Entre los propios integrantes de agrupaciones que en forma obligatoria deben desfilar cada año por 18 de Julio, para poder concursar después en el Teatro de Verano, no faltan las confesiones acerca de un desinterés creciente por la inauguración del Carnaval.

Se dice que los premios no compensan gastos de traslados y maquillajes, o que se deja de exhibir los mejores vestuarios para no exponerlos al deterioro.

Algunos periodistas especializados concluyen que la marcha de los conjuntos por 18 de Julio resulta anodina, por más que los organizadores le declaren la guerra a los “baches” que se advierten al promediar un desfile más reluciente o realzado por televisión que frente a quienes asisten al Centro, pagan por una silla de madera y quedan cada vez más separados de los participantes, con altas vallas y sándwiches propagandísticos ubicados frente a sus ojos, sobre el asfalto.

El propio gerente de Eventos de la Intendencia de Montevideo, Gerardo Reyes, dijo a El País que después de observarse el evento comenzará a estudiarse cuáles son “las fichas” a jugar para el desfile 2017. En 2016 el jerarca debutó en esta celebración del Dios Momo.

Ante todas esas declaraciones y la confirmación de que el carnaval capitalino pretende perfilarse desde hace décadas hacia lo espectacular y no a lo dionisíaco, miles de personas se aglomeraron sin embargo en las veredas de la avenida principal, en donde los vendedores ambulantes ofrecían caretas, serpentinas, papel picado o espadas luminosas.

Según los datos primarios, anoche hubo 75.000 espectadores, a quienes no los afectó la ausencia de cabezudos y gigantes o carros alegóricos. Y tampoco las demoras, el interminable carreteo de un avión que no terminaba de despegar hacia un cielo despejado, en una noche calurosa, pesada, con una sensación térmica no aliviada por brisas esporádicas.

El inicio.

A las 20:30 partió desde Plaza Independencia el camión blanco que a manera de “carroza” trasladó a las reinas Pamela Blanco (del Carnaval), Leticia Reyes (de las Llamadas) y Fiorella Saravia (de las Escuelas de Samba), junto a sus séquitos de vices. Mientras las muchachas no dejaban de sonreír, bailar y saludar al público, recién a las 21:10 pasaba frente a Plaza Fabini —en donde estaba el puesto y la grúa de la transmisión de Tenfield— el vehículo adornado con “chirimbolos” hechos en base a botellas plásticas, rellenas con líquidos de colores diversos.

A la murga La Gran Muñeca, la comparsa C 1080, los parodistas Zíngaros, la revista La Compañía y los humoristas Sociedad Anónima les correspondería abrir más adelante el desfile de cada una de sus categorías, ya que fueron los conjuntos triunfadores en el concurso del desfile inaugural del año pasado.

Al cierre de esta edición, por supuesto que no se conocía el fallo del nuevo jurado acerca de la performance de cada uno de ellos, en una jornada que no era difícil presumir la fiesta se extendiera hasta la madrugada, bastante más allá de lo previsto, es decir las 12:54.

A los campeones del 2015 no le faltarían rivales de estirpe, pero prometían salir a defender sus laureles con capas o dominós y las armas de cada categoría: el gracejo, las cabriolas, el ritmo atronador de los tambores, la “marcha camión” de bombo, platillo y redoblante, la simpatía de vedettes bailarinas asediadas en plenas coreografías por la espuma evanescente de los aerosoles, o el despliegue de los personajes tradicionales que ninguna nueva tendencia deja por el camino, sean escoberos, gramilleros o mama viejas.

Entre los títulos históricos de murgas figuraron los Curtidores de Hongos, Patos Cabreros, Don Timoteo, Falta y Resto, los Diablos Verdes y Araca la Cana.

Las comparsas, que siempre son los mejores conjuntos a la hora de desfilar, sea o no en su mundo de Llamadas, aportaron como siempre nombres ganadores, desde Tronar de Tambores de Julio Sosa o “Piel Kanela” hasta la también multipremiada Yambo Kenia del Buceo, o la cordonense Sarabanda.

Fabián Cardozo fue el presidente del jurado, que se integró con tres equipos de cinco personas cada uno para puntuar en murgas, humoristas y parodistas, y revistas y lubolos.

La inversión.

La Intendencia incrementó en un 12% los premios, invirtiendo $ 679.500.

Pero esa cifra asciende a 2 millones de pesos al sumar lo dedicado a infraestructura, carroza, armado de palcos, horas extras de funcionarios o seguridad, entre otros rubros.

La distinción por menciones individuales fue de $ 10.300, salvo para la batería de murga, que recibirá $ 30.900. El primer premio más elevado corresponde a los lubolos ($ 51.000) y le sigue el de murgas ($ 42.400).
La diversión pese a todo

La murga La Gran Muñeca debió partir de Plaza Independencia a las 22:00 horas, pero eran las 23:00 cuando recién llegaba a la zona del palco de la Plaza Fabini para realizar un encomiable despliegue de alegría y color, como antes lo hicieron los cuerpos de baile de las revistas, los humoristas y los parodistas. Sobre la marcha del desfile podía presumirse que el final, a cargo de las comparsas lubolas, sufriría un retraso.

Policías e inspectores: todos detrás de momo

Entre pancartas y vehículos con publicidad variada, además de grupos fuera de concurso, desfilaron 44 agrupaciones que, a partir del próximo lunes, competirán en el concurso oficial del Teatro de Verano del Parque Rodó: cinco revistas, seis humoristas, seis parodistas, diecinueve murgas y ocho comparsas. Trabajaron más de 100 funcionarios municipales, entre asistentes de los jurados e inspectores, y 450 policías estuvieron afectados al dispositivo de seguridad. Se calcula que unas 5.000 personas participan de la fiesta, no solo como componentes de los conjuntos que integran o técnicos, sino también trabajadores de diversos servicios, como ser los de control o de salud, gastronomía, medios de comunicación, los vendedores de sillas y los ambulantes que siempre ofrecen mascaritas, luminosos o cornetas.

Canilla libre en noche de los “bárbaros”

El pasado miércoles, desde las 19:00 horas, estuvo prohibida la venta de alcohol a todo público en comercios de zonas más o menos próximas al Estadio Centenario, en donde se disputó otro clásico del fútbol uruguayo. Ayer, en cambio, vino o cerveza podía adquirirse libremente a metros del desfile.

No se aplicó tampoco un edicto vigente, que estuvo a punto de reflotarse el año pasado, cuando al final el Ministerio del Interior dio marcha atrás.

La norma dice que a los efectos de desestimular las acciones violentas, está prohibido el juego con agua así como la quema de cohetes.

No se podrán además llevar trajes o enseñas que satiricen ideas religiosas, políticas, filosóficas o étnicas. Ni usar sirenas o bocinas cuya sonoridad las haga confundir con las de la Dirección Nacional de Bomberos, Salud Pública u otros servicios de auxilio.

Cuando comenzaba la Revolución de las Lanzas y terminaba la Guerra de la Triple Alianza, en 1870, fue que por primera vez se había autorizado al Jefe Político de Montevideo a emitir edictos para revertir el juego del Carnaval tal como se estaba practicando, como una “diversión brutal” que comprometía la salud pública y separaba a Uruguay “del grado de civilización al que había llegado”.

El País