Por Luciana Peker

“En un mundo de gusanos capitalistas, hay que tener coraje para ser mariposa”, era la frase que seguía a la firma de Lohana Berkins en sus comunicaciones. Así se presentaba, con tanta ideología como poesía; con garra y humor. El viernes pasado, cuando la líder travesti dejó de respirar, dejó huérfana a una comunidad entera que, aunque lo intentó siguiendo su deseo, no logró que las lágrimas fueran menos que la música en un velorio que ella misma organizó igual que lo hizo para sus amigas más queridas.

Decir Lohana es nombrarla a ella. Ella. Lohana. La Berkins. Sinónimo de la lucha por la identidad de género, de un feminismo diverso, de una batalla con garra y garganta. Lohana es una revolución en sí misma.

No hay duda de que las marchas y contramarchas no serán iguales sin ella.

La alegría o la furia que regalaba cuando exigía derechos fue tan potente como un cuerpo multiplicado por muchas muchedumbres, muchas.

Cuando iba a entrevistarla para el proyecto de investigación –todavía inédito– impulsado por Diana Maffía, junto a Claudia Korol, sobre Feministas Fundamentales, en el Centro Cultural Tierra Violeta, creí que iba a divertirme con ese humor tan suyo. Y sin embargo en su relato hubo amor y duelos. Duelos de amor. Y velorios. Al menos tres fundamentales. Su vida estuvo signada por todo lo que amó y por devolverle a las que la amaron una digna despedida.

En esta entrevista aparece no sólo la Lohana dirigente travesti y presidenta de la Cooperativa Nadia Echazú, la que gritaba, pedía, se plantaba, construía. Es la Lohana que transitó por la vida esperando el día de su cumpleaños –el 15 de junio– al lado del teléfono para que todos y todas la llamen porque no quería perderse ningún saludo. No quería perderse nada. Ni a nadie más.

Pero eso sí, el año de su nacimiento, “eso no te lo diría jamás”. “Es coquetería”, se ufanó. Aunque no necesitaba purpurina, su coquetería se desprendía de su cuerpo sin maquillaje ni exageraciones, su belleza o su postura naturalmente de barricada glamorosa. Pero, como una diva en la que le gustaba reencarnar por talento propio, ella ponía sus condiciones. Así que el año de nacimiento, no.

Es la Lohana que se encontró a sí misma en su Salta la que se muestra, a través de sus despedidas, en sus propios encuentros. En su tía Florita, primero, y en La Pocha, después, encontró a dos madres sustitutas.

Lohana no conocía la pobreza antes de conocerse a ella y por decidir ser ella la conoció muy pronto. No podía traicionarse y enfilarse en otra vida y otro cuerpo. Pero el costo fue alto. También lo pagó con el cuerpo. Por eso, una de sus posturas más fuertes es la crítica a nombrar la prostitución como trabajo. Ella estuvo en situación de expropiación. Habla desde su propia piel ajada y despide de sus recuerdos la noción de elección. “La prostitución destruye la autoestima, recuperar el dominio del cuerpo es un acto de libertad. Y teniendo en cuenta que es un trabajo que ejercen compañeras que no saben leer ni escribir y están más allá de estos debates, esa denominación significa abrir la puerta sencillamente a las más perversas de las explotaciones”, le dijo Lohana a la periodista Sonia Tessa en una nota en el suplemento Las 12, de este diario, aunque nunca cerraba la puerta al debate: “Si bien creo que hay que aggiornar el abolicionismo, soy absolutamente abolicionista. La recuperación del cuerpo es uno de los actos más fuertes de libertad”, se posicionó.

No llegó a verse incluida en ese libro que se estaba preparando, del que esta entrevista formaba parte, cuyo título la hubiera enorgullecido: Feministas fundamentales, pero la gran mayoría de esas fundamentales la rodearon en su propio velorio, que también se dedicó a organizar, casi como último acto.

–¿Cómo fue tu infancia?

–Hay dos etapas en mi vida: yo de muy chiquitita creía que era mujer, que había un error y que ese error iba a ser solucionado. Era muy delicada, no me gustaban los juegos bruscos. Creía que era mujer, jugaba con mis hermanas, jugaba a la mamá, a mi hermana menor (Gloria) la hacía hacer de papá y yo de mamá sino no había juego posible. Éramos trece, tenía un montón de hermanos pero yo dormía con mis hermanas. Recién a los 13 años tuve claro que no era mujer y que sí era travesti.

–¿Entonces la verdad se volvió crueldad?

–El hito muy doloroso fue el ingreso a la escuela. En primer grado tuve un maestro (Roberto) del que me enamoré perdidamente porque era bello. Pero hacían filas separadas y me ponían en la de los varones y yo me volvía a la de las mujeres. Ahí empezó el primer atisbo de que mi identidad era independiente de la genitalidad y del género que me imponían. Yo me ponía al medio. Esas cuestiones yo las iba marcando. A los 13 años dije “mujer no soy”. En el campo se estila mucho ir a orinar todos, yo iba con ellas sin hacer distinciones. A los 13 años ya me daba cuenta de la diferencia de los cuerpos. No sé de dónde saqué la información, nunca había visto una travesti. Quería tener tetas y sabía que no me iban a crecer como a mis hermanas. Yo decía que quería las tetas más que cambiarme de sexo. No sé de dónde saque eso ni por qué quería las tetas ni cómo sabía que se podían operar.

–¿Te fuiste de tu casa?

–A lo de mi tía. Eso fue muy doloroso. En el Norte las familias son muy socializadas. Aunque no sean pobres, porque yo nunca fui pobre. La pobreza la conocí después, cuando me echaron de mi casa. Cuando me di cuenta de que frente a la comida me tenía que apropiar rápido de mi porción porque me quedaba sin nada fue muy duro.

–¿Por qué te echaron?

–Mi papá me dijo que me hacía bien hombre o me iba.

–¿No dudaste?

–Yo me fui. Me fui como un juego. Nunca pensé que no me iban a buscar. Después me fui a lo de otra tía y a lo de otra tía en Salta capital. Yo pensé que un día me iban a buscar si era su hijo. Los volví a ver cuando tenía 22 años. Mi mamá se estaba muriendo y fue una historia redura. Eso hizo que mis hermanos cambiaran su postura con respecto a mí.

–¿Cómo fue el choque con la vida ya sin la protección de tu casa y tu familia?

–Cuando me llevaron presa yo casi me desmayo. No podía entender. Cuando salí la primera vez fui a la casa de una hermana. Le pedí que me ayudara. Me acuerdo de que tenía hambre. Me dijo que no volviera a su casa, que ella sentía vergüenza y que sus hijos no tenían por qué verme. Ninguno de mis hermanos intentó buscarme.

–Y volviste cuando estaba muriendo tu mamá.

–Yo de muy chiquita estuve muy relacionada con la muerte. Se murió mi abuela y yo estuve ahí. Se empezaron a morir amigas. Vi morir muchas travestis. Se murió mi mamá. Y después se murió mi tía Florita que entre mi mamá y mi tía elijo a mi tía Flora. Ella siempre me dijo: “Si vos querés hacer eso, tenés que hacer eso. Y si vos querés ser mujer tenés que aprender a coser, a tejer, a cocinar”. También escondía la llave para que no me vaya a mariconear. La vi toda mi vida. Ella siempre, siempre me buscaba. ¿Viste ese lugar en el que te sentís celebrada, querida? Ella me decía “menos mal que viniste”. Me daba tareas para que no me vaya. Si yo tenía que terminar un pullover ella me lo alargaba. Pensaba que cuanto más tarea, menos tiempos tenía para irme. Pero yo, después, saltaba la ventana y me iba. Yo ya tenía noviecitos, me prostituía, a pesar de que ella me daba dinero. Nunca la sentí juzgar o hablar mal de nadie. Ni mal de mi propia madre cuando yo le decía: “¿Cómo no me buscó? entonces no me quiere”. De nadie ella hablaba mal. Nunca la sentí decir una blasfemia, un insulto, una crítica

–¿Cómo aceptaba tu tía tu otro mundo?

–Las travas éramos súper salvajes. Ella se sentaba y tomaba mate. Nunca preguntaba. Hasta que se murió me iba a buscar a la casa de la Pocha, que era mi madre travesti, aunque nos teníamos que vivir mudando. Los Caballeros de la Noche era un corso de travas. Yo estaba espléndida en el corso y siempre la encontraba a ella, iba todas las noches a verme. Me saludaba y me tiraba besos. Todas las noches iba a verme. Los días de corso estábamos eufóricas. Y después me quedaba con ella. Y ella siempre me tenía un regalito. Mi primer conjuntito tímido me lo regalo ella. Siempre estuve muy rodeada de personas que eran pilares afectivos muy fuertes en mi vida. La Pocha me escribía durante toda la vida y si seguís esas cartas son las cartas de la madre y una hija. Las cartas de ella te van contando todo: sus amoríos, sus logros, sus angustias. Y siempre empezaba “querida hija” y siempre “cuidate mucho, tu madre”.

–¿Lo hacía con todas o con vos?

–Con todas, pero conmigo en especial. Porque a mí, a pesar de todo el desprecio y las humillaciones que sufrí, nunca pudieron quebrarme en el afecto y en mi autoestima. Yo lloro cuando veo una noticia en la televisión. Nunca lograron generarme un resentimiento ante la vida. A pesar de que viví en carne propia violaciones, golpes, la violencia en todas sus formas, yo establecí una relación amorosa con la gorda (la Pocha) que me rescataba: había solo una cama grande donde dormía ella y el resto eran un montón de colchones. En el corso podíamos ser cincuenta travas salteñas, allá se dice maricas. No permitía que tuviéramos camas porque ¿donde iba a meter tantas camas? Se armaban los colchones. Pero cuando veía que la gorda se iba a dormir me metía en la cama y como se dormía rápido yo me dormía con ella y al otro día me hacía un escándalo. Yo ya vivía en Buenos Aires e iba y venia. Entonces me dejó comprar un sillón cama porque si no me metía en la suya. Me decía que era una marica abusiva que tenía un montón de cosas. Pero yo le decía que era para ella. Teníamos esa relación afectiva con la gorda. Cuando todas llegábamos le dábamos todo el dinero y ella tenía un cuaderno donde anotaba cuánto le dábamos cada una y te iba haciendo la contaduría. Nosotras teníamos que poner diez pesos para la comida. Y cuando nos veníamos, después del corso, te decía para la luz, para la garrafa y lo que nos sobraba nos lo daba. No se quedaba con nada. Igual, durante el año, todas le hacíamos giro de dinero. Nunca te pedía. Yo todos los meses le enviaba dinero. Éramos cuatro o cinco que siempre le mandábamos. No te lo agarraba fácilmente; “no hijita”, te decía. Era una persona muy grandota y la última vez que la vi en Salta estaba muy chiquitita. Estaba en un Encuentro de Mujeres y, aunque tenía el hotel pago, me fui y dormí con ella. Cuando la vi muy chiquitita casi me muero. Le dije porque no venía a Buenos Aires. Hablé con Valeria, otra trava que también se murió y que éramos las hijas predilectas de la gorda. Yo le dije que se quede un tiempo en mi casa. La sacamos a todos lados. Por lo menos le brindamos eso. Ella no decía que estaba enferma. Se quedó dos meses. La gorda no te levantaba una cuchara, le tenías que poner hasta los zapatos, tenías que atenderla. Estuvo en las dos casas. Le dimos el oro y el moro, ropa, tela que ella quería para el carnaval. Se fue en mayo. Un día me llamo la Marilú, presentí algo. Mi fantasía era que escuchar que estaba mal, pero no. En cambio me dijo: “Mirá, Lohanita, la gorda falleció”. La llame a Valeria, ella también se largo a llorar. Empezamos a llamar a todas las salteñas. Hicimos una colecta para afrontar los gastos. Las maricas pobres, las maricas que venían del campo, las travestis que se prostituían, todas pusieron algo. Contratamos micros, organizamos todo el velorio. Fue una escena muy fuerte que viví otras veces con amigas. El lío se armó cuando apareció una hermana.

–¿Por qué?

–Porque las travas la escucharon decir que se iba a llevar todo de la casa de la Pocha. Me fui hecha una furia porque nunca tuve perfil bajo, ni lo pienso tener y le dije a la hermana que la había echado a la Gorda como veinte veces: “No se les ocurra decir si las velas van a ser blancas o negras porque ustedes no son nadie. Las únicas que vamos a decidir sobre la Pocha somos nosotras porque la que hemos vivido toda la vida con ellas somos nosotras”. Volví y le dije a las maricas “Llévense cosas, pero sólo lo que necesitan”. Yo no me traje un alfiler porque una señora católica y religiosa como yo no se lo hubiera permitido. Todo esto se lo dimos nosotras y tiene que quedar en una compañera trava que lo necesite. En el cementerio despedí a mi amiga, pedí un aplauso, estaba terriblemente conmovida. Señoras bien religiosas cumplimos con todo. Cerramos con llave y se las dimos a la hermana de la Pocha que no podía creer tanta prolijidad. Después hice mi duelo por mi amiga. Y esa historia la viví tres veces con tres amigas. Tuve que poner dureza en resolver las cosas con mi amiga Catiluz que también fue una madraza que me cuidó, otra chica de la que guardo cartas, una era más delincuente que la otra, pero a mí siempre me protegieron. Murió, me avisaron, yo fui. Todo el mundo sabía que su única amiga que sabía lo que tenía o dejaba de tener era yo y había pelea por lo que dejaba entre dos bandos. Las hice rezar a todas varias veces. No quería que en vez de un velorio hubiera cinco. Empezaron a caer otras que en vez de antecedentes tenían prontuario. Cuando fuimos más el otro bando desistió. La enterramos a mi amiga. Todos esperaban que me quedara con la casa. Yo dije que las que se tienen que quedar son Adriana y Martina, que eran las que habían estado a su lado. Era una casa a la que no le faltaba nada. Me quede ahí, mire todo lo de mi amiga, entregué la llave y le dije “buenas tardes, mucho gusto”. No me atrevo ni a pasar, no tengo el valor de que me abran esa puerta y que mi amiga no esté. Y la tercera vez fue con mi amiga Valeria.

–Con la que fuiste a enterrar a la Pocha…

–Ella estaba en el Ramos Mejía. Salí y me largue a llorar. “Mi amiga se va a morir”, dije. Yo prefiero llorarla ahora y después acompañarla con fortaleza. Ya tuve experiencia en ver amigas morir de sida. Pero ella lo negaba a cuatro manos. Armó una historia novelesca para decirme. A la única persona que se lo quería decir era a mí. Ella tenía un auto descapotado y un pelo rubio que parecía de Los Simpson. Pusimos música muy de marica y seguíamos las dos, finas. Como somos las travas, suspendí las lágrimas y continuamos con nuestra vida y nunca le mostré debilidad, dolor, pena, nada.

–¿Sos religiosa en serio?

–Soy tremendamente católica. No creo en las jerarquías eclesiásticas. No dejo que ninguna jerarquía maneje mi vida. No creo en la Iglesia, ni en los curas, ni en las monjas. Estoy a favor del aborto, pero sí creo en Dios. No es una postura.

–¿Cómo te convertiste en feminista?

–Yo todas estas cosas las puedo contar, no porque no me atraviesen, sino porque me salvo el feminismo. Yo abracé el feminismo porque el feminismo me dio las herramientas para poder pensar todas estas cosas, para poder encuadrarlas. La idea tan iluminista fue el feminismo. Todas las historias las vivía en un extremo de absoluto castigo, asumiendo que era lo que tenía que pasar por ser travestis. Esa era la gran culpa. Cuando yo pude empezar a entender qué era la opresión, la sumisión fue cambiando. Cuando pude decir “decido sobre mi cuerpo”, cuando pude empezar a leer, cuando vi que había mujeres que habían pasado por eso y situaciones mucho más duras: la esclavitud, la hoguera, la prostitución. No era un hecho individual que me pasaba a mí como Lohana Berkins sino que había un sistema económico, fundamentalista, religioso que operaba sobre nuestros cuerpos y que había siempre una intencionalidad sobre los hechos. Valeria y Pocha van a vivir en mi. La mitad de mi vida y de mi cuerpo está muerto. Pero pueden ser un relato vivo para que otras no atraviesen lo mismo que La Pocha, Catiluz y Valeria. Todo mi mundo se desplomó con el feminismo y soy artífice de esta construcción.

–¿Cuando te encontraste con el feminismo?

–En los noventa con el lesbo feminismo con Alejandra Sarda, Ilse Fulkova, Chela Nadio, Fabiana Tron. Se daban discusiones y cuando ellas ponían en palabras lo que nosotras no podíamos poner era un bálsamo, era maravilloso. Ellas nos marcaban nuestros propios errores y, a su vez, ellas también tuvieron que repensar sus propias construcciones y limitaciones. Fue una cosa mágica. Conocer a esas compañeras fue maravilloso. Nuestra voz era tenida en cuenta, no querían hablar por nosotras como en otros espacios. Esa diferencia a mí me marcó. Después nos acercaban textos para leer que suscitaban grandes debates, que nos hacían confrontar con nuestra lesbofobia, nuestra transfobia, nuestra misoginia. Fue un antes y un después del movimiento travesti. Ellas siempre nos llevaban a la reflexión. Y empezamos a desaprender la violencia. Nosotras veníamos de la calle que te exige otros valores: ser más rápida, ser fuerte, agarrarte a los botellazos con alguien en dos minutos. En cambio, a partir del feminismo, empezamos a discernir a partir de la palabra. Ahí salió el transfeminismo

–¿Qué es el transfeminismo?

–Ya nosotras queríamos mucho más. Empezamos a darnos cuenta de los límites de la construcción de una víctima siempre mujer. Nosotras éramos, en parte, atravesadas pero en otras cosas no. Se empezaron a dar disputas dentro del feminismo y dijimos hay que plantarse y se nos ocurre el transfeminismo para hacer planteos desde la visión feminista pero que nos incluyera, para que ese posicionamiento también tuviera en cuenta nuestras agendas y nuestras corporalidades. Yo dije “soy feminista”, pero muchas nos dijeron “vos tenés un pene”. Fui muy insultada dentro del feminismo y eso te duele más porque no lo esperás de este sector. He recibido insultos gruesísimos. Estaba bien que yo vaya, que agite, que lleve el megáfono, que sea el cotillón, pero ¿qué osadía era esa de ser feminista?

–¿Había un feminismo transfóbico?

–Totalmente.

–¿Ya se extinguió?

–Yo creo que sí y que si sigue persistiendo no tiene la misma fuerza huracanada que tenía al principio cuando te decían: “pero de última vos sos hombre, sos un disfrazado, tenés pene”. Son cuestiones duras, pero “antes muerta que sencilla” (risas). Aunque, más allá de eso, surge el debate mucho más rico y más interesante de que había nuevas sujetas y nuevas corporalidades y que encarnaban el feminismo. Ni el feminismo de la igualdad, ni de la diferencia, ni de la primera ola. Yo me supongo que las niñas travestis que vendrán ya plantearan un feminismo supercibernético, hipergaláctico, con una cuestión de la movilidad de las luchas. Y para mí va a ser súper interesante.

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