Por Aluminé Cabrera desde San Cristóbal de las Casas / Fotos: Mateo Manfredo

Por momentos, pareciera que Mercedes Olivera se emociona al hablar, como si sus palabras no sonaran, vibraran. Antropóloga y pensadora feminista, Olivera reside en San Cristóbal de las Casas y acompaña hace más de cuatro décadas, con su trabajo pero también con su andar cotidiano, a las mujeres indígenas mexicanas y, sobre todo, chiapanecas.

Y como en la madrugada del pasado viernes se cumplieron 22 años del levantamiento zapatista, paso inequívoco tras la organización que durante 10 años gestó en las montañas del sureste mexicano el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Y como la Ley Revolucionaria de las Mujeres, apenas un mes antes, cumplió la misma edad. Y como es menester repetir siempre esa pregunta insidiosa que urge… ¿Dónde están -estamos- las mujeres? La palabra y la reflexión de Mercedes Olivera devinieron necesarias.

-Se cumplieron 22 años del levantamiento del EZLN y, a su vez, se cumplieron también 22 años desde que los y las zapatistas promulgaron la ley revolucionaria de las mujeres. ¿Cómo se reconfiguró la participación de las mujeres a partir de ese momento?

Creo que el levantamiento zapatista ha sido muy importante tanto para los movimientos populares como para los movimientos de mujeres específicamente, sí. De lo primero que nos hemos dado cuenta es que el zapatismo legitimó la participación política de las mujeres indígenas. Esto es algo muy importante porque en nuestro país y sobre todo aquí en Chiapas, la exclusión de las mujeres en el ámbito público, pues ha sido histórica. Y el cambio fue muy significativo. Yo te puedo contar que en los años ’70, cuando yo caminaba en las comunidades, las mujeres agachaban la cabeza y no hablaban, el hombre era el que saludaba.

Era muy brutal la represión, en lo personal, en la familia, a nivel de la comunidad, de todo el país y del sistema también. Claro que esto se fue rompiendo y no podemos desligarlo de todo el proceso de cambio económico que también contó muchísimo, pero el levantamiento fue el momento, por lo menos simbólicamente, de este rompimiento de las normas que ataban a las mujeres y les impedían su participación política. El hecho de que muchas mujeres se hubieran integrado al EZ -al principio fueron pocas pero fue aumentando el número-, pues repercutió en la vida misma de las comunidades, tanto zapatistas como de las otras comunidades indígenas.

A la par de que ha habido avances en los procesos de las mujeres, en la toma de conciencia, en su participación, pues ha habido una reacción del Estado y del gobierno para controlarlas. En las regiones zapatistas en que hay muchas mujeres y familias que no son zapatistas, ha sido precisamente el Oportunidades (plan de asistencia económica que otorga el gobierno y que desde el ascenso de Enrique Peña Nieto a la presidencia pasó a llamarse “Prospera”) el que se ha usado como una arma de disputa de población y territorio al EZ. Entre el 90 y 95 por ciento de las mujeres de esas áreas reciben ese plan. Nosotras tenemos la teoría de que ahora el Estado controla a la población campesina, a lo que queda de ella, a través de las mujeres. Y esto, pues, implica este doble discurso y doble actitud: un reconocimiento de sus posibilidades y de sus capacidades y a la vez una utilización que es muy evidente.

-Además de esta diferencia de conciencia o pensamiento critico, ¿qué otras diferencias destacarías entre las mujeres organizadas dentro del zapatismo y las que están fuera de esa estructura?

Hay un elemento fundamental aquí que es la pobreza. Hay una pobreza extrema que no se la puede una imaginar. Podemos hablar de ingreso promedio para las mujeres al día por persona… Pues no sé, un poquito más de 9 pesos. Pero hay regiones mucho muy pobres, en donde se llega a la tercera parte de un dólar de ingreso, 4 o 5 pesos. Entonces esto es algo que el gobierno utiliza, manipula y aprovecha para mantener, reproducir, controlar a la población y reproducir su poder. Pero sobre todo para manejar el poder en beneficio de la privatización y todas las reformas estructurales, entre ellas, la que se viene ahora, la reforma al campo.

Podemos decir en forma muy general que hay tres posiciones: las mujeres que están con el Estado y que están totalmente enajenadas, las que están en la resistencia por la tierra y el territorio y las mujeres del proyecto zapatista, que, para mí, sigue aportando muchísimo. Yo digo que las mujeres zapatistas están construyendo otra epistemología desde abajo, una nueva manera de pensar y de recoger las experiencias y de sacar de esas experiencias, críticamente y también positivamente, formas de mejorar su existencia.

Mencionaste que al inicio eran pocas las mujeres que se integraban al EZ. ¿Se puede considerar el 2003, ese momento de creación de las Juntas de Buen Gobierno, ese momento de rearmarse como movimiento, como una apuesta también a la mayor inclusión de las mujeres?

En 2003 fueron tres elementos los que criticaron que fueron fundamentales para reorientar todo el zapatismo.

El primero fue la separación entre lo militar y lo civil, muy importante porque los militares estaban dominando la población, el movimiento no podía crecer porque estaban poniéndoles esta forma jerárquica, vertical, autoritaria a las propias comunidades. El haber detenido esto fue fundamental para salvar el proyecto.

El otro elemento que está ligado a esto, es el “mandar obedeciendo” que les permitió reorganizar, formar los caracoles. Ellos han ideado formas que permiten esta participación desde abajo, colectiva, construida así en forma de círculos, es muy buena la idea de los caracoles, no hay un rompimiento entre uno y otro pero sí implican, diferentes niveles de decisión y de posibilidad de construir directamente en lo local sin perder la visión de las distancias más amplias. Para mí el “mandar obedeciendo” siempre ha sido el eje ideológico y político del zapatismo que permanece como un eje en toda su historia y en todas sus formas organizativas y en todas sus luchas.

Y tercero, la organización y mayor participación de las mujeres, que fue importantísimo. Para la segunda Escuelita hay una cantidad de materiales que dan cuenta muy directamente de los cambios sociales que ha habido y de la diferente concepción sobre las mujeres y cómo hablan los hombres de las mujeres. He quedado muy sorprendida porque es una valoración que no existe en nuestra sociedad, eso es lo que yo digo, porque es una valoración en la práctica, en la vida diaria, en la cotidianidad pero también en su organización, en las formas de, no me gusta la palabra pero no encuentro otra, “institucionalizar” sus poderes y sus nuevas formas de trabajar y de vivir.

Yo creo que la posibilidad de haber construido un espacio político de autonomía es lo que ha permitido este avance. Nosotras hemos trabajado tantos años con las mujeres que no son zapatistas y bueno, pues, no, los avances con todo y su resistencia, con todo y con el valor que han tenido para sostener sus colectividades y rechazar todas las formas de privatización, pues no, no tienen comparación con el avance que han tenido los zapatistas.

¿Qué nos muestra esto? Pues lo que ya sabíamos hace tanto tiempo, que los espacios políticos son fundamentales para poder generar cambios realmente profundos y significativos para las mujeres. Que no tendremos posibilidades de una igualdad entre hombres y mujeres si no construimos los espacios políticos colectivos sociales para poder hacerlo.

Marcha