Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En el marco de la visita del Papa Francisco I a México, se llevó a cabo esta semana en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, un encuentro de la Comisión Continental Abya Yala, en el que participaron representantes de diversos pueblos indígenas del continente americano básicamente para tratar el tema de la doctrina del descubrimiento. En la declaración final del evento solicitan al Papa una audiencia para dialogar sobre las violaciones a sus derechos y lo conminan a “asumir el desmantelamiento de la doctrina del descubrimiento”.

Esta última petición vienen haciéndola los pueblos indígenas al Vaticano desde hace unos 30 años y no sin razones. Resulta que hasta la fecha continúan vigentes las bulas que en 1493 emitió el Papa Alejandro VI, en las que se otorgaba a los descubridores el derecho a ejercer soberanía sobre los territorios conquistados y a dominar a sus pobladores para “reducirlos” a la fe católica.

Estas bulas papales fueron el punto de partida y la justificación legal y espiritual de la colonización de los pueblos indígenas, que llevó a la pérdida de su libertad y de sus territorios, y en la doctrina del descubrimiento (que se apoya en las bulas) se siguen basando actualmente el despojo y la dominación de los pueblos originarios. Tan es así, que el asunto ha sido motivo de discusión en el Foro Permanente de Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas, y en 2012 fue tratado como tema especial del año. Entre las recomendaciones emitidas en esa ocasión se “exhorta a los Estados a que repudien esas doctrinas como base para denegar los derechos humanos de los pueblos indígenas”.

Aunque parezca increíble, en pleno siglo XXI hay países que continúan utilizando dicha doctrina como principio jurídico activo. En Estados Unidos, según cita un estudio de Naciones Unidas en 2005, para resolver una controversia sobre impuestos aplicados a tierras ancestrales de la nación oneida de Nueva York, la Corte Suprema basó su resolución en la doctrina del descubrimiento.

Como afirma Araceli Burguete en este artículo, la Santa Sede tiene una responsabilidad histórica sobre la situación actual de colonialismo interno en la que se encuentran los pueblos indígenas, que ocasiona violaciones a sus derechos humanos. Y es por ello que los asistentes al encuentro de la Comisión Continental Abya Yala solicitan al Papa “tomar las medidas adecuadas y llevar adelante un proceso de responsabilidad internacional por el papel que la Iglesia Católica ha jugado en el origen y autoría intelectual de las violaciones de derechos humanos, que siguen siendo normadas por la Doctrina del Descubrimiento”.

En todo el tiempo que llevan las organizaciones y pueblos indígenas pidiendo a la Santa Sede el desmantelamiento de la doctrina en cuestión, no han obtenido respuesta. Parece que el Papa Francisco I es mucho más sensible a estos temas que sus predecesores, como se puede ver en la encíclica Laudato si “sobre el cuidado de la casa común” que emitió en mayo del año pasado, en cuyos párrafos 145 y 146 dice:

Muchas formas altamente concentradas de explotación y degradación del medio ambiente no sólo pueden acabar con los recursos de subsistencia locales, sino también con capacidades sociales que han permitido un modo de vida que durante mucho tiempo ha otorgado identidad cultural y un sentido de la existencia y de la convivencia. La desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal. La imposición de un estilo hegemónico de vida ligado a un modo de producción puede ser tan dañina como la alteración de los ecosistemas.

En este sentido, es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios. Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Cuando permanecen en sus territorios, son precisamente ellos quienes mejor los cuidan. Sin embargo, en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos extractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura.

Definitivamente las palabras de esta encíclica son contrarias a la doctrina del descubrimiento, por lo que es de esperarse que finalmente los pueblos indígenas reciban una respuesta positiva a su petición.

Margarita Warnholtz Locht (la tlacuila). Es etnóloga egresada de la ENAH. Trabajó muchos años con organizaciones indígenas en cuestiones de comunicación.

Animal Político