISIL quiere contar; es el tipo de propaganda que ellos usan para reclutar. No necesitamos darles más publicidad para mostrar que somos serios, ni necesitamos alejar aliados vitales en esta lucha haciéndonos eco de la mentira de que ISIL representa una de las religiones más grandes del mundo. Solo tenemos que llamarles lo que son: asesinos y fanáticos que tenemos que localizar, perseguir y destruir.

Y eso es justo lo que estamos haciendo. Desde hace más de un año, Estados Unidos ha dirigido una coalición de 60 países para acabar con la financiación de ISIL, interrumpir sus planes, detener el flujo de combatientes terroristas y erradicar sus ideologías viciosas. Con casi 10,000 ataques aéreos, estamos acabando con sus líderes, su petróleo, sus campos de entrenamiento y sus armas. Estamos entrenando, armando y apoyando a las fuerzas que poco a poco están reclamando territorios en Irak y en Siria.

Si este Congreso se toma en serio el ganar esta guerra y quiere enviar un mensaje a nuestras tropas y al mundo, debería autorizar de una vez el uso de las fuerzas militares contra ISIL. Hagan una votación. Pero el pueblo estadounidense debería saber que con o sin la intervención del Congreso, ISIL aprenderá las mismas lecciones que los terroristas que vinieron antes que ellos. Si dudan del compromiso de Estados Unidos —o del mío— para vigilar que se haga justicia pregunten a Osama bin Laden. Que se lo pregunten al líder de Al Qaeda en Yemen, a quien eliminamos el año pasado, o al responsable de los ataques en Bengasi, a quien tenemos preso en una celda. Cuando alguien ataca al pueblo estadounidense, vamos a por ellos. Puede llevar tiempo, pero tenemos buena memoria y nuestro alcance no tiene límites.

Nuestra política exterior debe centrarse en la amenaza de ISIL y Al Qaeda, pero no puede acabar ahí. Porque incluso sin ISIL, la inestabilidad continuará durante décadas en muchas partes del mundo: en Oriente Medio, en Afganistán y Pakistán, en partes de Centroamérica, África y Asia. Algunos de estos lugares se han convertido en lugares seguros desde donde pueden operar nuevas redes de terroristas; otros serán víctimas de conflictos étnicos, o de hambruna, y fomentarán la próxima oleada de refugiados. El mundo se volverá hacia nosotros para que ayudemos a resolver esos problemas y nuestra respuesta tendrá que ser algo más que una respuesta contundente o llamados para arrasar con bombas a la población civil. Tal vez eso funcione como un buen titular para la televisión, pero no es suficiente a nivel mundial.

Tampoco podemos intentar hacernos cargo y reconstruir cada país que entre en crisis. Eso no es ser un líder; es una manera segura de acabar en un atolladero, derramando sangre y dinero estadounidense. Es la lección de Vietnam, de Irak, y ya deberíamos haberla aprendido.

Afortunadamente, hay un enfoque diferente y más inteligente, una estrategia paciente y disciplinada que emplea todos los elementos de nuestra potencia nacional. Dice que Estados Unidos siempre entrará en acción, de ser necesario por su propia cuenta, para proteger a nuestro pueblo y a nuestros aliados; pero con respecto a los temas de interés global, movilizaremos al mundo para que trabaje con nosotros, y nos aseguraremos de que otros países pongan de su parte.

Así es como vemos los conflictos como el de Siria, donde nos hemos unido a las fuerzas locales y estamos liderando esfuerzos internacionales para ayudar a esa sociedad descompuesta a conseguir una paz duradera.

Por ese motivo creamos una coalición global con sanciones y una diplomacia de principios para evitar que Irán tuviera armas nucleares. Mientras hablamos, Irán ha dado marcha atrás a su programa nuclear, ha remitido su arsenal de uranio y el mundo ha evitado otra guerra.

Así es como detuvimos la expansión del ébola en África Occidental. Nuestras fuerzas militares, nuestros médicos y nuestros especialistas en desarrollo crearon una plataforma que permitió a otros países unirse a nosotros para erradicar esa epidemia.

Así es como forjamos una Alianza Transpacífica para abrir mercados, proteger a los trabajadores y al medio ambiente, y avanzar el liderazgo de Estados Unidos en Asia. Reduce 18,000 impuestos en productos Hechos en Estados Unidos y apoya más buenos trabajos. Con TPP, China no determina las reglas en esa región, sino nosotros. ¿Quieren demostrar nuestra fuerza en este siglo? Hagan que se apruebe este acuerdo. Dennos las herramientas para hacerlo cumplir.

Cincuenta años de aislamiento a Cuba no habían servido para promover la democracia, lo que nos frenó en Latinoamérica. Por eso recuperamos las relaciones diplomáticas, abrimos las puertas a viajes y comercio, y nos posicionamos con el fin de mejorar las vidas del pueblo cubano. ¿Quieren consolidar nuestro liderazgo y credibilidad en este hemisferio? Reconozcan que la Guerra Fría ha terminado. Levanten el embargo.

El liderazgo de Estados Unidos en el siglo XXI no es una elección entre no hacer caso al resto del mundo, excepto cuando asesinamos a terroristas; u ocupar y reconstruir cualquier sociedad que se esté desmoronando. El liderazgo significa saber usar sabiamente la fuerza militar y movilizar al mundo detrás de las causas justas. Significa tratar la asistencia al extranjero como parte de nuestra seguridad nacional, no una beneficencia. Cuando estamos a la cabeza para guiar a casi 200 naciones hacia el acuerdo más ambicioso de la historia en la lucha contra el cambio climático, eso ayuda a los países vulnerables, pero también protege a nuestros hijos. Cuando ayudamos a Ucrania a defender su democracia, o a Colombia a resolver una guerra que ha durado décadas, eso fortalece el orden internacional del cual dependemos. Cuando ayudamos a los países africanos a alimentar a sus pueblos y a cuidar a sus enfermos, eso ayuda a evitar que la próxima pandemia llegue a nuestras costas. Ahora mismo estamos encaminados a dar fin al flagelo del VIH/SIDA y tenemos la capacidad de conseguir lo mismo con la malaria, lo cual voy a promover para que lo financie el Congreso este año.
Eso es fuerza. Eso es liderazgo. Y ese tipo de liderazgo depende del poder de nuestro ejemplo. Por eso voy a continuar trabajando para cerrar la prisión de Guantánamo. Es costosa, es innecesaria y solo sirve como panfleto de reclutamiento para nuestros enemigos.

Por eso necesitamos rechazar cualquier política que ataque a las personas por motivos de raza o religión. No es cuestión de ser políticamente correctos. Es cuestión de entender qué es lo que nos hace fuertes. El mundo nos respeta no solo por nuestro arsenal; nos respeta por nuestra diversidad y nuestra receptividad y cómo respetamos todas las creencias. Su Santidad, el Papa Francisco, se dirigió a ustedes desde este mismo lugar donde yo me encuentro esta noche y dijo que “imitar el odio y la violencia de los tiranos y los asesinos es la mejor forma de ocupar su puesto”. Cuando los políticos insultan a los musulmanes, cuando se vandaliza una mezquita, o cuando se acosa a un niño, eso no nos hace más seguros. No es decir las cosas como son. Sencillamente está mal. Nos debilita ante el resto del mundo. Hace que nuestros objetivos sean más difíciles de alcanzar. Y traiciona a quiénes somos como país.

“Nosotros, el pueblo”. Nuestra Constitución empieza con esas tres palabras sencillas, palabras que nos resultan tan familiares que se refieren a todo el pueblo, no solo algunas personas; palabras que insisten en que subimos y caemos juntos. Esto me lleva al cuarto punto, y tal vez lo más importante que quiero decir esta noche.

El futuro que queremos, oportunidad y seguridad para nuestras familias, un nivel de vida cada vez mayor y un planeta sustentable y en paz para nuestros hijos; todo eso está a nuestro alcance. Pero solo ocurrirá si trabajamos juntos. Solo ocurrirá si podemos mantener debates racionales y constructivos.
Solo ocurrirá si arreglamos nuestra política.

Una política mejor no significa que tengamos que estar de acuerdo en todo. Este es un país grande, con diferentes regiones, puntos de vista e intereses. Esa es también una de nuestras fortalezas. Nuestros fundadores repartieron el poder entre los estados y los distintas ramas del gobierno, y contaron con que discutiríamos, justo igual que hicieron ellos, sobre el tamaño y la forma del gobierno, sobre el comercio y las relaciones con el extranjero, sobre el significado de la libertad y los imperativos de la seguridad.

Pero la democracia sí necesita unos lazos básicos de confianza entre sus ciudadanos. No funciona si creemos que la gente que no está de acuerdo con nosotros está motivada por la malicia, o que nuestros oponentes políticos son antipatriotas. La democracia deja de funcionar si no estamos dispuestos a llegar a un compromiso; o incluso cuando se debatan hechos básicos escuchamos solo a quienes están de acuerdo con nosotros. Nuestra vida pública se marchita cuando solo reciben atención las opiniones más extremas. Ante todo, la democracia deja de funcionar cuando las personas sienten que sus opiniones no son importantes; que el sistema está amañado a favor de los ricos y poderosos o de algún interés específico.

Demasiados estadounidenses se sienten así ahora mismo. Es una de las pocas cosas que lamento sobre mi mandato; que el rencor y la sospecha entre los partidos ha empeorado en lugar de mejorar. No hay duda de que un presidente con los dones de Lincoln o Roosevelt tal vez hubiera conseguido cerrar la brecha que nos divide, y les aseguro que seguiré intentando ser mejor mientras ocupe mi cargo.

Pero, queridos conciudadanos, esa no puede ser responsabilidad solo mía, ni la de ningún presidente. Hay mucha gente en esta cámara que querría ver más cooperación, un debate más elevado en Washington, pero se sienten atrapados por la presión de verse reelegidos. Lo sé, ustedes me lo han dicho. Y si queremos que la política mejore, no valdrá solo con cambiar a un congresista o a un senador, o incluso a un presidente; tenemos que cambiar el sistema y mostrar nuestro lado más positivo.

Tenemos que dejar de dibujar nuestros distritos del congreso para que los políticos puedan elegir a sus votantes y no al revés. Tenemos que reducir la influencia del dinero en nuestra política, para evitar que un pequeño número de familias e intereses ocultos financien nuestras elecciones, y si nuestro enfoque actual hacia la financiación electoral no llega a aprobarse en los tribunales, tenemos que trabajar juntos para encontrar una solución real. Tenemos que simplificar el proceso de voto, no hacerlo más difícil, y modernizarlo para que concuerde con nuestra forma actual de vivir. Y a lo largo del año, tengo la intención de viajar por todo el país para impulsar las reformas que lo hacen.

Pero no puedo hacer estas cosas yo solo. Los cambios en nuestro proceso político, y no solo en quién sale elegido sino en cómo lo hacen, solo ocurrirán cuando el pueblo estadounidense lo exija. Dependerá de ustedes. Eso es lo que significa un gobierno de, por y para el pueblo.

Lo que les estoy pidiendo es difícil. Es más fácil ser cínicos; aceptar que el cambio no es posible, que no hay esperanza en la política y creer que nuestras voces y acciones no importan. Pero si nos rendimos ahora, cedemos un futuro mejor. Aquellos con dinero y poder ganarán más control sobre las decisiones que podrían mandar a un joven soldado a la guerra, o dejar que ocurra otro desastre económico, o perder los derechos de igualdad y los derechos de voto que generaciones de estadounidenses han conseguido con su lucha e incluso con sus vidas. A medida que aumente la frustración habrá voces que nos pedirán que nos refugiemos en nuestras tribus, que otros conciudadanos sean el chivo expiatorio, un grupo que no se parezca a nosotros, o que no rece como nosotros, o que no vote como nosotros ni comparta los mismos orígenes.

No podemos permitirnos elegir ese camino. No nos dará la economía que queremos, ni la seguridad que buscamos, pero sobre todo contradice todo lo que nos define como la envidia del mundo.
Entonces, queridos conciudadanos, sean cuales sean sus creencias, ya sea que prefieren un partido o ninguno, nuestro futuro colectivo depende de que estén dispuestos a ejercer sus obligaciones como ciudadanos. A votar. A levantar la voz. A alzarse en defensa de otros, sobre todo de los más débiles, sobre todo de los más vulnerables, sabiendo que todos estamos aquí solo porque alguien, en algún lugar, se alzó para defendernos a nosotros. Permanecer activos en nuestra vida pública para que refleje la bondad, la decencia y el optimismo que veo en el pueblo estadounidense cada día.

No va a ser fácil. Nuestra marca de democracia es difícil. Pero les puedo prometer que dentro de un año, cuando ya no ocupe este cargo, estaré a su lado como ciudadano, inspirado por las voces de la justicia y la visión, de la determinación y el buen humor y la bondad que ha ayudado a Estados Unidos a llegar tan lejos. Voces que nos ayudan a vernos no primero y ante todo como negros o blancos, asiáticos o latinos, homosexuales o heterosexuales, inmigrantes o nacidos aquí; no como demócratas o republicanos, sino primero como estadounidenses, unidos por un credo común. Voces que el Dr. King creyó que tendrían la última palabra; las voces de la verdad desarmada y del amor incondicional.

Esas voces están ahí afuera. No reciben mucha atención, ni siquiera la buscan, pero están ocupados haciendo el trabajo que se necesita hacer en este país.

Las veo en todos los lugares que visito en este país increíble que compartimos. Los veo a ustedes. Sé que están ahí. Ustedes son el motivo por el que confío tanto en nuestro futuro. Porque veo su ciudadanía callada y resistente en todas partes.

Lo veo en el trabajador en la línea de montaje que hizo turnos extra para que su compañía siguiera abierta, y en el jefe que le sube el salario para que siga trabajando para él.

Lo veo en la soñadora que se queda despierta más tarde para terminar su proyecto de ciencias, y en la maestra que llega pronto al trabajo porque sabe que algún día tal vez cure una enfermedad.

Lo veo en el estadounidense que cumplió una condena y que sueña con empezar de nuevo, y en el propietario de un negocio que le da esa segunda oportunidad. El activista empeñado en demostrar que la justicia importa, y el joven policía que hace sus rondas, que trata a todos con respeto, que hace el trabajo valiente y callado de mantenernos seguros.

Lo veo en el soldado que da casi todo por salvar a sus hermanos, la enfermera que le atiende hasta que pueda correr una maratón y la comunidad que sale a la calle a darle ánimos.

Es el hijo que encuentra el valor para ser quien es y el padre que siente tanto amor por su hijo que le ayuda a corregir todo lo que le habían enseñado.

Lo veo en la señora mayor que esperará en fila para votar el tiempo que sea necesario; el nuevo ciudadano que vota por primera vez; los voluntarios en las urnas que creen que cada voto debería contar, porque cada uno de ellos sabe de una manera u otra lo preciado que es ese derecho.

Ese es el Estados Unidos que yo conozco. Ese es el país que todos amamos. Con la mirada perspicaz. Con el corazón grande. Con el optimismo de que la verdad desarmada y el amor incondicional tendrán la última palabra. Eso es lo que me hace tener tanta esperanza en nuestro futuro. Por ustedes. Creo en ustedes. Por eso puedo ponerme aquí de pie, con la confianza de que el Estado de la Unión es fuerte.

Gracias, que Dios los bendiga y que Dios bendiga a Estados Unidos de América.

InfoBae

Discurso original completo:

Mr. Speaker, Mr. Vice President, Members of Congress, my fellow Americans:

Tonight marks the eighth year I’ve come here to report on the State of the Union. And for this final one, I’m going to try to make it shorter. I know some of you are antsy to get back to Iowa.

I also understand that because it’s an election season, expectations for what we’ll achieve this year are low. Still, Mr. Speaker, I appreciate the constructive approach you and the other leaders took at the end of last year to pass a budget and make tax cuts permanent for working families. So I hope we can work together this year on bipartisan priorities like criminal justice reform, and helping people who are battling prescription drug abuse. We just might surprise the cynics again.

But tonight, I want to go easy on the traditional list of proposals for the year ahead. Don’t worry, I’ve got plenty, from helping students learn to write computer code to personalizing medical treatments for patients. And I’ll keep pushing for progress on the work that still needs doing. Fixing a broken immigration system. Protecting our kids from gun violence. Equal pay for equal work, paid leave, raising the minimum wage. All these things still matter to hardworking families; they are still the right thing to do; and I will not let up until they get done.

But for my final address to this chamber, I don’t want to talk just about the next year. I want to focus on the next five years, ten years, and beyond.

I want to focus on our future.

We live in a time of extraordinary change — change that’s reshaping the way we live, the way we work, our planet and our place in the world. It’s change that promises amazing medical breakthroughs, but also economic disruptions that strain working families. It promises education for girls in the most remote villages, but also connects terrorists plotting an ocean away. It’s change that can broaden opportunity, or widen inequality. And whether we like it or not, the pace of this change will only accelerate.

America has been through big changes before — wars and depression, the influx of immigrants, workers fighting for a fair deal, and movements to expand civil rights. Each time, there have been those who told us to fear the future; who claimed we could slam the brakes on change, promising to restore past glory if we just got some group or idea that was threatening America under control. And each time, we overcame those fears. We did not, in the words of Lincoln, adhere to the “dogmas of the quiet past.” Instead we thought anew, and acted anew. We made change work for us, always extending America’s promise outward, to the next frontier, to more and more people. And because we did — because we saw opportunity where others saw only peril — we emerged stronger and better than before.

What was true then can be true now. Our unique strengths as a nation — our optimism and work ethic, our spirit of discovery and innovation, our diversity and commitment to the rule of law — these things give us everything we need to ensure prosperity and security for generations to come.

In fact, it’s that spirit that made the progress of these past seven years possible. It’s how we recovered from the worst economic crisis in generations. It’s how we reformed our health care system, and reinvented our energy sector; how we delivered more care and benefits to our troops and veterans, and how we secured the freedom in every state to marry the person we love.

But such progress is not inevitable. It is the result of choices we make together. And we face such choices right now. Will we respond to the changes of our time with fear, turning inward as a nation, and turning against each other as a people? Or will we face the future with confidence in who we are, what we stand for, and the incredible things we can do together?

So let’s talk about the future, and four big questions that we as a country have to answer — regardless of who the next President is, or who controls the next Congress.
First, how do we give everyone a fair shot at opportunity and security in this new economy?
Second, how do we make technology work for us, and not against us — especially when it comes to solving urgent challenges like climate change?
Third, how do we keep America safe and lead the world without becoming its policeman?
And finally, how can we make our politics reflect what’s best in us, and not what’s worst?

Let me start with the economy, and a basic fact: the United States of America, right now, has the strongest, most durable economy in the world. We’re in the middle of the longest streak of private-sector job creation in history. More than 14 million new jobs; the strongest two years of job growth since the ’90s; an unemployment rate cut in half. Our auto industry just had its best year ever. Manufacturing has created nearly 900,000 new jobs in the past six years. And we’ve done all this while cutting our deficits by almost three-quarters.

Anyone claiming that America’s economy is in decline is peddling fiction. What is true — and the reason that a lot of Americans feel anxious — is that the economy has been changing in profound ways, changes that started long before the Great Recession hit and haven’t let up. Today, technology doesn’t just replace jobs on the assembly line, but any job where work can be automated. Companies in a global economy can locate anywhere, and face tougher competition. As a result, workers have less leverage for a raise. Companies have less loyalty to their communities. And more and more wealth and income is concentrated at the very top.

All these trends have squeezed workers, even when they have jobs; even when the economy is growing. It’s made it harder for a hardworking family to pull itself out of poverty, harder for young people to start on their careers, and tougher for workers to retire when they want to. And although none of these trends are unique to America, they do offend our uniquely American belief that everybody who works hard should get a fair shot.

For the past seven years, our goal has been a growing economy that works better for everybody. We’ve made progress. But we need to make more. And despite all the political arguments we’ve had these past few years, there are some areas where Americans broadly agree.

We agree that real opportunity requires every American to get the education and training they need to land a good-paying job. The bipartisan reform of No Child Left Behind was an important start, and together, we’ve increased early childhood education, lifted high school graduation rates to new highs, and boosted graduates in fields like engineering. In the coming years, we should build on that progress, by providing Pre-K for all, offering every student the hands-on computer science and math classes that make them job-ready on day one, and we should recruit and support more great teachers for our kids.

And we have to make college affordable for every American. Because no hardworking student should be stuck in the red. We’ve already reduced student loan payments to ten percent of a borrower’s income. Now, we’ve actually got to cut the cost of college. Providing two years of community college at no cost for every responsible student is one of the best ways to do that, and I’m going to keep fighting to get that started this year.

Of course, a great education isn’t all we need in this new economy. We also need benefits and protections that provide a basic measure of security. After all, it’s not much of a stretch to say that some of the only people in America who are going to work the same job, in the same place, with a health and retirement package, for 30 years, are sitting in this chamber. For everyone else, especially folks in their forties and fifties, saving for retirement or bouncing back from job loss has gotten a lot tougher. Americans understand that at some point in their careers, they may have to retool and retrain. But they shouldn’t lose what they’ve already worked so hard to build.

That’s why Social Security and Medicare are more important than ever; we shouldn’t weaken them, we should strengthen them. And for Americans short of retirement, basic benefits should be just as mobile as everything else is today. That’s what the Affordable Care Act is all about. It’s about filling the gaps in employer-based care so that when we lose a job, or go back to school, or start that new business, we’ll still have coverage. Nearly eighteen million have gained coverage so far. Health care inflation has slowed. And our businesses have created jobs every single month since it became law.

Now, I’m guessing we won’t agree on health care anytime soon. But there should be other ways both parties can improve economic security. Say a hardworking American loses his job — we shouldn’t just make sure he can get unemployment insurance; we should make sure that program encourages him to retrain for a business that’s ready to hire him. If that new job doesn’t pay as much, there should be a system of wage insurance in place so that he can still pay his bills. And even if he’s going from job to job, he should still be able to save for retirement and take his savings with him. That’s the way we make the new economy work better for everyone.

I also know Speaker Ryan has talked about his interest in tackling poverty. America is about giving everybody willing to work a hand up, and I’d welcome a serious discussion about strategies we can all support, like expanding tax cuts for low-income workers without kids.

But there are other areas where it’s been more difficult to find agreement over the last seven years — namely what role the government should play in making sure the system’s not rigged in favor of the wealthiest and biggest corporations. And here, the American people have a choice to make.

I believe a thriving private sector is the lifeblood of our economy. I think there are outdated regulations that need to be changed, and there’s red tape that needs to be cut. But after years of record corporate profits, working families won’t get more opportunity or bigger paychecks by letting big banks or big oil or hedge funds make their own rules at the expense of everyone else; or by allowing attacks on collective bargaining to go unanswered. Food Stamp recipients didn’t cause the financial crisis; recklessness on Wall Street did. Immigrants aren’t the reason wages haven’t gone up enough; those decisions are made in the boardrooms that too often put quarterly earnings over long-term returns. It’s sure not the average family watching tonight that avoids paying taxes through offshore accounts. In this new economy, workers and start-ups and small businesses need more of a voice, not less. The rules should work for them. And this year I plan to lift up the many businesses who’ve figured out that doing right by their workers ends up being good for their shareholders, their customers, and their communities, so that we can spread those best practices across America.

In fact, many of our best corporate citizens are also our most creative. This brings me to the second big question we have to answer as a country: how do we reignite that spirit of innovation to meet our biggest challenges?

Sixty years ago, when the Russians beat us into space, we didn’t deny Sputnik was up there. We didn’t argue about the science, or shrink our research and development budget. We built a space program almost overnight, and twelve years later, we were walking on the moon.

That spirit of discovery is in our DNA. We’re Thomas Edison and the Wright Brothers and George Washington Carver. We’re Grace Hopper and Katherine Johnson and Sally Ride. We’re every immigrant and entrepreneur from Boston to Austin to Silicon Valley racing to shape a better world. And over the past seven years, we’ve nurtured that spirit.

We’ve protected an open internet, and taken bold new steps to get more students and low-income Americans online. We’ve launched next-generation manufacturing hubs, and online tools that give an entrepreneur everything he or she needs to start a business in a single day.

But we can do so much more. Last year, Vice President Biden said that with a new moonshot, America can cure cancer. Last month, he worked with this Congress to give scientists at the National Institutes of Health the strongest resources they’ve had in over a decade. Tonight, I’m announcing a new national effort to get it done. And because he’s gone to the mat for all of us, on so many issues over the past forty years, I’m putting Joe in charge of Mission Control. For the loved ones we’ve all lost, for the family we can still save, let’s make America the country that cures cancer once and for all.

Medical research is critical. We need the same level of commitment when it comes to developing clean energy sources.

Look, if anybody still wants to dispute the science around climate change, have at it. You’ll be pretty lonely, because you’ll be debating our military, most of America’s business leaders, the majority of the American people, almost the entire scientific community, and 200 nations around the world who agree it’s a problem and intend to solve it.

But even if the planet wasn’t at stake; even if 2014 wasn’t the warmest year on record — until 2015 turned out even hotter — why would we want to pass up the chance for American businesses to produce and sell the energy of the future?

Seven years ago, we made the single biggest investment in clean energy in our history. Here are the results. In fields from Iowa to Texas, wind power is now cheaper than dirtier, conventional power. On rooftops from Arizona to New York, solar is saving Americans tens of millions of dollars a year on their energy bills, and employs more Americans than coal — in jobs that pay better than average. We’re taking steps to give homeowners the freedom to generate and store their own energy — something environmentalists and Tea Partiers have teamed up to support. Meanwhile, we’ve cut our imports of foreign oil by nearly sixty percent, and cut carbon pollution more than any other country on Earth.

Gas under two bucks a gallon ain’t bad, either.

Now we’ve got to accelerate the transition away from dirty energy. Rather than subsidize the past, we should invest in the future — especially in communities that rely on fossil fuels. That’s why I’m going to push to change the way we manage our oil and coal resources, so that they better reflect the costs they impose on taxpayers and our planet. That way, we put money back into those communities and put tens of thousands of Americans to work building a 21st century transportation system.

None of this will happen overnight, and yes, there are plenty of entrenched interests who want to protect the status quo. But the jobs we’ll create, the money we’ll save, and the planet we’ll preserve — that’s the kind of future our kids and grandkids deserve.

Climate change is just one of many issues where our security is linked to the rest of the world. And that’s why the third big question we have to answer is how to keep America safe and strong without either isolating ourselves or trying to nation-build everywhere there’s a problem.

I told you earlier all the talk of America’s economic decline is political hot air. Well, so is all the rhetoric you hear about our enemies getting stronger and America getting weaker. The United States of America is the most powerful nation on Earth. Period. It’s not even close. We spend more on our military than the next eight nations combined. Our troops are the finest fighting force in the history of the world. No nation dares to attack us or our allies because they know that’s the path to ruin. Surveys show our standing around the world is higher than when I was elected to this office, and when it comes to every important international issue, people of the world do not look to Beijing or Moscow to lead — they call us.

As someone who begins every day with an intelligence briefing, I know this is a dangerous time. But that’s not because of diminished American strength or some looming superpower. In today’s world, we’re threatened less by evil empires and more by failing states. The Middle East is going through a transformation that will play out for a generation, rooted in conflicts that date back millennia. Economic headwinds blow from a Chinese economy in transition. Even as their economy contracts, Russia is pouring resources to prop up Ukraine and Syria — states they see slipping away from their orbit. And the international system we built after World War II is now struggling to keep pace with this new reality.

It’s up to us to help remake that system. And that means we have to set priorities.

Priority number one is protecting the American people and going after terrorist networks. Both al Qaeda and now ISIL pose a direct threat to our people, because in today’s world, even a handful of terrorists who place no value on human life, including their own, can do a lot of damage. They use the Internet to poison the minds of individuals inside our country; they undermine our allies.

But as we focus on destroying ISIL, over-the-top claims that this is World War III just play into their hands. Masses of fighters on the back of pickup trucks and twisted souls plotting in apartments or garages pose an enormous danger to civilians and must be stopped. But they do not threaten our national existence. That’s the story ISIL wants to tell; that’s the kind of propaganda they use to recruit. We don’t need to build them up to show that we’re serious, nor do we need to push away vital allies in this fight by echoing the lie that ISIL is representative of one of the world’s largest religions. We just need to call them what they are — killers and fanatics who have to be rooted out, hunted down, and destroyed.

That’s exactly what we are doing. For more than a year, America has led a coalition of more than 60 countries to cut off ISIL’s financing, disrupt their plots, stop the flow of terrorist fighters, and stamp out their vicious ideology. With nearly 10,000 air strikes, we are taking out their leadership, their oil, their training camps, and their weapons. We are training, arming, and supporting forces who are steadily reclaiming territory in Iraq and Syria.

If this Congress is serious about winning this war, and wants to send a message to our troops and the world, you should finally authorize the use of military force against ISIL. Take a vote. But the American people should know that with or without Congressional action, ISIL will learn the same lessons as terrorists before them. If you doubt America’s commitment — or mine — to see that justice is done, ask Osama bin Laden. Ask the leader of al Qaeda in Yemen, who was taken out last year, or the perpetrator of the Benghazi attacks, who sits in a prison cell. When you come after Americans, we go after you. It may take time, but we have long memories, and our reach has no limit.

Our foreign policy must be focused on the threat from ISIL and al Qaeda, but it can’t stop there. For even without ISIL, instability will continue for decades in many parts of the world — in the Middle East, in Afghanistan and Pakistan, in parts of Central America, Africa and Asia. Some of these places may become safe havens for new terrorist networks; others will fall victim to ethnic conflict, or famine, feeding the next wave of refugees. The world will look to us to help solve these problems, and our answer needs to be more than tough talk or calls to carpet bomb civilians. That may work as a TV sound bite, but it doesn’t pass muster on the world stage.

We also can’t try to take over and rebuild every country that falls into crisis. That’s not leadership; that’s a recipe for quagmire, spilling American blood and treasure that ultimately weakens us. It’s the lesson of Vietnam, of Iraq — and we should have learned it by now.

Fortunately, there’s a smarter approach, a patient and disciplined strategy that uses every element of our national power. It says America will always act, alone if necessary, to protect our people and our allies; but on issues of global concern, we will mobilize the world to work with us, and make sure other countries pull their own weight.

That’s our approach to conflicts like Syria, where we’re partnering with local forces and leading international efforts to help that broken society pursue a lasting peace.

That’s why we built a global coalition, with sanctions and principled diplomacy, to prevent a nuclear-armed Iran. As we speak, Iran has rolled back its nuclear program, shipped out its uranium stockpile, and the world has avoided another war.

That’s how we stopped the spread of Ebola in West Africa. Our military, our doctors, and our development workers set up the platform that allowed other countries to join us in stamping out that epidemic.

That’s how we forged a Trans-Pacific Partnership to open markets, protect workers and the environment, and advance American leadership in Asia. It cuts 18,000 taxes on products Made in America, and supports more good jobs. With TPP, China doesn’t set the rules in that region, we do. You want to show our strength in this century? Approve this agreement. Give us the tools to enforce it.

Fifty years of isolating Cuba had failed to promote democracy, setting us back in Latin America. That’s why we restored diplomatic relations, opened the door to travel and commerce, and positioned ourselves to improve the lives of the Cuban people. You want to consolidate our leadership and credibility in the hemisphere? Recognize that the Cold War is over. Lift the embargo.

American leadership in the 21st century is not a choice between ignoring the rest of the world — except when we kill terrorists; or occupying and rebuilding whatever society is unraveling. Leadership means a wise application of military power, and rallying the world behind causes that are right. It means seeing our foreign assistance as part of our national security, not charity. When we lead nearly 200 nations to the most ambitious agreement in history to fight climate change — that helps vulnerable countries, but it also protects our children. When we help Ukraine defend its democracy, or Colombia resolve a decades-long war, that strengthens the international order we depend upon. When we help African countries feed their people and care for the sick, that prevents the next pandemic from reaching our shores. Right now, we are on track to end the scourge of HIV/AIDS, and we have the capacity to accomplish the same thing with malaria — something I’ll be pushing this Congress to fund this year.

That’s strength. That’s leadership. And that kind of leadership depends on the power of our example. That is why I will keep working to shut down the prison at Guantanamo: it’s expensive, it’s unnecessary, and it only serves as a recruitment brochure for our enemies.

That’s why we need to reject any politics that targets people because of race or religion. This isn’t a matter of political correctness. It’s a matter of understanding what makes us strong. The world respects us not just for our arsenal; it respects us for our diversity and our openness and the way we respect every faith. His Holiness, Pope Francis, told this body from the very spot I stand tonight that “to imitate the hatred and violence of tyrants and murderers is the best way to take their place.” When politicians insult Muslims, when a mosque is vandalized, or a kid bullied, that doesn’t make us safer. That’s not telling it like it is. It’s just wrong. It diminishes us in the eyes of the world. It makes it harder to achieve our goals. And it betrays who we are as a country.

“We the People.”

Our Constitution begins with those three simple words, words we’ve come to recognize mean all the people, not just some; words that insist we rise and fall together. That brings me to the fourth, and maybe the most important thing I want to say tonight.

The future we want — opportunity and security for our families; a rising standard of living and a sustainable, peaceful planet for our kids — all that is within our reach. But it will only happen if we work together. It will only happen if we can have rational, constructive debates.

It will only happen if we fix our politics.

A better politics doesn’t mean we have to agree on everything. This is a big country, with different regions and attitudes and interests. That’s one of our strengths, too. Our Founders distributed power between states and branches of government, and expected us to argue, just as they did, over the size and shape of government, over commerce and foreign relations, over the meaning of liberty and the imperatives of security.

But democracy does require basic bonds of trust between its citizens. It doesn’t work if we think the people who disagree with us are all motivated by malice, or that our political opponents are unpatriotic. Democracy grinds to a halt without a willingness to compromise; or when even basic facts are contested, and we listen only to those who agree with us. Our public life withers when only the most extreme voices get attention. Most of all, democracy breaks down when the average person feels their voice doesn’t matter; that the system is rigged in favor of the rich or the powerful or some narrow interest.

Too many Americans feel that way right now. It’s one of the few regrets of my presidency — that the rancor and suspicion between the parties has gotten worse instead of better. There’s no doubt a president with the gifts of Lincoln or Roosevelt might have better bridged the divide, and I guarantee I’ll keep trying to be better so long as I hold this office.

But, my fellow Americans, this cannot be my task — or any President’s — alone. There are a whole lot of folks in this chamber who would like to see more cooperation, a more elevated debate in Washington, but feel trapped by the demands of getting elected. I know; you’ve told me. And if we want a better politics, it’s not enough to just change a Congressman or a Senator or even a President; we have to change the system to reflect our better selves.

We have to end the practice of drawing our congressional districts so that politicians can pick their voters, and not the other way around. We have to reduce the influence of money in our politics, so that a handful of families and hidden interests can’t bankroll our elections — and if our existing approach to campaign finance can’t pass muster in the courts, we need to work together to find a real solution. We’ve got to make voting easier, not harder, and modernize it for the way we live now. And over the course of this year, I intend to travel the country to push for reforms that do.

But I can’t do these things on my own. Changes in our political process — in not just who gets elected but how they get elected — that will only happen when the American people demand it. It will depend on you. That’s what’s meant by a government of, by, and for the people.

What I’m asking for is hard. It’s easier to be cynical; to accept that change isn’t possible, and politics is hopeless, and to believe that our voices and actions don’t matter. But if we give up now, then we forsake a better future. Those with money and power will gain greater control over the decisions that could send a young soldier to war, or allow another economic disaster, or roll back the equal rights and voting rights that generations of Americans have fought, even died, to secure. As frustration grows, there will be voices urging us to fall back into tribes, to scapegoat fellow citizens who don’t look like us, or pray like us, or vote like we do, or share the same background.

We can’t afford to go down that path. It won’t deliver the economy we want, or the security we want, but most of all, it contradicts everything that makes us the envy of the world.

So, my fellow Americans, whatever you may believe, whether you prefer one party or no party, our collective future depends on your willingness to uphold your obligations as a citizen. To vote. To speak out. To stand up for others, especially the weak, especially the vulnerable, knowing that each of us is only here because somebody, somewhere, stood up for us. To stay active in our public life so it reflects the goodness and decency and optimism that I see in the American people every single day.

It won’t be easy. Our brand of democracy is hard. But I can promise that a year from now, when I no longer hold this office, I’ll be right there with you as a citizen — inspired by those voices of fairness and vision, of grit and good humor and kindness that have helped America travel so far. Voices that help us see ourselves not first and foremost as black or white or Asian or Latino, not as gay or straight, immigrant or native born; not as Democrats or Republicans, but as Americans first, bound by a common creed. Voices Dr. King believed would have the final word — voices of unarmed truth and unconditional love.

They’re out there, those voices. They don’t get a lot of attention, nor do they seek it, but they are busy doing the work this country needs doing.

I see them everywhere I travel in this incredible country of ours. I see you. I know you’re there. You’re the reason why I have such incredible confidence in our future. Because I see your quiet, sturdy citizenship all the time.

I see it in the worker on the assembly line who clocked extra shifts to keep his company open, and the boss who pays him higher wages to keep him on board.

I see it in the Dreamer who stays up late to finish her science project, and the teacher who comes in early because he knows she might someday cure a disease.

I see it in the American who served his time, and dreams of starting over — and the business owner who gives him that second chance. The protester determined to prove that justice matters, and the young cop walking the beat, treating everybody with respect, doing the brave, quiet work of keeping us safe.

I see it in the soldier who gives almost everything to save his brothers, the nurse who tends to him ’til he can run a marathon, and the community that lines up to cheer him on.

It’s the son who finds the courage to come out as who he is, and the father whose love for that son overrides everything he’s been taught.

I see it in the elderly woman who will wait in line to cast her vote as long as she has to; the new citizen who casts his for the first time; the volunteers at the polls who believe every vote should count, because each of them in different ways know how much that precious right is worth.

That’s the America I know. That’s the country we love. Clear-eyed. Big-hearted. Optimistic that unarmed truth and unconditional love will have the final word. That’s what makes me so hopeful about our future. Because of you. I believe in you. That’s why I stand here confident that the State of our Union is strong.

Thank you, God bless you, and God bless the United States of America.

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