NODAL entrevistó en exclusiva al historiador argentino Federico Lorenz, nuevo director del Museo Islas Malvinas e Islas del Atlántico Sur. En la entrevista, el especialista repasa diversos temas que atañen a las islas sureñas tales como el reclamo argentino por la soberanía, la memoria de la guerra, los apoyos regionales a la nación suramericana y la potencialidad del Museo que conduce.

¿Qué significa en su opinión la mención –fuertemente señalada en los últimos tiempos- sobre Malvinas como política de Estado? ¿De qué modo cree usted que eso debe ser expresado en un espacio como el Museo Malvinas?

Malvinas como “política de Estado” significa, en primer lugar, el hecho de que es un objetivo de la política exterior la satisfacción del reclamo argentino sobre las Islas Malvinas por la vía diplomática y pacífica, respetando los intereses de sus habitantes. De ese objetivo se desprenden acciones que tienen que ver con las distintas áreas de gobierno: educación, defensa, cultura, etcétera.

En ese sentido, entonces, el Museo es un lugar que actúa como la caja de resonancia de esas acciones, y que a la vez, por su especificidad, contribuye a profundizar la apropiación de un tema de importancia nacional por parte de quienes visiten el espacio, fundamentalmente los compatriotas, pero no de manera excluyente.

Desde su creación el Museo Malvinas fue concebido desde una perspectiva de derechos humanos, en relación una búsqueda por recuperar las historias y las memorias sobre Malvinas, las distintas y polisémicas expresiones político culturales en torno a esta causa en el tiempo, en cuanto a ubicar la guerra de Malvinas en el contexto de la última dictadura cívico-militar o en relación al reconocimiento a los excombatientes y las denuncias sobre abusos a los derechos humanos: ¿Cómo entiende el necesario diálogo –dado el lugar donde el museo se encuentra emplazado (Ex Esma)- entre el Museo Malvinas y los distintos organismo de Derechos Humanos?

Muchos trabajamos desde hace años precisamente para lograr ese diálogo. Como historiador, viví en soledad la cuestión de meter “un tema de los militares” en las discusiones sobre el pasado reciente, más pregnado por cuestiones como el terrorismo de Estado o las desapariciones. La cerrazón a pensar así ese período, desde la perspectiva de “los derechos humanos”, por ejemplo, hizo que solo de manera reciente se estimulara sistemáticamente desde el Estado que quienes habían hecho el servicio militar obligatorio durante la dictadura se presentaran a declarar. Conozco bien esas tensiones. Soy un convencido de que hay que trabajar mucho para alcanzar algunas síntesis (no en términos de verdad única, sino de miradas más generales emergentes de esos cruces sobre la época).

Con sinceridad, pienso que en el Museo conviven una mirada no tan polisémica sobre la “causa nacional de Malvinas” con un aspecto más moderno, que es pensar la guerra de 1982 en el contexto de la dictadura que la produjo. Asimismo, también es cierto que hay que pensar que ubicar el conflicto bélico en el marco del gobierno de facto no tiene que hacernos desconocer que esa es una clave en la cual no todos los actores vivieron esa experiencia. De allí que puntualmente en cuanto a la guerra, el hecho de que el Museo esté emplazado en el lugar donde funcionó uno de los mayores campos de exterminio que nuestra sociedad construyó para disciplinarse –junto a La Perla y Campo de Mayo- es alentador si estamos dispuestos a reflexionar sobre los cruces complejos entre ambas experiencias, la guerra y la represión ilegal, entendiendo que cada una tiene su especificidad.

El reconocimiento a los ex combatientes y veteranos de guerra incluye también pensar que muchos de ellos valoran positivamente su experiencia en las islas, aún a pesar de las pésimas condiciones en las que fueron enviados a combatir. El Museo tiene que ser capaz de mostrar esa complejidad.

Hay además un eje importante que hay que pensar también, y que tiene que ver con los vínculos entre “los ddhh” y “Malvinas”: globalmente, cerca del 80% de los combatientes en Malvinas fueron soldados conscriptos, hijos del pueblo cumpliendo un deber cívico. Es revelador de las dificultades para pensar el tema Malvinas que incluso desde los movimientos de izquierda y populares esa condición haya sigo englobada en que “era un tema de los militares”, que señalaba al principio. Pero a partir de ese reconocimiento, viene la segunda parte, y es que no vivieron necesariamente sus días de guerra como quienes escribieron sobre ellos quisieron creer que los vivieron. Hay un gran y promisorio campo a explorar aquí y el Museo tiene una gran responsabilidad al respecto.

El Museo Malvinas –tal como se encuentra hoy- no es un museo sobre la guerra de Malvinas, dado que el mismo repasa casi cinco siglos de historia –en los cuales la guerra se intenta presentar como uno de sus momentos más dramáticos y significativos. Usted, ha planteado que estos distintos momentos que presenta su guión carecen de diálogo entre sí, o que parecieran descompensados. ¿De qué modo considera que deben compensarse los mismos y cuál cree que es el lugar que la guerra debiera tener?

Sobre la guerra, me remito al punto anterior y agrego que es un episodio, aunque dramático y cercano, en un proceso multisecular. El peso experiencial cercano que tiene desdibuja esa condición. De allí que es verdad que el Museo repasa cinco siglos de historia, pero con una mirada única y fuertemente atada a la historia diplomática: no presta tanta atención a cuestiones más globales, o de historia social. Entonces, si bien “conviven” físicamente en el Museo Vernet y Galtieri, por decir algo, lo cierto es que no se ofrecen tantos elementos para pensar que nos dice Malvinas sobre la historia argentina, y a la vez, que lugar ocupa Malvinas en la historia regional. Si te fijás, Malvinas está construida como “un pedazo que nos falta”, y eso simbólicamente es desconocer procesos de ocupación, movimientos de personas, etc.

No se trata de desdramatizar la guerra, o negar el peso que tiene en muchos de nosotros. Se trata de que con un guión más denso y no tan cerrado (que formule preguntas tanto como ofrece “respuestas”) estaríamos construyendo una historia más densa y aprehensible desde las distintas realidades de nuestro país.

En los últimos días, algunas compañías petroleras han manifestado avances sobre la potencial extracción de petróleo en el archipiélago: ¿cree que el museo debe darle un lugar significativo a este tema, al mismo tiempo que denunciar la pesca ilegal y la militarización en Malvinas?

El Museo tiene que ser un lugar donde por la información brindada y las discusiones que armemos se tome conciencia de la depredación unilateral e ilegal que producen esas empresas, así como la militarización que, favorecidos por su victoria militar en 1982, despliegan desde entonces los británicos. Pienso que ese es el mecanismo de denuncia más efectivo, que las personas se apropien de los temas. Hay instancias específicas del Estado que luego canalizan dicha denuncia y protesta, pero el punto es construir sentido a esas acciones estatales, y este se lo da el hecho de que sean vividas como propias por los ciudadanos.

¿De qué modo el museo debería concientizar sobre la proyección que Malvinas tiene sobre la reserva de agua más importante del planeta que, entre otras cosas, significa la Antártida?

Me remito a la respuesta anterior.

¿Qué lugar considera deben tener los ex combatientes de Malvinas, inclusive aquellos que reivindican la guerra de 1982?

Yo no usaría el “inclusive”. Los ex combatientes y veteranos de guerra fueron protagonistas centrales del conflicto bélico de 1982, que es uno de los ejes del guion museográfico. Fueron soldados, suboficiales y oficiales. Algunos reivindican su paso por la guerra, otros no. Algunos de ellos impulsan denuncias por malos tratos de sus jefes en las islas, otros reivindican a sus oficiales. Hubo jefes dignos e indignos, soldados dignos e indignos, valientes y cobardes, solidarios y egoístas. Soldados que habían pedido prórroga para terminar la universidad y analfabetos, porteños y chaqueños, militantes y no militantes, con novia y sin novia… pero todos estuvieron atravesados por la guerra, y desde esa complejidad de variables la vivieron y la recuerdan.

Respetar esa diversidad y mostrarla con la mayor complejidad posible es tarea central del Museo. Y esas experiencias han hecho que se relacionen de un modo u otro con el Museo, que lo sientan como propio o no. Históricamente, los combatientes en Malvinas se han organizado de diferentes formas, se han relacionado con el estado y con los gobiernos de diferentes maneras. Como en otros espacios de la vida pública argentina, han surgido divergencias, algunas muy importantes, entre ellos. El Museo tiene que estar por encima de esas diferencias; es un museo nacional y federal. Considero que esto no ha sido tramitado de manera adecuada hasta ahora. Muchas agrupaciones se sintieron ignoradas o raleadas por la gestión anterior. Esto deber ser reparado.

Dicho esto, recalco que el Museo no es un órgano de expresión de los ex combatientes o veteranos de guerra, sino que es un espacio donde esperamos se reconozcan, se sientan respetados y al que aporten desde sus lugares específicos.

En los últimos años, la cuestión Malvinas ha conseguido significativos apoyos regionales, por lo que se empezó a caracterizar la cuestión Malvinas, además de como una causa nacional, como causa regional, como el principal problema de soberanía de América del Sur, fundamentalmente desde organismos como Mercosur, Unasur, Celac. Usted en algunas entrevistas ha señalado la necesidad de, en cuanto a lo que al Museo Malvinas respecta, poner el foco en lo regional. En ese sentido, ¿cómo relaciona ello con este momento de la región donde se ha puesto en discusión –sobre todo luego de las últimas elecciones en Argentina y en Venezuela o las dificultades que enfrenta el gobierno de Brasil- los modos de cooperación regional de los últimos años?

Una puntualización: yo me refería a lo regional en términos de pensar a Malvinas como parte del espacio suratlántico, y pensar miradas desde la historia regional para darle más densidad al reclamo. No basta con decir “pensar Malvinas es pensar en la Antártida”, sino pensar regionalmente la historia que las vincula.
Ahora bien, yendo a los apoyos regionales, creo que mucho de esa puesta en discusión, desde quienes los impugnan, tienen que ver con su traslado a medidas prácticas además de las declaraciones. Pensar los espacios de otra manera, historizarlos con otras escalas y prioridades, puede llevar a acallar esas críticas con acciones más concretas.

¿Cuánto cree que ayudó al reclamo argentino el apoyo recibido por distintos países y organismos de la región y de otras partes del mundo como los países de África o del G77 + China?

Pienso que es una acumulación de apoyos que habrá que materializar en políticas concretas de construcción de una situación que lleve al Reino Unido a negociar.

¿Cree que el acompañamiento regional podría devenir a futuro en un tratado sobre el Atlántico sur, una suerte de Consejo Sudamericano de Defensa que, resaltando a la región como zona de paz puntualice sobre medidas más concretas relacionadas con proteger la zona, por ejemplo, de la proliferación de armamento pesado?

Eso sería lo esperable, pero precisamente, por eso, pensar la historia de Malvinas de otra manera, en un contexto más amplio, llevaría a pensar las características de ese tipo de tratados o acuerdos y políticas regionales. Los británicos actúan con impunidad básicamente porque la situación de facto de la que se benefician no puede ser contrapesada solamente con declaraciones o elementos retóricos. El desafío es precisamente ese concepto de pensar el Atlántico Sur como zona de paz y al mismo tipo desplegar acciones que disuadan a los británicos de esa política. Pero al día de hoy, parecería ser a a veces un diálogo entre actores con idiomas diferentes, y desde una posición desventajosa para la Argentina y la región.

¿Ve alguna solución al reclamo argentino en el mediano plazo?

Con sinceridad, no. El retroceso que produjo la guerra de 1982 fue formidable. Se habían logrado importantes avances en los vínculos físicos, económicos, hasta sociales con las islas. Los kelpers no existían para los británicos, y hoy el argumento que encuentran para defender su posición de fuerza es alegar que defienden el derecho de los habitantes de Malvinas a la autodeterminación. Justifican una ocupación ilegítima con un argumento que tiene un importante consenso –sin considerar si es justo o no- desde 1948 a la fecha, y que los argentinos hemos adoptado como paradigma desde 1983: los derechos humanos. Han sabido correr los argumentos desde la disputa por el territorio a la defensa de los deseos de los habitantes. El esfuerzo es demostrar lo que se oculta detrás de esa súbita preocupación por ciudadanos británicos que hasta comienzo de la década del ochenta eran para el Reino Unido ciudadanos de segunda. Los hacen además desde una posición de fuerza, que, si bien condenada regularmente en el plano diplomático, la región aún no ha podido revertir.

Esta situación nos obliga a aguzar nuestra inteligencia y nuestros recursos. El Museo puede ser el espacio donde se desarrolle parte de esa tarea.