La cuarta cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) realizada en Quito el 27 de enero demostró la vigencia de este organismo regional creado hace casi seis años. A pesar de las dificultades que tienen los presidentes para asistir a tantos eventos internacionales, la mitad de los 33 países envió a sus presidentes o primeros ministros. Salvo los presidentes de Argentina, Surinam y Uruguay llegaron a Quito 9 presidentes de UNASUR, lo que marca la importancia que le otorgan todos a la CELAC.

La consolidación de este organismo regional sin lugar a dudas es un logro de la corriente progresista que tomó la iniciativa de crearlo, como dijo Evo Morales durante su intervención cuando recordó que sus inspiradores habían sido Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Lula da Silva, y que la CELAC había nacido “para liberarnos de la dominación imperial”, en clara alusión a los Estados Unidos. A nadie se le escapa que la CELAC fue creada para excluir a los Estados Unidos de un organismo continental que incluye 33 de los 35 países del continente, y para incluir a Cuba, marginada de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la década del sesenta, como recordó Rafael Correa. De la misma manera, cualquier conocedor de la historia americana sabe que la OEA fue impulsada por los Estados Unidos en 1948 para brindarle legitimidad a sus políticas mucho antes de la revolución cubana de 1959.

Recién con el advenimiento de una fuerte corriente progresista (en el más amplio sentido de la palabra) iniciado el siglo XXI se pudo comenzar a pensar en organismos regionales independientes de la tutela norteamericana, y es así que nacieron la UNASUR en 2008 y la CELAC en 2010. El gran mérito de los fundadores de la CELAC fue plantear un diseño estratégico regional con una fuerte impronta ideológica que fuera aceptada incluso por los gobiernos que podían tener profundas diferencias ideológicas con sus creadores, de la misma manera que lo lograron en UNASUR. Es así que hoy, en el proceso de paz en Colombia -uno de los hechos más relevantes de los últimos años en el continente- es la CELAC la que juega un rol central dejando fuera a la OEA, lo que hubiera sido impensable diez o veinte años atrás. Más aún, es innegable que la incorporación de Cuba a la CELAC fue fundamental para que las negociaciones entre el gobierno de Colombia y las FARC se concretaran y tuvieran a la isla como sede de los encuentros, con Raúl Castro jugando un rol destacado. El presidente Rafael Correa, en su carácter de anfitrión de la cumbre, marcó los lineamientos estratégicos para la CELAC al plantear que ésta debería suplantar a la OEA en un futuro cercano. “Creemos –dijo Correa- que CELAC debe reemplazar a la Organización de Estados Americanos, OEA, que jamás funcionó adecuadamente pero que hoy es más anacrónica que nunca. Fidel (Castro) la llamó el ministerio de las colonias. Necesitamos un organismo latinoamericano y caribeño capaz de defender los intereses soberanos de sus miembros. La OEA nos alejó de ese propósito reiteradamente. Por ejemplo, cuando expulsó a Cuba de su sede en 1962, o 20 años después en la Guerra de Las Malvinas en 1982, cuando se destrozó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, TIAR, que exigía una respuesta continental frente a una agresión militar externa a uno de los miembros de la OEA”.

Es posible que no todos estén de acuerdo con el planteamiento del presidente Rafael Correa, pero la paz en Colombia es un termómetro de la disputa que existe hoy entre aquellos que quieren reforzar la CELAC y los que prefieren recostarse en la OEA bajo la hegemonía estadounidense.


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