A los gobiernos nacional-populares los han acusados de “polarizar” a las sociedades; es decir, en otras palabras, de haber enojado a los que no quieren que nada cambie. Pero es inevitable: en sociedades tan desiguales y objetivamente polarizadas, en las que hay que tomar tantas medidas para aproximarse a sociedades más justas, los que siempre han estado bien saltarán para evitar que se toque lo que consideran su condición natural.

La furia con la que las derechas latinoamericanas han asumido los espacios de poder ganados en elecciones recientes en Argentina y Venezuela, pero también la ofensiva en Ecuador y Bolivia, no es más que la respuesta al “vejamen” al que sienten que han sido sometidas por las políticas direccionadas hacia sectores desfavorecidos de las sociedades latinoamericanas, por derroteros económicos que no siguen el dictat de las corporaciones financieras internacionales, y una política exterior independiente de los intereses de las grandes potencias, especialmente de los Estados Unidos de América, por parte de los proyectos nacional-populares.

Las derechas latinoamericanas, con todo su aparataje de construcción y mantención del poder político, que incluye a los grandes medios de comunicación y el respaldo de la eufemísticamente llamada “comunidad internacional”, se vieron sorprendidas a finales de la década de los noventa con el avance de fuerzas sociales y políticas que enarbolaron proyectos en los que, por primera vez, sus intereses de clase no constituían el eje en torno al cual giraba la acción del Estado.

Fueron sorprendidos porque no se lo esperaban. Apenas unos pocos años antes, Menem se paseaba victorioso por las calles de Buenos Aires encaramado en un autobús en el que se leía la consiga “síganme”, y Carlos Andrés Pérez, de nuevo presidente de Venezuela, pedía a la nube de periodistas que lo asediaban buscando sus declaraciones en reuniones sociales que lo dejaran tomarse en paz su güisquisito”.

No por sorprendidos dejaron de actuar rápidamente. La historia de Venezuela, por ejemplo, después de la llegada al poder de Hugo Chávez, fue la del constante y furibundo asedio; sin desmayar, sin una pausa, sin descanso.

No vacilaron, cuando pudieron, en pasar por encima de todos los valores que siempre dijeron defender por sagrados. La democracia, la paz, la convivencia, el diálogo. Intentaron golpes de Estado y los ejecutaron cuando tuvieron la posibilidad. Mintieron descaradamente; falsificaron información, imágenes, datos; insultaron sin reparos.

Sintieron que el mundo se les venía encima porque no podían concebir que los de abajo ingresaron en espacios que siempre consideraron exclusivamente suyos. Sufrieron como una afrenta que varios millones de brasileños accedieran a espacios de consumo, recreación y educación que antes les estaban reservados solo a ellos. Fue la invasión de la chusma, de las turbas que debían permanecer arrinconadas en sus favelas sirviendo de fuerza de trabajo barata y de la que había que diferenciarse.

Para ellos, lo único válido es el restablecimiento del pasado. Volver a tener “su lugar”, recobrar la distinción. En las elecciones en las que han participado no han podido decir que es la restauración lo que quieren porque no conseguirían ni un voto. Por eso engañan. Dicen que mantendrán las políticas que tanto odian pero, en cuando tengan suficiente espacio político, suficiente control de la situación, darán el viraje que tanto añoran. De hecho, ya lo están haciendo.

Eso se llama lucha de clases. Los intereses de unos no se corresponden con los de otros. A los gobiernos nacional-populares los han acusados de “polarizar” a las sociedades; es decir, en otras palabras, de haber enojado a los que no quieren que nada cambie. Pero es inevitable: en sociedades tan desiguales y objetivamente polarizadas, en las que hay que tomar tantas medidas para aproximarse a sociedades más justas, los que siempre han estado bien saltarán para evitar que se toque lo que consideran su condición natural.

Hoy están envalentonados y pronto los sectores populares empezarán a sentir en carne propia los resultados que estén volviendo al poder. Pero los tiempos son otros, no aquellos en los que parecía que en el horizonte no se erigía ninguna salida, como en los años noventa. Ahora, hay una experiencia de casi veinte años, muestras claras de lo que se puede hacer. Este ciclo conservador no durará mucho.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.