El “deshielo” entre Estados Unidos y Cuba no puede verse como un proceso aislado de la contraofensiva restauradora que impulsan las nuevas derechas latinoamericanas.

Barack Obama ha dado un paso al frente en el proceso de “deshielo” de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba: su anuncio de una visita oficial a La Habana programada para el mes de marzo (los días 21 y 22) y la entrada en vigencia de un paquete de medidas que incluye la eliminación de restricciones al comercio, la autorización del funcionamiento de aerolíneas cubanas en Estados Unidos y la expansión de las autorizaciones de viaje de ciudadanos estadounidenses a la isla, es una clara señal de que Washington redobla su apuesta diplomática cuando el reloj corre en contra de la actual administración.

Ben Rhodes, asesor adjunto de seguridad nacional, aseguró en un comunicado en su sitio web que el viaje de Obama a Cuba pretende “hacer irreversible el proceso (de normalización de las relaciones)”, y reconoció el fracaso del bloqueo de más de medio siglo a la Revolución Cubana, toda vez que “Estados Unidos estaba aislado en nuestro propio hemisferio -y en el resto del mundo- que no estaba de acuerdo con nuestro enfoque”.

La franqueza de Rhodes y de otros funcionarios estadounidenses -incluido el mandatario- quienes se han expresado en idéntico sentido sobre el fracaso de la política imperial de agresión a Cuba, y el giro en las relaciones diplomáticas, políticas, comerciales y de cooperación en varios niveles, impulsado desde diciembre de 2014, no solo constituyen gestos de audacia y realismo de parte de los dos gobiernos: también responden a transformaciones sociales, culturales y cambios generacionales que han modificado las percepciones mutuas entre ambas sociedades y que, necesariamente, abren fisuras en las posiciones monolíticas que surgieron en el marco de la Guerra Fría.

Si bien esta nueva etapa se valora como una victoria moral de la Revolución Cubana, y se sigue con esperanza en toda América Latina, en tanto abre posibilidades de mejoramiento de las condiciones de vida y bienestar para el pueblo cubano, que pueden potenciar los logros forjados desde 1959; tampoco debe obviarse el hecho de que este proceso particular se ha venido desarrollando en paralelo con una serie de acontecimientos ocurridos en los últimos dos años en nuestra región, y que están modificando –con rumbos todavía inciertos- el panorama político, socioeconómico y geopolítico de los primeros 15 años del siglo XXI latinoamericano.

Es decir, el “deshielo” entre Estados Unidos y Cuba no puede verse como un proceso aislado de la contraofensiva restauradora que impulsan las nuevas derechas latinoamericanas, aprovechando para ello la convergencia de factores económicos coyunturales (a nivel nacional y global), errores de gestión de lo público (agravados por una intensa guerra económica e intentonas golpistas en varios países), y una cierta inercia política que desaceleró los cambios necesarios para desmontar el aparato de dominación del capitalismo neoliberal, lo que acabó por desgastar a los gobiernos progresistas y nacional-populares.

La prolongada crisis brasileña, las derrotas electorales en Argentina y Venezuela, y el inminente fin de mandato de Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, han reforzado y generalizado la idea de un fin de ciclo, y el consecuente debilitamiento de las alianzas de Cuba con estos gobiernos; en ese escenario, Washington pesca en río revuelto. No en vano, después de La Habana, la siguiente escala en la gira anunciada por el presidente Obama será Buenos Aires, Argentina, país en el que no estuvo un mandatario estadounidense desde la histórica Cumbre de Mar del Plata en 2005, en la que fue derrotado el proyecto panamericanista del ALCA. Una visita que pretende saldar cuentas simbólicamente con el kirchnerismo, y que para el hegemónico diario La Nación “significa un fuerte gesto [de Obama] a Macri, y le da mayor sustento a su proyección como líder regional”.

¡Sin duda, mucho han cambiado los tiempos en tan poco tiempo!

Por eso, ahora que la Roma Americana aprovecha el desconcierto para reconquistar posiciones en nuestra región, conviene tener más presentes que nunca las palabras de José Martí, que iluminan la comprensión de la naturaleza e intereses que predominan en las relaciones de Estados Unidos con nuestra América, y que aconsejan precaución ante todo gran convite: “El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. (…) No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima”.

* Andrés Mora Ramírez. Académico e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Centro de Investigación y Docencia en Educación, de la Universidad Nacional de Costa Rica.