Algo no cuadra. Es como si tras todos estos años la cultura habría sido una prótesis desechable y a veces también un asunto de menor importancia o quizá ese alimento prescindible para la dieta social e histórica de una nación. Incluso, me atrevería a decir que han sido tantas las desidias, los intereses corporativos, las incapacidades y mediocridades, sin descontar las vanidades e individualismos de todos los actores culturales que más bien parecería que sin ley se está mejor o se cumplió con el deber ser para pasar el rato y cumplir con las formalidades políticas.

Ya nos queda un año para las elecciones del próximo período presidencial y legislativo. Y en ninguno de los aspirantes a la Presidencia y a la Asamblea hay la menor insinuación, el murmullo más leve o el verbo solemne que hable de la necesidad de contar con una Ley de Cultura. Mientras tanto afloran los corifeos de los grupos y corporaciones. Las proclamas de sostener el modelo añejo están a la orden del día. Las acusaciones y las culpas llueven por doquier.

Y al final, en este campo, nada se transforma. ¿Cómo es posible que durante más de dos semanas el tema militar ocupe la atención de las altas autoridades y al mismo tiempo que revela un complejo problema para afrontarlo y resolverlo con urgencia, el de la cultura quede reducido a una puja entre dejar un organigrama y/o buscar un modelo creativo, estimulante y provocador de nuevos procesos? ¿No hay un solo legislador que pueda abanderar un proyecto para impulsar una Ley de Cultura para el siglo XXI? ¿Dónde está la lucidez de esos asambleístas ‘rebeldes’ que ocupan largas horas de su trabajo en tuitear barbaridades y medias, acusaciones sin sustento, injuriar a diestra y siniestra y ser entrevistados por ‘lúcidos pelagatos’?

Con el respeto que se merecen quienes escriben sobre este tema: una Ley de Cultura para estos tiempos no debe hacerse para resolver los problemas de salud de los artistas solamente o que alrededor de ellos se fijen las políticas públicas. Mucho menos para sostener y congelar para la eternidad instituciones, cargos y personajes bajo el mismo espíritu del conservacionismo corporativo. Y tampoco para que las autoridades rectoras del sector sean las magnánimas lumbreras que lo designan todo y definen cuánto dinero se coloca en cada una de las áreas y sectores.

Conforme todo esto ocurre, vemos también que la plata de los fondos concursables no lo ha sido todo, pero al mismo tiempo es por esa plata que se matan algunos. Ya hemos visto que como nunca se han hecho películas gracias al apoyo estatal, pero la calidad y la profundidad no ha sido en la misma proporción, con las consabidas excepciones. En cambio, sí vemos a unas autoras que sin apoyo alguno producen obras, ensayos, novelas, cuentos, poemas y trabajos de investigación intelectual con una profundidad y creatividad nunca antes vistas en el Ecuador.

Y subrayo el género femenino porque evidentemente ahí está la mayor concentración de lucidez (que ya quisieran tener unos pelagatos que por ahí se precian de la lucidez, cuando sabemos que solo es soberbia). En la práctica nos estamos diciendo que no hace falta una Ley de Cultura, que nuestra condición de súper bacanes intelectuales, gestores y animadores, corifeos y supuestos sensibles artistas solo existe en la medida que los egos no se vean afectados y tengamos por delante una justificación más para quejarnos de no poder hacer ‘nuestra gran obra’, esa ‘trascendental creación’ tan íntima, porque el Estado estuvo ausente.

Revela nuestra condición pasillera el hablar durante horas, semanas y años sobre el mismo tema y ser incapaces de ‘mojarse el poncho’, desprenderse de las vanidades y afrontar una responsabilidad colectiva, histórica y humana de mirar hacia el futuro, como en su momento ocurrió, por ejemplo, con la aprobación de la Ley de Cine (que hace poco cumplió 10 años). Jode insistir que con direcciones culturales municipales, ministeriales, de las prefecturas y los núcleos de la CCE disputándose los recursos y los espacios en los territorios solo gastaremos plata y produciremos grandes vacíos para futuros inciertos.

Mientras nos desgastemos escribiendo y leyendo manifiestos y remitidos de prensa, las corrientes internas, más subterráneas de la cultura real, del pensamiento sensato y de la creatividad más fresca seguirán trabajando, expresándose y evolucionando.

Mientras autoridades, asambleístas, gestores y otros iluminados vanidosos y egoístas sigan mirándose con el recelo propio de quien ahoga sus egos en una gota de agua, las obras y las creaciones brotarán sin fondos concursables ni palanqueos de panas acolitadores. Ojalá me equivoque y en los próximos días veamos y podamos reflexionar sobre un borrador de Ley de Cultura para el siglo XXI. Y si eso llegara a ocurrir, también espero que se desate la mayor y más sabrosa discusión para colocar los hitos de un proyecto político cultural para las próximas décadas, independientemente del color o ideología del gobierno de turno.

Pero a estas alturas, con una campaña electoral en marcha, quedan muy pocas esperanzas de mirar y comprobar hasta dónde, en el campo de la cultura, de los artistas y supuestos comprometidos con la transformación estructural, tengamos la alegría de decir que sí se pudo y que a la vez nos sintamos orgullosos de habernos desprendido de nuestras vanidades y egoísmos en favor de la sabiduría colectiva y del devenir de la nación.

*Orlando Pérez. Director del diario El Telégrafo, Ecuador.