Estamos en período histórico en el que en el ámbito de la cultura se desarrollan procesos fundamentales para la dinámica política. Como nunca antes, quien tiene el control de los medios que permiten dirigir estos procesos, tiene posibilidad de hacer prevalecer sus intereses. Es por ello que el de la cultura se ha transformado en un espacio en disputa que tiene múltiples frentes y expresiones.

Uno de los más socorridos ha sido el de los medios de comunicación, en el que se ha librado una guerra de posiciones durante más de una década en algunos países que impulsaron proyectos nacional-populares. El poder de los medios de comunicación parte, por un lado, de la revolución científico-tecnológica que tuvo lugar en los primeros años de la segunda mitad del siglo XX, que ha permitido prácticamente su omnipresencia en la vida de las personas. Este poderío, sin embargo, ha sido apropiado por un escaso número de empresarios que no solamente lucran con su monopolización sino, también, lo utilizan para abonar ideológicamente en pro de sus intereses económicos y políticos.

Otro frente cultural muy importante es el del “modelo de vida”. Los Estados Unidos han comprendido perfectamente hace mucho la potencia que tiene la promoción del modelo del american way of life en el mundo, especialmente entre la juventud. Cuentan para ello con un instrumental monumental y sin parangón: su industria cultural. Ésta promueve sistemáticamente los valores que sustentan el modo de vida estadounidense y lo exportan bajo el embalaje de entretenimiento, diversión, arte o de herramientas tecnológicas como el software para computadoras y teléfonos móviles.

El modelo del american way of life es terriblemente atractivo porque se asocia a un estado de bonanza y bienestar social al que, en el caso latinoamericano, muchos sectores sociales no han podido acceder.

Los Estados Unidos promueven su modelo de vida como instrumento de subversión ahí donde les interesa cambiar el estatus quo. En la coyuntura actual, seguramente el lugar en donde este frente de lucha adquiere mayor algidez es en Cuba. Los Estados Unidos, en su afán por derrumbar el proyecto socialista, buscan establecer las condiciones para que las aspiraciones de un mejor nivel de vida se enrumben por la aspiración de ser como ellos.

En esta lucha cultural, no hay grupo ni sector social que quede al margen, pero son las clases medias los que más traducen en ideario y acción política los valores y aspiraciones que se identifican con el proyecto político asociado al american way of life. En países asediados por la desigualdad social, estos grupos sociales aspiran a hacer evidente “la diferencia” con los que están abajo, con los perdedores, con los marginados del sistema y, más aún, con los prescindibles.

Son estos grupos sociales los más beligerantes y los que más se identifican con los agresivos discursos de la nueva derecha latinoamericana. Sienten que la chusma invadió sus predios, que accedió a formas de consumo que antes les estaban vedados y constituían espacios de diferenciación; piensan que se envalentonaron, que se insolentaron e “igualaron” (aunque sea solo simbólicamente) accediendo a sitios que antes les estaban vedados, como sucede por ejemplo con el Teatro Teresa Carreño, en Caracas, a donde antes solo accedía la burguesía encopetada a presenciar espectáculos “refinados y de buen gusto”, y ahora es usado para reuniones y mítines de los sectores populares: ha sido la profanación de los templos de la cultura. De su cultura.

La guerra cultural se libra en toda América Latina pero también en el seno mismo de los Estados Unidos. El principal frente en el seno de esta nación es el de la sostenibilidad o no de su propio modo de vida, el american way of life. La crisis ambiental que está empezando a padecer el mundo cada vez con más fuerza muestra sus límites. Leonardo Boff ha dicho con razón que los límites del capitalismo están en el tope que le está poniendo la naturaleza misma, que ya no da abasto para sostenerlo.

En los Estados Unidos, amplios sectores sociales niegan la crisis ambiental, y pretenden seguir adelante devastando la naturaleza para transformarla en bienes de consumo que luego vuelven a ella transformados en desechos. Otros sectores han prendido las luces de alarma aunque no con la necesaria intensidad, porque aún creen que solo con medidas paliativas, relativamente inocuas para el sistema, podrán salir adelante.

Pero independientemente de lo acertadas o no de sus posiciones, se encuentran entrelazados de una batalla cultural, es decir de visión de mundo, de concepción del modo de vida.

Como nunca antes en la historia de la humanidad esta batalla cultural librada en múltiples frentes tiene una importancia crucial. De ella depende en muy buena medida la sobrevivencia de la especie humana.

* Rafael Cuevas Molina. Guatemala. Escritor, pintor, investigador y profesor universitario.