Hoy, en Argentina, Brasil y Venezuela, el guión de la estrategia restauradora apunta a forzar la tensión institucional, la disputa entre los poderes republicanos, la intromisión en sus esferas de competencia, para provocar una ruptura que justifique acciones de fuerza e intervenciones militares. El imperialismo sigue de cerca estos ensayos.

Hace ya más de medio siglo, el historiador estadounidense Frank Tannenbaum, un intelectual estudioso de nuestros países y sus complejas realidades, llegó a la conclusión de que el hilo conductor de la historia de América Latina estaba atrevesado por la presencia permanente de las formas de dominación autoritaria, que hacían de la democracia una excepción. “Dictadores y regímenes militares, revoluciones palaciegas y golpes de Estado, violencia y dominación violenta han sido siempre una constante política en el subcontienente americano”, decía el autor de The future of democracy in Latin America(1955) y de Ten keys to Latin America (1962).

Esa excepcionalidad democrática fue tristemente confirmada en las últimas tres décadas del siglo XX, cuando dictaduras militares y gobiernos civiles al servicio del imperialismo estadounidense, en el contexto de la Guerra Fría, asumieron las doctrinas de seguridad nacional basadas en las tesis del enemigo interno y el peligro comunista, y pusieron en marcha las tácticas de guerra sucia y guerra de tierra arrasada, que dejaron como saldo miles de víctimas mortales y desaparecidos, y un brutal debilitamiento de las instituciones políticas. Ni siquiera las pretendidas transiciones democráticas, en las que muchos pueblos depositaron sus esperanzas, evitaron que las prácticas democráticas se redujeran a un ritual electoral que poca influencia tenía en el rumbo de nuestros países y en la búsqueda del bien común de nuestras sociedades.

Entrados en los años 1990, la década oprobiosa del neoliberalismo y del pensamiento único, a esa democracia se le llamó de baja intensidad: unos pocos –élites políticas, grupos económicos transnacionales, tecnócratas y políticos reciclados- decidían por el destino de muchos. No había más alternativas que los dogmas de fe económica proclamados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Y el imperio estadounidense, ahora hegemón del mundo unipolar, bendecía o rechazaba a los gobernantes de turno.

No fue sino en el ocaso de ese siglo, y a partir de una inédita articulación de resistencias de movimientos sociales, pueblos indígenas, partidos políticos y liderazgos emergentes, que América Latina se sacudió y acabó con la inercia ritualista de la democracia (neo)liberal: anquilosada e incapaz ya de responder a las demandas populares; democracia a la medida de las oligarquías, del capital extranjero y de los factores de poder de la gobernanza de la globalización.

Primero en Venezuela, Brasil y Argentina, y después en Bolivia, Ecuador y algunos países centroamericanos, los procesos políticos que abrieron el siglo XXI latinoamericano a la esperanza constituyeron, también, un avance democrático incuestionable –por más que le pese a los opinadores bienpensantes de la derecha y a los gestores de la guerra mediática- al ampliar las dimensiones simbólicas, discursivas y materiales de las prácticas y sentidos que la democracia (neo)liberal había adquirido en la región.

Quizás la vieja dominación histórica, oligárquica y capitalista, no fue derrotada todavía, y acaso falte mucho para que eso suceda finalmente. Pero las fracturas y las heridas infligidas en los últimos tres lustros por un amplio arco de fuerzas políticas y sociales, enfrascadas en en la búsqueda de alternativas de superación del neoliberalismo, no han sido menores. Por eso las derechas criollas, en su contraofensiva restauradora, se han lanzado a dentelladas para constreñir ese campo de resignificación de la democracia abierto a la disputa y a la construcción colectiva por los procesos nacional-populares y progresistas.

Hoy, en Argentina, Brasil y Venezuela, el guión de la estrategia restauradora apunta a forzar la tensión institucional, la disputa entre los poderes republicanos, la intromisión en sus esferas de competencia, para provocar una ruptura que justifique acciones de fuerza e intervenciones militares. El imperialismo sigue de cerca estos ensayos, y urde sus planes entre ambiguas declaraciones diplomáticas y la cooptación de partidos políticos “opositores”, ministerios o secretarías de gobierno, y mandos castrenses.

No serán el kirchnerismo, el petismo o el chavismo los que perderán o vencerán en este episodio decisivo al que hemos llegado: lo que está en juego, para todas y todos nosotros, es la posibilidad de construir democracias posneoliberales, populares, nacionales, participativas y socialmente justas. Es nuestra posibilidad de ser, sin más, latinoamericanos y latinoamericanas que no renuncian a la utopía de la emancipación y la liberación. No es tiempo de señalar culpables de las derrotas o enfrascarse en discusiones estériles; como dijo Martí, “es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

Ojalá lo comprendamos antes de que sea demasiado tarde.

*Académico e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Centro de Investigación y Docencia en Educación, de la Universidad Nacional de Costa Rica.